ADELANTE LA FE

Criterios generales de interpretación bíblica (y II)

(S.E. 5)

El término exégesis corresponde a la palabra griega exegesis, que significa explicación, interpretación, y deriva del verbo ex-egeomai, dirigir, sacar fuera; por extensión, explicar, exponer, narrar. En este sentido se usa en Jn 1:18: “Nadie ha visto jamás a Dios. Dios unigénito, el que está en el seno del Padre, lo ha dado a conocer”. Muy a menudo, y por razón de su etimología, el término exégesis se toma como sinónimo de hermenéutica, del griego hermeneuo, que significa traducir (Jn 1:42) y exponer (Lc 24:27).

Por exégesis se entiende la exposición y declaración de un libro o de un pasaje del mismo. La hermenéutica es la ciencia que señala las reglas que el exegeta debe tener en cuenta para interpretar rectamente un libro; la exégesis es el arte de aplicar las reglas de la hermenéutica, de utilizarla como medio para conseguir su propio fin. Si la hermenéutica y la exégesis tienen por objeto los libros de la Biblia, reciben el calificativo de bíblica o sagrada.

1.- Finalidad de la exégesis bíblica

Como nos dice Pio XII, la tarea suprema de la exégesis bíblica “es la de hallar y exponer el verdadero sentido de los Libros Sagrados y, al hacerlo, deberá tener siempre presente que lo que más ahincadamente ha de procurar es ver y definir cuál es el sentido de las palabras de la Biblia, que llaman literal”.[1] Pero como los libros de la Biblia han sido escritos por inspiración del Espíritu Santo, y Dios en su composición se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos, se deduce que estos hombres son también verdaderos autores de sus respectivos libros, pues, al obrar Dios “en ellos y por ellos, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería”[2]. Esta dualidad de autores no significa que en el texto sagrado haya dualidad o disparidad de sentidos literales, es decir, un sentido divino, el único infalible, y un sentido humano, bajo el cual se oculta el sentido divino. Todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, y viceversa.

En la S. E. suelen distinguirse varios sentidos, como consecuencia de la riqueza del texto bíblico, pero esos sentidos no están en contradicción entre sí, sino que se basan en uno que debe considerarse primario: el que se llama sentido literal, o expresado por la letra del texto mismo. La Biblia no es una obra esotérica o ambigua, sino que nos trasmite un claro y definido mensaje de salvación. Por eso el sentido literal es, como suele decirse, universal y único. El primer deber del exegeta bíblico es, pues, esforzarse por determinar y estudiar, con todos los medios a su alcance, el sentido literal de un pasaje o libro bíblico.

Pero con ello no está del todo precisada la finalidad de la exégesis bíblica. En efecto, ¿qué se entiende exactamente por sentido literal? Exegetas y teólogos discrepan a veces en efecto cuando se trata de definir con precisión el sentido literal. Numerosos exegetas, tanto antiguos como actuales, definen el sentido literal bíblico partiendo de la intención de Dios, autor principal de las S. E. Según Patrizzi, sentido literal bíblico es “el que el Espíritu Santo quiso enunciar”[3]. Y Santo Tomás afirma que “vero sensus litteralis est quem auctor intendit, auctor autem Sacrae Scripturae Deus est”[4], es decir, da al sentido literal bíblico una extensión amplia y lo extiende a todas las enseñanzas que Dios, autor primero de la Biblia, nos da por la letra de sus textos. No se pregunta si estas enseñanzas entran explícitamente en la intención didáctica de los escritores sagrados, autores instrumentales subordinados a Dios, que hace que formulen su propia palabra. En este supuesto cabe admitir que Dios pudo dar a las palabras del hagiógrafo un sentido más alto, más amplio y pleno, dentro de la misma línea, que el que quiso expresar el autor humano. Éste pudo conocer sólo en parte el sentido literal intentado por Dios, por ser el hombre instrumento deficiente, de comprensión limitada, con relación a Dios que lo sabe todo.[5]

