ADELANTE LA FE

“No dirás falso testimonio ni mentirás”

El Octavo Mandamiento de la Ley de Dios (Moral Católica cap. 10)

Entre los bienes que Dios regaló al hombre, uno de los más preciosos, es la capacidad de expresar los pensamientos y afectos mediante la palabra. La Sagrada Escritura nos muestra ya a Adán y Eva como criaturas que gozan del privilegio de conversar con Dios.

Antes del pecado original, nuestros primeros padres mantienen entre sí y con Dios un diálogo veraz y sencillo. Su inteligencia y su voluntad, intactas, enriquecidas con los dones preternaturales y elevadas por la gracia, desconocían el engaño y la malicia (Cfr. Jn 8:44). Fue el diablo quien les sedujo con la primera mentira.

Nuestros primeros padres cometieron un pecado gravísimo, desobedeciendo a su Padre y Creador. Inmediatamente experimentaron las consecuencias de su falta y, perdido el estado de inocencia, trataron inútilmente de engañar al Señor y de esconderse a la mirada divina (Cfr. Gen 3:8)

1.- El deber de la verdad

Para usar rectamente de su entendimiento y del lenguaje, ordenándolos al servicio del fin para el que ha sido creado, el hombre ha de vencer un doble obstáculo, que procede del pecado original; es decir, la dificultad para discernir lo verdadero de lo falso[1],  y la tendencia a ocultar o deformar la verdad, por malicia o fragilidad. Por eso, el buen empleo de la palabra es para todos un deber de justicia: en primer lugar, con Dios, que nos ha concedido esa facultad como una participación de su sabiduría y veracidad infinitas; después, con el prójimo, pues el fin inmediato del lenguaje es la convivencia social.

2.- El respeto cristiano a la persona y a su libertad

El amor de Dios nos lleva a tratar a todos con respeto. En la medida en que ese amor decae, se corre el peligro de maltratar a los demás. Si se hace, se va contra el mandato de Dios, que nos ordena amarlos como a nosotros mismos. Y es preciso defender la dignidad de cada persona, que la tiene por su alma inmortal y su destino eterno.

La apreciación injusta de los demás es consecuencia de la soberbia y de la propia mala conducta, que impiden estimar la rectitud de los otros, debido a la propia deformación personal.

3.- La verdad en la Sagrada Escritura

El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda verdad. Su Palabra es verdad (cfr. Pr 8: 7; 2 Sam 7: 28). Su ley es verdad (cfr. Sal 119:142). “Tu verdad, de edad en edad” (Sal 119:90; Lc 1, 50). Puesto que Dios es el “Veraz” (Rom 3:4), los miembros de su pueblo son llamados a vivir en la verdad (cfr Sal 119:30).

En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó en plenitud. Lleno de gracia y de verdad (Jn 1:14), él es la luz del mundo (Jn 8:12), la Verdad (cfr. Jn 14: 6). El que cree en él, no permanece en las tinieblas (cfr. Jn 12:46). El discípulo de Jesús, permanece en su palabra, para conocer la verdad que hace libre (cfr. Jn 8: 31-32) y que santifica (cfr. Jn 17:17). Seguir a Jesús es vivir del Espíritu de verdad (Jn 14:17) que el Padre envía en su nombre (cfr. Jn14:26) y que conduce a la verdad completa (Jn 16:13). Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional de la verdad: Sea vuestro lenguaje: “sí, sí”; “no, no” (Mt 5: 37).

Ante Pilato, Cristo proclama que había venido al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18:37). El cristiano no debe avergonzarse de dar testimonio del Señor (2 Tim1:8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de san Pablo ante sus jueces. Debe guardar una conciencia limpia ante Dios y ante los hombres (Hech 24:16).

4.- La veracidad. No levantar falso testimonio ni mentir

4.1 La virtud de la veracidad

La verdad es siempre, en cierto modo, algo sagrado: don de Dios, luz divina que nos encamina. Y hay que tratarla con respeto y con amor. La verdad es la realidad de las cosas, pero podemos distinguir tres clases de verdad: ontológica, lógica y moral.

