SAN MIGUEL ARCÁNGEL

De Dios nadie se burla (en la Eucaristía)

Cuenta la Historia Sagrada, en el capítulo I del Libro de los Reyes, que, al devolver los filisteos, castigados por Dios, el Arca Santa tomada a los israelitas, se detuvo ésta en el campamento de los betsamitas, que celebraron gran fiesta al tenerla entre ellos; pero algunos, por exceso de curiosidad, se acercaron y la abrieron para ver lo que contenía. Esta falta de respeto, que a nosotros parece ligera y sin importancia costó la vida a más de cincuenta mil de ellos, que cayeron muertos en tierra, mientras el pueblo gritaba:

–– ¡Cuan terrible es la presencia de un Dios tan santo y poderoso!

D. –– Por lo visto, Padre, de Dios nadie se burla.

M. –– Así es. Por esto, si nosotros fuéramos hombres de fe, deberíamos prorrumpir en las mismas palabras y temblar de espanto al acercarnos a Jesús, que vive en la Santísima Eucaristía; más, por el contrario, cuántos imitadores tienen los betsamitas. Son cristianos, van alegres y deseosos a ver y recibir a Jesús, pero no hacen lo que deben para honrarle como merece. No son capaces de ver las llagas de su alma: están pegados a la tierra, a sus sentidos, a su egoísmo.

No advierten que, cometiendo siempre las mismas faltas y teniendo los mismos defectos, sin enmendarse de ellos, se acercan con excesiva temeridad a aquel tremendo Misterio del que el arca no era más que una simple imagen; convierten el remedio en veneno, hallando la muerte en las fuentes mismas de la vida. En el Libro segundo de los Reyes se encuentra este otro episodio:

El rey David hizo trasladar el Arca a la ciudad de su residencia, en medio del júbilo y transporte del pueblo. Puesta sobre una carroza nueva, los bueyes se negaron a seguir y coceando la hicieron ladear. Entonces Oza, un levita, levantó el brazo para sostenerla, cuando al instante la ira de Dios cayó sobre él, y rodó muerto junto al Arca a causa de este atrevimiento.

D. — ¡Pobrecillo! ¿Y qué contenía el Arca?

M. — El Arca Santa, además de las Tablas de la Ley y la Vara de Aarón, contenía el Maná, figura de la Eucaristía. Con esto debemos darnos cuenta de que este Pan celestial no se debe dar a las almas indignas, ya sea porque están en pecado o porque no tienen fe.

Esta semejanza del Arca Santa con la Santísima Eucaristía la recuerda San Pablo cuando dice que en los primeros tiempos de la Iglesia eran castigados muchos cristianos con enfermedades y hasta con la muerte, como Oza, por haberse atrevido a comulgar en forma indigna de la santidad de tan gran Sacramento.

D. — ¿Hay también en nuestros días hechos semejantes que nos recuerdan aquellos castigos?

M. —Tenemos muchos como el que sigue: Una muchacha de dieciséis años había pasado toda la noche bailando y a la mañana siguiente se acercó, atrevida, a comulgar para disimular su falta ante el párroco y las demás compañeras. Pero, ¡pobrecilla!, apenas hubo comulgado, se apoderó de ella un escalofrío, se le descompuso el interior, y en breves momentos, seguidos de un vómito tremendo, echó fuera, juntamente con la Sagrada Forma, toda la comida y después las entrañas a trozos.

D. —Cierto que de Dios nadie se burla. Por esto yo comulgaré siempre dignamente, con el más profundo respeto y reverencia hacia tan sublime misterio.

M. — ¡Muy bien! Todos deberían proponerse lo mismo, y comulgar cada vez con la mejor disposición, con los mejores sentimientos de piedad y devoción de que uno es capaz.

D. — ¿Y qué han de hacer los que, aun queriendo, no sienten esta piedad y devoción?

M. —A muchos les basta la fe interna y los esfuerzos que hacen para conservarse en gracia de Dios; otros lo suplen con la sencillez de corazón libre de culpas voluntarias. Los que Jesús detesta son los desgraciados maliciosos, los indiferentes, los tibios, y más aún, los que pretenden servir a dos señores, ser cristianos y paganos, creyentes y liberales, buenos y malos, castos y deshonestos.

D. —Aquellos, en fin, que cantan para espantar sus males, ¿no es cierto, Padre?

M. —Esos, esos; no me atrevía a decirlo. Pero llegará el día en que, desprendidas las vendas de sus ojos, cuando acaben los misterios, aparecerán claros y diáfanos los sacrilegios cometidos por haber comulgado mal, y se llenarán de general vergüenza los que profanaron a Jesucristo, al Salvador bondadoso. Ahora Jesús se oculta y calla, pero entonces aparecerá con todo el esplendor de su majestad y como Juez riguroso.

D. — ¡Ya basta, Padre, que tiemblo!

M. —Ojalá temblaran todos los presumidos, todos los indignos, los traidores, los miserables sacrílegos… Jesús, que es tan bondadoso, les conceda conocimiento, temor y conversión.

Pbro. Luis José Chiavarino

“COMULGAD BIEN”

San Miguel Arcángel

Artículos del Blog San Miguel Arcángel publicados con permiso del autor