“Los antiguos partían de Dios como punto de referencia: Dios habla en las Escrituras. Modernamente se prefiere decir que los autores humanos escribieron bajo la inspiración divina. En ambos procedimientos cabe ver un matiz especial”[6]. Esa afirmación podría ser matizada, a fin de evitar toda contraposición radical, que no corresponde por entero a la realidad, pero apunta no obstante hacia un dato objetivo que repercute en la misma definición del sentido literal. Así, para Benoit, es sentido literal “el que ha querido expresar el autor humano”[7]. Algunos exégetas definen el sentido literal partiendo de la expresión objetiva de las palabras: “Es el que se desprende de las mismas palabras correctamente interpretadas”[8]. “Es sentido literal todo lo que se encuentra en la letra y sólo en la letra, sin preocuparse de si fue conocido y querido a la vez por Dios y el hagiógrafo, o por Dios solamente”[9]. Una posición sintética es la que adopta R. C. Fuller: “el sentido literal de la Escritura es el que se deduce directamente del texto y es intentado por el escritor sagrado”.[10]

Por debajo de esas diversas definiciones aflora un problema de fondo que conviene poner de manifiesto. Dicho sintéticamente: un énfasis excesivo en la intención del autor, que podría ser legítimo en el caso de un libro meramente humano, podría conducir la exégesis bíblica a cerrarse a las aportaciones que vienen de luces que Dios da en momentos posteriores, es decir, a perder el sentido de la unidad de la S. E., etc. Si tenemos presente el designio revelador de Dios y la pedagogía con la que ha procedido en su manifestación, se advierte claramente que no hay dificultad alguna en admitir que el autor humano pudo no tener conciencia clara de la plenitud de la Revelación, a la cual colabora, pero de una manera fragmentaria. Esto es comprensible, sobre todo para los autores de los libros del A. T., los cuales no podían dar una formulación perfecta de la economía de la salvación antes de la entrada de Cristo en el curso de la historia de la humanidad. Pero tenían una conciencia incoativa de estos misterios, y sus escritos contribuyen con un testimonio positivo, que aparecerá en toda su nueva profundidad una vez se lean a la luz de la Palabra de Cristo y del Evangelio anunciado a todo el mundo. “Entonces desaparecerán las ambigüedades, las insuficiencias se llenarán, sus límites crujirán, ya que los aspectos del misterio que ellos intuían a su manera y que no lograron formular de una manera adecuada, quedan ahora patentes en toda su amplitud. Es perfectamente legítimo otorgar toda esa plenitud de sentido a un texto que, antes, no contenía más que una expresión incoativa de la doctrina”.[11]

Todo ello conduce a una conclusión: la exégesis debe prestar un interés especial al sentido intentado por el hagiógrafo y expresado inmediatamente en las palabras por él escritas -es, en efecto, verdadero autor, ya que Dios, con el carisma de la inspiración, no destruye su inteligencia y su libertad, sino que las eleva, pero sin cerrarse en él, sino estando abierto a un sentido literal más pleno que Dios pueda haber intentado y clarificado posteriormente. Así lo ha enseñado el Magisterio reciente.

Pío XII es claro en este punto; es tarea de los exegetas la de hallar y exponer el sentido literal que quiso expresar el hagiógrafo con sus palabras: “Sea esta significación de las palabras la que con toda diligencia averigüen por el conocimiento de las lenguas por el examen del contexto y por la comparación con los lugares semejantes, pues de todo eso suele hacerse uso también en la interpretación de los escritos profanos para que aparezca clara la mente del autor”. A la vez, en otro pasaje de la misma encíclica Divino afflante Spiritu (EB 552), añade: “Por lo cual el exegeta, como debe examinar y exponer la significación propia, o, como dicen, literal de las palabras que el hagiógrafo intentó y expresó, debe también investigar y exponer la espiritual, siempre que conste que fue dada por Dios, pues sólo Dios pudo conocer y revelarnos a nosotros esa significación espiritual”.

