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El papel del Espíritu Santo en la vida del cristiano

 

Profundizando en nuestra fe  – Capítulo 9.2
El cristiano es templo del Espíritu Santo

La inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo es una realidad de fe. Según nos dice el mismo Jesucristo: “Si alguno me ama.., mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14:23); y San Pablo insiste en varios pasajes de sus cartas que los cristianos “son templos del Espíritu Santo” (1 Cor 3: 16-17: 6:19; 2 Cor 6:16).

La inhabitación del Espíritu Santo en el alma del justo es un nuevo modo de presencia de Dios en el hombre. Ya no se trata de la mera presencia que Dios tiene en todas las cosas por el hecho de haberlas creado. La presencia por inhabitación se refiere exclusivamente a la criatura racional y sólo en cuanto que ésta participa de la naturaleza divina (2 Pe 1:4).

Esta inhabitación tiene tres propiedades esenciales: es real, sustancial y personal.

  • Es real: en cuanto que no es hiperbólica ni metafórica.
  • Es sustancial: en cuanto que no es una mera presencia dinámica. No son meramente los dones y carismas del Espíritu Santo los que llenan al hombre, sino que es el mismo Espíritu quien lo hace.
  • Es una inhabitación personal del Espíritu Santo en el alma de justo.

Por el hecho de que la “inhabitación” es una obra “ad extra” de la Santísima Trinidad, si el Espíritu Santo está en nosotros, también lo están las otras dos divinas Personas: el Padre y el Hijo.

Naturaleza de la inhabitación del Espíritu Santo

Los teólogos han intentado explicar en qué consiste esta “inhabitación” del Espíritu Santo en el alma del justo. El problema teológico estriba en el hecho de que Dios no puede entrar en composición con ningún ser creado, porque es infinitamente simple y trascendente.

Al intentar explicar esta realidad, algunos cayeron en el panteísmo al decir que el cristiano quedaba transformado o absorbido por Dios.

Pio XII dice que es un misterio profundísimo (DS 3814-3815). Mirado desde el punto de vista de Dios, pertenece al misterio de la comunicación que hace Dios de su propio ser personal. Mirado desde el punto de vista del hombre, la inhabitación pertenece al misterio de la elevación de la criatura racional hasta el punto de ser introducida en la vida íntima de Dios.

Santo Tomás de Aquino intenta explicar esta realidad diciendo que Dios habita en el hombre por los actos de conocimiento y amor de Dios que realiza el propio hombre alcanzando su fin último. Según nos dice Santo Tomás, Dios Trinidad estaría en el hombre como “lo conocido en el que conoce y lo amado en el que ama”. Esta teoría fue criticada debido al hecho de que no quedaba claramente expuesto el hecho de que la inhabitación la opere el mismo Dios, y más parece que es atribuible al alma humana. Con todo, no debemos entender la teoría tomista de un modo simplista. Se han hecho estudios profundos sobre el verdadero pensamiento de Santo Tomás en donde se revela con claridad que la presencia de las Personas divinas no es sólo intencional “como lo conocido en el cognoscente o el amado en el amante,” sino que es fundante u ontológica, es decir que existe una relación concreta con cada Persona Divina más allá de que sea conocida o amada.[1]

San Juan de la Cruz da un paso más y cabalga entre la teología y la mística. San Juan nos dice que la inhabitación de Dios en el justo sería una “presencia divina como participación del ser humano en las relaciones intradivinas”. El hombre, injertado en Cristo (Jn 15: 1-8) es introducido en el seno de Dios trinitario, para vivir la vida íntima interpersonal de Dios. Lo expresa poéticamente en su “Noche oscura”:

¡Oh noche que me guiaste!,
¡oh noche amable más que el alborada!,
¡oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada!

