El pasado 10 de junio, apenas seis semanas después de la publicación de la Carta Abierta que acusaba al papa Francisco del “delito canónico de herejía”, apareció un nuevo documento en escena. Titulado “Declaración de las verdades relacionadas con alguno de los errores más comunes en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo”, este texto de ocho páginas ofrece una lista de 40 proposiciones (ordenadas en cuatro títulos) que pretenden reafirmar la doctrina católica básica mientras refuta una miríada de “errores comunes”, como implica el largo título del documento.

La misma declaración está acompañada de una nota explicativa de dos páginas, en la cual el grupo de los cinco signatarios episcopales –entre ellos el cardenal Raymond Burke y el obispo Athanasius Schneider– explican sus razones para publicar el texto y lo que esperan logrará su iniciativa.

“La Iglesia actual”, empiezan, “sufre una de las mayores epidemias espirituales. Es decir, una confusión y desorientación doctrinal de alcance casi universal, que suponen un peligro seriamente contagioso para la salud espiritual y la salvación eterna de numerosas almas. Al mismo tiempo, es preciso reconocer un letargo espiritual generalizado en el ejercicio del Magisterio a diversos niveles de la jerarquía de la Iglesia de hoy.”

De aquí, conocedores de su “grave responsabilidad como obispos católicos” y “en el espíritu de la caridad fraterna”, los firmantes ofrecen su “Declaración de verdades a modo de ayuda espiritual concreta para que los obispos, sacerdotes, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones de fieles laicos y particulares tengan oportunidad de expresar en privado o en público las verdades que más se niegan o desfiguran en nuestros tiempos.”

Esta es sin duda una noble intención, y una de la que claramente carece la mayoría de la jerarquía de la Iglesia (de manera más notable el Romano Pontífice actual). Sin embargo, como veremos, esta nueva Declaración, a pesar de sus contenidos generalmente ortodoxos y la buena voluntad de sus firmantes, es deficiente en dos aspectos clave: (1) falla al no identificar las raíces de los “errores comunes” a los que se opone y (2) falla al no responder a la urgente llamada que se halla en la Carta Abierta arriba mencionada, en concreto a que los obispos del mundo “exhorten públicamente al papa Francisco para que abjure de las herejías que ha profesado.”

Acusación inintencionada al Vaticano II

Los que han leído la Declaración y su nota explicativa saben que los signatarios citan una variedad de fuentes eclesiásticas, tanto pre como postconciliares, como medio de refuerzo de sus puntos. Según ha contado este autor, el Concilio de Trento (1545-1563) contiene ocho referencias a lo largo de la Declaración (nueve si se cuenta la sencilla cita del Catecismo Romano del Concilio de Trento), mientras que el nombre del papa Juan Pablo II (1978-2005) aparece 11 veces en conexión con varios documentos de su pontificado (por ejemplo, Veritatis Splendor, Evangelium Vitae, Familiaris Consortio). El papa Pablo VI (1963-1978), a su vez, es la fuente más citada en tercer lugar con cinco menciones en total (por ejemplo, el Credo del Pueblo de Dios, Humanae Vitae).

Curiosamente, los firmantes sólo invocan el Concilio Vaticano II (1962-1965) tres veces: dos en la nota explicativa (Lumen Gentium) y una en la propia Declaración (Gaudium et Spes). Para los católicos tradicionales, esto puede parecer una cualidad positiva, pero también suscita una pregunta a los cinco signatarios, que implícitamente afirman la bondad del Concilio al defender la legitimidad de la “hermenéutica de continuidad” de Benedicto XVI (2005-2013) –la noción de que el Concilio entero, incluidas sus novedades, puede ser interpretado en armonía con la Tradición– justo en el primer párrafo de la Declaración. La pregunta es: si el Vaticano II está de verdad en continuidad con la Tradición, ¿por qué entonces los documentos del Concilio son aparentemente incapaces de combatir los errores identificados en la Declaración?

Muchos de los errores identificados han infectado la Iglesia durante décadas (algunos de ellos precisamente desde el Concilio), y no solamente desde que cierto déspota argentino asumió la sede de Pedro, así que ¿por qué es el Concilio tan impotente en gran parte cuando se trata de afrontar la presente crisis doctrinal?