Análogamente el Concilio Vaticano II, Const. Dei Verbum, no 12, afirma:

“Dios habla en la Escritura por medio de hombre y en lenguaje humano, por tanto, el intérprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores querían decir y lo que Dios quería dar a conocer con dichas palabras. Para descubrir la intención del autor, hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los géneros literarios, pues la verdad se presenta y enuncia de modo diverso en obras de índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios… La Escritura se ha de leer con el mismo espíritu con que fue escrita; por tanto, para descubrir el verdadero sentido del texto sagrado hay que tener muy en cuenta el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia, la analogía de la fe”.

2.- Criterios o principios de la exégesis bíblica

Los principios o criterios que deben seguirse en la exégesis bíblica se deducen de la naturaleza de los libros que dicha exégesis aspira a analizar. Un dato fundamental se impone: la Biblia es una obra singular, única. Mientras todos los demás libros están escritos por hombres en el ejercicio de sus capacidades humanas, asistidas tal vez por la gracia, pero mantenidas en su orden propio, de manera que la obra resultante es una obra exclusivamente humana; los libros de la S. E. se caracterizan por haber sido escritos gracias a un influjo sobrenatural específico, que llamamos inspiración divina, la cual, incidiendo en la persona completa de cada uno de los escritores humanos de tales libros, ha operado la condición peculiar de que la Biblia sea una obra literaria divino-humana, que tiene a Dios como autor principal y al hombre como verdadero autor también, pero subordinado e instrumental. Esa acción conjunta divino-humana, en la que Dios toma la iniciativa hasta la culminación de la obra, garantiza el auténtico origen divino de los libros de la S. E. y su verdad inmutable en orden a nuestra salvación[12].

Un segundo dato completa el anterior: esos libros no han sido inspirados por Dios a personas singulares desconectadas de todo pueblo o comunidad, sino a personas que formaban parte del pueblo por Él elegido (Israel, la Iglesia), y para recoger una Revelación de la que ese pueblo es depositario. No es, pues, lícito separar las S. E. de la Iglesia. Para interpretar la Biblia, conocer su sentido, penetrar en lo que quiere decir es necesario leerla en el ambiente en que fue escrita y para el que fue destinada, es decir, en el seno de la Iglesia.[13]

Teniendo en cuenta todos los datos enunciados, los autores suelen concluir diciendo que en la interpretación de la S. E. deben tenerse en cuenta dos tipos de criterios: los criterios comunes a toda obra escrita y los propios de una obra singular como es la Biblia. Expongámoslos.

a.- Criterios literarios comunes

Siendo los hagiógrafos verdaderos autores, es legítimo aplicar al estudio de la Biblia todos los recursos de los que se vale la ciencia humana para intentar conocer con hondura el pensamiento expresado por un escritor:

  • estudio de las características propias del lenguaje empleado, consideración del contexto histórico, ambiente o situación vital en la que está escrito el libro, análisis gramatical, etc…, del texto concreto que se está estudiando;
  • clarificación de esos párrafos a partir del contexto en que están situados;
  • comparación con lugares paralelos, es decir, que tienen un parecido con él sea por las palabras empleadas, sea por la materia que tratan, etc…

Todo ello constituye un proceso que contribuye a conocer con más hondura el sentido de un texto, profundizando lo que ya se percibe por la simple lectura directa. Ahora bien en una obra como la Biblia es insuficiente. Y ello por dos razones. En primer lugar, porque proceder con ese solo método es privarse de la luz que nos viene de las otras fuentes de conocimiento que Dios nos ha otorgado, haciendo así más difícil el trabajo, exponiéndose al error, etc. En segundo lugar porque con ese método se puede llegar, a lo más, a determinar el sentido captado por el autor humano y querido expresar por él, pero no el sentido más pleno que Dios pueda querer trasmitir. Los principios comunes, en suma, no pueden aplicarse al estudio de la Biblia sino unidos a los principios propios, y que son los que ahora exponemos.

