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La gran seducción (padre Meinvielle)

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La gran seducción (padre Meinvielle)

La magnitud de los acontecimientos que se desarrollan a nuestra vista hoy, tanto en el minúsculo panorama nacional cuanto en el grandioso del orbe universo, nos obliga a levantar nuestra mirada a las causas universalísimas que rigen el destino de la humanidad. San Agustín describió la filosofía de la historia humana en las dos ciudades. Y a quince siglos de distancia del gran pensador de Hipona, testigos de milenio y medio de esta lucha universal entre los hijos de Satán y los hijos de Dios, que él no pudo contemplar, actores de un momento culminante de la misma, hemos de poner nuestros ojos en el ardor bélico que tanto la Iglesia como la Contra-Iglesia desarrollan en la conquista de la vida temporal humana. Porque allí y no en otra parte estriba la lucha decisiva de la humanidad, hoy más que nunca. Tiempo hubo, en que la lucha entre los hombres pareciera desarrollarse por el triunfo de ideas desencarnadas –disensiones teológicas y filosóficas– o por la conquista de simples ventajas económicas o políticas. Hoy, detrás de todas las batallas parciales que tienen lugar en lo económico, político y cultural hay una batalla –la gran batalla– que tiene lugar al mismo tiempo en todo el universo y en cada parte de él en la cual los contendientes –y ¡qué contendientes!– pugnan acérrimamente por imponer a la vida humana temporal una forma de ser determinada. Es una lucha por encarnar en la vida universal ideas totales. Y como cada uno –con razón o sin ella, no es caso de averiguarlo aquí– llama civilización al ideal por cuya victoria lucha, podemos decir, simplificando, que la lucha se desarrolla por la civilización. Así vemos, cómo desde el Renacimiento, los enemigos de la Iglesia la combaten en nombre de la civilización y cómo ella, por su parte, aunque con destino eterno, lucha frente a sus enemigos para guardar incólume los valores de la auténtica civilización.

Lo que es importante advertir aquí, es que tanto para la Iglesia como para la Contra-Iglesia la lucha se desenvuelve por la dominación totalitaria de la vida humana temporal. No existe ninguna zona de la actividad humana –técnica, artes, ciencia, economía, política, cultura– donde la Iglesia no quiera dejar sentir su influencia para salvarla y santificarla; y no existe tampoco ninguna zona donde la Contra-Iglesia no pretenda un dominio exclusivo para perderla y satanizarla. La Contra-Iglesia llama civilización y progreso a la forma de ser que quiere imponer a la vida humana temporal; y la Iglesia llama, a su vez, civilización a aquella que quiere Ella imponer. En un próximo artículo veremos que sólo la Iglesia tiene razón. Pero la necesidad de usar un lenguaje que nos haga comprensibles nos obliga a hablar de civilización cristiana que es la vida temporal humana, informada por la plenitud de la doctrina católica y de civilización moderna que es esta misma vida humana, sometida a los principios de libertad y democracia, nutridos en el filosofismo del siglo XVIII, proclamados en la nefasta Revolución Francesa, vividos en el liberalismo del siglo XIX y revivificados ahora en el materialismo comunista.

Suponer que la vida humana temporal, o parte de ella, deba substraerse a la influencia de la Iglesia, sería como observa la Unam Sanctam de Bonifacio VIII, renovar el error de los maniqueos que admitían dos principios últimos e irreductibles de las cosas creadas y si acaso los liberales disienten en algo de los maniqueos es porque afirman algo peor. “Porque al autor de las cosas temporales a quien el maniqueo consideraba como dios malo, fácilmente lo tomará como dios de la luz y del progreso, y al que los maniqueos llamaban Dios bueno, autor de las cosas espirituales, le llamará Dios de las tinieblas y del oscurantismo.”[2] (Billot)

Origen de esta lucha

La lucha entre la Iglesia y la Contra-Iglesia es tan antigua como la humanidad, desde que existe “aquel gran dragón, la antigua serpiente, que se llama diablo y Satanás, que seduce a todo el orbe” (Apoc. XII, 9), verdadero autor de todas las herejías y de todas las sectas porque es “homicida desde el comienzo y no se funda en la verdad porque no hay verdad en él y cuando dice mentira, de lo propio habla, porque es mentiroso y padre de la Mentira” (Palabras de Jesucristo en S. Juan VIII, 44).

