ADELANTE LA FE

Introducción a la Segunda Carta a los Corintios

(S.E. 21)

La Segunda Carta a los Corintios, escrita al terminar el otoño del año 57, unos meses después de la Primera, tiene un gran interés en orden a conocer el ministerio de San Pablo y la riqueza de su personalidad: un apasionado de Jesucristo y celoso de sus fieles.[1]

Apenas ha planteado dudas de autenticidad paulina, a pesar de que los primeros documentos que la mencionan son de mediados del siglo II (Canon de Marción, Canon de Muratori).

1.- Estructura y Contenido

La carta se divide en tres partes, perfectamente delimitadas:

  • En la primera (caps. 1-7) desarrolla con bastante homogeneidad las características del evangelizador cristiano. Con la apología de su persona y de su ministerio queda dibujada la figura de los Apóstoles, columnas de la Iglesia.
  • La segunda está dedicada a la colecta de Jerusalén (caps. 8-9). Como había hecho en 1 Cor, San Pablo estimula a estos cristianos más pudientes para que ayuden a los de Jerusalén, que se encontraban en serias dificultades de persecución y penuria.
  • La tercera parte es una apología del Apóstol frente a las calumnias de los adversarios (caps. 10-13). San Pablo va deshaciendo, una por una, las falsedades que inventaban y ofrece a los fieles argumentos más que suficientes para contestar a sus calumniadores. Al final da instrucciones de cara a su próxima visita a Corinto, que será la tercera, y que efectivamente se realizó a principios del año 58.

La carta segunda a los Corintios es, entre todas las del Apóstol la que nos revela más al vivo la grandeza de su alma en lo que tiene de humano y de sobrenatural a la vez. Al ser atacado, hubo de defenderse, y en la defensa dio rienda suelta a los diversos sentimientos que agitaban su ánimo, resultando una carta con pasajes a veces de un colorido y dramatismo difícilmente superables.

La idea central es la defensa del ministerio apostólico, de que él se considera investido. Lo mismo cuando trata de explicar su modo de proceder que cuando se encara con sus adversarios, que cuando exhorta a los fieles a que vivan plenamente la vida cristiana, el hilo conductor permanece inalterado: es apóstol de Jesucristo y heraldo de la verdad, con todas las dificultades y toda la gloria que eso lleva consigo.

2.- Ocasión de la Carta

Entre la primera y la segunda carta, a juzgar por esta última, hay que suponer una serie de acontecimientos de los que ni Hechos ni primera a los Corintios nos suministran noticias. En líneas generales, las cosas habrían sucedido así: Enterado San Pablo de que su primera carta a los Corintios no había producido los efectos deseados, sino que más bien se había agravado la crisis, no sin intervención de ciertos “pseudoapóstoles” llegados de fuera (Cfr. 2 Cor 3:1; 10:20; 11:13; 12:11), determinó hacer una rápida visita a Corinto (cf. 2 Cor 2:1; 12:21), yendo directamente desde Efeso por mar, y no a través de Macedonia, como últimamente les había anunciado (Cfr. 1 Cor 16:5). Estando en Corinto, encontró mucha oposición, y parece que hasta se le insultó públicamente, con no pequeño escándalo de la comunidad, que, además, debió de mostrarse en un principio bastante negligente en castigar al culpable (Cfr. 2 Cor 2: 5-10). El Apóstol, por motivos que nos son desconocidos, quizás de prudencia pastoral, juzgó oportuno no proceder con rigor (Cfr. 2 Cor 13:2), y partió de nuevo para Efeso.

Que la carta está escrita por el Apóstol desde Macedonia, una vez que había dejado Efeso e iba camino de Corinto, no parece caber duda (Cfr. 2 Cor 2:13; 7:5; 8:1; 9: 2-4; Hech 20: 1-2). Algunos antiguos manuscritos, entre los cuales el códice Vaticano y la versión siríaca Peshitto, precisan que el lugar de redacción fue Filipos. Nada se puede alegar en contra.

El mayor problema tiene que ver con su unidad. Desde finales del siglo XVIII se viene pensando que se han reunido en un solo escrito diversos fragmentos de la correspondencia del Apóstol con los cristianos de Corinto, que debió de ser abundante. Así se intenta explicar que en la carta se aborden temas tan dispares y redactados con tonos tan diferentes. Modernamente la opinión más generalizada es que se encuentran incorporadas, de alguna manera, dos cartas: la conocida como la “carta de las lágrimas” (caps. 10-13; cfr 2:4), en la que el Apóstol se enfrenta con dolor, pero con firmeza, a los embaucadores que pretendían deshacer la comunidad que con tanto esfuerzo había formado. La segunda, llamada con frecuencia “carta de la reconciliación”, estaría contenida en gran parte de los siete primeros capítulos: habría sido escrita después de la anterior, cuando ya habían desaparecido los enemigos de la comunidad. La sección dedicada a la colecta de Jerusalén también se ha partido en dos: el cap. 8 se ha considerado como conclusión de la “carta de reconciliación”, mientras que el cap. 9, que parece ignorar lo dicho en el anterior, correspondería a una carta hoy desaparecida.

En los últimos años, ante la imposibilidad de trazar con exactitud el proceso de composición se prefiere estudiar la carta tal como ha llegado, con el convencimiento de que, a pesar de haber incorporado fragmentos de diversa procedencia, toda ella pertenece a la misma mano, la del Apóstol.