  • Ontológica o realmente: la verdad es la conformidad de las cosas con el entendimiento divino, que las creó. Las cosas son, en sí mismas, tal y como, desde toda la eternidad, las conoce el entendimiento divino.
  • Lógica o formalmente: consiste en la conformidad del entendimiento con la cosa conocida. Cuando conocemos las cosas tal y como son en la realidad, poseemos la verdad; de otra forma estaríamos en el error.
  • Moralmente: es la conformidad de la palabra con la idea del que habla. Es decir, la expresión sincera de lo que uno piensa.

Este último aspecto interesa ante todo a la teología moral, ya que es el que da origen a la veracidad, que es una de las virtudes derivadas o partes potenciales de la justicia[2].

Santo Tomás define la veracidad como:

“la virtud que inclina a decir siempre la verdad y a manifestarnos al exterior tal como somos interiormente”.[3]

Somos veraces cuando no inducimos a engaño ni con palabras ni con obras.

“Lo que es la astucia con respecto a la prudencia, son el dolo y el fraude con respecto a la sencillez. El dolo o fraude se ordena principalmente a engañar, y alguna vez, secundariamente, a dañar. De donde pertenece directamente a la sencillez evitar el engaño. Y según esto, como ya se ha dicho más arriba[4], la virtud de la sencillez es la misma que la de la veracidad, pero difiere en lo referente a la intención: porque hay veracidad cuando los signos concuerdan con lo signado; en tanto que hay sencillez cuando la mente no tiende a cosas diversas, de manera que una cosa se quiera por dentro y otra se muestre por fuera”.[5]

Podría parecer, sin embargo, que si se quiere ser sencillo hay poco menos que salir de este mundo; porque viviendo en él, a algunos se les antoja inevitable acudir al engaño, y usar de la astucia. Pero no es cierto. La persona buena, sencilla, recta, no necesita engañar a nadie porque no va a hacer mal a nadie; al contrario, busca su bien, y esto lo puede hacer con perfecta sencillez. Aún más: por la ignorancia y la pecabilidad de los hombres, ocurrirá algunas veces que, los mismos que reciben los beneficios de la persona sencilla y recta, se convierten en sus enemigos. Tampoco este último caso debe llevar a perder la sencillez: basta la prudencia, para evitar y contrarrestar esos equivocados ataques con que puede verse amenazado.

En cambio, quien no es recto en su intención, quien no busca sobre todo y siempre el bien de Dios y el de las almas, sino que busca sólo su propio bien -falsamente entendido -, por eso mismo encuentra en los demás un obstáculo para sus intereses, un presunto enemigo. Y como nadie estará de acuerdo en servir al egoísmo de otro, el egoísta se verá obligado a engañar, si persiste en sus intenciones. Su prudencia empieza a torcerse y se convierte en astucia. Tendrá que aparentar, que mentir, para salir adelante entre los demás, a los que él quiere emplear como simples instrumentos de su propio bienestar.

– La veracidad con Dios: Hay que ser veraces en primer lugar con Dios, evitando la hipocresía y la jactancia. Al Señor no es posible engañarle. Saber que somos transparentes a la mirada divina, lleva a un comportamiento sincero delante de Dios y, en consecuencia, con uno mismo y con los demás.

– La veracidad con nosotros mismos: querer agotar la verdad, sin cerrar los ojos a la realidad.

– La veracidad con los demás: si no es posible engañar a Dios, es en cambio relativamente fácil inducir a error al prójimo, cometiendo una injusticia con él y con la sociedad. Basta pensar en el grave daño que se seguiría si todo el mundo se condujera únicamente según el capricho o el interés particular.

Sólo el que es realmente sencillo puede tener verdadera prudencia. El que camina con sencillez, camina confiadamente, ajeno a las inquietudes de la astucia, a la zozobra de ver enemistad por todas partes. La sencillez excluye la astucia pero no la prudencia virtuosa que evita que la sencillez sea demasiado ingenua, candorosa, ineficaz en su amor y en su trabajo por el bien, según aquellas palabras del Señor: “habéis de ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10:16).

