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Los destinos supremos del hombre

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Los destinos supremos del hombre

Del próximo 7 al 14 de octubre tendrá lugar en el Vaticano el anunciado encuentro entre el papa León, los jefes de las iglesias católicas orientales sui iuris y los presidentes de las conferencias episcopales. El encuentro «nace con el fin de proceder, en un clima de escucha recíproca, a un discernimiento sinodal sobre los pasos a dar para anunciar el Evangelio a las familias de hoy, a la luz de Amoris laetitia y teniendo en cuenta lo que se está realizando en las Iglesias locales».

Con vistas a preparar la asamblea, el pasado 6 de julio la Secretaría General del Sínodo de los Obispos y el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida han publicado un Itinerario temático que se ha enviado a las iglesias de todos los países. En el apartado 4, titulado En las dificultades de la vida: acompañar y apoyar. Caminar con las familias en situaciones complejas, se retoma con las siguientes palabras el argumento central del capítulo 8 de la exhortación postsinodal Amoris laetitia: «¿Qué pasos se han dado para apoyar a quienes viven en situaciones de fragilidad o dificultad? ¿Cuáles resistencias han surgido? ¿Cómo podemos construir comunidades cristianas en las que quienes han vivido la experiencia del sufrimiento, abandono, separación y divorcio puedan sentirse realmente escuchados, partícipes y corresponsables? ¿Qué experiencias concretas ya muestran el rostro de una Iglesia cada vez más capaz de cercanía, discernimiento, acompañamiento y aprecio, ayudando a personas y familias a recuperar la confianza, a reconocerse como parte de la comunidad y a experimentar la misericordia de Dios?»

Según la exhortación Amoris laetitia del 19 de marzo de 2016, para aliviar el sufrimiento de quienes viven la experiencia de un matrimonio fallido la Iglesia debe asumir un compromiso en el plano pastoral mostrándose como una casa acogedora y misericordiosa. Ahora bien, ¿hasta qué punto puede extenderse esa acogida? ¿Pueden administrarse los sacramentos a quien vive una situación estable y objetiva de pecado grave, como la de los divorciados que se han vuelto a casar, sin contravenir la ley natural y divina?

Amoris laetitia da la impresión de responder afirmativamente a esta pregunta cuando afirma en el n.º 301: «Ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante». Y añade en el 305: «A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado –que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno– se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia».

Cierto que la teología moral católica siempre ha distinguido entre la gravedad objetiva de un acto y la plena imputabilidad subjetiva de quien lo realiza. La ignorancia, el miedo, la violencia, las costumbres arraigadas y otros factores pueden disminuir la responsabilidad personal. Pero el problema que plantea Amoris laetitia no sólo tiene que ver con la conciencia individual, que en última instancia corresponde a Dios. Tiene que ver con la posibilidad de transformar una valoración prudencial del confesor en una práctica eclesial que permita recibir la Eucaristía a quien persiste públicamente en vivir en un estado contrario a un mandamiento de Dios sin propósito de abandonarlo.

Por esa razón, en 2016 cuatro cardenales –Raymond Leo Burke, Walter Brandmüller, Carlo Caffarra y Joachim Meisner– dirigieron cinco dubia al papa Francisco en los que, entre otras cosas, preguntaban si después de la publicación del n.º 301 de Amoris laetitia era posible ahora afirmar que «que una persona vive normalmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como por ejemplo el que prohíbe el adulterio (cf. Mt 19:3-9), se encuentra en situación de pecado grave habitual». Ni esta pregunta ni los otros dubia planteados por los mencionados cardenales han recibido respuesta a día de hoy.

En el encuentro organizado por León XIV para el próximo mes de octubre, ¿se ratificarán los errores y ambigüedades de Amoris laetitia, o se intentará reinterpretar en sentido ortodoxo el documento del papa Francisco, corroborando que quien se encuentra en una situación objetiva de pecado grave no puede recibir la Eucaristía sin arrepentimiento, absolución sacramental y propósito de enmendar su vida?

Observa el P. Claude Barthe en un lúcido artículo publicado recientemente (https://www.resnovae.fr/revenir-au-magistere/) que «el encuentro de octubre podría resultar una ocasión providencial para que algunos pastores valientes pusieran de relieve el considerable daño causado por la exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia a la moral natural y católica, y en consecuencia a la salvación de las almas». Lo cierto es que no puede haber una práctica pastoral auténticamente católica que contradiga, aunque sea de forma indirecta, la verdad doctrinal que debe estar siempre visible.

Con todo, el problema de fondo no está en la causa sino en las consecuencias. La causa profunda de tantos fracasos matrimoniales, con las consiguientes situaciones difíciles, dolorosas y pecaminosas, está en la pérdida del sentido del matrimonio, y más en general en elopacamiento de la ley natural y divina. Más a la raíz está la falta por parte de muchos pastores de la Iglesia de una predicación coherente y sistemática que recuerde al hombre el fin de la vida y los novísimos.

La Iglesia no es una casa en la que quien tenga problemas espirituales o psicológicos pueda sanarlos la mediante la convivencia con sus hermanos. Ciertamente es una madre que acoge y sana las heridas, pero es también una institución fundada por Jesucristo para custodiar la Verdad, administrar los sacramentos y ofrecer a los hombres los instrumentos necesarios para su salvación eterna. Su obligación no es garantizar una alivio puramente terrenal, sino conducir a las almas a Dios. Se olvida esta finalidad sobrenatural, y el acompañamiento pastoral se reduce a una especie de asistencia psicológica o social.

Nuestros destinos no se acaban en la vida eterna. Existe una vida futura en la que los méritos y deméritos de cada uno encontrarán su retribución. Enseña Santo Tomás de Aquino que en cuanto el alma se separa del cuerpo la penetra hasta el fondo un rayo de luz e «iluminados por esta luz sus méritos y deméritos, se va por sí sola al lugar que le corresponde por la eternidad, del mismo modo que los cuerpos ligeros o pesados que suben o bajan hasta el lugar donde ha de terminar su movimiento» (Summa Theologiae, Suppl., q. 69, a. 2).

El Cielo, inefable plenitud de la felicidad en la posesión eterna de Dios, o el Infierno, privación eterna de Dios e inmensa presencia de todo mal, son los destinos supremos a los que estamos abocados. Tener presente esta verdad significa contemplar la realidad con los ojos de la fe. Y ése es el deber de la Iglesia.

La desesperación que aguarda para la eternidad a quienes mueran impenitentes tras haber transgredido gravemente la ley divina es infinitamente más terrible que el sufrimiento pasajero del que en este mundo se esfuerza por observar dicha ley. La solución a la crisis de la familia no está en adaptar la ley de Dios a las debilidades humanas, sino en devolver a los hombres la confianza en la eficacia de la gracia, que todo lo puede, hasta lo que humanamente parece imposible. Estas son las palabras de vida y esperanza que es lícito pedir a una asamblea eclesial dedicada a la proclamación del Evangelio.

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Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.