 El Padre Alfonso Gálvez siguiendo esta misma línea de San Juan de la Cruz da un paso más. El cristiano, por la inhabitación de la Santísima Trinidad en su alma, es introducido en la vida intradivina trinitaria. A. Gálvez establece la relación que existe entre la inhabitación, el amor y el concepto de persona. Nos dice[2]:

Como es de suponer, el seguimiento del Esposo, a fin de estar a solas con Él, no acaba en eso. La entrega mutua en totalidad culmina en la fusión o identificación de las vidas de los amantes, como puede verse sobre todo en los textos eucarísticos de San Juan. Si cada uno de ellos entrega al otro la propia vida es lógico que ambos vivan entonces una sola y la misma: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come también él vivirá por mí. . .” (Jn 6: 56-57) “Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí” (Jn 15:4).

Teniendo en cuenta además que esta identificación está muy lejos de ser puramente moral. El camino señalado  por los textos citados induce por el contrario a pensar que, en el amor divino–humano, la unión de los amantes es semejante, o de naturaleza análoga, a la que el Padre tiene con el Hijo en el seno de la Trinidad, o a la que el sarmiento tiene con la vid.

Sin embargo todavía hace falta intentar profundizar más en el misterio, a fin de indagar en la estructura de una unión en la que el alma, si bien no se convierte sustancialmente en Dios —no podría hacerlo en modo alguno—, llega a ser Dios por participación. O dicho de otro modo: ¿Qué puede significar exactamente llegar a ser Dios por participación aunque sin convertirse en Él sustancialmente? ¿Qué sentido y qué alcance tiene la expresión revelada “participación en la naturaleza divina” de 2 Pe 1:4?

A. Gálvez lo explica del siguiente modo:

Debe tenerse siempre bien presente que la unión o fusión de vidas, que de modo tan admirable tiene lugar en el amor divino–humano, no supone de ninguna manera la pérdida de la personalidad por parte de cualquiera de los amantes. Lo que sucede es más bien lo contrario, pues el amor es la forma de reafirmar y fundamentar la personalidad, si cabe utilizar un lenguaje impropio pero encaminado. Además de que tal absorción de la personalidad del uno por parte del otro haría imposible el amor, el cual se realiza siempre en la oposición de dos personas, absolutamente distintas como tales y que por eso mismo pueden tratarse mutuamente de tú y yo. Si en el amor no existieran personas distintas, y aun opuestas como tales, no cabría la posibilidad de que cada una de ellas saliera de sí misma para entregarse a la otra. La entrega amorosa sería impensable allí donde no hubiera alguien capaz de recibir tal entrega, desde el momento en que no puede haber donación y recepción sino entre personas diferentes.

A su vez, la fusión de vidas entre los amantes proporciona también la clave para entender el verdadero significado del mandamiento nuevo: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13:34). Cuya expresión como yo os he amado no debe ser interpretada en el sentido de semejantemente, o en el de porque yo lo he hecho así con vosotros, sino en el más  exacto y preciso de con el mismo amor. Porque es el mismo Espíritu de Jesucristo quien vive en el cristiano, actuando, amando y orando en él, con él y por él (Rom 8:26).

Reflexión sobre la tesis de A. Gálvez acerca de la inhabitación del Espíritu Santo

Como nos dice J. A. Jorge García-Reyes[3], la teoría de A. Gálvez, profundiza la línea de pensamiento y la solución tomista del misterio de la inhabitación, dándole una hondura extraordinaria. En efecto, el modo de entender la inhabitación trinitaria en el ser humano sería por supuesto, como consecuencia de la gracia creada que hace presente a Dios en él (y ha de presidir toda indagación sobre la elevación del ser humano al orden sobrenatural), pero no ya sólo por las vías del entendimiento y del amor, sino por la relación interpersonal de amor divino–humana entre la persona humana y las divinas. Las consecuencias son importantísimas:

