Este domingo comenzó el tiempo de Pasión, que comprende la última parte de la Cuaresma. Dice al respecto Dom Guéranger al respecto: «El cielo de la Santa Iglesia se torna triste y sombrío».

En el ordo traditionalis el simbolismo de estos días era de una riqueza inestimable: «En el centro de la liturgia se yergue la Santa Cruz, en cuyo honor se entonan himnos entusiásticos y emocionantes –escribe Dom Justo Pérez de Urbiel–, que nos revelan la diferencia entre la antigua piedad, objetiva, y la nueva, penetrada de un fuerte acento subjetivista»1. El gran himno de vísperas de este periodo es Vexilla Regis, de Venancio Fortunato, obispo de Poitiers, muerto en 609. Crepúsculo de la poesía clásica cristiana y orto de la medieval, este himno revela la belleza sobria, melancólica pero viril, de la tradición gregoriana, labrada al calor de la destrucción violenta de un mundo y la creación de otro:

En las catedrales hispanoamericanas, cuya regla era la de Sevilla, alma ecclesiae indianae, el Viernes de Pasión o, más generalmente, el Miércoles Santo, este himno era entonado mientras se ejecutaban las ceremonias de ancestral origen cruzado de la Reseña o Arrastre de Caudas.

Es en este momento litúrgico en que las imágenes sagradas son veladas, el Gloria Patri del Introito y del Lavabo, suprimido así como el salmo al pie del altar, para componer el lugar, podríamos decir, de la mayor de las desolaciones y de las injusticias.

En la epístola del Primer Domingo de Pasión, san Pablo nos presenta a Cristo como Pontifex futurorum bonorum que se ofrece a sí mismo en sacrificio por la redención del hombre. El gradual y el tracto abundan en la atmósfera opresiva de la traición y de la persecución, del desatamiento absoluto de las fuerzas demoníacas contra Cristo y, por ende, contra su Iglesia: Eripe me, Domine, de inimicis meis, doce me facere voluntatem tuam (…) a viro iniquo eripies me (Gradual); Saepe expugnaverunt me a juventute mea. V. Dicat nunc Israël: saepe expugnaverunt me a juventute mea (Introito).

«Mucho me han angustiado desde mi juventud. Dígalo ahora Israel: mucho me han angustiado desde mi juventud». La voz dolorosa de la Iglesia parece clamar en la liturgia un misterio ominoso: la persecución y traición generalizadas que conoció en sus orígenes, marcada con el sello del primer Viernes Santo, retornarán en plenitud al final de los tiempos.

Gradual. Tractus. Dominica I. Passio D. N. I. C.

II

Entre 1715 y 1720, periodo muy rico en su producción sacra, Vivaldi compuso Filiae maestae Jerusalem (Afligidas hijas de Jerusalén) un motete destinado a preceder un Miserere actualmente perdidopara ser cantado en nona del Oficio de Tinieblas. Cabe señalar que nos encontrábamos en medio de la famosa «decadencia» operística de la música sacra, previa a la restauración solesmesiana y a los decretos pontificios de san Pío X. Es el siglo del Nisi Dominusy del Gloriadel mismo Vivaldi, del Ave Verum Corpusde Mozart e incluso de un oratorio de Jean-Baptiste Grisons, cuyo air inicial acabaría convertido en algo infame. Si esa era la decadencia de la música sacra, ¿cómo estaremos ahora?

El motete vivaldiano presenta a las afligidas hijas de Jerusalén la contemplación del Rex universorum (…) vulneratus et spinis coronatus (…) ut maculas detergat peccatorum. Gran misterio de la kenosis redentora.

Pero donde las dimensiones cósmicas de este misterio se nos hacen más presentes es en el fragmento Sileant Zephyri:

«Enmudezcan los vientos, que los campos se congelen y que las aguas anheladas no vivifiquen más las hierbas y las flores»

¿Puede ser imaginada una injusticia mayor a la crucifixión del Logos Eterno del Padre? ¿Algo menos monstruoso, menos inexplicable? Y sin embargo, aquel Hecho que debiera haber descalabrado al cosmos entero fue nuestra Redención y destruyó el dominio de los Poderes del Infierno: Liberator meus, Domine, de gentibus iracundis: ab insurgentibus in me exaltabis me: a viro iniquo eripies me (Gradual, Dominica I Passionis).

Así también será en nuestros días, en que «el cielo de la Santa Iglesia Militante se ha tornado triste y sombrío», en este tiempo ya no solo litúrgico sino histórico de su Pasión. Sus Santos nos han sido velados. Y el consuelo de implorar la protección de Dios al pie de su santo altar contra el hombre doloso e inicuo también nos ha sido quitado, pues la han colmado de amarguras.

La Revolución Satánica, que obra desde dentro, parece omnipotente. Pero he ahí que esta Hora de las Tinieblas también habrá de disiparse ante el Sol de Justicia: «Prolongaverunt iniquitates suas: Dominus justus concidit cervices peccatorum» (Introito, Dominica I Passionis).

1 Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbiel, «Tiempo de pasión», Misal y devocionario del hombre católico, Aguilar, Madrid, 1964, p. 149.

César Félix Sánchez
Católico, apostólico y romano. Licenciado en literatura, diplomado en historia y magíster en filosofía. Profesor de diversas materias filosóficas e históricas en Arequipa, Perú. Ha escrito artículos en diversos medios digitales e impresos