«¿Es realmente tiempo de esconderse?» Por qué los sacerdotes debieran negarse abiertamente a abandonar la misa tridentina

Publico la siguiente traducción como estímulo para una mayor reflexión en estos tiempos difíciles. Personalmente, no creo que la clandestinidad y la resistencia abierta sean incompatibles: en situaciones en las que son necesarias decisiones prudentes debido a diversas circunstancias, los dos procederes son defendibles. No obstante, estoy de acuerdo con el autor en que debe haber, en muchos lugares y de boca de muchos labios, un firme «non possumus» y una determinación pública de continuar a pesar de posibles sanciones. Lo que no es aceptable es rendirse y hacerse el muerto mientras los enemigos de la fe y de los fieles pisotean los elementos exclusivos del bien común de la Iglesia y del “status ecclesiae.» A tal fin, recomiendo enormemente como lectura paralela a este artículo una carta modelo publicada en otro sitio, de un sacerdote a su obispo. (~ PAK

En un video reciente, el profesor Giovanni Zenone, director de la editorial Fede&Cultura, habló de las supuestas restricciones adicionales a la celebración de la misa comúnmente llamada misa de San Pío V, surgidas del decreto de Bergoglio tras su audiencia con el cardenal Arthur Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

En su discurso, el profesor Zeno verdaderamente describe muy bien y de manera cercana la situación en la que nos encontramos: no es un misterio que las circunstancias son cada vez más serias, y estaría mal minimizar el escándalo pretendiendo normalizar, más que nada por cansancio, lo que en realidad no es normal.

No obstante, por otro lado, no podemos pretender creer que los problemas surgieron ayer: en aras de la honestidad intelectual, debemos recordar que el ataque a la misa de todos los tiempos por parte de la jerarquía ya lleva más de cincuenta años. No hay duda que el profesor Zenone lo sabe, siendo un hombre de cultura, y ciertamente no es uno de los últimos en llegar a nuestro entorno.


Sin embargo, en su charla – o, a decir verdad, en el corazón de su charla – lo que me chocó particularmente fue el fragmento en el cual, tras leer la carta de una devota expresando sus inquietudes sobre la situación a un sacerdote muy querido, el director de la editorial Veronese propuso ciertos consejos a sacerdotes y laicos.

Sobre la cuestión de los laicos, Zeno dice con razón que es nuestro deber intentar proteger a los sacerdotes. En sentido amplio, esto es ciertamente algo bueno y es lo correcto. Sin embargo, en referencia a los sacerdotes, dice apertis verbis que para ellos es «tiempo de esconderse». Es precisamente sobre este punto que me gustaría hacer una pausa para hacer unos breves comentarios.

Es innegable que la referencia de Zeno a la «clandestinidad» para los sacerdotes tiene como fin la defensa y el mantenimiento de la celebración del rito de todos los tiempos, que él cree que está siendo puesto a prueba hoy por el deseo de la mismísima Santa Sede. Sin duda, cierto temor resuena en sus discursos en relación a la posibilidad de que, de ahora en más, se encuentre cada vez más prohibida su celebración. Para Zeno, el problema pareciera estar relacionado con el hecho de que, quien desee continuar celebrándola en abierta oposición a las decisiones de Roma, sin duda será objeto de sanciones canónicas tales como la suspensión a divinis o incluso la reducción al estado laical.  

Evidentemente, tales preocupaciones encuentran su razón de existir porque de verdad es algo que podría llegar a ocurrir. En tal caso, es obvio que no estaría bien en una situación normal –es decir, no como esta– actuar en forma tal de arriesgarse a recibir sanciones canónicas.

Sin embargo, creo que justamente es el punto de partida el que puede cuestionarse. ¿Puede uno realmente creer en la validez de estas posibles sanciones? ¿Puede uno realmente creer que tales actos, penalizar algo que Dios ciertamente desea y que atacan la tradición de la Esposa de Cristo, pueden tener algún tipo de validez? Y otra vez, la supuesta autoridad que los expide, ¿tiene el derecho o el poder de expedir algo que va contra la voluntad de Dios y en contra de la misma Iglesia? Es evidente que la respuesta es negativa, por lo cual no solo puede asumirse, sino que realmente debe asumirse, que tales actos no tienen el derecho objetivo y no poseen validez desde el punto de vista canónico o en la esfera sobrenatural.