b.- La unidad de la Sagrada Escritura

Los libros que componen la Biblia han sido escritos a lo largo de un amplio periodo de tiempo, pero son fruto de un plan unitario de Dios que ha ido revelándose a sí mismo y sus designios según una disposición o economía ordenada a facilitar su comprensión. Por eso es no sólo lícito, sino necesario, tener en cuenta al interpretar un libro las manifestaciones hechas por Dios en momentos posteriores de la historia de la Revelación, ya que ellos, al darnos a conocer con plenitud lo que Dios quería decir, nos permiten no sólo comprender la relación que hay entre las manifestaciones hechas por Dios a lo largo del proceso de la Revelación, sino captar mejor el sentido de los textos más antiguos. “Dios es el autor que inspira los libros de ambos Testamentos, de modo que el Antiguo encubriera el Nuevo, y el Nuevo descubriera el Antiguo. Ya que, si bien Cristo estableció con su sangre la nueva alianza, los libros del A. T., incorporados a la predicación evangélica, alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el N. T. y a su vez lo iluminan y lo explican”.

c.- La Tradición y el Magisterio eclesiástico

Los libros de la S. E. nacen en el interior del pueblo elegido por Dios; en ese sentido cabe decir, en términos generales, que la tradición oral antecede a los libros escritos; y ello de tal manera que cuando los libros son escritos no pretenden hacer inútil dicha tradición o suplantarla, sino que la presuponen y se unen a ella. La Iglesia “no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado”, sino también de la Tradición (DV, 9). La Tradición completa e interpreta la S. E. El exegeta en suma, para comprender a fondo lo que la Biblia dice, debe esforzarse por conocer el sentido “que ha mantenido y mantiene la Santa Madre Iglesia” (DS 1507). Y, por tanto:

  • estudiar la interpretación de los Padres -cuyo consentimiento unánime es regla segura de verdad-;
  • estudiar las definiciones infalibles del Magisterio -que constituyen por sí mismas fuentes de certeza-;
  • estudiar las interpretaciones de textos hechas en documentos magisteriales -que aunque, eventualmente, no gocen de infalibilidad tienen una autoridad que debe iluminar seriamente el trabajo-;
  • la utilización litúrgica de la Biblia.

Todo ello, en ocasiones, decidirá de la interpretación de un texto (o excluirá, como erróneas, algunas interpretaciones que podrían presentarse como posibles desde la sola perspectiva literaria), y siempre dará ese sentido de la Iglesia y de la Tradición cristiana que es el ambiente propio de la exégesis bíblica.

d.- Analogía de la fe

Por analogía de la fe se entiende la armonía o acuerdo que existe entre todas las verdades reveladas. La doctrina cristiana es un todo unitario en el que no hay contradicciones sino que las diversas verdades se iluminan las unas a las otras (Cfr. DS 3016). Ello obviamente repercute también sobre la exégesis, en la que la analogía de la fe constituye una guía de doble manera:

  • negativa, ya que toda interpretación de un texto que implique sostener algo contrario a la doctrina de la Iglesia debe ser reconocida como falsa;
  • positiva, en cuanto que la iluminación que supone el conocimiento de la verdad de fe ayuda a interpretar rectamente el sentido de los textos en los que esa fe se nos propone, orientando la investigación en una dirección acertada, poniendo de relieve matices que tal vez de otra forma se percibirían más difícilmente, etc.

3.- Buscar la pureza de los textos bíblicos

Es la primera de las tareas de la exégesis bíblica conseguir un texto lo más correcto posible. Como decía San Agustín, “los que desean conocer las Sagradas Escrituras deben, ante todo, estar en vigilante alerta a corregir los códices, para que los no correctos cedan ante los correctos”[14]. Si el arte de la llamada crítica textual se aplica corrientemente a cualquier libro profano de la Antigüedad, con mucha más razón “ha de ejercitarse también en los Sagrados, por la misma reverencia debida a la divina Palabra, pues por su mismo fin tiende a restituir a su primitivo ser el Sagrado texto lo más perfectamente posible, purificándole de las corrupciones en él introducidas por los amanuenses y librándole cuanto se pueda de inversiones de palabras, repeticiones y otros defectos de la misma especie, que suelen furtivamente introducirse en escritos transmitidos de unos a otros durante siglos” (EB 548). El exegeta católico más que cualquier otro debe sentirse obligado a entregarse a esta tarea honrosa, o tener en cuenta las conclusiones ciertas de la crítica textual, ya que únicamente son inspirados los autógrafos, tal como salieron de mano de sus autores y fueron recibidos por la Iglesia, y los apógrafos, en cuanto reflejan el texto original. Ciertamente la fe nos garantiza que los libros sagrados se han conservado siempre en la Iglesia íntegros en su sustancia; pero pueden haberse introducido adulteraciones en cosas accidentales. De ahí la conveniencia de un trabajo encaminado a obtener un texto críticamente lo más perfecto posible.

