Circula un eslogan a través de internet y en diversos medios que reza como sigue: “Eres lo que comes”. Y ciertamente, hablando de nuestra alimentación, intuimos la realidad de esta frase y de cómo lo que ingerimos es ciertamente importante para conformar un organismo saludable, o por el contrario, repercutir negativamente en nuestro estado de salud y de ánimo.

Quién no ha oído hablar de la “comida chatarra”, o de los platos precocinados, del “fast food”o comida rápida, etc. los cuales entrañan muchos riesgos para nuestra  salud. Por el contrario, es de todos conocido que alimentarnos, por ejemplo,  al estilo “dieta mediterránea”,  nos aporta bienestar y longevidad.

Hay quienes para alcanzar metas en su físico, son capaces de hacer de todo y más, con tal de lograr la salud, un cuerpo más modelado y qué se yo cuántas cosas más. Y no digo que esté mal, porque tenemos la obligación de cuidar el cuerpo que Dios nos ha dado ya que es templo del Espíritu Santo. Pero, me pregunto si todos estarían dispuestos a hacer lo mismo para cuidar el alma de un modo paralelo. Y me diréis, ¿pero Montse, a qué viene todo este rollo en una página de fe? Pues todo ello tiene un por qué como ahora vamos a tratar de exponer.

Extrapolando la frase “Eres lo que comes” al campo espiritual, y más concretamente a los católicos, quienes tenemos un alimento maravilloso para nuestra salud, tanto corporal como espiritual, que solo poseemos nosotros  y del cual podemos tomar tantas veces como días tiene el año, la pregunta que indudablemente se viene a la cabeza de cualquiera que piense un poco es la siguiente:

Si los católicos tienen un alimento tan especial y tan maravilloso que solo ellos toman ¿se nota exteriormente en ellos una “buena salud” espiritual? O dicho de otro modo, quienes están a nuestro alrededor ¿perciben en nosotros esa “salud”?

La respuesta puede ser, sí o no. Si la respuesta es afirmativa, es que vamos por buen camino y estamos mostrando que al alimentarnos frecuentemente de la Eucaristía, somos transformados poco a poco en “otros Cristos”, porque ni más ni menos, lo que tomamos al acercarnos a la Sagrada Mesa es al mismo Hijo de Dios, a Jesucristo, bajo las especies de pan y de vino, pero a Cristo mismo en su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

¿Pero, lo creemos, lo pensamos, lo vivimos realmente? Ciertamente pienso que poco, muy poco, a la vista de nuestras vidas. Si prefiero quedarme en casa, viendo la tv. antes que acudir a recibir a Jesús en mi corazón, si prefiero sentarme en la terracita de un bar con un amigo, salir a dar una vuelta, quedar con mi vecina para ir a caminar a paso rápido para cuidar mi circulación, antes que acudir a recibir al Señor, pienso que soy un poco como hipócrita, o inconsciente.

Creo de boquilla, lo digo pero mi modo de obrar demuestra lo contrario. ¿Y cuántos católicos desaprovechan a diario el poder “ser lo que comen” y dejan de tomar a Dios para ser cada día un poco más como Dios?  Yo creo que una gran mayoría, a tenor de cómo se encuentran de concurridos nuestros templos. Ciertamente, si actuamos de este modo, es muy difícil que como católicos, nos trasformemos y se note en el exterior que somos otros Cristos.

No obstante, el Señor nos recuerda en Juan, 6:48 : “Yo soy el pan de vida” 6:53 “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”.

Así también, en el Sermón de la Última Cena, Cristo insta a los discípulos a permanecer unidos a Él para ser sarmientos que den fruto, y posteriormente les muestra el modo en que eso va a ser posible, al darles su propio Cuerpo y Sangre en el momento de instituir el Sacramento Eucarístico aquella noche del primer Jueves Santo.

Puede también ocurrir que algunos comulguemos a diario, porque hemos entendido la importancia de la Comunión, que no es más que eso, común-unión con aquel que sabemos nos ama más que nadie en el mundo. Pero también cabría hacerse una pregunta nuevamente: ¿Por qué no trasformamos nuestras vidas, por qué no “somos lo que comemos”? Si recibimos realmente al Señor en cada Comunión, se tendría que notar externamente ese alimento poderosísimo que nos debiera transformar, pero que en muchas ocasiones no se refleja al exterior y no somos o nos comportamos como el Maestro.

El secreto no es otro que precisamente el de llevar una vida de unión con Él, el estar agarrados como los sarmientos a la vid,  tener trato y conocerle a través de la oración diaria, prepararnos a conciencia para recibirle excitando en nosotros esa presencia suya, real y excelsa en la Comunión, prestando atención durante la Misa, en especial en el momento central de la Consagración en que se inmola por mi de nuevo en el Calvario, haciéndome presente allí con mi espíritu, comulgando con respeto, con agradecimiento y tratando de mostrar todo el amor que nos sea posible.

Haciéndonos acompañar por la Virgen María, quien está allí en cada Misa, como en el Calvario.  Alargando la acción de gracias después de recibirle, quedándonos en la medida de nuestras posibilidades en la iglesia hablando con Jesús que está en nuestro corazón, sin buscar el salir y el hablar enseguida con otras personas,  haciéndole sentirse bienvenido en nuestra pobre morada, llenos de deseos de amor  por su presencia. Al salir del templo, renovar la presencia de Jesús en cada acción del día, tenerle a cada paso y hablarle de una Comunión a la otra, renovando su presencia con alguna Comunión Espiritual, tan provechosa también para el alma.