Juan Pablo II, el papa más citado en la Declaración, quería que creyéramos que “los documentos del Concilio no han perdido nada de su valor ni de su brillo” (el énfasis es del original) y son, de hecho, el remedio a lo que aflige a la Iglesia. En su Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte (6 de enero de 2001), continuaba afirmando con confianza en los documentos:

“Necesitan ser leídos correctamente, ser conocidos ampliamente y tomados en serio como importantes textos normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. Ahora que el Jubileo [año 2000] ha terminado, me siento más que nunca obligado a señalar el Concilio como la gran gracia otorgada a la Iglesia en el siglo XX: en él encontramos una brújula segura según la cual llevar todos los aspectos del siglo que ahora comienza.” (n. 57, énfasis en el original).

La realidad, sin embargo, es que el mismo Concilio ha contribuido en gran manera a la expansión cancerosa de ciertos errores identificados en la Declaración, en particular los errores de (a) el indiferentismo religioso, (b) el ecumenismo y (c) la llamada “libertad religiosa”. Ahora sigue una breve demostración de ello.

Indiferentismo religioso

La verdad número 6 de la Declaración afirma correctamente: “Las religiones y formas de espiritualidad que promueven alguna forma de idolatría o panteísmo no pueden considerarse semillas o frutos del Verbo puesto que son imposturas que impiden la evangelización y la eterna salvación de sus seguidores…” (añadimos el énfasis). A pesar de todo, el Concilio adelanta este mismo error, incluso utilizando el mismo lenguaje algunas veces, en múltiples lugares (el énfasis lo añadimos en el texto):

  • “Con su trabajo [de la Iglesia] consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres y en los ritos y culturas de estos pueblos, no sólo no desaparezca, sino que se purifique, se eleve y perfeccione para la gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre” Lumen Gentium (Constitución Dogmática de la Iglesia), n. 17.
  • “Para que los mismos fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, reúnanse con aquellos hombres por el aprecio y la caridad, reconózcanse como miembros del grupo humano en que viven, y tomen parte en la vida cultural y social por las diversas relaciones y negocios de la vida humana; estén familiarizados con sus tradiciones nacionales y religiosas, descubran con gozo y respeto las semillas de la Palabra que en ellas latenAd Gentes (Decreto de la Actividad Misionera de la Iglesia), n. 11.
  • “La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones [es decir, Hinduismo, Budismo y otras formas varias de paganismo] hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombresNostra Aetate (Declaración de la Relación de la Iglesia con las Religiones no Cristianas) n, 2.

Si esos textos conciliares no fueran claros por sí mismos, Juan Pablo II reforzó su significado repetidamente a lo largo de su largo pontificado. Tomemos, por ejemplo, las siguientes palabras suyas de una audiencia general de los viernes en 1998, en que cita los mismos textos conciliares y los relaciona con su propia enseñanza:

“En Nostra Aetate… el Concilio Vaticano II enseña que la “Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas hay de santo y verdadero …’” (Nostra Aetate, n. 2).

Tomando la enseñanza del Concilio de la primera Encíclica de mi pontificado [Redemptor Hominis, 1979], he deseado recordar la antigua doctrina formulada por los Padres de la Iglesia [nótese la ausencia de referencias concretas], que dice que debemos reconocer las ‘semillas de la Palabra’ presentes y activas en varias religiones (Ad Gentes, n.11; Lumen Gentium, n. 17). Esta doctrina nos lleva a afirmar que, aunque las rutas elegidas pueden ser diferentes, “está dirigida sin embargo en una única dirección la más profunda aspiración del espíritu humano, tal como se expresa en la búsqueda de Dios y al mismo tiempo en la búsqueda, mediante la tensión hacia Dios, de la plena dimensión de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana” (Redemptor Hominis, n. 11) – Audiencia general 9 de septiembre de 1998.

Durante esta misma audiencia, afirmó que la “auténtica experiencia religiosa” y la “oración” son posibles para gentes de todos los credos distintos, una marca distintiva de la herejía modernista (cf. Pascendi Dominici Gregis de san Pío X, nn. 14-15), recordando: “Experimentamos una elocuente manifestación de esta verdad en el Día Mundial de Oración por la Paz el 27 de octubre de 1986 en Asís, y en otras ocasiones similares de gran intensidad espiritual”. Asís, la abominación panreligiosa organizada y presidida por Juan Pablo II, durante la cual los seguidores de religiones paganas adoraron a sus ídolos -más propiamente “demonios” (Sal. 95, 5; 1 Cor. 10, 19-21)- en una basílica católica.

Si el Asís de Juan Pablo II de 1986 no fue una exhibición del indiferentismo religioso modernista –una violación flagrante de la Verdad número 6 de la nueva Declaración, engañosamente “justificada” por los propios documentos del Concilio– entonces no sé qué lo es.