Es este espíritu de error que “obra en los hijos de la incredulidad y de la desobediencia” (Efesios II, 2) que opera en ellos, y por ellos el misterio de iniquidad, “hasta que sea manifestado el hombre de pecado, el hijo de la perdición, que se levanta contra todos y se ensalza por encima de todos hasta decirse Dios y recibir adoración y sentarse en el templo de Dios y a quien el Señor Jesús exterminará por el soplo de su boca y por la gloria de su advenimiento.” (II Tes. II, 3-10).

Con estas palabras Jesucristo y sus Apóstoles nos señalan la gran seducción que ha comenzado en el paraíso terrenal y que no cesará hasta el gran día en que todo lo del cielo, y lo de la tierra y lo del infierno doble la rodilla al nombre de Jesús y confiese que el Señor Jesús está en la gloria del Padre.

Antes de la venida del Señor en la encarnación, la gran seducción dominó todo el haz de la tierra, salvo el pequeño y milagroso pueblo de Israel y algunas almas individuales de la gentilidad, y, después del Señor, vencida la seducción, la Iglesia, su divina Esposa, logró conquistar en el universo naciones enteras que, plasmadas por Ella, aún en su vida temporal, formaron la Europa cristiana, de cuyos estados podía decirse lo que el historiador Gibbon dijo de Francia: “este reino fue formado por los obispos como las abejas construyen su colmena.”

La Revolución Francesa

Las herejías no dejaron de asechar contra la ciudad cristiana y con grandes éxitos parciales; pero sólo lograron una gran victoria universal en la Revolución Francesa, cuando, reunidos los impíos en terrible conjuración contra Dios y contra Cristo, dijeron: “Rompamos sus ataduras y arrojemos de nosotros su yugo” y resolvieron destruir la antigua ciudad cristiana y reemplazarla por otra hecha a medida del hombre.

La impiedad, entonces, transformada en ángel de luz con el pomposo nombre de filosofía, hizo “blanco de sus odios a todos los gobiernos y a todas las instituciones de Europa porque eran cristianos y en la medida que eran cristianos; un malestar de opinión y un desconcierto universal se apoderó de todas las cabezas. En Francia sobre todo toda la rabia filosófica no conoció límites y pronto una sola voz formidable formada por tantas voces reunidas gritó a Dios en medio de la culpable Europa: ¡Dejanos! ¿Será preciso entonces temblar eternamente delante de los sacerdotes y recibir de ellos la instrucción que quieran darnos? La verdad está oculta en toda Europa por el humo del incensario, es tiempo que ella salga de esta nube fatal. No hablaremos más de ti a nuestros hijos. A ellos les tocará cuando hombres, saber si tú existes, quién eres tú y qué quieres de ellos. Todo lo que existe nos disgusta porque tu nombre está escrito sobre todo lo que existe. Queremos destruirlo todo y rehacerlo sin ti. Sal de nuestros consejos, de nuestras academias, de nuestras casas. La razón no basta. ¡Déjanos! (De Maistre, Ensayo sobre el Principio generador de las constituciones).

El pretexto para instaurar el nuevo orden social fue la libertad; el código, el contrato social; el medio la demagogia; la razón última la constitución del Estado ateo y coloso, supremo árbitro de todos los derechos, de todo lo lícito y lo ilícito, dictador omnipotente de lo permitido o prohibido bajo el cual el nombre y culto de Dios será abolido perpetuamente. A este fin todo se endereza y todos los medios se ordenan; a éste la destrucción de la familia, a éste la destrucción de las corporaciones, a éste la destrucción de las libertades tanto municipales como provinciales para que sólo quede la potestad del Estado impío sin cuyo imperio no puede mover nadie ni pie ni manos en todo el ámbito del universo. Este es el fin del intento y no la libertad civil. La libertad es un pretexto, la libertad es un ídolo para seducir al pueblo, ídolo que tiene manos y no palpa, tiene pies y no camina, númen inánime bajo el cual Satanás se prepara a reducir a las gentes a una servidumbre mucho peor que aquella en que se las tuvo en la antigüedad con los ídolos materiales del paganismo. Por lo demás de lo que se trata es de la religión. “Queremos organizar una humanidad sin Dios.” (Jules Ferry). Y así “desde los días de la Revolución estamos en rebelión contra la autoridad divina y humana (que dependa de Dios) con quien hemos arreglado de golpe una terrible cuenta el 21 de enero de 1791.” (Clemenceau). “La civilización moderna y el cristianismo están en contradicción: es necesario que uno ceda lugar. El progreso moderno no reconoce sino un Dios inmanente al mundo, opuesto al Dios trascendental de la revelación cristiana, ni otra moralidad sino aquella cuya fuente es la voluntad humana, determinándose por sí y constituyendo para sí la ley.” (Hartman, Religión del porvenir. Billot, De Ecclesia Christi, T. II). Y poco hace respecto a este resultado final de la secularización absoluta de la vida las diferencias de medios que puedan implicar los totalitarismos llamados antidemocráticos o democráticos porque la impiedad anida igualmente en las entrañas de unos y de otros y no son sino dos caras –Gog y Magog– de un solo y único personaje, el gran Seductor.

