El dilema Newman de la Iglesia

Rorate Caeli agradece a Inside the Vatican Magazine por su permiso para republicar el siguiente artículo de su edición de septiembre-octubre.

El dilema Newman de la Iglesia

John Byron Kuhner

La mayoría de la gente conoce en líneas generales la búsqueda intelectual y espiritual de san John Henry Newman. Un dotado erudito y clérigo de la Iglesia de Inglaterra, Newman se comprometió consigo mismo a demostrar, mediante investigaciones históricas, que la Vía Media anglicana, o Camino Medio, entre el protestantismo y el catolicismo romano, representaba el verdadero camino de la Iglesia de Cristo a través de los siglos.

Sin embargo, la propia investigación de Newman tuvo el efecto contrario al que pretendía: después de mucha investigación, escritura y debate, llegó a la conclusión de que la Iglesia Católica Romana era la verdadera Iglesia, la tradición que nos transmitieron los Apóstoles. Sus investigaciones sobre el pasado lo convencieron de tal manera de esto que se le ocurrió decir brillantemente: «Profundizar en la historia es dejar de ser protestante».

Newman no tenía la última palabra, por supuesto. Ha habido muchos serios historiadores desde Newman que han seguido siendo protestantes. Es cierto, sin embargo, que su camino intelectual hacia la Iglesia Católica ha demostrado ser muy transitado. Muchos miembros inteligentes y devotos de la Iglesia de Inglaterra, después de mucho pensar, se han convertido al catolicismo. Conocí a muchos de esos hombres mientras estaba en Oxford. De hecho, uno puede presuponer, en lugares como Oxford, que los anglicanos inteligentes y reflexivos de tipo tradicionalista, que escuchan los sermones en latín en St. Mary’s y aman la vieja polifonía de ingleses como Thomas Tallis, alguna vez han considerado convertirse al catolicismo. A muchos les disgusta la idea de una conversión real, pero sospechan que sería intelectualmente honesto de su parte si lo hicieran. Sus mentes siguen una secuencia lógica de pensamientos que Newman describió hace mucho tiempo. Tomo a Newman, entonces, como un ejemplo de una persona intelectualmente seria que es llevada a abrazar la fe católica por lo que él considera que es su deber intelectual.
¿Por qué traigo a colación a Newman? Porque su fiesta –fue canonizado por el papa Francisco en 2019– es el 9 de octubre. Pero, también porque creo que la Iglesia hodierna tiene un nuevo dilema como el de Newman.

Como todo lector de estas páginas sabe, el papa Benedicto, con su motu proprio Summorum Pontificum de 2007, permitió el uso ilimitado de la Misa Romana Tradicional, tal como la expresa el misal de 1962. El papa Francisco, por su propio motu proprio Traditionis Custodes, afirmando que esta Misa tradicional ha resultado divisiva, ha expresado su intención de devolver el Rito latino de la Iglesia Católica a una sola forma de Misa, a un solo libro litúrgico, prohibiendo la Misa Romana Tradicional.

Sin embargo, puede que no sea tan fácil volver a la vida anterior a Summorum Pontificum. ¿Por qué? En los quince años transcurridos desde Summorum Pontificum, muchas personas han aprovechado la disponibilidad de la Misa tradicional. Muchos la han encontrado espiritualmente más satisfactoria. Muchos se han preguntado por qué; lo que nos lleva a otra pregunta: si la antigua Misa puede ser más satisfactoria, ¿por qué la nueva Misa es menos satisfactoria? La presencia de la Misa Tradicional, en otras palabras, ha despertado interés en lo que salió mal con la reforma.