 “La caridad por la que amamos a Dios y al prójimo es una misma virtud, porque la razón de amar al prójimo es precisamente Dios. y amamos a Dios cuando amamos al prójimo con caridad.”[6]

Toda mentira es contraria a la caridad por la misma falsedad que lleva consigo. Pero, además, también puede serlo cuando se añade la intención de causar mal al prójimo, o por las circunstancias de escándalo o de cualquier otro daño que se siga.[7]

Hay que estar alerta ante la fácil tentación de acomodar la verdad, o de “crear” la verdad, a costa de traicionarla. El mandato de Dios exige defender y hacer la verdad con caridad (Cfr. Ef 4:15).

Ya hemos afirmado, por lo fácil que es traicionar la verdad. La vida nos enseña frecuentemente que el que no vive como piensa, termina pensando como vive. En la formación cristiana, es preciso poner por obra lo que hemos oído para ser como se nos pide que seamos.

La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete, y los daños padecidos por los que resultan perjudicados. Si la mentira en sí sólo constituye un pecado venial, sin embargo llega a ser mortal cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad.

4.2 Los pecados contra esta virtud

Al rechazar el falso testimonio, el octavo mandamiento prohíbe “la falsedad, mentiras y perjurios de los testigos, agentes, procuradores, abogados, y en fin, las de todos aquellos que intervienen en las causas judiciales. Pero más ampliamente, veda el Señor todo testimonio injusto que pueda acarrear daño o perjuicio a otro, no sólo ante los tribunales, sino también en cualquier otra circunstancia. En el Levítico, donde se señalan esos mandamientos, se dice: “no mentiréis, ni engañará ninguno a su prójimo” (Lev 19:11). No puede ponerse en duda que Dios condena por este mandamiento toda mentira, como corrobora David claramente afirmando: perderás a todos los mentirosos” (Sal 5:7)[8]

Adquieren especial malicia los pecados que menoscaban el honor y buena fama que, por sus virtudes y cualidades, merece cada individuo en el ámbito de la vida privada y social. No consiste sólo en el insulto y en la calumnia, sino también en difundir o exagerar las culpas ajenas o en la merma de sus méritos, en divulgar faltas ocultas, en descubrirlas a quien no tiene derecho a conocerlas … La gravedad de la denigración del prójimo depende de la entidad de las faltas propaladas y del daño que objetivamente se le infiera, a él y a veces también a la sociedad.

La justicia manda respetar en el prójimo su fama y su honor: es el cuarto género de bienes que ampara la justicia. Antes nos ha mandado respetar su vida (5º mandamiento), después su cuerpo (6º mandamiento), y, por último, su hacienda (7º mandamiento). El respeto a la fama y honor del prójimo, corresponde a la materia mandada en el 8º  precepto, al prohibir el falso testimonio contra el prójimo, que lesiona, además de la fama, con frecuencia sus mismos bienes materiales.

Hemos dicho que la veracidad, según Santo Tomás, es la virtud que inclina a decir siempre la verdad y a manifestarnos al exterior tal como somos interiormente.[9] En consecuencia, la práctica de la veracidad, como la de cualquier otra virtud, es obligatoria en el orden moral. Y lo es por derecho natural.

La demostración de esta afirmación que acabamos de subrayar se hace fundamentalmente por dos consideraciones:

1.ª Porque cuando no se dice la verdad se violenta el orden natural de las cosas, ordenado por el mismo autor de la naturaleza. Y esto es malo esencialmente, por lo que es un verdadero pecado[10]. Ya que la única finalidad de la palabra es la de manifestar el pensamiento interior, al que debe adecuarse.

2.ª Porque la verdad es necesaria para la vida social: “Por ser animal sociable, el hombre debe a los demás cuanto sea necesario para la conservación de la sociedad. Ahora bien, no sería posible la convivencia entre los hombres si no se fiaran entre sí, convencidos de que se dicen mutuamente la verdad. Luego es obligatorio decir siempre la verdad”.[11]

La enseñanza moral de la Iglesia reprueba no sólo la falsedad que produce un daño al prójimo; también recrimina a los que -sin acarrear detrimento ajeno- mienten por recreo y diversión, y a los que lo hacen por interés y utilidad.[12] En estos casos, la mentira suele constituir en sí misma un pecado venial, puesto que quien escucha no tiene un derecho estricto a conocer la verdad de que se trata. Pero fácilmente crea un vicio, que induce a caídas mayores. Cuando se quebranta a la vez un deber grave de justicia o caridad, constituye pecado mortal.

