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Con el resurgimiento de la Misa Tradicional Romana en toda la Iglesia, una serie de diferencias significativas entre el viejo y nuevo calendario litúrgico, son cada vez más sentidas por los fieles y sus ministros. Todos somos conscientes, pero nadie mejor que nuestro dedicado clero, que casi todos los domingos del año, si es el mismo sacerdote el que celebra Misas, tanto en la formas Ordinaria como Extraordinaria, éste deberá predicar dos homilías sobre las diferentes lecturas del día.

Una de las diferencias más notorias entre los dos calendarios es la ubicación de la Fiesta de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo. En el antiguo calendario, siempre se ha celebrado el último domingo del mes de octubre, justo antes de Todos los Santos. En el nuevo calendario, sin embargo, es el último domingo del año litúrgico, que conduce hasta el primer domingo de Adviento. En la práctica, la brecha entre éstos, es tan grande como un mes. En las parroquias o capillas “bi-formales”, se aconseja al sacerdote mantener útil esa homilía de octubre para noviembre.

Teniendo en cuenta la existencia de esta diferencia no hay nada tan interesante como preguntar por qué hay tanta diferencia, sobre todo en una fiesta de origen tan reciente. Después de todo, el Papa Pío XI instituyó la fiesta en 1925, y ya, en 1970, ésta había sido movida. Para responder a esta pregunta, tenemos que mirar primero las razones dadas por el propio Papa Pío XI para la elección del último domingo de octubre:

“Por tanto, con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. (…)Nos pareció también el último domingo de octubre mucho más acomodado para esta festividad que todos los demás, porque en él casi finaliza el año litúrgico; pues así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el transcurso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y antes de celebrar la gloria de Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria de aquel que triunfa en todos los santos y elegidos. Sea, pues, vuestro deber y vuestro oficio, venerables hermanos, hacer de modo que a la celebración de esta fiesta anual preceda, en días determinados, un curso de predicación al pueblo en todas las parroquias, de manera que, instruidos cuidadosamente los fieles sobre la naturaleza, la significación e importancia de esta festividad, emprendan y ordenen un género de vida que sea verdaderamente digno de los que anhelan servir amorosa y fielmente a su Rey, Jesucristo.” (1)

La intención de Pío XI, como se puede extraer de los nn. 30-31, es hacer hincapié en la gloria de Cristo como término de su misión terrenal, una gloria y misión visible perpetuada en la historia por los santos. De ahí que la fiesta se celebrase poco antes de la Fiesta de Todos los Santos, es decir, para enfatizar que lo que Cristo inauguró en su propia persona antes de ascender en gloria, los santos luego lo realizarían a través de la sociedad humana, la cultura, y las naciones. Es una fiesta principalmente sobre la celebración de la realeza de Cristo sobre toda realidad, incluso en este mundo actual, donde la Iglesia tiene que luchar por el reconocimiento de Sus derechos, la extensión real de Su dominio a todos los dominios, individuales y sociales.

En efecto, también está el hecho obvio no mencionado en Quas Primas, pero que sin duda está en la mente de todos, que el último domingo de octubre fue, durante siglos, celebrado como Domingo de la Reforma. Una contra-fiesta católica, recordando al mundo no sólo la Realeza integral de Jesucristo, tan a menudo negada social y culturalmente por diversas enseñanzas del protestantismo, sino también de la autoridad real de Su Iglesia en todo el mundo, sin duda sería una aplicación razonable de la principio lex orandi, lex credendi.

En las reformas litúrgicas posteriores al Concilio Vaticano II, su lugar fue cambiado al último domingo del año litúrgico, con el objeto de que una semana más tarde, sea el primer domingo de Adviento. Esta nueva posición destaca más bien la dimensión escatológica de la realeza de Cristo: el Reino de Jesucristo, aunque iniciada en el tiempo, está aquí presente “como en un misterio” (de acuerdo a una frase de la Lumen gentium) y de alguna manera “crucificado”. Este Reino se perfeccionará y se manifestará plenamente sólo al final de los tiempos, con el Segundo Advenimiento. De ahí que en el nuevo calendario de la fiesta se instaure al final del año litúrgico, como la suma de la totalidad de la historia de la salvación y el símbolo de la esperanza: expectantes … Adventum salvatoris nostri Jesu Christi, como la liturgia en la forma ordinaria proclama después de la Oración del Señor.

Aunque ambas posturas son defendibles, parecería que la intención de Pío XI, en consonancia con la encíclica en su conjunto, era más insistir en los derechos de Jesucristo aquí y ahora, y los correspondientes deberes de los hombres y las naciones de la tierra. Como Pío XI explica:

“Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano. Él es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de Él no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos.