Ecumenismo

Tras censurar ”las religiones y formas de espiritualidad que promueven alguna forma de idolatría o panteísmo” (Verdad número 6), la Declaración intenta definir el verdadero sentido del “ecumenismo”, una de las novedades quintaesenciales del Concilio: “El verdadero ecumenismo tiene por objetivo que los no católicos se integren a la unidad que la Iglesia Católica posee de modo inquebrantable en virtud de la oración de Cristo… Por consiguiente, el ecumenismo no puede tener como finalidad legítima la fundación de una Iglesia que aún no existe” (Verdad número 7).

Pero ¿qué enseña de hecho el Vaticano II sobre esta materia? Además de la nebulosa frase: “la única Iglesia de Cristo… subsiste en la Iglesia Católica”, que encontramos en Lumen Gentium (n. 8), el Decreto del Concilio sobre el ecumenismo afirma:

“Los fieles católicos han de ser, sin duda, solícitos de los hermanos separados en la acción ecumenista, orando por ellos, hablándoles de las cosas de la Iglesia, dando los primeros pasos hacia ellos. Pero deben considerar también por su parte con ánimo sincero y diligente, lo que hay que renovar y corregir en la misma familia católica, para que su vida dé más fiel y claro testimonio de la doctrina y de las normas dadas por Cristo a través de los Apóstoles.” (Unitatis Redintegratio, n. 4).

Ahí lo tienen:  “han de ser, sin duda, solícitos” los católicos no en trabajar por la conversión de los no católicos a la única Iglesia verdadera, sino “considerar también por su parte con ánimo sincero y diligente, lo que hay que renovar y corregir en la misma familia católica”. ¿Por qué? En esencia porque todos somos pecadores que necesitamos una conversión más profunda (verdad), luego los pecadores católicos no tienen razón alguna para decir a los pecadores no católicos que necesitan convertirse para ser salvados (falso).

Además, en cuanto a esa “unidad que la Iglesia Católica posee de modo inquebrantable” (Declaración, Verdad número 7), Unitatis Redintegratio repite el lenguaje ambiguo de Lumen Gentium cuando dice: “creemos que esta unidad subsiste en la Iglesia Católica como algo que no puede perder nunca” (n. 4), como si “esa unidad que Cristo confirió a su Iglesia desde el principio” (ibid.) pudiera subsistir en cualquier otro lugar distinto de la Iglesia Católica, que es la única que es su Iglesia. La noción conciliar de que “la Iglesia de Cristo” es algo diferente o más amplio que la Iglesia Católica simpliciter es un supremo ejemplo de intentar establecer “una Iglesia que aún no existe” (Declaración, Verdad número 7).

El fondo en cuanto al Concilio Vaticano II y el ecumenismo es este: en ningún lugar de los documentos del Concilio se puede encontrar una reafirmación inequívoca de la enseñanza del papa Pío XI (1922-1939), que no es nada más que la perenne doctrina católica:

… está claro porqué esta Sede Apostólica nunca ha permitido a sus súbditos participar en las asambleas de no católicos: porque la unión de los cristianos sólo puede ser promovida fomentando el regreso a la única y verdadera Iglesia de Cristo de los que están separados de ella, que en el pasado infelizmente la dejaron”, Mortalium Animos, 6 de enero de 1928, n. 10. (El énfasis es nuestro).

Libertad religiosa

Para concluir esta breve demostración de que la nueva “Declaración de Verdades” es, de hecho, una denuncia inintencionada de los errores conciliares, volvemos nuestra atención a la Verdad número 11 de la Declaración, que dice: “El don del libre albedrío con que Dios Creador dotó a la persona humana, concede al hombre el derecho natural de elegir únicamente el bien y lo verdadero. Ningún ser humano tiene, por tanto, el derecho natural a ofender a Dios escogiendo el mal moral del pecado o el error religioso de la idolatría, de la blasfemia o una falsa religión” (el énfasis es nuestro).

Absolutamente cierto. Si los padres del Concilio hubieran sostenido la misma verdad. Tristemente, no fue así:

Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidosDignitatis Humanae, n. 2 (el énfasis es nuestro).

