En torno a un reciente documento de la Santa Sede

El 30 de marzo de 2023, el Dicasterio para la Cultura y la Educación y el del Servicio para el Desarrollo Humano Integral emitió un documento titulado Nota Conjunta sobre la “Doctrina del Descubrimiento”, cuyo texto completo puede leerse en este enlace.

El contenido se desarrolla en nueve números y puede observarse una equivocidad y ambigüedad de conceptos notable, al mismo tiempo que una hermenéutica histórica sesgada.

1) Comienza expresando que promover la fraternidad universal y el respeto de la dignidad de todo ser humano, es lo que la Iglesia Católica se esfuerza en promover, de acuerdo al mandato recibido de Cristo. A menos que este mandato sea producto de alguna revelación privada, literalmente suena más a un adagio masónico que a una Ipsissima verba Iesu.

2) En el número tres se dice que, … el respeto por los hechos de la historia exige el reconocimiento de la debilidad humana y de los fallos de los discípulos de Cristo en cada generación. Muchos cristianos han cometido actos de maldad contra las poblaciones indígenas, por los cuales los Papas recientes han pedido perdón en numerosas ocasiones.

La generalización de pedidos de perdón por actos contrarios a los principios de la moral cristiana cometidos por terceros en tiempos lejanos, no puede nunca trascender el ámbito puramente retórico y quedar restringida a un mero formalismo convencional que no puede satisfacer ni redimir las supuestas consecuencias adversas actuales originadas por los actos mencionados.

3) En los números cuatro y cinco se dice que la Iglesia ha tomado conciencia del sufrimiento que ha representado para las poblaciones indígenas la expropiación de sus tierras y las políticas de asimilación forzada. Se habla de colonos y mentalidad colonizadora, así como se nos explica el origen de la llamada doctrina del descubrimiento.

Hablar de colonos y mentalidad colonizadora asociados a la doctrina del descubrimiento, es totalmente equívoco si no se distinguen correctamente los propósitos específicos del Reino de España, descubridor por antonomasia del continente americano, de los de otras potencias involucradas posteriormente, tales como Inglaterra, Holanda y Francia. En el caso de estas últimas, sí es correcto hablar de colonialismo, ya que sus incursiones en América fueron motivadas por un ideal netamente comercial. España no tuvo colonias: las tierras conquistadas pasaban a ser automáticamente provincias del imperio y sus habitantes gozaban de los mismos derechos que los españoles. El proceso de mestizaje (único en la Historia), entre los pueblos aborígenes y los españoles se extendió y persiste al día de hoy desde el Río Grande hasta la Tierra del Fuego. Por el contrario, en las tierras americanas bajo el dominio de la corona británica, francesa y holandesa se procedió al exterminio sistemático de las poblaciones indígenas.

Es inadmisible que unos organismos oficiales de la Santa Sede se hagan partícipes del mito de la propiedad de las tierras de los aborígenes. A la llegada de Colón a América la situación general de barbarie que se vivía era justamente producto de la disputa de tierras entre las diferentes etnias existentes, de masacres indiscriminadas entre ellas mismas desde tiempos inmemoriales, que hacían absolutamente imposible rastrear habitantes originarios del suelo de América, formada por oleadas de inmigraciones durante siglos, desde el Pacífico Sur y Rusia, tal como han demostrado clarísimamente los estudios etnográficos, históricos y raciales.

Esto no quita el legítimo derecho que todo habitante del suelo americano tiene a la propiedad, tal como por ejemplo las reducciones jesuíticas del Paraguay se encargaron de enseñar a los indígenas, proveniente de la dignidad de la persona humana pero no de una supuesta reivindicación violenta y sin fundamento alguno de espurias tradiciones ancestrales.

4) En el número seis, el documento se explaya sobre el concepto de doctrina del descubrimiento, aseverando que la misma no forma parte de la enseñanza de la Iglesia Católica, y que sus contenidos, nunca han sido considerados expresiones de la fe católica. Esto es una perogrullada de proporciones alarmantes. ¿Es qué alguien podría asociar el tema histórico en cuestión a ser parte integrante del dogma profesado por la Iglesia Católica? ¿Sería necesario aclarar también, por ejemplo, que la Declaración de los Derechos Humanos y las de las Naciones Unidas relacionadas al tema u otras similares tampoco forman parte del Credo?

Indudablemente el documento se esfuerza en permanecer dentro de lo políticamente correcto, embarcándose enun proceso apologético irrefrenable que ni siquiera ha encontrado una frontera en importantísimas bulas papales del tiempo analizado, las cuales son sometidas a irrespetuosas críticas a ultranza carentes de la mínima contextualización histórica objetiva debida y reemplazadas por una ideologización interpretativa tal como abarca todo la Nota Conjunta en cuestión. La única excepción es la cita que se hace en el número ocho de la bula Sublimis Deus de 1537 de Pablo III, por la expresa referencia circunstanciada a la temática de marras.

 5) Finalmente, los números siete, ocho y nueve conforman una inclaudicable profesión de fe de la Iglesia en los derechos humanos, los derechos aborígenes y las declaraciones de las Naciones Unidas al respecto.

A pesar de ser un documento oficial de la Iglesia Católica, no encontraremos en ninguna parte del mismo el nombre de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo o de la Santísima Virgen María. ¿Será que los mismos no han tenido ninguna participación en el proceso histórico analizado?, ¿Sería tan incómodo como haber nombrado explícitamente a España, incuestionable y esencial protagonista en toda esta temática o la larga lista de pontífices que a lo largo de los siglos encomiaron su noble obra en América?

Han transcurrido los siglos y el Descubrimiento continúa siendo la piedra de escándalo para muchos. El mismo no guarda similitud con el descubrimiento de un tesoro, una medicina nueva o cosas similares. Estamos ante la colisión más grande que haya existido entre dos mundos completamente diferentes ocurrida de una forma abrupta.

La misma se produjo en circunstancias donde indudablemente no se honró la justicia, especialmente con los que habitaban las tierras descubiertas por Europa. La conquista tuvo un precio y la mayor parte del mismo fue pagado tal vez, por los aborígenes americanos. Sin embargo, la Providencia los compensó con cosas que necesitaban y desconocían, tales como hospitales, escuelas, universidades y una misma lengua que todos comparten hasta el día de hoy.  Precisamente la Iglesia tiene de que enorgullecerse y no avergonzarse con ese reguero de santas y santos, maestros y evangelizadores que repartió a lo largo de este bendito continente que, si bien llegaron a la sombra de una espada que pudo haber oscurecido su tarea, cumplieron con creces su magnánimo propósito evangélico.

Entender la Doctrina del Descubrimiento desde esta perspectiva legitima un válido tratamiento de los actuales problemas de las comunidades aborígenes y del papel fundamental que la Iglesia católica puede reasumir desde criterios evangélicos en el actual momento.

Circunscribir las circunstancias históricas que desencadenaron este doloroso proceso a una barata interpretación ideologizada por una dialéctica ajena al verdadero trasfondo evangélico implica excederse y tergiversar los límites que la Historia y la Verdad demandan.

Prof. Anselmo A. González, Buenos Aires, Argentina

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