Los exegetas católicos deben sentir particular interés por esta tarea ya que el hallazgo de nuevos textos, sobre todo el papiro Rylands 457 (P52), el Bodmer II (P66), el de Magdalen College (P64), el de Barcelona (P67) y otros, reclaman que se proceda a una nueva edición crítica actualizada, para lograr en lo posible un mejor texto neotestamentario que esté más en conformidad con el que salió de manos de sus autores. Las ediciones manuales publicadas por los católicos del s. XX (E. J. Vogels, Düsseldorf 1920; A. Merk, Roma 1933; J. M. Bover, Madrid 1943) aportan una valiosa contribución personal, pero son tributarias de las grandes ediciones hechas anteriormente por críticos ideológicamente no católicos. Es evidente el interés de precisar lo mejor posible el texto original, y así también los exegetas y teólogos podrán abandonar la ingrata tarea de la crítica textual y dedicar todos sus esfuerzos a ver y definir qué han querido decir y expresar los autores sagrados con sus palabras.

El texto del A. T., tanto el hebreo como el griego, ha estado sometido a más alteraciones que el del N. T., como es lógico dada su mayor antigüedad, etc. Sabemos que en la historia del texto hebraico veterotestamentario existió un primer periodo en el que se transcribía libremente, con respeto pero sin excesivo control. Los trabajos para la unificación del texto llevados a cabo por el llamado Sínodo de Jamnia, fueron presididos por criterios de crítica textual rudimentarios, pero aseguraron a la posteridad un texto uniforme.

4.- Crítica literaria

La Biblia no se escribió en un día, sino a lo largo de más de 10 siglos. En todos los libros que la componen Dios habla a los hombres por medio de unos hombres en concreto, en lenguaje humano y en lengua hebrea, aramea y griega. De ahí que el exegeta ha de “esforzarse, sin descuidar luz alguna que hayan aportado las modernas investigaciones, por conocer la índole propia y las condiciones de vida del escritor sagrado, el tiempo en que floreció, las fuentes, ya escritas, ya orales, que utilizó y los modos de decir que empleó” (EB 557), para mejor conocer cada uno de los libros de la Biblia y lo que en ellos se dice.

Para descubrir la intención del autor hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los géneros literarios. Pues la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios. El intérprete indagará lo que el autor sagrado dice o intenta decir, según su tiempo y cultura, por medio de los géneros literarios propios de su época. Para comprender exactamente lo que el autor propone en sus escritos, hay que tener muy en cuenta el modo de pensar, de expresarse, de narrar, que se usaban en tiempo del escritor; y también las expresiones que entonces se usaban en la conversación ordinaria. No todos los libros son iguales: los hay históricos, proféticos, poéticos, sapienciales. Y no todos emplean los mismos estilos, géneros y modos de decir. Y es eso lo que debe estudiar el exegeta.

