ADELANTE LA FE

El sacramento que abre las puertas del cielo

"La Unción de los enfermos" - Estudio sobre los sacramentos - Cap. 7

Para una comprensión adecuada de este sacramento, conviene partir de lo que la Biblia nos dice sobre la enfermedad. En la Sagrada Escritura la enfermedad aparece relacionada con la realidad de un mundo en pecado y ligada a la muerte. Estar enfermo supone comprobar la precariedad de nuestro existir, y es, pues, de algún modo, una noticia o anuncio de que somos mortales.

La enseñanza bíblica sobre la enfermedad está por eso muy relacionada con la consideración de las realidades escatológicas. La enfermedad es vista como pena y pena debida por el pecado.

Algunas personas consideraban que la enfermedad constituía un castigo por los pecados personales; de la persistencia de esta idea en algunos estratos de la conciencia popular nos da testimonio el mismo Evangelio (Jn 9:3). Jesucristo enseñaba claramente que la enfermedad es una atadura de Satanás (Lc 13:16), pero no como consecuencia de pecados personales precisamente, sino como la presencia y el dominio del mal en un mundo que, desde la prevaricación de Adán, está bajo el signo del pecado.

A la luz de estas reflexiones cobran todo su valor de signo las curaciones efectuadas por Jesús. La curación de los enfermos es uno de los signos mesiánicos, y así lo recuerda el mismo Cristo (Mt 11: 3-5). Cuando Jesús sana a un enfermo lo hace, ciertamente, por una actitud compasiva, también como manifestación de la autenticidad de su misión; pero a la vez hay en ello una señal mesiánica. Jesús viene a curar en raíz el origen mismo del mal: el pecado, y lo da a conocer curando sus consecuencias. La curación del paralítico es, a este punto, particularmente significativa: “Confía, hijo, tus pecados te son perdonados”, le dice al enfermo. Y cuando surge entonces la malévola murmuración: “Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra de redimir los pecados: Levántate -dijo entonces al paralítico-, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9: 2-6). La curación exterior manifiesta una acción más profunda, más radical, es un signo del mundo nuevo en el que “no habrá más muerte, ni luto, ni clamor, ni pena” (Ap 21:4). El vencimiento de la enfermedad significa la victoria sobre la manifestación de un mundo en pecado.

De ahí que los Apóstoles, al recibir la misión de anunciar el Evangelio, reciban también la de prolongar estos gestos cargados de significación salvífica: “Curad a los enfermos… y decidles: El Reino de Dios está cerca de vosotros” (Lc 10:9). Ya en vida misma de Jesús los Apóstoles, enviados de dos en dos, “ungiendo a muchos enfermos con aceite, los curaban” (Mc 6:13).

1.- Naturaleza de este sacramento

La Unción de los enfermos o Extremaunción es verdadera y propiamente un sacramento (Mc 6:13; Sant 5:14). A través de él, se confiere a los enfermos que se encuentran en peligro de muerte, situación de enfermedad grave o avanzada edad, con los consiguientes peligros que ella conlleva, la gracia para que sean aliviados espiritualmente y, a veces, también corporalmente, si conviene a la salud del alma. [1]

“¿Está alguno enfermo entre vosotros? Mande llamar a los presbíteros de la Iglesia, y ellos oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor; y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados” (San 5: 14-15).

En estas palabras, la Iglesia ha entendido siempre la recomendación y promulgación del sacramento de la Extremaunción o, como se le llama ahora, de la Unción de los enfermos.

Por si existía alguna duda, el Concilio de Trento define:

“Si alguien dijese que la Extremaunción no es verdadero y propio sacramento instituido por Cristo nuestro Señor (Cfr. Mc 6:13) y promulgado por el Apóstol Santiago (Cfr. Sant 5:14), sino sólo un rito recibido de los Padres o una invención humana: sea anatema”.[2]

Dice Santo Tomás de Aquino, que este sacramento es el último y, en cierto modo, el que consuma toda la curación espiritual, sirviendo como medio para que el hombre se prepare para recibir la gloria.[3]

 

2.- Un poco de historia

Uno de los lugares teológicos quizá más elocuentes en orden a clarificar el sentido sacramental del texto de la Epístola de Santiago lo constituyen los testimonios de carácter litúrgico que poseemos desde la más remota antigüedad. Según estos testimonios, parece que la primitiva Iglesia, al menos en algunas regiones de Oriente, reconocía dos usos diferentes de la unción con el óleo santo: por una parte, una unción de carácter privado que los fieles realizaban sobre sí mismos movidos de su devoción particular; por otra, la Unción sacramental, realizada por un ministro sagrado.

