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De la ineficacia del misionismo contemporáneo

Constatamos en la actualidad una nueva actitud eclesial que podría sintetizarse en una renuncia a su misión específica: salvar las almas (como se explica aquí). Esta actitud va pareja con un sobredimensionamiento y un vaciamiento de sentido de la idea de misionar. Prácticamente a cualquier tipo de acción hoy se le llama: Misión. Puede ser repartir estampitas, llevar un folleto casa por casa, invitar por un parlante a una ceremonia o fiesta litúrgica y eso lleva por nombre Misión. Tenemos misiones parroquiales, diocesanas, de cada grupo, de cada sub-grupo, mega misiones. A primera vista pensaríamos que jamás se ha misionado tanto y sin embargo…

Hace algún tiempo, con motivo del Centenario Teresiano, investigábamos el tema de la Evangelización de América (aquí) y procurábamos especialmente indagar acerca del aporte de las órdenes contemplativo en la evangelización (aquí y aquí). En esta ocasión queremos referirnos a un texto del P. Petit de Murat que se relaciona con lo que es verdaderamente misionar y la errónea idea de misionismo. El texto se llama Carta a un trapense[1] y se trata de un discurso en el que el dominico le explica a un trapense que llega a la Argentina por qué cree él que es tan importante la presencia de la orden monacal en estas tierras.

El Padre Petit de Murat se pregunta: ¿Cuál es la predicación verdaderamente eficaz?

2º) Después de intensa experiencia y observación me atrevo a afirmar a Vuestra Paternidad que la única predicación, o poco menos, eficaz, será en adelante el silencio, la disciplina y el ejemplo del monje. Parece paradojal, pero es así. Nuestro pobre pueblo está harto de palabras; yacen ellas gastadas y ya no significan nada. Muchedumbres de periódicos y radios mienten día y noche a sus anchas, un Clero que ha velado la Palabra con un exceso de opiniones individuales, la ha desvirtuado. Cuando un Sacerdote habla, ese hecho sólo significa una opinión más con la cual, libremente, se puede simpatizar o no. No hay mayor llamamiento hacia la Verdad para estas gentes heridas de muerte por el aturdimiento que ya es sistemático e inmenso fragor en su derredor, que el bálsamo del silencio. La Presencia que puebla el sagrado silencio, es la única noticia del Cristo, distinta al mundo que padecen; callar y vivirlo es lo único que puede predicarlo. La ceñida figura del monje que tan sencillamente ha retornado a lo esencial, a todo lo verídico de Dios y del hombre, es el Amén de la eternidad que se ha hecho visible en la perfecta ofrenda; es el signo distinto a la baraúnda de signos agresivos y muertos que envuelven al hombre de hoy. Las almas lo aguardan con instinto que brota del Bautismo, el cual sabe buscar oscuramente el antídoto de los males que intentan destruirlo. No dudemos que esta predicación es la única que, en nuestros días, puede lograr conversiones radicales al Cristianismo.

La llamada de atención es clarísima: los hombres hartos de palabrarerío, hartos de opiniones cambiantes y mutables sólo pueden ser reconquistados por la auténtica predicación del silencio y del ejemplo de aquellos que sólo atienden a lo esencial.

Este es el verdadero sentido de misión que se opone al vacuo misionismo contemporáneo. ¿A qué llama, el fraile:misionismo contemporáneo?

3º) La Abadía y el Monasterio realizan la verdadera evangelización del campo. Se intenta proveer a tal necesidad con misiones anuales de quince días. Si pensamos en la labor paciente de años que es menester para conducir un alma hacia el verdadero Cristianismo, ese socorro instituido como normal por la concepción burocrática del Sacerdocio, resulta una burla. Sólo el Monacato que imita la laboriosidad del Padre celestial, capaz de convertir los días, por la adoración y el trabajo, en epifanías inconfundibles, puede transformar profundamente dichas regiones. La Historia de Europa no deja lugar a dudas.

O sea que esas “misiones” de quince días o ¡¡de uno solo!! resultan ser una parodia, una “burla” –dice el P. Petit, si las comparamos con la labor paciente de la Divina Providencia sólo imitadas por la constancia monacal, por la perseverancia de una vida entera consagradas al Evangelio. La historia de la civilización occidental da cuentas de la efectividad de aquella prédica y, si miramos a nuestro alrededor, la visión del estado actual de la Iglesia da cuentas del fracaso absoluto de los actuales métodos. A las pruebas me remito (aquí, aquí, aquí, aquí yaquí) por citar tan sólo algunos ejemplos.

