Jorgito, no se interrumpe una conversación— le corrige mamá mientras habla con su marido—; es de mala educación.

El niño aguarda ansioso su turno, ¡se le hace muy larga la espera!

Ahora sí, cariño. ¿Qué querías?

Jorgito comienza a decirle que está deseoso por ver las procesiones de Semana Santa: le sobrecoge el latido de los tambores cuando anuncia la salida de los nazarenos; le maravilla el paso lento de los penitentes; se emociona con la talla de los pasos…

Espera, hijo, me acabo de acordar que tengo que pedir a la abuela que le saque el bajo a tu túnica.

Mamá coge el móvil y “wasapea” a la abuelita. Mientras, Jorgito, con la palabra en los labios, la contempla confundido. “¿No era de mala educación interrumpir?”, piensa para sí molesto. No obstante, se abstiene de hacer un comentario, bien aconsejado por su Ángel de la Guarda.

Perdona, era importante. ¿Qué me estabas diciendo?

No importa, mamá. Lo mío era una tontería.

Jorgito acude al colegio y el maestro pregunta qué van a hacer durante las vacaciones. Los niños se emocionan y explotan a hablar a coro.

—¡Cuantas veces os he dicho que de uno en uno! No se puede manejar dos conversaciones a la vez —les recrimina el tutor.

—¡Yo, en cuanto salga el viernes del colegio, me voy a la playa con mi familia! —indica pletórica una voz que surge de atrás.

El profesor, sobresaltado, se lleva las manos a la cabeza:

—¡Anda! ¡Se me ha olvidado decir a vuestros padres que el viernes salís a la una! Un momento que lo pongo en el whassap de grupo

De nuevo, la clase espera impaciente a que el profesor termine de escribir el mensaje en el móvil.

Ya está. ¿Qué me estabais contando?

Por la tarde, don Antonio ha reunido a todos los niños de catequesis para explicar el vía crucis infantil que se va a celebrar el viernes en la parroquia:

Durante el vía crucis, niños, hay que estar en silencio y de forma respetuosa. No hay que hablar, reírse, ni cuchichear con el de al lado… Uno tiene que saber comportarse. ¿Entendido?

Jorgito iba a preguntar si era posible invitar a sus amigos de clase, pero antes de tener la oportunidad, suena el móvil del párroco:

—¿Dígame?¡Ah, hola! No, tranquilo, no interrumpes nada importante. Dime, dime… —grita el sacerdote mientras ordena con el dedo a los niños que guarden silencio.

“¡Ay que ver, qué maleducados!”, se dice quejicoso por el ruido que causan sus chicos.

Tras la catequesis, Jorgito acude al jardín a jugar con sus amigos. Subidos al tobogán, una madre, que hasta entonces había permanecido sentada en el banco jugueteando con su móvil, se les acerca entusiasmada:

—¡Qué guapos estáis! ¡Un momento que os haga una foto para mi facebook!

Sin pedir permiso, dispara el objetivo y cuelga la foto en Internet bajo el rótulo: “Una tarde con mi hijo”. Conseguido su trofeo, vuelve al banco con la cabeza hundida en el móvil a la espera de comentarios. “La foto es tan bonita que seguro que consigue muchos “me gusta” entre mis amigos”, se dice encantada. Jorgito la mira y piensa en qué hubiera ocurrido de haberle hecho ellos la fotografía.

Por fin llega la hora de cenar y toda la familia se sienta alrededor de la mesa.

—¿Papá, puedo terminar de ver el documental en la televisión? —pregunta el hermano mayor.

No, hijo. La comida es un momento para estar en familia. No se ve la televisión y tampoco se llevan juguetes a la mesa —recuerda mientras espera paciente a que Guille deposite su cochecito en el cajón.

El problema es que, acto seguido, mamá deja el móvil encendido a su lado. Como es normal en esta nueva era de las tecnologías, un vídeo no tarda en entrar por el dispositivo. La madre echa un vistazo y observa que son los sobrinos en casa de la abuelita; seguramente, han ido a hacerle una visita.

—¡Mirad qué graciosos! Esperad un momento que os grabe yo también saludando a la abuelita

La hija posa delante de la cámara con una naturalidad pasmosa; está habituada a ser objeto de atención. Además, le gusta. Jorgito, en cambio, no puede más:

—¡No quiero, mamá! ¡Perdóname, pero estoy harto de los móviles, de fotos, de vídeos…! Solo quiero que, cuando estéis conmigo, estéis conmigo. No con el móvil, ni con el portátil, ni con la tablet. Si Jaime hace algo gracioso, basta con reírse, no hace falta grabarlo para la posteridad. Si Guille llora, no es necesario que papá se entere al instante por whassap; en vez de eso, consoladlo. Si hablo con vosotros, escuchadme, aunque os suene el móvil…

Jorgito, de repente, es consciente de que ha acaparado la atención de toda la mesa, y avergonzado, huye lloroso a su habitación. La familia entera guarda silencio, en especial, mamá.

El padre de familia levanta la sesión y le hace un gesto a su esposa. Es hora de hablar y tomar decisiones. Los hijos, conscientes del momento, recogen la mesa sin molestar. Tras una conversación en el dormitorio, mamá entra a ver a Jorgito.

Lo siento de veras, hijo. No era consciente de lo mal que lo estaba haciendo—. Jorgito, con ojos rojos por el llanto, mira a su madre—. A partir de ahora los móviles en casa estarán encendidos solo para recibir llamadas… y nunca interrumpiremos una conversación por ellos. Miraremos los whassap solo antes de acostarnos. Si alguien tiene algo importante que decirnos, llamarán de nuevo. Y en cuanto a las fotografías o vídeos, solo os grabaremos en ocasiones especiales, con vuestro permiso. ¿Qué te parece?

El niño, como respuesta, le da un emotivo abrazo a su madre. ¡Qué bueno es sentirse comprendido!

Y cariño, si alguna vez observas que caigo de nuevo, no dudes en corregirme. Hazlo con cariño y con discreción, como te hemos enseñado. Los adultos también necesitamos de corrección, incluso más que los niños…

Ya por la noche, Jorgito le cuenta su día al Señor.

Jesús, a veces pienso que si tuvieras un móvil, llegarías a más gente. Los adultos se pasan el día delante de las pantallas.

Jesús se ríe ante el comentario y contesta divertido:

Por lo visto, no eres el único que piensa así. De hecho, estoy siguiéndole la pista a una cuenta de Twitter; cuando vea que consigue una auténtica conversión, me lo pensaré. Por ahora, me limitaré a seguir con los métodos tradicionales de siempre. Al final, son los que obtienen verdaderos resultados.

Mónica C. Ars

Mónica C. Ars
Madre de cinco hijos, ocupada en la lucha diaria por llevar a sus hijos a la santidad. Se decidió a escribir como terapia para mantener la cordura en medio de un mundo enloquecido y, desde entonces, va plasmando sus experiencias en los escritos. Católica, esposa, madre y mujer trabajadora, da gracias a Dios por las enormes gracias concedidas en su vida.