Se sabe, en efecto, que los fieles acostumbraban ofrecer durante la Misa ampollas de aceite que el sacerdote bendecía y que luego aquéllos se llevaban a sus casas para ungirse cuando se sentían aquejados de alguna dolencia o dificultad, a fin de obtener la salud del cuerpo y la protección de Dios contra las asechanzas del demonio.

Esta práctica era corriente entre los cristianos de Siria y de Egipto, como se deduce del testimonio de las Constituciones Apostólicas[4] y de una oración del célebre Eucologio de Serapión que lleva este epígrafe: “Oración sobre la ofrenda del óleo y del agua” que se remonta a finales del siglo IV. En ella, se pide a Dios Padre que envíe la virtud salvadora de su Unigénito sobre el óleo consagrado

“…a fin de que todos los que con él sean ungidos se vean libres por su virtud de toda enfermedad y dolencia, del poder del demonio y de los espíritus inmundos… que produzca en ellos, en los ungidos, la gracia y la remisión de los pecados, y que sea un remedio de vida y salvación, de salud y de integridad para el alma y para el cuerpo…”.

Como fácilmente puede verse, aparece aquí con toda claridad la eficacia sacramental referida a las gracias propias del sacramento de la Unción de los enfermos, a saber: la salud del cuerpo y la gracia santificante.

En esta misma línea se puede citar otra fórmula de bendición del óleo que hallamos en el llamado Testamento de Nuestro Señor Jesucristo (1. I, n° 24), obra escrita en lengua siriaca (siglo V), pero que, según H. Leclercq, recoge textos litúrgicos que son eco de épocas bastante más antiguas. Dice así: “Tú, Señor, que curas toda enfermedad y sufrimiento, concede el don de la salud a los que por tu benevolencia has hecho dignos de tal gracia; envía sobre este óleo, imagen de tu largueza, el don de tu benéfica misericordia, a fin de que por él sean aliviados los que sufren, curen los que están enfermos, y sean santificados los que confiesan tu fe”. También aquí se habla con claridad de la salud y de la santificación, referencias evidentes a la virtud del Sacramento.

A principios del siglo V encontramos una carta del papa Inocencio I a Decencio, obispo de Gubio, además de una amplia doctrina a cerca de la naturaleza sacramental de la Unción de los enfermos, nos ofrece datos interesantes respecto de su administración.

En los siglos VI y VII los testimonios son muy abundantes. Hemos de destacar a Cesáreo de Arlés (s. VI), San Beda el Venerable (s. VII). El documento más completo y desarrollado de la antigüedad respecto de la Unción de los enfermos es el Liber Ordinum (s. VII) de la Iglesia mozárabe española.

A partir del s. VIII los textos relativos a este sacramento, su naturaleza y su ritual, se multiplican al paso que se va abriendo camino una elaboración teológico-dogmática de la misma. Son famosos, y como fuentes, citaremos la Capitular II de Teodulfo de Orleáns[5]; el Sacramentario de Saint Rémi de Reims (s. VIII); la colección de Ordines editada por Marténe; el Sacramentario gregoriano de D. Ménard (PL .78,529); y los rituales celtas de Dimna y Mulling (s. IX) y de Stowe (s. IX-X).

Entre las declaraciones del Magisterio deben recordarse la profesión de fe aprobada por Inocencio III para los valdenses que se convirtieran (DS 749), el Concilio II de Lyon (DS 860), el Concilio de Florencia (DS 1324-1325) y sobre todo el Concilio de Trento (DS 1694-1700 ), que, después de haber definido solemnemente el carácter sacramental de la Unción de los enfermos (DS 1601), le dedica un amplio documento. El Tridentino utilizó, para designar a este sacramento, sólo el término “Extrema unción”, con el que fue nombrado desde entonces hasta mediados del s. XX.

De las épocas posteriores podemos mencionar la condena por San Pío X de la proposición modernista según la cual en la Epístola de Santiago no se promulgaba un sacramento, sino tan sólo se recomendaba una costumbre piadosa (DS 3448), y el Código de Derecho Canónico, que reafirma la doctrina y la praxis litúrgica precedentes (cánones 998-1007).