Por otra parte cada escritor está enraizado en un medio concreto y en una época determinada. Por lo mismo, los exegetas antes de acometer la interpretación de un pasaje o de un libro bíblico, han de averiguar por todos los medios el tiempo en que fue escrito, los motivos que movieron al escritor a componerlo, los destinatarios inmediatos y el fin que el autor se propuso. Los escritores bíblicos no vivían aislados de su ambiente histórico, cultural, económico y religioso. Palestina se encuentra en la conjunción de dos continentes, África y Asia, y, en la Antigüedad, se hallaba aprisionada entre los grandes imperios de Egipto y de los del norte y este del Éufrates. Cuando los israelitas llegaron a Canaán, encontraron el territorio ocupado por otros pueblos semitas, que se habían desplazado allí con anterioridad. La larga permanencia de Israel en Egipto influyó poderosamente en la mentalidad judaica. También los cananeos, con los cuales convivió Israel hasta la monarquía davídica, dejaron sus huellas en la conducta moral y religiosa de Israel, en la literatura histórica, didáctica y legislativa. Los años de la cautividad en Asiria, Babilonia y Persia debían repercutir en su acervo cultural, con ideas importadas de los países en que los israelitas vivieron en condición de prisioneros. Con el advenimiento de Alejandro Magno y su victoria sobre Darío (a. 333), el Oriente abrió sus puertas al helenismo, que dividió al pueblo hebraico en dos tendencias: la de los que se aferraban a la tradición, y la de los partidarios de la nueva cultura, que diera nueva savia al añoso patrimonio yahwista. En la mayoría de los escritos proféticos (Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, etc.) se reflejan las condiciones de vida de su tiempo.

De otra parte, antes de la aparición de Israel en el marco de la historia, circulaba una copiosa literatura originaria de Babilonia, Egipto, Ugarit, etc., que se extendía al margen de la existencia histórica de Israel, y que influyó sobre su mentalidad y formas de expresión. La legislación mosaica se debe a su fe, pero en su redacción influyen formas debidas a los códigos de Sumer, de Asiria, de Babilonia (Hammurabi), de los hititas y hurritas. Los modernos estudios sobre los antiguos tratados de alianza del segundo y primer milenio antes de Cristo, han revelado su influencia en la Biblia.

Todos esos ejemplos se han mencionado sólo para dar una idea del trabajo que el exegeta debe realizar, y apuntar algunas de las ciencias o conocimientos auxiliares que necesita. Los esfuerzos de la exégesis crítico-histórica aplicada a la Biblia deben tender a poner de relieve el sentido divino en el sentido humano, o sea, hacer resaltar la verdad del mensaje de salvación envuelto en ropaje humano. Para ello, son necesarias dos tareas: investigación científica del texto de modo exhaustivo y exposición del mismo. El primer paso es sólo medio y camino obligado para la exégesis e interpretación.

5.- Escritura y Tradición

El exegeta católico que trata de estudiar y definir por todos los medios a su alcance la intención de los autores sagrados de la Biblia, no puede perder de vista que, a través de la variedad de autores humanos de que se valió Dios para la composición de los Libros Sagrados, existe unidad en la Biblia, por ser un solo y mismo Dios el autor de todos ellos, con todas sus partes.

En efecto, con el advenimiento de Jesucristo, plenitud de la Revelación, quedó claro que el fin principal de la economía antigua de la salvación, anunciada, contada y explicada por los escritores sagrados del A. T., era preparar la venida de Cristo y que, además de aludir a Él con palabras más o menos explícitas, muchas de las realidades, acontecimientos, personas o cosas que refieren los libros veterotestamentarios, por disposición de Dios, prefiguraban realidades, acontecimientos, personas o cosas de la nueva economía, que preparaban y anunciaban.

Cristo, plenitud de la Revelación, que habla las Palabras de Dios, mandó a los Apóstoles a predicar el Evangelio, prometido por los Profetas, y que Cristo cumplió y promulgó con su boca, como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta. La transmisión total de la divina Revelación la hicieron los Apóstoles, primeramente por la predicación oral, después o casi al mismo tiempo por escrito, reproduciendo fielmente lo que habían aprendido de Cristo, y lo que el Espíritu Santo les enseñó. La Escritura es fruto y expresión de la predicación oral apostólica y, en cierto sentido, una codificación necesaria de la misma, para que se conservara con mayor fidelidad. La Escritura es el documento preeminente de la predicación de los Apóstoles, a causa de su inspiración. Los libros del A. T., incorporados a la predicación evangélica, son como el punto de referencia y el argumento incontestable de cuanto ellos enseñaban; los del N. T. son su expresión.

