Homilías insípidas: suma y sigue cada domingo

Los fieles mejor formados que acuden a la Santa Misa dominical expresan, con todo respeto y a la vez con toda sinceridad, lo vacías de contenido que son la gran mayoría de homilías que dan los sacerdotes sobre todo desde que la nueva teología conciliar se ha hecho fuerte en nuestra Iglesia.

¿Es una afirmación exagerada?; no lo creo y podemos avalar la misma los sacerdotes que intentamos exhortar a los fieles y a veces alguno de ellos nos felicitan por la “sorpresa” que para ellos supone escuchar por vez primera una verdad doctrinal que debiera estar asumida por la comunidad. Algún lector pensará que peco de vanidad (soy sacerdote y predico) y si así lo cree que rece por este cura, pero por poner algún ejemplo comparto un par de anécdotas de vida real:

Una vez un seglar me pidió lo atendiera en confesión porque alguien le había dicho que yo era un cura que predica sobre el pecado…

Otra vez un seglar (ya entrado en edad) me dijo que en toda su vida nunca escuchó en un sermón que la presencia real de Cristo está en la eucaristía y no en las imágenes…

Con toda claridad enumeremos los habituales defectos que, por acción u omisión, se dan en las homilías desde el posconcilio hasta hoy:

1: Ninguna definición clara. Ambigüedad absoluta a la hora de tocar, si se toca, temas como el pecado o la vida eterna (infierno, juicio, gloria)

2: Mera disertación comentada del evangelio pero sin la más mínima referencia exhortativa a la conversión moral personal (la palabra “conversión” ni existe)

3: Abundancia de verbalismo que se hace cansino y cargante. Termina la homilía y algunos (los que no se han dormido) se preguntarán qué es lo que ha dicho el cura, o que ha querido decir

4: Falta de cercanía personal en la oratoria. Si el predicador es progre (o modernista) normalmente se presenta como un gran intelectual con ridícula pose afectada, y si es conservador (o incluso tradicional) no pocas veces se muestra hierático y sin usar la primera persona del plural (solo usa la segunda)

5: A veces se usan recursos poéticos y barrocos cuya única finalidad es la vanagloria del predicador que se muestra con disfraz místico pero desde una carencia absoluta de mensaje y a la vez que sumisión vergonzante al mundo

6: Aburrimiento suscitado cuando el sermón es leído y, por tanto, sin dar opción a la improvisación que muchas veces el Espíritu Santo suscita (es la llamada homilía “precocinada”)

En opinión de este autor, y de otros muchos sacerdotes, la homilía debe tener las siguientes características para cumplir con el objetivo propio del sermón que es tocar la conciencia del fiel y estimularle a la conversión.

  • Mensaje claro y sin rodeos. No se trata de faltar a la prudencia sino de servir a la verdad. Los temas como el pecado y/o los novísimos deben expresarte son toda firmeza por el bien de las almas (incluyendo la del mismo sacerdote)
  • Exhortación moral que debe ser discernida desde la lectura meditada de la Palabra y el nivel cultural-formativo del público
  • Concreción verbal en aras a buscar la optimización verbal (decir mucho con pocas palabras)
  • Descenso a un mensaje cercano y sin afecciones de “intelectualidad”. Nuestro modelo de predicador el Jesucristo y Él enseñaba con parábolas (cuentos) y lenguaje sencillo y breve
  • Valentía ante los llamados “consensos sociales”. Como decía san Pablo “no predico para agradar al mundo sino a Dios!” (Confr: Gálatas 1, 10)
  • Homilía preparada, si, y meditada en presencia de Dios, claro. Pero abierta a la espontaneidad que suscite el Espíritu y por tanto en la medida de lo posible que no sea previamente escrita

La predicación de la Palabra de Dios es una de las misiones fundamentales de los sacerdotes (junto a la celebración sacramental y al ejercicio de la caridad); recemos para que los sacerdotes sepamos ser fieles y eficaces en esta tarea que es (debe ser) punta de lanza en la conversión de las almas.

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Padre Ildefonso de Asís
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