Elogio del patriarcado

Quizá la figura temible del ‘Hombre de la bolsa’ haya calado de tal manera en la imaginación de algunos políticos, ideólogos, manipuladores de masas y masas amasadas, que de ahí dedujeron la posibilidad de alcanzar un control social fomentando un nuevo fantasma aplicable a mayores y menores; y fruto de sus testas iluminadísimas dieron con lo que denominaron despectivamente “patriarcado”. 

Que un gobernador abra la cartera estatal y disponga que trescientos cincuenta millones de pesos ($350.000.000) -y eso es solo lo que salió a la luz- pertenecientes a la sociedad, vayan dirigidos a cubrir un capricho propio y de algunos innovadores consistente en apoyar marchas feministas y de gente denominada diversa, es un tremendo avasallamiento al bien común social. Se trata de una voluntad opresora que, al satisfacer los antojos vanguardistas de una minoría a la que también están rendidos una inmensa mayoría de los medios de comunicación, daría la sensación de que es todo una benévola. El desmedro social que pretende ocultarse arroja a las claras que tal despotismo ingresaría de lleno en esa concepción moderna y negativa de “patriarcado”. Ahora: como se trata de un “patriarcado” que oprime a una sociedad mas no a una minoría que encima se la recolecta por distintos puntos del país y del extranjero, entonces no se dice nada. Van entonces algunas breves reflexiones sobre gobernantes y gobiernos opresores. 

Actualmente, flota en el aire una noción de ‘Patriarcado’ a la que se le atribuye, como dije, una significación negativa. Aquí el hombre es presentado como un ser desquiciado, controlador y manipulador, prepotente y maltratador, falto de cordura y, principalmente, un ser que rebaja a la mujer, la usa, la doblega, la quiebra reduciéndola a un estado servil y humillante. En razón de ello, se sostiene, el hombre debe ser menospreciado y hay que desarmarlo, desposeerlo de su autoridad, de su capacidad de guía, de sostén, de protector; hay que despojarlo de su virilidad; y a tal hombre también, como fruto de ideologías incoherentes, se lo debe igualar cuanto más se pueda a la mujer, igualación en donde, si es posible, lo masculino raye lo femenino y lo femenino lo masculino.

Lejos de todas esas inverosímiles invenciones que se le atribuyen al patriarcado, él mismo es un modelo ejemplar en donde el hombre jerarquiza en su vida todas las cosas debidamente, pone su ser al servicio de Dios y luego sirve al prójimo por amor de Dios. He aquí una aproximación rigurosa a lo que sería un patriarca. Luego, encontraremos en él al hombre viril, fuerte, que guía con sabiduría, y que, en razón de ello, no puede ser que sus mandatos sean desequilibrados, ultrajantes y viles, sino que son mandatos regidos por la cordura, la prudencia y el amor. Encontramos en tal hombre un verdadero respeto hacia la mujer, y lo veremos amante de la familia y de su crecimiento. Pienso por ejemplo en Abraham, en Jacob, en el gran Rey David.

Lo dicho en el párrafo anterior no debe confundirse en lo más mínimo con un tipo de hombre que mezcla autoridad con prepotencia, poder con tiranía; que cree que la mujer es inferior y en razón de ello esclava; que en su interior lleva la opresión y que, cuando se le da la oportunidad muestra con evidencias que le gusta oprimir. Se trata de un personaje vil y cobarde, tiránico y desequilibrado, ladino y mentiroso, deshonroso y atormentado, que se deleita en controlar con exceso y suele moverse en la ira. Sujetos así los hemos visto aparecer en distintos períodos históricos y los seguiremos encontrando a lo largo del tiempo, sea dentro de las familias, sea en distintas instituciones, sea en los gobiernos. Abundan hoy los políticos de esta calaña, y son quienes, como más adelante veremos, promueven, alentando a hordas feministas “que el patriarcado se va a caer, se va a caer”. Gran error confundir patriarcado con tiranía, caudillo con opresor. Ejemplo de esto último lo tenemos ogaño con los encuentros feministas impulsados y sostenidos por políticos inescrupulosos, los cuales se presentan como dadores de libertades, pregoneros de derechos e igualdades, tiernos y generosos. Lejos de todo eso son injustos, amigos de las ideologías, opresores que hacen miramientos, por ejemplo, apoyando a las mujeres promotoras de delirios, al tiempo que intentan esclavizar las voluntades de otras mujeres para que se pongan al servicio de las primeras; incapaces de reconocer sus pecados, muy por el contrario les dan lustre, los hacen brillar, los encuadran como conquistas y los transforman en páginas de gloria.