Ante este espectáculo bochornoso ¿qué hacer?… Me viene a la memoria un presidente que hubo en la Argentina, mi país, que decía que “los problemas de la democracia se curan con más democracia”. A la vista está que el tal remedio no funcionó. En la Iglesia está sucediendo lo mismo: estamos viendo los catastróficos resultados a que nos han conducido los “nuevos métodos evangelizadores” y la solución cuál es: ahondar en los mismos métodos que han demostrado su “eficacia”, sí, su eficacia destructiva.

La verdadera solución ha de estar, por tanto, en volver al genuino sentido de Misión. Como escribe el P. Petit de Murat:

4º) Es necesario arraigar a nuestro pueblo en nuestros campos, sierras y florestas ubérrimas. Los que se han erigido en sus conductores los atraen hacia las ciudades para poderlos dominar de manera incondicional. Allí, en esos amontonamientos de hombres, sin sentido ni norte, llevan una vida en apariencia fácil y libre; en realidad baja, despojada cada día más de los auténticos valores, no sólo divinos sino también humanos. Para medir el mal que se está haciendo a nuestro pueblo -pueblo de buena índole e ingenuo- sería necesario mencionar el origen telúrico de todas las grandes culturas, pero la extensión de la carta no lo permite. Lo cierto es que la vida monástica no debe renunciar a su poder fundacional: ella tiene aptitud para iniciar culturas integrales por su sentido sacral de la tierra, del trabajo y las artesanías (Aquí apelo nuevamente a la historia de Europa).

En conclusión, tal vez sea hora de pensar en un redescubrimiento del sentido de la vida cristiana y la verdadera evangelización sobre aquellas bases fundacionales del monacato. Esto probablemente sólo sea posible reconstruyendo pequeños pueblos, pequeñas comunidades fundadas, como otrora, al amparo de la Abadía. Podría pensarse que esta es nuestra másimportante tarea pendiente[2]. Volver al espíritu del lejano monacato.

Prof. Andrea Greco de Álvarez

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[1]Petit de Murat, M. J., O. P., 1960, Carta a un trapense, La Plata.

[2]Probablemente este anhelo sea la causa del éxito que ha tenido la reciente novela de Sanmartín Fenolleras, 2013, p. 4. La autora nos pinta al pueblo “protagonista” de la ficción de este modo: “San Ireneo de Arnois parecía un lugar anclado en el pasado. Rodeadas de jardines repletos de rosas, las antiguas casas de piedra se alzaban orgullosas en torno a un puñado de calles que desembocaban en una bulliciosa plaza. Allí reinaban pequeños establecimientos y comercios que compraban y vendían con el ritmo regular de un corazón sano. Los alrededores del pueblo estaban salpicados de minúsculas granjas y talleres que aprovisionaban de bienes las tiendas del lugar. Era una sociedad reducida. En la villa residía un laborioso grupo de agricultores, artesanos, comerciantes y profesionales, un recogido y selecto círculo de académicos y la sobria comunidad monacal de la abadía de San Ireneo. Aquellas vidas entrelazadas formaban todo un universo. (…) aquel misterio de prosperidad era fruto de la tenacidad de un hombre joven y de la sabiduría de un viejo monje. (…) San Ireneo de Arnois era, en realidad, una floreciente colonia de exiliados del mundo moderno en busca de una vida sencilla y rural”.




Andrea Greco
Andrea Grecohttp://la-verdad-sin-rodeos.blogspot.com.ar/
Doctora en Historia. Profesora de nivel medio y superior en Historia, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. En esta misma Universidad actualmente se encuentra terminando la Carrera de Doctorado en Historia. Recibió la medalla de oro al mejor promedio en historia otorgada por la Academia Nacional de la Historia. Es mamá de ocho hijos. Se desempeña como profesora de nivel medio y superior. Ha participado de equipos de investigación en Historia en instituciones provinciales y nacionales. Ha publicado artículos en revistas especializadas y capítulos de libros. Ha coordinado y dirigido publicaciones.

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