Desde mediados del siglo XX, para subrayar que el sacramento no está reservado a los moribundos, sino que se extiende a cualquier enfermo grave, se tiende a modificar la terminología. Ya en la Encíclica Mystici Corporis de Pío XII se utiliza el término “sagrada unción de los enfermos” (AAS 35, 1943, 202). El Concilio Vaticano II manifiesta su preferencia por este nombre, ya que, afirma, “no es sólo el sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida” (Constitución Sacrosanctum Concilium, 73). Las disposiciones conciliares fueron aplicadas -y en parte ampliadas- por la Constitución Sacram Unctionem infirmorum (1972), que promulgó el nuevo Ordo litúrgico de este sacramento.

 

3.- Materia y Forma de la Unción de los enfermos

Como en todos los sacramentos, en éste en particular, hemos de considerar su materia y su forma.

3.1 Materia

La materia remota es el óleo bendecido por el obispo en la Misa Crismal. En caso de necesidad, cualquier sacerdote puede bendecir el óleo.

La materia próxima es la unción con el óleo en la frente y en las manos del enfermo. El aceite expresa muy bien la eficacia interior del sacramento; porque así como el aceite mitiga los dolores del organismo humano, así también la Unción de los enfermos atenúa la angustiosa pena del alma del enfermo.

En la Constitución Apostólica Sacram Unctionem infirmorun  (1972), el papa Pablo VI modificó la materia y la forma de este sacramento, con el fin de reflejar mejor el sentido de este sacramento. La materia puede ser, en caso de necesidad, cualquier aceite obtenido de planta; el número de unciones se reduce a dos: la cabeza y las manos. En caso de necesidad se puede hacer una sola unción en la frente o en cualquier otra parte del cuerpo.

3.2 Forma

A partir de la revisión hecha por el papa Pablo VI, la forma de este sacramento queda así:

“Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en la enfermedad”.

Este sacramento puede ser repetido, si el enfermo que ha recibido la Unción, se ha restablecido y después ha recaído de nuevo en la enfermedad, y también si durante la misma enfermedad el peligro se hace más serio.

 

4.- Ministro y sujeto de este sacramento

4.1 Ministro

El ministro propio y único de este sacramento es el sacerdote con cura de almas (presbítero u obispo); y en caso de necesidad, cualquier sacerdote.

Últimamente, se ha puesto de moda realizar ceremonias litúrgicas con distribución de este sacramento a un grupo de fieles. En algunas ocasiones, el sacerdote, al verse desbordado, ha acudido a diáconos e incluso a laicos para que impartieran junto con el sacerdote este sacramento; lo cual hace que la Unción sea nula y además sacrílega.

4.2 Sujeto

En la carta de Santiago se declara que la Unción debe darse a los enfermos para aliviarlos y salvarlos; por tanto, este sacramento ha de ser conferido a los fieles que, por enfermedad o edad avanzada, vean en peligro su vida.

La Unción se podría dar también a los niños en situación grave, con tal de que éstos estuvieran bautizados y comprendieran el significado del sacramento que iban a recibir.

Se puede dar el sacramento a personas mayores con conciencia reducida o nula, con tal de que, cuando tenían plena conciencia, como creyentes que son, manifestaran de modo explícito o implícito su deseo de recibirlo, o al menos no lo rechazaran. En cambio, no se puede dar este sacramento a quien persiste obstinadamente en un pecado grave manifiesto (CIC c. 1007).

Aunque la Unción se puede administrar a quien ha perdido el sentido, hay que procurar que este sacramento se reciba con conocimiento, para que así el enfermo se pueda disponer mejor a recibir la gracia. El deseo de la Iglesia, y el verdadero ideal al que se debe llegar, consiste en que se administre con tiempo suficiente, cuando el enfermo esté en plena posesión de sus facultades mentales y con una preparación espiritual lo mejor posible.

Para recibir este sacramento, no basta sólo la enfermedad o la vejez, sino cuando alguna de ellas comporta cierto peligro de muerte. La edad avanzada de una persona con poca salud sería motivo suficiente para darle la unción.