Con esto en mente, ¿conviene invitar a los sacerdotes a vivir su ministerio tradicional a escondidas? Definitivamente no, al menos por tres razones:

1. La comparación citada por el profesor Zeno sobre los cristianos de los primeros siglos no es, en mi humilde opinión, un paralelismo histórico correcto. A pesar de la seriedad de la situación actual en ciertos aspectos, por ahora nadie puede decir que está en verdadero riesgo de perder su vida por la fe como los primeros cristianos, por lo menos en Europa (es muy diferente el ejemplo de la Iglesia clandestina en China, donde el riesgo de perder la vida es real). Todo esto se relaciona de cerca con un hecho: la eventual «persecución» de la cual somos objeto no proviene de la autoridad civil, como ocurría con los primeros cristianos o, en tiempos más cercanos a los nuestros, como con los católicos que vivían bajo el «Reino del Terror » (piensen en los mártires de Compiègne), sino que como es bien sabido, proviene de la misma autoridad eclesiástica, tal como comenta Zeno con acierto.

2. Por lo dicho, tenemos el deber como católicos de continuar afirmando lo que la Iglesia siempre afirmó, continuar haciendo lo que la Iglesia siempre hizo y que, más aún, nunca nadie logró ni logrará abolir. El «sinceramiento» no implica poner en riesgo la vida, o por lo menos no hoy en día. Si el único «riesgo” está relacionado con supuestas sanciones canónicas que, como hemos visto, por simple lógica no pueden tener validez porque la autoridad que actúa contra el depósito y la práctica de la fe pierde dicha autoridad de facto por tal proceder, y por lo tanto deben ser consideradas totalmente nulas e inválidas, entonces, si el único daño fuera este, con más razón, en lugar de invitar sacerdotes a la clandestinidad, les corresponde comprender que ninguna sanción canónica puede ser considerada válida, por las razones correctamente expresadas y considero sustancialmente simples de comprender.

3. Hoy menos que nunca es tiempo de clandestinidad. Al contrario, «y Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? Para nada vale ya, sino para que, tirada fuera, la pisen los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede esconderse una ciudad situada sobre una montaña. Y no se enciende una candela para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, y (así) alumbra a todos los que están en la casa.» (Mt. 5:13-16). Necesitamos ejemplos, necesitamos coraje, necesitamos fortaleza, especialmente en tiempos en los que, reiterando que, por el momento, ya veremos qué ocurre en el futuro, no es la autoridad civil la que le ha declarado la guerra al catolicismo, sino quienes deberían liderarlo. Frente a estos, no hay escondite y no debería haberlo.

Como católicos, no podemos olvidar que somos miembros del Cuerpo Místico: somos y debemos ser concretamente la Iglesia militante. Sin importar cuánto consideremos que esta situación es irreversible desde el punto de vista humano, no podemos resignarnos con impotencia frente a la masacre de este Cuerpo Místico del cual somos miembros. Pío XII expresa este punto con claridad en Mystici Corporis:

"El que los hombres perseveren constantes en sus santas obras, el que aprovechen con fervor en gracia y en virtud, el que no sólo tiendan con esfuerzo a la cima de la perfección cristiana, sino que estimulen también en lo posible a los otros a conseguirla, todo esto el Espíritu celestial no lo quiere obrar sin que los mismos hombres pongan su parte con diligencia activa y cotidiana. «Porque los beneficios divinos ―dice San Ambrosio― no se otorgan a los que duermen, sino a los que velan»."

Tenemos el deber de aspirar a la santidad. Debemos resguardar la buena semilla en los hogares, en las comunidades, no para esconderla sino para que crezca aún más. Tenemos el deber de hacer que la santidad brille en la santa Iglesia, como miembros de ella. Y para hacerlo, además de dar un ejemplo humilde en nuestra vida diaria, debemos oponernos con coraje a la corriente moderna y modernista, precisamente a través de un ejemplo visible, acompañado de oración y aliento, sí, también a los sacerdotes: ayudémoslos a tomar el coraje de resistir lo que para los católicos es imposible de aceptar. Oremos por ellos para que no se escondan debido a miedos infundados, sino que obtengan la fortaleza de Dios para darle a Él lo que en verdad le da gloria: la santa misa de todos los tiempos.

Cristiano Lugli

¿Vamos a dejar la Misa y escondernos por temor personal a sanciones? Nuestra vida deberíamos dar por ella.

Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original

RORATE CÆLI
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