La Revolución Francesa fue la primera gran batalla, de proyección universal, perdida por la Iglesia. Con ella, por vez primera, se implanta en el corazón de la Cristiandad y en el mundo una civilización anticristiana. La dirección civilizadora del mundo queda, desde entonces, en manos de la Contra-Iglesia; y, desde entonces, se erige como norma de vida civilizadora, un ideal anticristiano.

Antes de 1789 había muchos desvaríos de la inteligencia y gran corrupción de las costumbres pero los valores sociales erigidos como normas de vida eran católicos y también lo eran las instituciones. Por el contrario, desde entonces se erigen públicamente como ideal, normas anticristianas y si la verdad y el bien continúan perseverando por la influencia de la Iglesia, no pueden realizar sino una proyección restringida que apenas traspasa la esfera individual.

La civilización moderna y los católicos

Este radical cambio operado en la escala social de los valores civilizadores va a plantear un problema práctico a los católicos, terrible y decisivo. Porque, una de dos, o se mantienen en la verdad católica íntegra, valedera aún como norma de conducta privada y pública y entonces se exponen a ser tachados de reaccionarios, retrógrados, antiprogresistas o antimodernos; o, en cambio, reservando la verdad católica integral a un plano puramente teórico, aceptan como norma práctica de vida, una conciliación de los principios católicos con los modernos, una mixtura, una transacción, una regla de conducta, derivada de una teología alterada o disminuida.

Esto segundo hicieron los clérigos constitucionalistas los días mismos de la Revolución; esto hicieron, con gran despliegue de pensamiento los redactores de l’Avenir, y, sobre todo Lamennais; esto hicieron, en todos los países católicos, los llamados “católicos liberales”; esto cumplieron en Norteamérica los americanistas y, en todas partes, los católicos democratistas, cuya expresión más típica fue el movimiento del Sillón de Marc Sangnier.

Podría creerse que después de las condenaciones de la Mirari Vos de Gregorio XIV, del Syllabus de Pío IX, de las magistrales encíclicas de León XIII, de la reprobación del americanismo en Testem benevolentiae del mismo León XIII, de la condenación del Sillón por Pío X, el liberalismo y el democratismo de los católicos habrían terminado para siempre.

Pero no es así. Muy por el contrario. Ahora con una situación similar a la planteada por la Revolución Francesa, frente al hecho, al parecer inminente del triunfo democratista y comunista, surgen con virulencia todos los católicos que se creen en la perentoria necesidad de acomodarse en la nueva situación y que, por ello, se preguntan: ¿qué haremos los católicos en un mundo nuevo que se levanta, y que erige una nueva e irresistible forma de vida? ¿Nos mantendremos en la verdad católica íntegra, adoptada aun como normas de conducta exponiéndonos a que nos llamen cavernícolas o, en cambio, nos acomodaremos, buscaremos una norma de transacción y, sin renunciar a la profesión teórica de la verdad católica, buscaremos una nueva aplicación que contemple las realidades de la vida, que tenga en cuenta el progreso del tiempo, que se adapte a la nueva mentalidad?

Este es el problema. Y a esta cuestión, caben dos respuestas. La una, al modo de los católicos liberales, que es la que dan Maritain, Ducajutillon y sus, cada vez, más numerosos seguidores. De aquí todo el esfuerzo por inventar una nueva norma integral de vida, una nueva cristiandad, una nueva civilización, una cristiandad que siga siendo tal y que sea esencialmente diversa de la medioeval; todo el esfuerzo por construir ésta con los valores modernos surgidos de la Revolución Francesa, tales como libertad, persona humana, derechos del hombre, democracia, progreso.

La filosofía social política que ha sido inventada por Maritain para satisfacer esta conciliación de la verdad católica con los principios modernos no ha sido posible sin someter la teología católica a una alteración o disminución, lo que es particularmente sensible en la doctrina de la supremacía espiritual de la Iglesia. Pero de ello nos ocuparemos en otros artículos.

