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La Virgen María y el sacerdocio

Con la celebración de la Misa de esta tarde entramos en el solemne Triduo Sacro de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

El centro de la liturgia de hoy lo constituye el recuerdo de la institución por Jesucristo del Sacramento de la Eucaristía en el que se renueva el Sacrificio de la cruz y nos hace presente de una manera real y sustancial el Cuerpo y Sangre de Cristo. Por esta razón la Misa vespertina se llama In coena Domini: Misa de la Cena del Señor.

En la Epístola, se nos narra la institución de la Eucaristía en la noche de la Última Cena: «yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido» (1 Cor 11, 23). Precisa el Evangelista san Juan: «sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). El sentido más profundo de esta expresión es no solamente que aquel amor fue extremado en su perfección sino que «quiso extender a todos los suyos, que vivirán hasta el fin de los tiempos, el mismo amor que tenía a aquellos que entonces estaban en el mundo» (Mons. Straubinger, La Santa Biblia, in loc. cit.). Para eso, «Jesucristo instituyó el Orden Sacerdotal en la última Cena, al conferir a los Apóstoles y a sus sucesores la potestad de consagrar la Santísima Eucaristía; Y el día de su Resurrección confirió a los mismos el poder de perdonar y retener los pecados, constituyéndolos así los primeros sacerdotes de la nueva ley en toda la plenitud de su potestad» (Catecismo Mayor).

Como don de Dios que es la gracia sacramental del Orden, el sacerdote necesita, ante todo, la vocación divina porque podemos decir que Dios se ha reservado el derecho de escoger sus ministros. Pero a lo largo de toda su vida el alma sacerdotal necesita ser forjada y si nos preguntamos qué necesitan los sacerdotes para su formación espiritual podemos ver cómo la Santísima Virgen María responde plenamente a esta necesidad, y cómo gradualmente forma al alma sacerdotal por su oración y por el influjo de su mediación universal.

La Virgen puede realizar esta acción sobre nosotros porque es Madre de Dios. Y no sólo puede hacerlo —es decir, tiene poder para ello—, sino que quiere hacerlo. Por eso debemos pedirle de corazón que nos forme para recibir el sacerdocio dignamente y para ejercerlo con fruto después. Esto nos consta por un triple motivo que podemos considerar brevemente y que cada uno podrá aplicar a su propio estado:

  • Por las relaciones existentes entre maternidad divina y sacerdocio.
  • Porque María es madre espiritual de los sacerdotes.
  • Y porque es un ejemplar magnífico de la devoción eucarística.

Seguimos la exposición del padre Reginald GARRIGOU-LAGRANGE OP (La unión del sacerdote con Cristo, sacerdote y víctima, Madrid: Rialp, 1955, 154-166; a su vez se remite a: Paul PHILIPPE OP, La Santísima Virgen y el Sacerdocio, París: 1946).

I. Maternidad divina y sacerdocio

La Santísima Virgen, como Madre de Dios, nos ha dado el sacerdote principal y la Víctima del sacrificio de la Cruz, ya que Cristo es sacerdote y Víctima en cuanto hombre. Ahora bien, es evidente que es más noble dar al Verbo su humanidad que darle la presencia real sacramental en la Eucaristía, que es lo que instrumentalmente realizan los ministros de Cristo. Además, la Virgen –como Corredentora- ofreció con Cristo el sacrificio cruento de la Cruz, que es muy superior a ofrecer con Cristo el sacrificio incruento de la Misa para aplicar los méritos de su Pasión que es lo que hacemos los sacerdotes.

Sentada pues esta superioridad de la maternidad divina sobre el sacerdocio de los ministros de Cristo, desde esa posición preeminente ejerce su maternidad espiritual sobre ellos.

II. Madre espiritual de los sacerdotes

Si, pues, la Santísima Virgen es Madre espiritual de los sacerdotes, ha de velar particularmente por su santificación y sobre su ministerio. Ora especialmente por ellos y les obtiene gracias cada vez más elevadas para que celebren mejor la Misa y trabajen con mayor fruto por la salvación de las almas.

III. Ejemplar de devoción eucarística

Jamás se dio en ningún viador una fe tan elevada, ilustrada por los dones de entendimiento y sabiduría que la que tuvo la Virgen María.

De ahí que después del culto que el alma santísima de Cristo ofreció al Padre no hubo en la tierra una adoración más elevada, ni acción de gracias más noble y universal, ni mayor reparación eficaz y súplica encaminada a salvar las almas de todo tiempo y lugar. Fue y será siempre Reina y Madre de los apóstoles

*

Meditando estas verdades, pidamos hoy para siempre la gracia de una fe eficaz en el misterio de la Santísima Eucaristía que nos lleve a reconocer a Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

Al mismo tiempo agradecemos al Señor que nos dejara el sacerdocio católico para perpetuar ese sacrificio hasta el fin del mundo.

Que la Virgen María nos alcance la gracia de recibir dignamente a su divino Hijo sacramentado en ese sagrado banquete, «en el que se renueva la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura». (Santo Tomás de Aquino).

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU, en la que fue profesor. Actualmente es Canónigo Archivero de la Catedral de Coria, Vicario Judicial y Profesor. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y del portal "Desde mi campanario".

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