Con estos antecedentes, podemos señalar dos pecados principales que se oponen a esta virtud, uno por defecto y otro por exceso. Por defecto, la mentira en sus distintas formas. Por exceso, la violación de secretos, que es la revelación de una verdad, que debería mantenerse oculta. Según las circunstancias veremos los distintos grados de malicia.

La mentira es asegurar como verdadero o falso, con palabras o con obras, lo que no se tiene por tal.

Por razón del fin que se persigue al mentir, se distinguen tres clases de mentira:

  • Jocosa: que se dice por simple broma. Por sí misma no perjudica ni beneficia a nadie.
  • Oficiosa: que se dice en beneficio propio o de otra persona, sin perjuicio de nadie.
  • Dañosa: cuando hay intención o al menos previsión del daño ajeno.

Jamás es lícito mentir, ni por interés propio o ajeno: la mentira asemeja el hombre al diablo, padre de la mentira (Jn 8:44); hace imposible la vida social; acarrea la pérdida del buen nombre; y, finalmente, significa la perdición del alma (Cfr. Sab 1:11). La mentira dañosa puede constituir pecado mortal fácilmente, la jocosa y la oficiosa no suelen pasar de pecado venial.

Conviene hacer notar los vicios subsidiarios con relación a la mentira, como son:

  • la simulación, que es la mentira que se realiza con hechos en vez de con palabras;
  • la hipocresía, que es una simulación especial, que consiste en aparentar exteriormente lo que no se es en realidad;
  • la vanagloria o jactancia, consiste en elevarse sobre lo que uno es, o en atribuirse excelencias que no se tienen;
  • la ironía que, se entiende como el tratar de ridiculizar a uno caricaturizándolo de manera malévola tal o cual aspecto de su comportamiento.

a.- El falso testimonio

Es la mentira u ocultación de la verdad que se dice o hace para daño del prójimo. San Agustín la define como “decir falsedad con intención de engañar”[13]. Supone una doble malicia: contra la veracidad y contra la justicia. Y lleva siempre la obligación de reparar el daño.

El falso testimonio puede darse ante el juez en juicio solemne y fuera del juicio, es decir, en privado. Este segundo coincide con la clase de mentira a que pertenezca y por ella tiene que ser estimado. El que se emite ante el juez es de suyo pecado mortal y lleva consigo un triple desorden: perjurio, injusticia y mentira. Por la violación del juramento, por el daño injusto que se hace al prójimo declarando en contra de él y por la testificada falsedad. El falso testimonio, como toda injusticia manifiesta, lleva consigo la obligación de reparar, que en la vida diaria da lugar a una serie variadísima de situaciones, a veces de extremada gravedad, que habrá que estudiar en cada caso.

b.- La adulación

Consiste en engañar a una persona hablando falsamente bien de ella, con el fin de sacar algún provecho. Es un pecado por exceso contra la afabilidad, que supone en el fondo siempre hipocresía y un refinado egoísmo.

Como nos dice Santo Tomás:

“La amistad antes dicha, o afabilidad, aunque tenga por objeto propio agradar a quienes le rodean, sin embargo no debe temer, en caso necesario, desagradar por conseguir un bien o por evitar un mal. En efecto, si uno quiere conversar con otro con intención de agradarle siempre y sin contradecirle nunca, se excede en su afabilidad y, por tanto, peca por exceso. Si hace esto por mera jovialidad, se le puede llamar amable según Aristóteles; pero si lo hace buscando el propio beneficio o interés, incurre en el pecado de adulación. Sin embargo, el nombre de adulación se extiende comúnmente a todos aquellos que de manera desmedida buscan agradar a otros con palabras o con hechos en el trato corriente”.[14]

EJ pecado por defecto contra la afabilidad es el litigio o espíritu de contradicción.

c.- La locuacidad

Íntimamente unida a la mentira está la locuacidad, el hablar con ligereza (Cfr. Mt 12:36), que lleva fácilmente a apreciaciones inexactas o injurias, que pueden dar lugar a verdadera mentira y calumnia.