Para que este sacramento dé fruto, se requiere que el enfermo esté en estado de gracia. Es conveniente por tanto, recibir previamente el sacramento de la Penitencia, y también la Eucaristía (Viático).

 

5.- La Unción recibida por un grupo de fieles

Desde que la Extremaunción pasó a llamarse Unción de los enfermos, y los requisitos que debía cumplir el sujeto para recibir este sacramento se ampliaron, las parroquias más grandes han solido organizar ceremonias litúrgicas en las que se hace Unción comunitaria. Ante esta nueva costumbre, hemos de recordar lo siguiente:

El canon 1002 del Código de Derecho Canónico nos dice:

“La celebración común de la unción de los enfermos para varios enfermos al mismo tiempo, que estén debidamente preparados y rectamente dispuestos, puede hacerse de acuerdo con las prescripciones del Obispo diocesano”.

Según los nn. 17 y 83 del Ordo Unctionis infirmorum, corresponde al Obispo diocesano la moderación y vigilancia acerca de estas celebraciones. Por el contenido y referencias de estos números, podemos señalar los criterios que deben tenerse en cuenta en relación con las prescripciones a que el canon se refiere:

1) cuidadosa observancia de todas las normas de la disciplina de la santa Unción, para lo cual ha de prepararse debidamente la celebración litúrgica;

2) que esta celebración comunitaria de ningún modo vaya en perjuicio del cuidado y diligencia que ha de ponerse en la administración de este sacramento cuando es próximo el peligro de muerte;

3) que vaya precedida de la necesaria preparación pastoral de enfermos y asistentes;

4) si se administra dentro de la Misa, ha de hacerse en una iglesia, o al menos en un lugar digno;

5) incluso, si parece oportuno, el Obispo diocesano designará al sacerdote que ha de administrar el sacramento.

A pesar de todas estas indicaciones, algunos párrocos, movidos por la tendencia general al “show” en las ceremonias litúrgicas, han transformado este sacramento recibido a nivel comunitario, en una ocasión festiva, y con relativa frecuencia, cayendo en la tentación de convertirlo en las famosas ceremonias de sanación protestantes y carismáticas.

 

6.- Efectos de la Unción de los enfermos

El efecto primario de este sacramento, como el de cualquier otro, es la gracia santificante y la gracia sacramental específica que, en este caso, se dirige a fortalecer el alma del enfermo para afrontar el trance de la enfermedad y de la muerte, borrando las reliquias del pecado, de modo que pueda vencer fácilmente las asechanzas del diablo en esa última hora. Como todo sacramento de vivos, produce en el alma un aumento de gracia.[6]

La Unción de los enfermos perdona directamente los pecados veniales e, indirectamente, los mortales si el enfermo arrepentido no tuvo ocasión de confesarlos.[7] Este sacramento se dirige propiamente a borrar las reliquias del pecado; es decir a corregir la debilidad del alma derivada de los pecados ya perdonados.

La gracia sacramental específica de la Unción fortalece al enfermo para afrontar con sentido sobrenatural y alegría el trance de la enfermedad y de la muerte, vencer la asechanzas del demonio y abandonarse confiadamente en los brazos misericordiosos de Dios.

Secundariamente, y en la medida en que convenga para la salud espiritual de la persona que recibe este sacramento, la Unción produce también la salud corporal, pues la gracia sacramental ayuda entonces, a recobrar la salud del cuerpo.[8] El alivio corporal está subordinado al efecto principal sobrenatural. Hasta tal punto la salud corporal, subordinada siempre al bien espiritual, es efecto de la Unción, que Santo Tomás afirma que si la curación corporal conviene para la salud del alma, se produce siempre por la virtud del sacramento (aunque de modo secundario).[9]

 

7.- El sentido de la muerte cristiana

El sentido cristiano de la muerte lleva consigo la preparación para bien morir. Tal como nos dice San José Mª Escrivá de Balaguer:

“En la Unción de los enfermos…, asistimos a una amorosa preparación del viaje que terminará en la casa del Padre”.[10]

Aunque la recepción de este sacramento no es necesaria para la salvación, rechazar voluntariamente su recepción sería pecado.

La muerte no hay que contemplarla como el acabamiento de la vida, sino como el momento en el cual cada uno de nosotros le devuelve a Dios los talentos recibidos con los intereses, esperando de Él un premio por nuestro trabajo. Como decía San Pablo: “He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Ya me está preparada la corona de la justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo Juez, y no sólo a mí, sino a todos los que aman su venida.” (2 Tim 4: 7-8).