El resultado ha sido cientos, miles, de artículos que comparan sus oraciones, música, calendario, leccionario y mucho más. Muchos de estos artículos se han convertido en libros excelentes y reflexivos. Son obra de un grupo de personas que se autodenominan Nuevo Movimiento Litúrgico. Innumerables detalles de la reforma e innumerables detalles de la Misa Tradicional han sido objeto de escrutinio. El registro histórico también ha recibido atención. Saber que la segunda Plegaria Eucarística fue reescrita en un plazo de veinticuatro horas por dos hombres en una trattoria del Trastevere no significa que sea mala, pero ciertamente no puede reclamar el tipo de autoridad que posee el Canon Romano, que se ha mantenido casi sin cambios durante mil quinientos años. El dilema es éste: adentrarse en la historia de la reforma es perder gran parte del afecto por la Nueva Misa.

Para la mayoría de los católicos, esto no es un problema. No van a leer una biografía del P. Annibale Bugnini, el individuo intelectualmente más responsable de la liturgia católica romana tal como existe hoy. No les molesta la eliminación de la palabra “alma” de la Misa del Día de los Fieles Difuntos, como un término obsoleto e inadecuado para el hombre moderno; ni siquiera saben que esto se hizo. No saben que en cada Misa se leía el prólogo del Evangelio de san Juan, presentando con fuerza a los fieles que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” es el sentido mismo de la Misa. No van a comparar las distintas oraciones-colectas de los domingos después de Pentecostés, para ver si se han perdido alguien importante. Es probable que estén tan preocupados por estas cosas como el anglicano promedio está preocupado por el rechazo al monofisismo de la Iglesia Católica (el tema que impulsó las investigaciones históricas de Newman). Puedes vivir una buena vida cristiana estando bien lejos de estos debates.

Sin embargo, lo que veo entre los pocos selectos que se preocupan por estas cosas es consistente: creen que la reforma litúrgica realizada después del Concilio Vaticano II, y en gran parte en contradicción con sus estatutos, representa un intento de la Iglesia Católica de ocupar el medio entre la tradición -con su latín, canto gregoriano y preservación de las tradiciones- y el protestantismo. Representa, en otras palabras, precisamente esa Via Media que Newman al principio encontró tan atractiva sobre la Iglesia de Inglaterra, y luego, en una investigación más profunda, descubrió que era su deber intelectual abandonar.

Uno de los acontecimientos recientes más angustiantes fue el comentario del papa Francisco en Desiderio Desideravi: “No veo cómo sea posible decir que se reconoce la validez del Concilio —aunque me asombra que un católico pueda presumir de no hacerlo— y al mismo tiempo no se acepte la reforma litúrgica nacida de Sacrosanctum Concilium.” En otras palabras, el Papa, con un equipo de liturgistas y escritores fantasmas, ni siquiera está dispuesto a abordar lo que su propio predecesor llamó “el problema del nuevo Misal”, que, según afirmó el papa Benedicto, “yace en el abandono que hace de un proceso histórico que siempre fue continuo, antes y después de san Pío V”, precisamente lo que atrajo tanto a Newman a la Iglesia Católica Romana. Benedicto continúa: “Puedo decir con certeza, basado en mi conocimiento de los debates conciliares y mi lectura repetida de los discursos pronunciados por los Padres del Concilio, que esto no corresponde a las intenciones del Concilio Vaticano II”.

En otras palabras, tenemos un dilema Newman. Tenemos una tradición cristiana quebrada en nombre de una Vía Media con atractivo inmediato pero insuficiente profundidad. Tenemos personas profundamente versadas en la historia de la reforma que se ven intelectualmente obligadas a admitir que la reforma litúrgica fue una chapuza y que la Iglesia perdió algo de importancia como consecuencia de ella. Y tenemos intelectuales cruzando el Tíber para unirse a la Roma de la tradición, y encontrando al Papa en el otro lado, vehemente en su oposición a ellos, y negándose incluso a comprometerse con sus preocupaciones.

Es una situación completamente nueva, una que nos hace gritar: «Sancte Ioannes Henrice Newman, ora pro nobis».

(Traducido por Agustín Silva. Artículo original)

RORATE CÆLI
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