3.- Enseñanza

El tema central de la carta es el ministerio apostólico, presentado en la primera parte de forma positiva y en la tercera con tonos apologéticos, y en ocasiones irónicos, frente a las falsedades que algunos propalaban contra San Pablo. En la parte central dedicada a la colecta, se subraya el valor religioso y social de la solidaridad con los más necesitados.

3.1.- El ministerio apostólico

Ya en las primeras palabras de saludo San Pablo expresa su profunda convicción de ser “apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios” (2 Cor 1:1), y más adelante afirma haber recibido su ministerio por la misericordia de Dios (Cfr. 2 Cor 4:1). Dios, que le ha llamado, a pesar de su propia flaqueza, le capacita también para llevar a cabo su misión (Cfr. 2 Cor 3: 5-6)

El apostolado cristiano se presenta como participación en la obra redentora de Cristo: el apóstol es colaborador de Dios (Cfr. 2 Cor 6:1), embajador de Cristo (Cfr. 2 Cor 5:20), ministro de la reconciliación que Dios llevó a cabo en Cristo (2 Cor 5: 18-19). En consecuencia, su misión es predicar fielmente a Cristo, en quien se cumplieron las promesas de Dios (2 Cor 1: 18-20), y difundir por todas partes el buen olor de Cristo (Cfr. 2 Cor 2:14).

Así como la obra redentora de Jesucristo se llevó a cabo a través de su pasión y muerte, así también el apóstol cristiano participa de manera especial en el dolor y en la ingratitud (Cfr. 2 Cor 1:5). Ésta era la convicción profunda de San Pablo y la fuerza motriz de su vida. De ahí que en varias ocasiones de la carta hable de su propio sufrimiento. Primero, trata de este tema en términos generales (2 Cor 4: 7-12), poniendo de manifiesto que Dios permite las tribulaciones de sus apóstoles “para que se reconozca que la sobreabundancia del poder es de Dios y que no proviene de nosotros” (2 Cor 4:7). Más adelante, y hablando ya más en concreto, enumera las tribulaciones que ha sufrido para mostrarse en todo como ministro de Dios (Cfr. 2 Cor 6: 3-10). Finalmente, aduce una lista larga y detallada, aunque seguramente no exhaustiva, de sus propios trabajos y sufrimientos por Cristo (Cfr. 2 Cor 11: 23-33). Todo ello se puede condensar en una sola frase: “El amor de Cristo nos urge…” (2 Cor 5: 14s.).

A esto se añade su desprendimiento al predicar el Evangelio (Cfr. 2 Cor 11: 7 ss.), ya que no busca ningún provecho propio, sino únicamente la gloria de Dios y la salvación de las almas que le han sido encomendadas (Cfr. 2 Cor 12: 13ss.). Con los fieles le une un amor como el que existe entre padres e hijos (Cfr. 2 Cor 6: 11-13). Ellos son ya ahora su carta de recomendación (Cfr. 2 Cor 2:3s.) y serán un día su orgullo delante del Señor (Cfr. 2 Cor 1:14). Por eso, siente por ellos celos de Dios, y no permite que nadie los pervierta (Cfr. 2 Cor 11:2ss.).

Al tener que defender su apostolado contra los falsos maestros que se habían infiltrado en Corinto, San Pablo resalta la grandeza de la Nueva Alianza, de la que él es ministro, en comparación con la Antigua. Lo hace mediante unas antítesis expresivas: la Antigua es letra que mata, la Nueva, espíritu que vivifica; aquélla produce la muerte y la condenación, ésta da vida y justicia; aquélla es pasajera, ésta permanece para siempre (Cfr. 2 Cor 3: 6-11).

3.2.- La comunión de bienes

La colecta a favor de los fieles de Jerusalén era una necesidad apremiante y San Pablo la ordena entre los cristianos de Corinto, como venía haciendo en las otras iglesias por él fundadas (Cfr. Rom 15:26; 1 Cor 16:1). Es un problema práctico y como tal lo trata, encargando a Tito que se ocupe de él (Cfr. 2 Cor 8: 6.23), animando a todos a ser generosos en sus donativos y alentándoles a ser puntuales para no retrasar la ayuda.

Además de solucionar unas necesidades reales, la colecta entre los cristianos tiene un hondo valor religioso. En primer lugar, porque con ella se practica la comunión cristiana de bienes. Los fieles, al colaborar en favor de los más necesitados, dan de lo que tienen y aprenden a darse a sí mismos. Por ello la generosidad de Macedonia estimula a los de Corinto.

En la colecta los fieles imitan a Jesucristo que “siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza” (2 Cor 8:9). Como también escribe en el himno de Filipenses (Fil 2: 6-11), el desprendimiento de Cristo es expresión visible de su Encarnación. Este argumento cristológico tan audaz eleva el valor humano de la solidaridad a virtud sobrenatural de identificación con Jesucristo.

Finalmente la generosidad en la limosna pone al cristiano en relación con Dios que “ama al que da con alegría” (2 Cor 9:7). Dios, que enriquece al sembrador, “acrecentará los frutos de vuestra justicia” (2 Cor 9:10), es decir, de vuestra santidad.


[1] La introducción a esta Carta de San Pablo está tomada de la Sagrada Biblia, Ed. Eunsa, Navarra, y de la Biblia comentada de los Profesores de Salamanca, BAC.

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com
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