El momento de la muerte ha de ser contemplado por el hombre como el último acto de amor a Dios; pues es el momento en el cual el hombre ofrece toda su vida a Dios por amor.

Con este espíritu positivo es como el cristiano ha de recibir ese momento final, a veces difícil, del último momento de la vida en este mundo.

Y nunca olvidemos que San José es el patrono de la buena muerte, pues nadie murió con mejor compañía: a un lado Jesús y al otro, María. La piedad popular creó este dicho: “San José bendito, concédeme una buena muerte”. Recordemos también la promesa hecha a favor de aquellas personas que murieran con el escapulario de la Virgen del Carmen….[11]

 

8.- ¿Cuándo llamar al sacerdote para que imparta la Unción a un familiar?

En la antigüedad eran pocos los católicos que morían sin haber recibido la Unción; en cambio hoy día son pocas las personas que mueren habiéndola recibido.

Varias son las razones que pueden explicar este cambio de proceder tan lamentable:

  • La pérdida general de la fe hace que las personas no busquen los sacramentos. Cuando una persona mayor se enferma gravemente, los familiares se preocupan de llamar al médico, pero rara vez acuden al sacerdote. En esos momentos el médico a veces no puede hacer mucho, en cambio el sacerdote sí que puede. Sencillamente le puede poner en paz con Dios y abrirle las puertas del cielo.¿De qué vale vivir un día más si luego, por no haber llamado al sacerdote, se va a morir separado de Dios y condenado para siempre? ¿No sería más lógico e inteligente llamar también al sacerdote para que ayudara al enfermo en ese trance final de la vida y prepararlo a bien morir?

Probablemente la persona enferma, debido a la gravedad de su proceso o por la edad tan avanzada, no pueda pedir que venga el sacerdote; pero los familiares tienen esa grave obligación. Al mismo tiempo es la mayor obra de caridad que pueden hacer y la mayor manifestación de amor que le pueden dar. Cuando llaman al sacerdote para que le dé al enfermo los últimos sacramentos lo que están haciendo en realidad es abrirle las puertas del cielo.

  • El cambio de las costumbres cuando una persona se enferma gravemente. Antiguamente la gran mayoría de las personas morían en sus casas, lo cual facilitaba que el sacerdote se acercara a ellas a imponerles la Unción. En la actualidad, la gran mayoría de los fieles suelen morir en el hospital, y el capellán — que suele haber en la gran mayoría de los hospitales –, no es llamado o no tiene el celo suficiente para acercarse a las habitaciones donde se encuentran los enfermos graves. También hemos de decir, en honor a la verdad, que existen algunos hospitales que ya están dificultando el acceso de los sacerdotes para que puedan atender a los fieles en estos momentos finales de su vida.

 

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Acabamos este capítulo VII dedicado al sacramento de la Unción. La próxima semana comenzaremos a desarrollar el sacramento del Matrimonio; donde, después de hacer una exposición general del mismo, estudiaremos todos los problemas conflictivos que este sacramento tiene en la actualidad.

Padre Lucas Prados


[1] Este sacramento no es sólo para los que se encuentran en los últimos momentos de la vida; por lo que el Vaticano II prefirió cambiarle el nombre a “Unción de los enfermos” en lugar de “Extremaunción” (Vaticano II, Constitución Sacrosanctum concilium, 73).

[2] Concilio de Trento, sesión CIV, canon 1 de Extrema unctione (DS 1695)

[3] Santo Tomás de Aquino, Contra gentiles, 4, 73.

[4] Constituciones Apostólicas (1. 8, c. 29: PG 1,1125).

[5] Teodulfo de Orleáns, Capitular II  (PL 105,220-222).

[6] Concilio de Trento (DS 1694-1700).

[7] Santo Tomás de Aquino, Comentario al IV libro de las Sentencias, d. 23, q. 1, a. 2 sol. 1.

[8] Concilio de Trento (DS 1696).

[9] Santo Tomás de Aquino, Comentario al IV libro de las Sentencias, d. 23, q. 1, a. 2 sol. 2.

[10] San José Mª Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 80.

[11] https://www.aciprensa.com/recursos/el-escapulario-de-la-virgen-del-carmen-1048

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]