De ahí, que tanto la Escritura como la predicación oral son propiedad y elemento esencial de la Iglesia, por haber tenido su origen en el acto mismo de su fundación. Biblia y Tradición son la expresión auténtica de la divina Revelación, creadora de la Iglesia, de modo que ella es el intérprete más autorizado de la Biblia. Los Apóstoles nombraron como sucesores suyos a los Obispos, dejándoles su cargo en el Magisterio eclesiástico y confiándoles la herencia entera del depósito revelado. La predicación apostólica, escrita y oral, y el magisterio episcopal son dos elementos inseparables en la transmisión de la divina Revelación. Por eso, “el oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio de la Iglesia; y ella lo ejercita en nombre de Jesucristo” (DV 2,10; 3,12).

6.- Sentido y alcance de la exégesis bíblica

Si tenemos presente el trabajo exegético tal y como hasta aquí ha sido descrito, podremos advertir claramente su peculiaridad. En él se unen lo humano y lo divino, lo científico-natural y lo religioso. Desconocer esa realidad, destruir esa armonía sería apartarse del dogma católico. Si se negara la vertiente científico-natural, se estaría negando la condición de verdaderos autores que la fe cristiana siempre ha reconocido a los hagiógrafos y cayendo en el fideísmo; si se sostuviera que la exégesis debe hacerse sólo con medios científico críticos sin tener presente la luz de la fe, se estaría negando implícitamente que en ella hubiera nada que trascendiera a la naturaleza humana y cayendo en el racionalismo. Esos escollos han sido evitados por la Iglesia a lo largo de su historia, que ha defendido y promovido siempre la armonía de que hablamos.

Para comprender la situación contemporánea de la exégesis bíblica es necesario señalar un dato, independiente en sí de las perspectivas mencionadas: el crecimiento de las ciencias históricas.

El cristiano, consciente de la verdad de su fe, sabe que ésta no tiene nada que temer de la verdadera ciencia. Por lo demás la utilidad y conveniencia de las ciencias humanas, y concretamente las históricas, para un mejor conocimiento de la Biblia, ha sido siempre subrayado por los autores y teólogos. Baste recordar los proyectos didáctico-investigativos de Orígenes (cfr. S. Gregorio Taumaturgo, Discurso panegírico de Orígenes) y de S. Agustín (cfr. su De doctrina christiana); o las palabras claras de S. Atanasio: “Para encontrar el verdadero sentido de las Escrituras es preciso no leerlas de pasada, sino examinar atentamente el tiempo, las personas, las causas que intervienen en lo que está escrito”.[15]

Ello no obstante se debe reconocer que la rápida, y en ocasiones vertiginosa, aportación de datos no dejaba de plantear problemas: no resulta fácil valorar los datos, acuñar o perfilar metodologías, verificar críticamente conclusiones, etc…; y la mente del exegeta está expuesta a sentir una sensación de torbellino dejándose arrastrar o por un escepticismo o por un criticismo exacerbado. Eso, sin embargo, hubiera sido fácilmente superable, con las dificultades, claro está, propias de todo trabajo, si no hubiera sido por la presencia de dos factores de perturbación presentes en el ambiente cultural: el racionalismo y el principio protestante de la sola Scriptura.

El racionalismo, al negar que pueda haber ninguna verdad que trascienda a la razón humana, niega consiguientemente la Revelación; de ahí que, para justificar su posición, se vea llevado a interpretar las afirmaciones de los creyentes como engaños o ilusiones. De ahí que una ciencia histórica de inspiración racionalista, al enfrentarse con el hecho cristiano y, concretamente con la Biblia, tenderá, por fuerza de sus propios prejuicios, a reducirla a realidad meramente humana. Todo lo cual, de una parte, fuerza un planteamiento polémico-apologético, y, de otra, difunde una mentalidad según la cual la fe debe someterse por entero a la ciencia y se minusvalora todo trabajo que de algún modo tenga en cuenta la fe.

Más importante tal vez para la historia de la exégesis es el influjo y desarrollo del principio luterano de la sola Scriptura. Lutero, en su pugna con la autoridad de la Iglesia, negó la institución divina de la Iglesia tal y como la tradición cristiana la había defendido. La Tradición misma, dice, no tiene sino un valor humano histórico. La única vía de trasmisión de la Revelación divina es la S. E., mediante la cual Dios habla al hombre, y que -al no existir ni Tradición ni Magisterio- debe ser interpretada individualmente, bajo la iluminación directa de Dios a cada fiel.