En épocas patriarcales encontramos la figura de Salomón, y su justicia salomónica dice mucho para estos tiempos. Sabemos que dos mujeres se presentaron ante el rey reclamando ser madres de un mismo bebito; Salomón para saber quién era la verdadera madre afirmó que, ya que ambas lo querían para sí, él lo partiría en dos y daría una mitad del niño a cada una. Quien era la madre y por amor al niño le pidió al sabio gobernante no le haga daño al bebito; la otra, por el contrario, pidió la muerte del pequeño. El rey sabio descubrió así quién era la verdadera madre, entregándole el pequeñín a quien por amor no deseó su división y muerte. Bajo esas dos mujeres podemos ver los tiempos modernos: en la sanguinaria vemos al feminismo con su ansia de sangre, de ‘machotismo’ mujeril, de afeamiento, y en la buena, a las mujeres respetuosas de la feminidad, de la vida, de la pudicia.

El feminismo es una reacción extralimitada contra el hombre opresor y el hombre liberal. Ambos usaron y siguen usando a la mujer, ambos la humillan, solo que uno lo hace bajo una esclavitud descubierta y el otro bajo una esclavitud camaleónica y recubierta con el falso rótulo de ‘derechos’. No obstante lo anterior, la culpa de todo se la endilgan a lo que denominan falsamente ‘hombre patriarcal’, hombre que nada tiene que ver con los otros dos. La cobardía del hombre opresor y del hombre liberal es esta: que sin reconocerse culpables y para seguir haciendo de las suyas, encontraron en un tercero, esto es, en el hombre patriarcal, el sujeto en quien descargar sus propios males. De modo que culpando al hombre patriarcal de lo que ellos hacen pueden seguir haciéndolo, corriendo el centro de atención de ellos mismos, y logrando, incluso, que la masa feminista y de ideologías hermanas descarguen su encono contra el hombre que precisamente es el único que dio y da a la mujer el trato debido. Así las cosas tenemos esto: que en el fondo la lucha es entre el hombre patriarca, señor o caballero, y el hombre opresor, el hombre liberal, cobardes y tiránicos. Estos dos últimos personajes, el opresor y el liberal, enquistados en el poder, son de la peor calaña. Sus recursos de conducción son la mentira, la manipulación, la opresión, la amenaza, la inmoralidad, la corrupción, la coima. Es debido al opresor y al liberal que la sociedad camina a su muerte, principalmente porque tales sujetos destruidos en sí y destruidas sus familias, son quienes pregonaron y siguen luchando por un mayor destroce del núcleo familiar en las sociedades. Dichos personajes son amantes del divorcio, del aborto, de la eutanasia, de las seudofamilias contranaturales, en fin, son ellos los que, diciendo estar del lado de la mujer la van corrompiendo, ellos los que fomentan y alientan feminismos e ideologías infrahumanas donde se habla del respeto a la mujer al tiempo que no hacen otras cosa que faltarle permanentemente el respeto. Y, una vez más lo digo, como en el mundo de los ciegos el tuerto es rey, el opresor y el liberal dieron con un chivo expiatorio al que llamaron patriarcado.