  1. El problema de todas las teorías sobre la naturaleza de la inhabitación es que intentan explicar la presencia tripersonal de Dios en el justificado olvidando la realidad de la persona y sus exigencias metafísicas y teológicas. La teoría de A. Gálvez, sin embargo, centra su indagación en esa misma realidad.
  2. No se da una mezcla entre la naturaleza humana y la divina que concluiría un panteísmo insostenible, porque la presencia de la divinidad en el hombre sería a través de la gracia creada y por la relación interpersonal que el amor verdadero exige para que exista como tal amor (tanto en el Amor sustancial trinitario intradivino, como en el amor participado en sus diferentes analogados, el principal —divino–humano—, como en el meramente humano). El amante humano posee la persona del Amante divino, y la Persona divina posee al amante humano, conservando ambos su propia identidad como tales personas. Si se perdiera alguna de las personas que establecen la relación amorosa, el amor desaparecería. No hay fusión o mezcla de naturalezas, ni tampoco pérdida de la persona humana en la divina.
  3. Y sin embargo, no puede haber unión y presencia más profunda e íntima que la que produce el amor entre el amante y el Amado. Recuérdense las notas esenciales del verdadero amor según la teoría de A. Gálvez (bilateralidad, unión de los amantes, igualdad de los mismos, mutua y total entrega y donación, etc.). La “inhabitación” sobre el fundamento de la relación interpersonal es mucho más profunda que la de “lo conocido en el cognoscente y lo amado en el amante” de Santo Tomás.
  4. Se podrían extraer profundas consecuencias de una comparación mutatis mutandis con lo que ocurre en la unión hipostática, donde no cabe mayor unión entre la naturaleza humana y la divina, y sin embargo no hay “mezcla, ni confusión, ni separación, ni división” de naturalezas (Cfr. Concilio de Éfeso y Calcedonia). En la inhabitación no hay, por supuesto, una unión hipostática, pero sí puede servir como referencia para resaltar el valor unitivo, por así decir, de la persona.
  5. También hay que tener en cuenta que la inhabitación en este mundo no es sino un adelanto de la unión con Dios en la bienaventuranza del cielo. Aquí hay que tener en cuenta la teoría sobre la misma de A. Gálvez, en el sentido de privilegiar la unión por amor antes que la “visión saciativa de la verdad.” De nuevo, el concepto básico de esa unión en el cielo sería la relación interpersonal por amor, por el Hijo, en el Espíritu, hasta el Padre. En absoluto hay pérdida de las personalidades ni una situación del tipo del nirvana de las religiones orientales, o de la “epojé” griega.
  6. En el amor no interesa tanto la unión de las naturalezas como la unión de las personas, con la necesaria conservación de las distintas personalidades. Es teoría de A. Gálvez que prueba exhaustivamente de modos diversos, pero sobre todo con la exégesis del Cantar de los Cantares, los dichos eucarísticos del Señor, las frases de San Pablo sobre su amor y unión con Cristo y el Apocalipsis.
  7. Para que todo este proceso de amor divino–humano pueda llevarse a efecto, es necesario presuponer la elevación del ser humano al orden sobrenatural, la doctrina de la gracia santificante con la infusión de las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo, la participación en la naturaleza divina, la filiación divina del justificado en el Hijo (hijos en el Hijo, coherederos con Cristo, con–crucificados, con–sepultados, con–resucitados, con–exaltados, con–parusiacos), etc. La verdad de la inhabitación trinitaria es el culmen de este proceso.
  8. La relación entre la persona humana y la divina es a través de la Persona del Verbo. En efecto, el amante humano se enamora de la Persona del Hijo, a través del conocimiento y seguimiento de la Humanidad de Cristo (nadie se enamora de una naturaleza por amable que esta sea, sino de la persona que posee esa naturaleza). Pero una vez enamorado el ser humano de la Persona del Hijo, se encuentra dentro del amor intratrinitario, pues en la Persona del Hijo, el ser humano encuentra y ama también a la Persona del Padre, conducido todo el proceso por el Espíritu Santo, el Don Mutuo de Amor del Padre y del Hijo (aquí es donde encaja la sugerencia sanjuanista de la “aspiración” del Espíritu Santo también por el ser humano injerto en Cristo).
  9. La naturaleza de la oración cristiana según A. Gálvez, tienen aquí su raíz última.
La recepción de la nueva vida “en Cristo”

El bautismo añade a nuestra vida natural una nueva dimensión, la sobrenatural (Rom 6: 1-11). Es por ello que en todo bautizado hay realmente dos vidas: una vida natural y otra sobrenatural. Desde el momento en el que somos bautizados, ambas vidas formarán parte del cristiano; y éste deberá proveer la formación, alimentación y cuidado de ambas. Normalmente nos ocupamos de cuidar nuestra “vida natural”, comiendo, descansando; pero es menos frecuente que cuidemos la vida sobrenatural que ya tenemos, y que nunca florecerá e incluso podría “desaparecer”.

