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El Evolucionismo contra Dios (2): La “fe” evolucionista

La así llamada “teoría” del evolucionismo se basa en dos principios fundamentales, que guían la interpretación de los datos científicos en la reconstrucción histórica del origen del cosmos y de la vida en la tierra: el naturalismo y el uniformitarianismo. El naturalismo es aquella idea según la cual todo lo que va más allá de las leyes naturales debe ser excluido, prescindiendo de ello, no sólo del campo de la ciencia, sino también del del conocimiento. Por consiguiente, todo aquello que ha sucedido en la historia del universo debe ser reconducido a causas naturales, excluyendo toda intervención sobrenatural. Esta perspectiva cientificista excluye a priori la posibilidad de la existencia de Dios y de su actuar en la historia. Si existiese verdaderamente un Dios creador, o hubiese obrado prodigios en el universo, los naturalistas no lo descubrirían jamás, ya que habrían excluido ya, en sus premisas, la única respuesta verdadera. El uniformitarianismo o actualismo se remonta a Charles Lyell (1797-1875) y es la teoría según la cual los fenómenos geológicos que se producen en el presente en la Tierra no difieren sustancialmente, salvo en el grado de intensidad, de los que se produjeron en las más antiguas eras geológicas. En geología, esta idea se opone al catastrofismo, teoría científica formulada por el naturalista francés Georges Cuvier (1769-1832), que postula la posibilidad de que grandes catástrofes, por ejemplo un diluvio universal (Génesis 6-8), causaran repentinos cambios en el aspecto de la Tierra. Deseo recordar que no sólo el perennemente citado poema de Gilgamesh, sino prácticamente toda cultura en el mundo presenta esta historia prácticamente sin variación. Desde China a las Filipinas, de América a Europa, toda sociedad humana, no importa lo distante geográfica o históricamente que esté, refiere el evento del diluvio universal de manera semejante o igual a la narración bíblica. Esto no nos parecerá extraño si pensamos que ha sucedido realmente: los hombres deben haberlo recordado bien.

Es importante, por tanto, comprender que el evolucionismo y el creacionismo, más que teorías científicas, son dos verdaderas visiones del mundo, en base a las cuales los mismos datos científicos son interpretados de manera coherente para ellas. Los datos que los científicos tienen a la vista, mediante experimentos y observaciones son los mismos, sin embargo, a partir de un punto de vista diferente, cambia el modo en el que son interpretados. Por tanto, las conclusiones extraídas son completa y radicalmente diferentes. No se puede demostrar a ninguno de los dos que el otro tiene razón o no, precisamente porque la historia del universo está más allá del campo estrictamente científico. Se podrá siempre encontrar “un sistema de salvamento” válido para justificar la incoherencia de su solución, postulando que, en el futuro se llegará a una respuesta correcta. Por ejemplo, la presencia de cometas todavía en órbita en nuestro sistema solar indica claramente un universo joven, de algunos miles de años, ya que los cometas tienen una vida muy breve antes de deshacerse al calor del Sol. Si nuestro universo tiene varios miles de millones de años, ¿cómo es posible que se encuentren todavía tantos cometas en nuestro sistema solar, cuando no deberían existir en absoluto? Respuesta: hay una hipotética “nube de Oort” (una especie de manto de cometas), invisible actualmente para nosotros, que cubre por entero el sistema solar aportándole continuamente nuevos cometas. Los evolucionistas tienen fe en la presencia de este “sistema de salvamento” ya que de otro modo su hipótesis sería confutada. Mientras que los creacionistas son conscientes del hecho de aceptar por fe el presupuesto de su visión del mundo, en base a la cual los datos científicos son después ordenados e interpretados racionalmente, los evolucionistas pretenden hacer pasar como objetiva y científica solamente su versión de los hechos, excluyendo sin motivo, especialmente del ámbito docente e institucional, cualquier otra opción sensata, en particular el creacionismo.

En este artículo examinamos con mayor claridad el significado de la palabra evolucionismo y dónde reside el difundido engaño que nos lleva, sin darnos cuenta mínimamente, a saltar del plano científico al fideísta. El término “evolucionismo” tiene 6 significados diferentes entre ellos, para nada relacionados el uno con el otro, que son agrupados y confundidos en esta única palabra en nombre de los principios filosóficos presupuestos a la teoría. Sólo uno de estos 6 significados es científico: el último.