Un ejemplo de cómo el supuesto fantasma tenebroso del patriarcado no tiene cabida lo vemos en esta noticia reciente: “Un hombre violó a su novia y le clavó un destornillador en su cuerpo 43 veces”. La noticia te cuenta que se trata de un intento de “femicidio”, y también te dice que el agresor tiene “18 años”. Suficiente. Ya tenemos los datos concretos para librar de toda responsabilidad a ese patriarcado mal visto. ¿Hace cuánto tiempo ya los hombres son hijos del liberalismo, del comunismo inculcado de las más refinadas formas, del capitalismo salvaje? ¿Hace cuánto ya son hijos de una educación laica con contenido sexual variopinto y denigrante? ¿Hace cuánto los vemos hijos de una música que denigra, principalmente a la mujer, a la que con total desparpajo se la trata de perra, mas, para darle carta de ciudadanía y que sea bien vista la cosa solo se habla de ‘perreo’, aceptado hipócritamente hasta por las propias feministas? ¿Hace cuánto hijos adictos de una televisión cretinizada, inmoral, manipuladora y rastrera?¿Y todavía tienen cara para echarle la culpa a un fantasmagórico patriarcado?

Ese hombre opresor y liberal del que hablo es en lo religioso el patriarca deformado, también conocido como modernista o progresista. Se trata principalmente de obispos –también sacerdotes y religiosos-, los que, abandonando el verdadero rol de Padre (Patriarca, Pastor) que da el buen alimento y defiende contra el lobo, entregan a su rebaño a los engaños del mal, lo quieren amigar con las bestias (las dos), lo inducen a una falsificación religiosa que entumece los espíritus y los debían de la verdad. Esos eclesiásticos que ya no pastorean gustan de oprimir constantemente a quienes aman la Tradición Católica, a quienes les señalan sus males. Amigos de los lobos y golpeadores de los fieles a las tradiciones, el moderno obispo es una suerte de activista, preocupado de mostrar, una y otra vez, sus pasos. Amantes de la comunión en la mano modernista que tanto ultraja a Cristo, aun así se presentan como evangelizadores. De los tales ha dicho Dom J.B. Chautard en su célebre libro “El alma de todo apostolado”, que “cuando a esos hombres de obras se los oye hablar de sus hazañas, podría creerse que el Todopoderoso (…) no puede prescindir de su concurso” (ed. Del Apostolado Mariano, España, 1988, p. 35). Esos amantes de la propaganda de sus obras y que tratan a la Eucaristía con indignidad evidente, han olvidado que “la fecundidad del apostolado, casi invariablemente, es paralela al grado de vida eucarística alcanzada por el alma del apóstol” (ob. cit. p. 178).

Resumiendo, en lo social veo copiosamente gobiernos repletos de opresores y liberales guiados por novedades que son desordenes, y en lo religioso se ven también por doquier esas dos calamidades que alimentan novedades que llevan al caos.

Se ha cumplido del plan subversivo descripto por el revolucionario Antonio Gramsci en una de sus cartas escritas en la cárcel: “La única forma que tenemos para hacernos al poder como comunistas, no es lo que hizo Marx. Nosotros debemos infiltrarnos dentro de la sociedad, infiltrarnos dentro de la iglesia, infiltrarnos dentro de la comunidad educativa, lentamente e ir transformando y ridiculizando las tradiciones que se han sostenido históricamente, a fin de ir destruyéndolas y formando la sociedad que nosotros queremos.”