Pero la realidad es que no es esa la vía que Dios ha querido seguir para garantizar la verdad de su Palabra, sino que ha instituido al efecto la Iglesia a la que asiste para que trasmita y proponga fielmente la verdad a la que la gracia interior del Espíritu lleva a asentir. Habiendo negado esa realidad, y habiéndose privado de la luz que de ella deriva, el protestantismo se vio abocado a la disgregación y al subjetivismo.

En el protestantismo racionalista se ha operado una inversión radical de planteamiento: la ciencia exegética aparece no como un auxiliar para la comprensión de unos libros cuya verdad la Iglesia ya posee y de la que vive, sino como la única instancia capaz de captar la verdad y dotada por consiguiente de autoridad para dictar ley en todos los ámbitos del pensar y del vivir cristiano.

Tal es el panorama que agita a la exégesis bíblica no sólo protestante, sino -a partir sobre todo de 1960- también a diversos sectores de la católica.

Conclusión

Resumiendo pues toda esta exposición diremos:

La exégesis o estudio científico de los textos bíblicos es una actividad connatural al cristianismo, que aspira a servirse de todos los medios a su alcance para obtener una comprensión todo lo perfecta posible del texto inspirado; no es, sin embargo, la única fuente del conocimiento cristiano. Más aún, la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, posee en todo momento de su historia el mensaje que Cristo le dejó en depósito. La exégesis es sólo un medio para conocer con más riqueza de matices algo que ya se tiene y de lo que se vive. De ahí la humildad y la grandeza de la exégesis: humildad, porque no espera de sí misma una verdad radicalmente nueva; grandeza, porque la verdad a la que sirve es la verdad divina.

El exegeta debe servirse de todos los descubrimientos y ciencias humanas, manifestando con ello el aprecio de la naturaleza humana y de su capacidad de verdad que son consustanciales al dogma cristiano; pero no debe servirse nunca sólo de ellos, ya que debe realizar su tarea a la luz de la fe. Y ello no porque desconfíe del hombre o mire con recelo los estudios históricos, etc., sino sencillamente por fidelidad al objeto de su estudio: La Revelación divina. Quizá conviene subrayar que esos dos elementos -estudio científico, actitud de fe- han de estar unidos desde el principio. Es decir, el auténtico exegeta no consiste en un investigador agnóstico al que luego se le yuxtapone un creyente fideísta, sino un creyente que, consciente de la verdad de su fe, asume y valora desde ella las ciencias humanas en servicio de la verdad que aspira a investigar.


[1] Pío XII, Encíclica Divino afflante Spiritu: EB 550. (EB= Enchiridion Biblicum)

[2] Constitución Dei Verbum, 3,11.

[3] Patrizzi, De Interpretatione Scripturarum Sacrarum, Roma 1862, 6

[4] Santo Tomás de Aquino, Quodlibetales, VII a. 14,ad. 5.

[5] Gribmont, J., Le lien des deux Testaments selon la théologie de St. Thomas, “Ephemerides Theologicae Lovanienses”, 22, 1946, 73.

[6] Cerfaux, L., Simples réflexions á propos de 1’exégése apostolique, “Ephemerides Theologicae Lovanienses” 28, 1949, 565.

[7] Benoit, La Prophétie, París-Tournai 1947, 355.

[8] Pirot, L., Initiation biblique, París 1939, 332.

[9] Fernández, A., Apostillas relativas a los sentidos bíblicos, “Biblica”, 37, 1956, 187-191.

[10] Fuller, R. C.,La interpretación de la S. E., en Verbum Dei, I, Barcelona 1956, n° 39

[11] Grelot, La Bible parole de Dieu, París 1965, 316

[12] cfr. Concilio Vaticano I, Constitución Dei Filius: DS. 3006.

[13] cfr. Concilio de Trento: DS 1507.

[14] S. Agustín, De doctrina christiana, 2,21: PL 34,46

[15] San Atanasio, Epístola de Decietis Nicaeni Synodi, 14.

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com
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