Él es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos. No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria.”(2)

Desde esta posición, que ciertamente no suena como el lenguaje de la Dignitatis humanae o la diplomacia postconciliar de la Iglesia, es difícil resistirse a pensar que la perspectiva escatológica traiciona a quienes arrodillados ante el desafío de la secularización moderna, duden frente a una percepción calificada como “triunfalista” de la doctrina social pontificia anterior. En otras palabras, la realeza de Cristo es apetecible y proclamable, siempre y cuando se celebre al final del año litúrgico, y no incida demasiado en el orden político y social en este momento, o en la responsabilidad de la Iglesia para convertir las naciones, satisfacer su cultura, y transformar sus leyes a la luz de la fe.

Esta sospecha se confirma con un examen de los cambios realizados en la liturgia de esta fiesta, donde se han suprimido las referencias directas a la realeza de Cristo sobre los Estados y gobernantes, como lo ha documentado Michael Davies en “El Concilio Vaticano II y la Libertad Religiosa” (Long Prairie , MN : La Neumann Press, 1992), 243-51. En particular, el himno de las Primeras Vísperas de la fiesta se modificó significativamente. Los siguientes versos (que se dan aquí en una traducción literal) fueron simplemente eliminados por completo:

La turbamulta impía vocifera:
“no queremos que reine Jesucristo”;
pero en cambio nosotros te aclamamos,
y Rey del universo te decimos.

Que con honores públicos te ensalcen
los que tienen poder sobre la tierra;
que el maestro y el juez te rindan culto,
y que el arte y la ley no te desmientan.

Que las insignias de los reyes todos
te sean para siempre dedicadas,
y que estén sometidos a tu cetro
los ciudadanos todos de la patria.

Glorificado seas, Jesucristo,
que repartes los cetros de la tierra;
y que contigo y con tu eterno Padre

Glorificado el Paráclito sea, por los siglos de los siglos, Amén.

(Hubo varios otros cambios significativos en la liturgia Novus Ordo de la fiesta, todo tendiendo en la misma dirección de la negación silenciosa de la realeza de Cristo sobre las naciones, los pueblos, los gobernantes. Véase el texto completo de Davies)

¿Qué lección nos deja esto a nosotros? La primera expresión de la realeza de Cristo sobre el hombre se encuentra en la ley moral natural que proviene de Dios mismo; la más alta expresión de su reinado es la sagrada liturgia, donde se ofrecen tanto elementos materiales como el propio corazón del hombre a Dios en unión con el Sacrificio divino que redime a la creación. Hoy en día, estamos siendo testigos de la auto – demolición de la Iglesia en la tierra, sobre todo en los países occidentales, ya que tanto los fieles como sus pastores huyen y se esconden de la realidad de la Realeza de Cristo, lo que tiene lugar por nuestra naturaleza caída y que, sin embargo, no suprime las promesas de las inmensas bendiciones en el tiempo y la eternidad. El cuestionamiento incesante de la doctrina moral básica (especialmente en el área del matrimonio y de la familia), el riego continuo hacia abajo de la teología y el ascetismo, la devastación de la liturgia en sí, todo esto, son demasiados rechazos de la autoridad de Dios y de Cristo.

¿Por qué se han amotinado las naciones, y los pueblos meditaron cosas vanas?
Se han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo.
Rompamos sus ataduras, y sacudamos lejos de nosotros su yugo, dijeron.
El que habita en los cielos se reirá de ellos, se burlará de ellos el Señor.
Entonces les hablará en su indignación, y los llenará de terror con su ira.
Mas yo constituí mi rey sobre Sión, mi monte santo.
(…)
Ahora, pues, ¡oh reyes!, entendedlo bien: dejaos instruir, los que juzgáis la tierra.
Servid al Señor con temor, y ensalzadle con temblor santo.
(…)
Bienaventurados serán los que han puesto en él su confianza(3)

Esas verdades vitales y urgentes por las que Pío XI instituyó la mismísima fiesta de la Realeza de Cristo, están todavía vivas, están todavía siendo predicadas y enseñadas, ¿Ellas son la savia vital de toda liturgia, el apostolado, el programa pastoral de la Iglesia? ¿Estamos buscando a una fiesta cuyo tiempo ha pasado? Los lugares donde la fiesta original todavía se celebra en su día original, tienen, en mi experiencia, algo de consciencia de lo que trata todo esto, y alimentan el deseo de vivir de acuerdo con estas verdades. Que los “Noviembreristas” tarde o temprano redescubran la profundidad y amplitud de esta fiesta como su institutor concibió.

(Fotografía de vitral cortesia del Padre Lawrence Lew O.P.)

AUTOR Peter Kwasniewski

[TRADUCCIÓN Dr. Rigoberto Ortiz Treviño]

Artículo original

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(1) CARTA ENCÍCLICA QUAS PRIMAS DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XI, SOBRE LA FIESTA DE CRISTO REY, pp. 30-31 (n. del t. la numeración es acorde a la traducción oficial al castellano en el AAS)

(2) CARTA ENCÍCLICA QUAS PRIMAS DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XI, SOBRE LA FIESTA DE CRISTO REY, pp. 15-16 (n. del t. la numeración es acorde a la traducción oficial al castellano en el AAS)

(3) SALMO 2