Puede que entonces, siguiendo estos consejos, se cumpla mejor en nuestras vidas la frase con la que comenzaba mi artículo: “Eres lo que comes”. Creo que en cada uno de los que nos alimentamos de Cristo, se empezará a notar un cambio, principalmente en nuestra salud espiritual, e irradiaremos a Cristo a nuestro alrededor. El nos dará también las gracias necesarias para enfrentar todas las pruebas y tentaciones que a diario sobrevendrán, como de todos es sabido, y que con su ayuda nos hará lograr salir victoriosos de las mismas, porque la Comunión nos hace crecer en la gracia día a día. De ahí que se la denomine también “El Pan de los fuertes”.

Cabrá por último recordar los requisitos que todo buen católico tiene que tener en cuenta para antes de comulgar y que son, tal y como aprendimos en el catecismo los siguientes:

1ª Estar en gracia de Dios, es decir, no tener conciencia de haber cometido pecado mortal. Este punto es vital, y frente a la gran confusión reinante en la actualidad,  incluso dentro de la propia Iglesia, cabe recordarlo con mayor vehemencia.

Por lo tanto, no es válida nunca la tesis que corre por ahí, de que si recuerdas un pecado mortal antes de comulgar, basta con que hagas un acto de contrición y te acerques a recibir la Comunión. Esta moda es totalmente falsa y debe ser desterrada de cualquiera que ame mínimamente a Jesús. El alma en pecado grave, ha de pasar antes de recibir al Señor en la Comunión por el sacramento de la confesión. Tampoco sería lícita la Comunión so capa de misericordia, y de que ésta debe ser no solamente “un premio para los perfectos, sino alimento para los débiles“. En esta frase sumamente confusa, podemos caer en el engaño de creer que aún estando en pecado grave podemos comulgar, porque de ello se derivará un supuesto fortalecimiento, que sí existe cuando se recibe en estado de gracia santificante, pero jamás en pecado grave.

Evidentemente, si fuera un premio para los perfectos, en la vida solo hubiera podido comulgar la Santísima Virgen María, ya que nadie es perfecto y todos somos débiles. Pero dentro de esas debilidades, existen matices que diferencian a quienes sí pueden o no pueden comulgar. Simplemente, la diferencia es precisamente estar como estaba María, en gracia de Dios. Más claro lo dice el propio San Pablo, en 1 Corintios  11:27: “Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor”. Así pues,  hay que aclarar convenientemente este punto para no inducir a error, ni con palabras, ni con desórdenes o provocaciones públicas, que pueden confundir o escandalizar a los menos conocedores de la fe y de la palabra de Dios.

Un ejemplo de escándalo puede ser dar la Comunión a personas que externamente no han mostrado un arrepentimiento de sus pecados graves y aparecen indiferentes a la palabra de Dios acudiendo a comulgar haciendo alarde de su condición de pecadores, y a quienes se les suministra el Sacramento, aún con plena conciencia de los ministros.

De ello puede derivarse en personas poco versadas en la fe,  la creencia de que es plausible la Comunión, induciéndoles a pecar,  y ya sabemos lo que sobre el pecado de escándalo se nos dice en los Evangelios. Pecadores públicos que no han rectificado de su conducta pueden ser altos cargos políticos que hayan sancionado, por ejemplo, la ley del aborto y no se hayan retractado públicamente de ello, personas populares por su condición política, o de éxito,  que conviven con quien no es su cónyuge y a quienes se les da la Santa Comunión aun a sabiendas de su situación, precisamente por tratarse de personajes públicos, casos como por ejemplo,  el de personas que al asistir a comulgar siguen obstinadas en su pecado de transexualidad vistiendo y apareciendo como no corresponde a su identidad sexual, etc.

El Evangelio es claro y meridiano al respecto de la denuncia de ello, como se nos muestra en el testimonio en la vida de San Juan Bautista, cuando recrimina públicamente a Herodes el vivir en adulterio con Herodías,  la esposa de su hermano. Hay que evitar el pecado de escándalo y posteriores pecados de quienes lo ven y acudirán después, a causa de ese mal ejemplo, a comulgar en pecado mortal.

2ª Guardar el ayuno eucarístico. Por respeto al Señor que viene dentro de nuestro cuerpo, la Iglesia ha dispuesto que no se tome ningún alimento, ya sea sólido o líquido, como mínimo una hora antes de acercarse a comulgar. El agua puede tomarse ya que no rompe el ayuno.

3ª Saber a quién recibimos. Ser conscientes de que vamos a dejar entrar al mismo Dios en nuestro corazón y estar incorporados a la Iglesia. No puede comulgar, por tanto, quien es de otra religión o quien no ha recibido previamente el bautismo que nos incorpora a la Iglesia y quien no ha recibido una mínima instrucción para conocer que es el mismo Cristo a quien va a recibir.

Así que, te doy un consejo, hermano, amigo, si es que aún no lo practicas. Si realmente quieres “ser lo que comes” y te gustaría ser “otro Cristo” en medio del mundo, te recomiendo que no dejes pasar la oportunidad de recibir dignamente a Jesús-Eucaristía, a poder ser diariamente. Uno no sabe bien cómo se obra esta transformación, porque Cristo trabaja de un modo desconocido y maravilloso dentro de cada alma, pero poco a poco irás percibiendo en ti muchos cambios, muchas mociones del Espíritu Santo que habita en ti, muchos regalos de Dios Padre que se enamora de tu alma cuando recibes a su Hijo amado. Empieza hoy con tu “dieta”, y no olvides ningún día tomar Su Cuerpo.

Te garantizo que vas a “ser lo que comes” y alcanzarás la meta que te propongas. Lo prometió Cristo al decirnos que “quien come Mi Carne y bebe Mi Sangre, mora en Mi y yo en él” ¿No quieres ese regalo para ti? ¿No crees que merece la pena el esfuerzo y la lucha para ganarlo cada día?

 Montse Sanmartí