5. La buena fama del prójimo

5.1 El derecho al honor y a la buena fama

El derecho a la buena fama es natural al hombre. Todo ser humano tiene derecho a su buena fama, pues nadie ha de ser tenido por malo hasta que sea evidente que lo es. Por eso la injusta difamación de una persona es un pecado contra la estricta justicia, y obliga, en consecuencia, a restituir.

La fama es la opinión que las gentes tienen de una persona, y puede ser buena o mala, según la conducta. El honor es el testimonio de la excelencia de alguien, lo que puede hacerse con palabras, con hechos, o con cosas exteriores. Ante Dios, que escruta los corazones, es suficiente el testimonio de la conciencia; pero ante los hombres se requieren los signos exteriores.[15]

Advirtamos la diferencia entre la fama y el honor. Este es una testificación de la excelencia ajena; la fama, es la opinión pública de esa excelencia. El honor se muestra al presente mientras que la fama se refiere al ausente. El honor se hiere por la contumelia, que consiste en la injuria verbal o real hecha contra el prójimo en su misma presencia. La fama se daña principalmente por la calumnia y la detracción, que recaen propiamente sobre el prójimo ausente.[16]

La buena fama es necesaria para el ejercicio de la profesión, la autoridad y la convivencia.

El derecho al honor y a la fama es un bien precioso, que vale más que las riquezas. Fácilmente se ve la gran importancia de la fama y del honor para una vida digna humana, tanto personal, como familiar y social. Es un bien tan valioso que traspasa las fronteras de la muerte, pues los difuntos siguen teniendo derecho a su propia fama.

5.2 Pecados que lesionan este bien

a.- Juicio temerario

El juicio temerario tiene lugar cuando, sin suficiente fundamento, se juzga, o se admite voluntariamente pensamientos de sospecha sobre posibles pecados o malas intenciones del prójimo. Pero para precisar más esta cuestión, conviene distinguir entre juicio temerario y sospecha y duda temerarias.[17]

Del juicio temerario diríamos entonces, que es el firme asentimiento de la mente sobre vicio o pecado del prójimo, sin motivo suficiente. Y es distinto de la sospecha temeraria, es decir, de la inclinación al asentimiento; y de la duda temeraria, que consiste en la suspensión del asentimiento sin motivo suficiente.

Respecto a la malicia del juicio temerario, hemos de decir que por su naturaleza es pecado mortal contra la justicia, pues el prójimo tiene derecho a que no se le desprecie creyéndole malo, si no es con pruebas. Pero admite parvedad de materia. Todos los juicios temerarios son de la misma especie moral y así, en la confesión, basta acusarse de haber consentido en tantos juicios temerarios en materia grave o leve, sin necesidad de explicar sobre qué materia recaía el juicio.

Para ser grave se requiere que sea:

  • temerario, fundado en motivo insuficiente;
  • en materia grave;
  • firme, pues de otro modo no se infiere grave injuria;
  • deliberado, con advertencia, al menos confusa, de la gravedad de la cosa y de la futilidad de los motivos, o cuando menos de la necesaria obligación de examinar su suficiencia.

La duda y la sospecha temerarias, por su naturaleza, parecen pecados siempre veniales. Podrían ser graves en casos determinados.

Santo Tomás explica las procedencias de las sospechas temerarias:

“Como dice Cicerón, la sospecha implica una falta cuando se funda en ligeros indicios. Y esto puede suceder de tres modos: primero, porque uno es malo en sí mismo, y por ello fácilmente piensa mal de otros, según aquellas palabras de la Sagrada Escritura: El necio andando en su camino y siendo él estulto, a todos juzga necios (Eclo 10:3). Segundo, porque tiene mal afecto a otro; pues cuando alguien desprecia u odia a otro o se irrita y le envidia, piensa mal de él por ligeros indicios, porque cada cual cree fácilmente lo que le apetece. En tercer lugar, la sospecha puede provenir de larga experiencia, por lo que dice Aristóteles que “los ancianos son grandemente suspicaces, ya que muchas veces han experimentado los defectos de otros”.