El Nuevo Testamento nos confirma en multitud de pasajes la existencia de estas dos vidas en el cristiano:

  • “Por tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva criatura: lo viejo pasó, ya ha llegado lo nuevo” (2 Cor 5:17).
  • “Porque ni la circuncisión ni la falta de circuncisión importan, sino la nueva criatura” (Gal 6:15).
  • Que en algunos lugares se identifica como la vida de Jesús: “…llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2 Cor 4:10).
  • Y en otros lugares como el “hombre interior”: “Por eso no desfallecemos; al contrario, aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2 Cor 4:16).
  • Esta nueva vida es la vida de Cristo en nosotros: “Con Cristo estoy crucificado. Vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2:20).
  • Que lleva al mismo tiempo a renunciar, por amor, a vivir nuestra propia vida (natural); es decir nuestros propios planes, para asumir los de Cristo (sobrenatural): “El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn 12:25).
  • Nueva vida que se recibe en el bautismo: “Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva” (Rom 6:4).
  • Una vida sobrenatural que hemos de hacer crecer a través de la oración, el sacrificio, y en especial, a través del mismo Cristo: “El que me come vivirá por mí” (Jn 6:57).
  • Aunque en el fondo quien nos hace crecer es el mismo Dios si nosotros no ponemos obstáculo: “El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo” (Mc 4: 26-27; Mt 13: 24-30).
  • Esta nueva vida es en realidad un regalo de Dios que nos llega a través del Espíritu Santo: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5:5).
Al nuevo modo de ser le corresponde un nuevo modo de obrar

Como nos dice el adagio filosófico “operare sequitur esse” (el obrar sigue al ser). Que dicho de un modo más sencillo, cada individuo actúa de acuerdo a su naturaleza. Es decir: es propio del perro, ladrar; del gato, maullar, etc… A esta nueva naturaleza que recibimos en el bautismo le corresponde un modo de actuar que le es propio. Ya no es un modo de actuar meramente natural o humano, sino sobrenatural o divino.

Precisamente por esta nueva naturaleza que recibe, y que le hace partícipe de la naturaleza divina (2 Pe 1:4), el cristiano es capaz de amar y de perdonar como Cristo:

  • “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13:34).
  • “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).
  • “Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?” (Mt 5: 44-47).

Y por eso Jesucristo nos puede pedir que busquemos la perfección: “Por eso, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5: 48).

Es por ello que tenemos que abandonar nuestro antiguo modo de vivir y pensar para adquirir el modo de pensar y vivir de Cristo:

  • “Obrad no por el alimento que se consume sino por el que perdura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre” (Jn 6:27).
  • “Desechad también vosotros todas estas cosas: la ira, la indignación, la malicia, la blasfemia y la conversación deshonesta en vuestros labios. No os engañéis unos a otros, ya que os habéis despojado del hombre viejo con sus obras y os habéis revestido del hombre nuevo, que se renueva para lograr un conocimiento pleno según la imagen de su creador” (Col 3: 8-10).

Si así lo hacemos, nuestra vida comenzará a dar los nuevos frutos del Espíritu: “Los frutos del Espíritu son: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la continencia. Contra estos frutos no hay ley. Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias. Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu” (Gal 5: 22-25).

La semana próxima concluiremos este capítulo 9 hablando de la gracia de Dios y del mérito de nuestras acciones.

Padre Lucas Prados

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[1] J. Prades, Deus Specialiter est in sanctis per gratiam. El misterio de la inhabitación de la Trinidad en los escritos de Santo Tomás de Aquino, Editrice Pontificia Università Gregoriana, Roma 1993,  págs. 375-400.

[2] A. Gálvez, Comentarios al Cantar de los Cantares, vol. II, Shoreless Lake Press, New Jersey, 2000, págs. 30-36.

[3] J. A. Jorge García-Reyes, Dios Uno y Trino, Shoreless Lake Press, USA, 2010.




Padre Lucas Prados
Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]

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