Se ha buscado el “éxito”, el “triunfo” y ello no podrá ser sino a costa de la “verdad”.

Frente a esta posición, es necesario advertir que hoy, como ayer en los días en que el mundo estaba sumido en la universal idolatría del paganismo, y como mañana, cuando impere la apostasía final del anticristo, a los católicos no se nos pedirá el éxito sino el testimonio de la verdad. Cada cristiano debe tener como norma suprema e inquebrantable de su vida las palabras de Jesucristo al gobernador Pilatos: “Yo para eso nací, y para eso vine al mundo, para dar testimonio de la verdad.” (Jn. XVIII, 37).

Y esta predicación de la verdad constituye la herencia dejada por los apóstoles para ser predicada sobre todo, cuando vengan los tiempos en que los hombres “no soportarán la sana doctrina, sino que sintiendo comezón en los oídos, se darán a sí mismos maestros a montones según los propios apetitos, y de la verdad apartarán el oído, mientras se convertirán a las fábulas.” (San Pablo a Timoteo. 2, IV, 1-6).

Los católicos no podemos olvidar que en la vida presente vivimos continuamente bajo las amenazas de la gran seducción, del tentador que se transfigura en ángel de luz, y de sus redes sólo nos puede librar una adhesión total a la verdad católica, que no es sólo para ser considerada especulativamente sino para ser cumplida y realizada en la vida individual, social y política. Si las circunstancias no permiten una aplicación total y plena de la verdad católica, ya no es tarea que a nosotros incumba mientras no esté en nuestras manos modificar esas circunstancias. A nosotros toca llevar la verdad católica hasta donde las circunstancias permitan prudentemente su aplicación: pero jamás es lícito disminuir o alterar dicha verdad para asegurar una mejor eficacia de su aplicación.

Porque además de significar ello un detrimento para su integridad que sólo debemos custodiar es privarla de su eficacia. ¿Hubiera llegado la verdad católica a vencer las resistencias de un mundo hostil hasta cumplirse en la plenitud medioeval, si los Padres, San Agustín y los teólogos la hubieran disminuido y acomodado a las circunstancias del mundo pagano en que vivían? La verdad tiene todos los derechos. No es ella la que debe acomodarse sino que a ella deben acomodarse los hombres para actuarla en ellos lo más cumplidamente que puedan.

Estos eternos acomodadores que son los católicos liberales, mañana en los días del anticristo, andarán alucinados detrás de él, porque será la más brillante encarnación de la ciencia, de la libertad, de la democracia, del progreso y de la civilización moderna. Porque en la descripción que San Pablo no ha dejado del anticristo (II Tes. II, 1-12) éste aparecerá con todo poder y con artificios y portentos engañosos; y éstos serán eficaces para perder precisamente a aquellos que no abrazaron el amor de la verdad para ser salvos (ib.). ¿Y cuál verdad? Aquella verdad que recibisteis por las tradiciones en que fuisteis enseñados (ib.), o sea la verdad católica íntegra que fue recibida de Jesucristo, transmitida por los Apóstoles, perpetuada en las enseñanzas constantes de los Pontífices Romanos: verdad católica íntegra y actuante que tiene valor, no sólo en el plano ideal de la teoría, sino también en la realidad práctica vivida, y que se resume en la definición de la Bula Unam Sanctam de Bonifacio VII: “Por lo cual declaramos, decimos, definimos y pronunciamos como doctrina enteramente necesaria para la salvación: que toda criatura humana está sometida al Romano Pontífice.”

Esta profesión de la integridad de la verdad católica será la única garantía contra las ilusiones del Anticristo.

Aquellos, en cambio, que habrán sido ablandados en la profesión de la verdad, serán devorados por la gran Seducción.


[1] Nuestro Tiempo (23 de marzo de 1945), año II, nº 27, pág. 9-11.

[2] De neta filiación maniquea es el siguiente párrafo del libro “Los Derechos del Hombre y la ley natural”, de Maritain (pág. 45): “No hay más que un bien común temporal, el de la Sociedad política, como no hay más que un bien común sobrenatural, el del Reino de Dios, que es suprapolítico. Introducir en la sociedad política un bien común particular, el cual sería el bien común temporal de los fieles de una religión, aunque fuese la verdadera religión, y que reclamarían para sí una situación privilegiada en el Estado, sería introducir un principio de división en la sociedad política y faltar, por lo tanto, al bien común temporal.”