Las dos primeras causas de la sospecha proceden de sentimiento perverso; mas la tercera causa disminuye su malicia, en cuanto que la experiencia aproxima a la certeza, que es contraria a la noción de sospecha ; y por eso la sospecha implica cierto vicio; y cuanto más avanza ésta (acercándose a la opinión y al juicio), más viciosa es”.[18]

b.- La difamación

La difamación es cualquier atentado injusto contra la fama del prójimo. Puede ser de dos tipos:

  • detracción o murmuración: que consiste en revelar pecados o defectos realmente existentes del prójimo, sin una razón proporcionadamente grave;
  • calumnia: que es atribuir exteriormente al prójimo pecados o defectos falsos, o no del todo verdaderos. La calumnia encierra una doble malicia: contra la veracidad y contra la justicia.

Carga con una grave responsabilidad quien admite o propala a la ligera insinuación de otras personas contra la fama de un tercero.

A la detracción equivale la susurración (chisme), que es la detracción que siembra la discordia entre amigos.

En cuanto a la malicia de la detracción, aunque sea simple o calumniosa, directa o indirecta, formal o material, es pecado grave, aunque no siempre, por razón de la materia. Pecado que va contra la justicia y la caridad. Contra la justicia, porque lesiona el derecho estricto del prójimo a su fama. Contra la caridad, que nos manda amarnos unos a otros y, en consecuencia, prohíbe hacernos daño. La calumnia es más grave, lógicamente, porque envuelve una mentira.[19]

Siempre que ha habido difamación -ya sea detracción o calumnia-, existe obligación de poner los medios posibles para devolver al prójimo la buena fama, en la que injustamente se le ha lesionado. Y de compensar los daños injusta y eficazmente causados y previstos. Ha de hacerse cuanto antes.

La cooperación en estos pecados. Aunque en distintos  grados,  coopera  a  la  difamación:

  • el que induce a otro a la murmuración;
  • quien se gozara y oyera con gusto al difamador;
  • el superior que no impide la murmuración sobre el súbdito;
  • cualquiera a quien, aun  desagradándole  el  pecado de difamación , por temor o negligencia o vergüenza  no  corrigiera  y  rechazara  al

El cooperador a la injusta difamación peca contra la justicia, grave o levemente según la eficacia y el grado de su intervención. De todas formas, el que oye la detracción, si induce eficazmente a ello, peca de igual modo que el denigrante, es decir, contra la caridad y contra la justicia, pues coopera formalmente a la acción injusta y es reo de escándalo directo, por provocar la difamación. Por lo cual está obligado a restituir la fama al difamado solidariamente con el detractor.

Si goza interiormente en la detracción, pero sin dar su aprobación exterior, peca contra la caridad (gravemente si procede de odio o de envidia grave), contra la justicia interna y, a veces, contra la veracidad, por la refinada hipocresía con que disimula sus verdaderos sentimientos internos, para no quedar en mal lugar.

El que no impide la detracción externamente, aunque la desapruebe en su interior, si este proceder obedece a respetos humanos o pusilanimidad, etc., el pecado no suele pasar de venial, e incluso podía excusarse si estuviera moralmente seguro de la inutilidad de su intervención. Pero si hubiera fundada esperanza de éxito y pudiera hacerse sin grave incomodidad, sería pecado mortal contra la caridad, tratándose de una detracción grave. La obligación de impedir la detracción del prójimo en el superior es mucho mayor que en las personas particulares. Si no corrige al súbdito difamador, ordinariamente pecará contra la justicia y contra la caridad con respecto al difamado.