  1. Evolución cósmica: el Big Bang. La convicción de que el tiempo, el espacio, la materia y la energía, las leyes, vienen literalmente de la nada. Además de ser infundada científicamente, esta convicción, ante todo, contradice a la razón, sosteniendo la absurdidad paradoxal de que de la nada pueda provenir el todo. Además, contradice el principio de conservación de la masa, por el cual “nada se crea, nada se destruye, todo se transforma” y también el segundo principio de la termodinámica. Los creacionistas creen que en el principio Dios creó el universo. Los evolucionistas creen que la nada creó el todo, o, dicho de otro modo, que la materia, el polvo o la energía existió desde siempre. “En el principio Dios…” o “En el principio el polvo…”.
  1. La Evolución estelar: no hemos observado nunca la formación de un estrella sino a través de la explosión de supernovas y no sabemos cómo esto pueda suceder de otra manera. Los supuestos impulsos gravitacionales en las nebulosas de gas presuponen que un gas se comporta de manera opuesta a como lo hace siempre o, por el contrario, se debería agregar en vez de dispersarse en el espacio, pero no es así. El proceso de formación de las primeras estrellas es inobservable y requiere de la invocación de mecanismos como la materia oscura, que son puramente fruto de conjeturas y suposiciones.
  1. La Evolución química de los elementos. Esta, debería haber sucedido, precisamente, a partir de Hidrógeno y de Helio, en el interior de estas primeras estrellas, pero también esto es inobservable e indemostrado.
  1. La Abiogénesis, o evolución de los primeros organismos vivos a partir de las piedras. ¿Cómo a partir de las piedras? Pues sí… Nuestro primer padre según el evolucionismo nace de las piedras. Tras millones y millones de años de lluvia y de erupciones de lava, en la sopa química del “caldo primordial”, una poción mágica de increíble potencia, creada por pura casualidad, he aquí que las primeras atávicas formas de vida monocelulares brotaron de las piedras. No hay obviamente prueba de esto, ni de que sea posible, ni de que haya sucedido. De estos primeros microorganismos venidos de la desnuda roca, más tarde, habrían “evolucionado” macho y hembra contemporáneamente, y se habrían encontrado y apareado; habrían desarrollado complejos sistemas digestivos y encontrado algo de comer, contemporáneamente; el corazón y la sangre desarrollados juntos, cuando solos no sirven para nada; la complejidad de la estructura esquelética y muscular para permitir el movimiento; etc…. etc.…
  1. La “macroevolución”, o sea, el proceso que conlleva mutaciones tales que separan un género animal de otro: como los felinos de los cánidos, los reptiles de los pájaros o los primates de los hombres. Este proceso, contrariamente a lo que se piensa normalmente, no está en absoluto demostrado, ni ha sido recogido ni un solo dato como apoyo de esta hipótesis, que no esté basado en el presupuesto de que la evolución haya sucedido verdaderamente. En 5000 años de historia registrada, el hombre no ha observado jamás nada de todo esto, y todo campesino sobre la faz de la tierra espera que de sus dos perros nacerá otro perro, y que de las semillas de trigo nacerá una cosecha de trigo.
  1. El último significado, el único realmente científico, es la así llamada “microevolución” o, más correctamente, “especiación”. La especiación es la mutación de las especies en la adaptación a su hábitat natural. Esto es lo que observamos comúnmente y que Darwin en su libro puso como apoyo de su tesis. El problema es que estas microevoluciones tienen límites. Todo lo que hemos observado en 5000 años de historia hace pensar que existen estos límites más allá de los cuales una especie no puede mutar. Un cánido puede ser un lobo y puede producir numerosísimas especies diversas de cánidos, pero no se convertirá nunca en un felino y no podrá jamás aparearse con un felino y generar prole, ni podrá jamás producir un perro enorme o pequeño como una molécula. Existen límites a estas mutaciones que en Darwin fueron ignoradas de manera totalmente convencional. En efecto, tras haber examinado 14 especies diferentes de pájaros en una isla, podemos concluir que los pajarillos tenían un antepasado común: otro pájaro. Darwin, por el contrario, a partir de este dato observable, da un salto fideísta fundamental, y acepta, de manera arbitraria y anticientífica, que los pájaros, los perros y las bananas tienen un antepasado en común (venido de las piedras).

En conclusión, no hay ninguna razón o prueba para sostener que los 5 primeros significados del término evolución tengan un valor científico. No son presupuestos filosóficos sino “religiosos”, aceptados en base a una visión del mundo que se basa en el naturalismo y el uniformitarianismo. La Palabra de Dios nos advertía hace ya 2000 años, prediciendo la llegada de estas teorías: « Sabed, ante todo, que en los últimos días vendrán burlones con todo tipo de burlas, que actuarán conforme a sus propias pretensiones y dirán: “¿En qué queda la promesa de su venida? Pues desde que los padres murieron todo sigue igual, como desde el principio de la creación.” » (2 Pedro, 3, 3-4). Ellas fueron formuladas con el fin implícito de excluir a Dios del contexto cosmológico, del origen de la vida y del universo. El problema es que filosófica y racionalmente, sin Dios, nada de todo esto tiene el mínimo sentido.

¿Y si nos estuviéramos equivocando, confiándonos a doctrinas humanas, sobre algo tan importante? ¿Si no fuéramos el fruto de un mecanismo de muerte que ha transformado bestias en bestias conscientes? ¿Si fuéramos en verdad, literalmente, tierra plasmada por las manos de Dios en la cual El sopló su Espíritu? Quizá leeremos este pasaje de la Escritura de manera diferente:

« Jesús, al empezar, tenía unos treinta años, y se pensaba que era hijo de José, que a su vez era de Helí, de Matat, de Leví, de Melquí, de Jannaí, de José, […] de Meleá, de Mená, de Matatá, de Natán, de David, […] de Cainán, de Arfaxad, de Sem, de Noé, de Lámec, de Matusalén, de Henoc, de Járet, de Maleleel, de Cainán, de Enós, de Set, de Adán, de Dios. » (Lucas, 3, 23-24. 31. 36-38).

Matteo Di Benedetto

[Artículo original. Traducido por Marianus el Eremita]




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