Cristo es patriarcal. María Santísima es patriarcal, por eso dirá sobre Dios en el Magnificat, que “Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre”. San José es el gran Patriarca protector de la Iglesia Universal. He leído hace unos meses atrás un libro sobre San José, Patriarca de Patriarcas, escrito el R.P. Miguel Ángel Comandi. La obra se titula “San José en el misterio de Dios. Donde habita la luz”, y en él hallé algo hermosísimo sobre el padre putativo de Cristo. El Padre Comandi lo llama “el hombre de la Palabra” (ed. Athanasius, Córdoba, 2021, p. 132). Allí está todo cifrado. Ese hombre aparentemente mudo, esposo de María Santísima, cuidó, protegió, transmitió algo extraordinario: La Palabra, esto es, el Verbo hecho carne, es decir, a Jesucristo. Ese hombre justísimo, prudentísimo, sapientísimo y lleno de caridad, ese padre que conforma el pilar de la Sagrada Familia, ese modelo es, en el fondo, el que hoy se desea aniquilar. Los apóstoles son patriarcales. La Iglesia Católica es patriarcal. El Padrenuestro es patriarcal, el Avemaría es patriarcal y el Credo es patriarcal. La Tradición Católica es Patriarcal.  La fe, la esperanza y la caridad son patriarcales. La patrística es patriarcal. La escolástica es patriarcal. Los santos son patriarcales. Los obispos, los sacerdotes y los religiosos que son fieles son patriarcales. Los buenos gobernantes son patriarcales. Los caballeros son patriarcales. Los hombres virtuosos son patriarcales. Las mujeres íntegras son patriarcales. Los sabios son patriarcales. El orden es patriarcal. La civilización es patriarcal. La familia es patriarcal. El hogar es patriarcal. La alegría es patriarcal. La naturaleza humana es patriarcal. La amistad verdadera es patriarcal. La vida en serio es patriarcal, pues arriba, la vida eterna, es maravillosamente patriarcal. La verdadera juventud del alma es patriarcal, y si no fuere patriarcal paradójicamente no tendría juventud. La verdadera crème de la crème social es patriarcal. Toda sociedad brilla con la guía patriarcal, y la vemos desmoronarse día a día bajo el capitalismo salvaje, el comunismo bestial, la masonería perversa, todos nidos de opresores y liberales. Toda la mano de obra dura en el mundo básicamente es patriarcal, de modo que hasta el inodoro es una invención patriarcal y fue colocado en tu casa por la fuerza patriarcal.

El capitalismo salvaje, el comunismo, el liberalismo, la masonería, cada uno individualmente o todos reunidos, comparten el descontrol. En ellos está, como queda dicho, la opresión y las esclavitudes encubiertas y descubiertas. Eso sí: le echan la culpa al patriarcado. Ninguna de las basuras ideológicas mencionadas ingresa en el haber del patriarcado. Las olas de violencia crecientes, los odios, la sangre derramada, la codicia, el egoísmo atroz, el desenfreno lujurioso, la corrupción institucional, todo ello, digo, se explica por la instauración de modelos delirantes como los señalados, que pueden englobárselos bajo estos nombres: liberalismo, naturalismo.

El modernismo no es patriarcal, por eso, renegando de sus raíces se hizo pachamámico.

Lo que en breve tiempo “se va caer, se va caer” no es el patriarcado; el bien siempre triunfa. Lo que caerá en pedazos es el liberalismo, el modernismo, la opresión liberal-modernista. Sabrán entonces de la firmeza que tiene la riquísima raíz patriarcal, la que une el pasado, el presente y la eternidad.   

Los fantasmas normalmente pertenecen al mundo de la imaginación. Sirven para hacer ficción, cuentos de hadas. No se debe abusar de los mismos para no perturbar la realidad. Y ya lo sabemos. Algunos embusteros pretenden que se tema a tal o cual fantasma, cuando en realidad, si se le quita la máscara, fácilmente se descubre que todo eso que falsamente le atribuyen a inventadas entidades fantasmagóricas, son realidades que las vemos encarnadas en sus vidas. 

Tomás I. González Pondal
Tomás I. González Pondal
nació en 1979 en Capital Federal. Es abogado y se dedica a la escritura. Casi por once años dictó clases de Lógica en el Instituto San Luis Rey (Provincia de San Luis). Ha escrito más de un centenar de artículos sobre diversos temas, en diarios jurídicos y no jurídicos, como La Ley, El Derecho, Errepar, Actualidad Jurídica, Rubinzal-Culzoni, La Capital, Los Andes, Diario Uno, Todo un País. Durante algunos años fue articulista del periódico La Nueva Provincia (Bahía Blanca). Actualmente, cada tanto, aparece alguno de sus artículos en el matutino La Prensa. Algunos de sus libros son: En Defensa de los indefensos. La Adivinación: ¿Qué oculta el ocultismo? Vivir de ilusiones. Filosofía en el café. Conociendo a El Principito. La Nostalgia. Regresar al pasado. Tierras de Fantasías. La Sombra del Colibrí. Irónicas. Suma Elemental Contra Abortistas. Sobre la Moda en el Vestir. No existe el Hombre Jamón.

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