Que el Señor, que es la Luz y la Verdad nos conceda caminar siempre en su luz y con su Santo Espíritu nos ilumine para no quedar confundidos y poder así a otros llevar a la verdad, que es una, que es de Cristo y su Iglesia.
La verdad exige que ésta sea completa porque una verdad a medias no es totalmente verdad y puede llevar al error. Por ejemplo, hoy todos repiten unas frases felices del Papa Francisco como: “El pastor debe oler a ovejas”, “Hay que salir a las periferias (entendiendo, lo ha explicado, por periferias también y sobre todo las existenciales)”. Estas dos resumen la voluntad que la Iglesia sea misionera y que los pastores, sobre todo los obispos y también los sacerdotes, no queden encerrados en sus mundos o en el pequeño mundo de los que ya se conocen y no tienen nada nuevo para decirse, a los que –supuestamente- no necesitan ser evangelizados.

Oler a oveja y salir a las periferias

Sin embargo, frases que han tenido tanto impacto es necesario que se esclarezcan ulteriormente para que no terminen siendo sólo slogans que se repiten y luego nada bueno ocurra.
La evangelización es ir a todos para llevar el buen perfume de Cristo, la fe en Él; para proclamar la verdad que sin Jesucristo no hay salvación. Evangelizar implica saber y estar convencido de ello, por fe, que la Iglesia que Cristo fundó es la Católica y que en ella están todos los medios de salvación, los sacramentos. Evangelización es llevar a las periferias, y no sólo a ellas sino también a los que creemos cercanos, el llamado a la conversión a Cristo junto a la Palabra del Señor y la sana doctrina en las enseñanzas de la Iglesia. Para ello, el propósito de ir a las periferias -y a las cercanías también, puesto que la evangelización no puede ser excluyente-, debe este impulso ser completado con la necesidad de primero ir -una y otra vez- al Centro que es Cristo. Es decir, se sale a partir de Cristo y llevando a Cristo. Para llevar a Cristo hay que primero encontrarse con Él, no con una idea sino con Él. Quiere decir que es necesario nutrirse de Él en adoración y oración y de su Palabra para no desvirtuarla. La Palabra que está en las Sagradas Escrituras, las que cuida como tesoro el Magisterio de la Iglesia junto a la Tradición, no la que cada uno quiere interpretar –como hacen los protestantes que carecen de Magisterio- a su modo y conveniencia. Porque si esto no fuera así entonces ¿a qué se va? Si no llevo a Cristo ¿qué llevo y a quién llevo? Me llevo a mí mismo y mis ideas o mi ideología.

Porque, veamos: Si, como lamentablemente es fácil constatar, gran parte de la Iglesia está enferma por la falta de fe y por la confusión dogmática alentada por falsos teólogos, si muchos no se nutren del Señor sino de ideologías, si a la Eucaristía se le da cada vez menos importancia y algunas celebraciones y comuniones llegan a ser sacrílegas, si se pretende cambiar lo que Jesucristo hizo y dijo, si se dice que es misericordia lo que misericordia no es, pues entonces lo que se estaría transmitiendo sería enfermedad que contagia y no verdad que salva.

Los Testigos de Jehová, los mormones y otras sectas salen en busca de la gente, llegan muchas veces donde nosotros no llegamos (y deberíamos llegar, ¡sin duda alguna!) pero ¿Cuál es el resultado? Conducen al rebaño por caminos que no son de salvación porque Cristo, el único Salvador, no está presente. Llevan, en todo caso, un falso Cristo, por tanto un falso Evangelio, una falsa salvación. Lo mismo ocurre con quienes se dicen católicos pero están impregnados de ideología y exhiben, por ejemplo, un Cristo rebelde que justifica la violencia y además de estar ellos presentes en salones van a mezclarse con los pobres para robárselos al Señor. Por eso, necesitamos lucidez para no confundirnos ante las intenciones mejores siendo conscientes que hay muchos que pueden oler a oveja pero no todos hacen que las ovejas regresen o pertenezcan al rebaño de Cristo.
No olvidemos nunca que el primer llamado que hizo el Señor y que sigue haciendo, es a la conversión, al cambio de vida para que la vida sea dirigida a Dios y en Él. “Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado” (Mt 4,17), así comenzó Jesús a predicar. Y el pueblo que habitaba en las tinieblas vio una gran luz (Cf. Mt 4,16). La Iglesia  siguió a su Señor en el anuncio de salvación y en el llamado a la conversión. Pedro, el primer Papa, predicaba y decía: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar..” (Hch 2,38), y también “Arrepentíos y convertíos para que vuestros pecados sean borrados” (Hch 3,19).

“Envía Señor a nuestros corazones la abundancia de tu luz, para que, avanzando siempre por el camino de tus mandatos, nos veamos libres de todo error. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos”. Amén

Un sacerdote