La obligación de reparar la fama y los daños, a los que antes aludíamos, recae sobre el que la lesiona injustamente, de cualquier modo que sea: ya internamente o ante el propio juicio, es decir, tiene obligación de rectificárselo a sí mismo, por el derecho del prójimo, ante nuestra propia conciencia, a conservar su fama. -Ya externamente, por la detracción, si ha actuado como detractor principal, o como cooperador positivo (consintiendo, mandando, aconsejando, etc.) o como negativo (no impidiendo, pudiendo y debiendo hacerlo por justicia).[20]

5.3 Algunas obligaciones especiales

Es evidente que toda esta doctrina tiene especial aplicación en determinadas profesiones por las funciones que ejercen en la sociedad. Así el juez no puede condenar a uno, cuya culpabilidad le conste sólo por conocimiento privado, y en la duda ha de favorecer al reo, porque nadie es malo mientras no se pruebe con certeza. Los  jurados deben absolver  al  reo cuya   inocencia   les  consta   por   ciencia   privada,   ya que así se interpreta su oficio. El secretario y el notario están obligados, entre otras obligaciones, a guardar secreto de oficio.

Hay obligación de acusar y denunciar, mientras no lo excuse una legítima razón, por justicia conmutativa:

  • al que desempeña un puesto público en la sociedad por justicia legal;
  • a los súbditos de la ley, si les consta el crimen con certeza y la denuncia es necesaria para evitar un daño común grave;
  • por caridad, pero sin gran sacrificio a cualquiera, si la denuncia es necesaria para evitar un mal grave de un inocente.

6.- Verdad y Caridad

6.1 La corrección fraterna

La caridad lleva a saber decir a los demás la verdad con nobleza, ayudándoles a mejorar mediante la corrección fraterna, que es una manifestación de fraternidad cristiana y de delicadeza humana, aunque no venga exigida estrictamente por este mandamiento. En cambio, la caridad y la justicia sí pueden exigir, incluso gravemente, la práctica de la corrección fraterna.

6.2 La sencillez y la sinceridad

Hay sencillez cuando la mente no tiende a cosas diversas y aún opuestas, de tal manera que una cosa se quiera por dentro y otra se muestre por fuera. La sencillez es una virtud humana encantadora y, en el orden de la gracia, una pieza importante en el edificio sobrenatural de la santidad. La sinceridad es condición indispensable para alcanzar la sencillez.

6.3 Verdad y humildad

La soberbia, que tan fácilmente ve las faltas ajenas -exagerándolas e incluso inventándolas -, no se da cuenta de las propias. El amor desordenado de la propia excelencia trata siempre de impedir que nos veamos tal y como somos, con todas nuestras miserias.

Padre Lucas Prados


[1] A pesar de ello, el hombre puede conocer con la sola razón, las verdades religiosas naturales.

[2] Cfr. Royo Marín, A ., Teología de la perfección cristiana, 3ª ed., Madrid 1958, pág. 615.

[3] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 109, a. 1 y 3 ad. 3.

[4] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 111, a. 2 ad. 2.

[5] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 111, a. 3 ad. 2.

[6] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 103, a. 2 y 3.

[7] Cfr. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 110, a. 4.

[8] Catecismo Romano, III , cap. IX, num. 7.

[9] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 109, a. 1 y 3 ad. 3.

[10] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 109, a. 2.

[11] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 109, a. 3 ad. 1. Cfr. Q.114, a. 2. ad. 1.

[12] Catecismo Romano, III , cap. IX, num. 23.

[13] San Agustín, De mendacio, 4, 5.

[14] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 115, a. 1.

[15] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 103, a. 1.

[16] Cfr. Royo Marín, A ., Teología de la perfección cristiana, 3ª ed., Madrid 1958, pág. 627.

[17] “No juzguéis, si no queréis ser juzgados” (Mt 7:1); cfr. Lc 6:37; Jn 7:24; Rom 2:1; 14: 4.10; Sant 4: 12- 13.

[18] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, II-II, q. 60, a. 3.

[19] La simple es una verdadera injusticia contra el prójimo y una falta evidente de caridad: la calumniosa es más grave, por la mentira que encierra; la directa supone más audacia y desvergüenza: pero la indirecta no es menos injusta y  comporta, ordinariamente, mayor refinamiento e hipocresía; la material es menos grave, pero es una injusticia manifiesta cuando se prevé, a l menos en confuso. la denigración del prójimo: y la formal es cuando se realiza con plena advertencia ( Cfr. Royo Marín. A., Teología Moral, vol. I, p. 807).

[20] Cfr. Royo Marín, A ., Teología de la perfección cristiana, 3ª ed., Madrid 1958, pág. 636.

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com
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