Aunque la declaración del Concilio sobre la Libertad Religiosa reconoce de hecho que “todos los hombres son impulsados inmediatamente por la naturaleza y también ligados por una obligación moral a buscar la verdad, especialmente la verdad religiosa”, en definitiva, concede derechos iguales al error:

Pero los hombres no pueden satisfacer esta obligación de forma adecuada a su propia naturaleza, si no gozan de libertad psicológica al mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa. Por consiguiente, el derecho a la libertad religiosa no se funda en la disposición subjetiva de la persona, sino en su misma naturaleza. Por lo cual, el derecho a esta inmunidad permanece también en aquellos que no cumplen la obligación de buscar la verdad y de adherirse a ella, y su ejercicio, con tal de que se guarde el justo orden público, no puede ser impedido.” Ibid (el énfasis es nuestro).

Y, sin embargo, toda la Tradición católica repite con el papa León XIII (1878-1903) que “es contrario a la razón que el error y la verdad tengan derechos iguales” (Libertas, n. 34).

¿Por qué son los documentos del Concilio incapaces de combatir los errores que se enumeran en la Declaración? Porque esos documentos son parte del problema, no la solución, y en más formas de las que el tiempo y el espacio nos permitirán examinar en este momento. Baste decir que, mientras el mismo Concilio no sea reconocido como parte del problema, mientras la “hermenéutica de continuidad” no sea rechazada como imposible, por lo menos en lo que concierne a las “novedades profanas” (1 Tim. 6, 20) del Concilio, varios de los “errores comunes” identificados en la Declaración seguirán siendo exactamente, “errores comunes” [1]. Es más, cualquier bien que pueda hacer la Declaración se ve minado por su primera proposición, en la que los firmantes garantizan su lealtad a la “Tradición viva” y a la “hermenéutica de continuidad”, conceptos que pretenden la cuadratura del círculo de reconciliar las proposiciones verdaderamente católicas de la Declaración con los documentos del Vaticano II y los que lo siguen.

El innombrable pero evidente culpable

El defecto más obvio en la nueva Declaración es la ausencia de una admonición explícita al papa Francisco, a pesar del hecho de que muchos de los “errores comunes” identificados son, de hecho, sus errores. Para referirse, una vez más, a la Carta Abierta en la que se acusa al papa Francisco del “delito canónico de herejía”, varias de las 40 proposiciones de la Declaración corresponden exactamente, en algunos casos verbatim, a las siete herejías enumeradas en la Carta Abierta, todas las cuales se demuestra son mantenidas por Francisco (si pertinazmente o no es una cuestión que deben investigar los obispos, como la Carta les implora hacer).

La verdad número 9 de la Declaración, por ejemplo, afirma: “La religión nacida de la fe en Jesucristo, Hijo encarnado de Dios y único Salvador de la humanidad, es la única religión positivamente querida por Dios. Por tanto, es errónea la opinión según la cual del mismo modo que Dios ha querido que haya diversidad de sexos y de naciones, quiere también que haya diversidad de religiones”.

De manera obvia, la intención es contradecir el error notorio que se encuentra en el Documento sobre la Fraternidad Humana de Francisco, en concreto: “El pluralismo y la diversidad de religiones, colores, sexos, razas y lenguas son queridos por Dios en su sabiduría, por medio de la cual creó los seres humanos”. La Carta Abierta, de igual modo, identifica este error y lo incluye como herejía (VII): “Dios no sólo permite, sino que positivamente desea el pluralismo y la diversidad de religiones, tanto cristianas como no cristianas”.

Y de forma semejante:

  • La verdad 12 de la Declaración se opone a la herejía I de la Carta Abierta, contenida en Amoris Laetitia n. 295.
  • La verdad 13 se opone a la herejía II (cf. AL, 295, 299, 301, 303)
  • La verdad 14 se opone a la herejía III (cf. AL, 298, 301)
  • La verdad 15 se opone a la herejía VI (cf. AL, 304)
  • La verdad 20 se opone a la herejía IV (cf. AL, 295, 298-299, 301, 303) y
  • La verdad 23 se opone a la herejía V (cf. AL, 303).

Dado que la Declaración apunta claramente a los errores de Francisco, especialmente a los que se encuentran en Amoris Laetitia, ¿por qué los firmantes se han abstenido de afirmar lo obvio? Su única referencia a Francisco se encuentra en la nota explicativa y la hace sonar como si él no tuviera nada que ver con la proliferación de los errores que buscan combatir.

“La voz unánime de los pastores y los fieles en una precisa declaración de verdades será indudablemente un medio eficaz de ayuda fraternal y filial al Sumo Pontífice en la extraordinaria situación actual de confusión doctrinal generalizada y desorientación que reina en la vida de la Iglesia.”

Sí, “confusión y desorientación” ¡de las que es personal y enormemente responsable!

Con todo el respeto debido a los signatarios, lo que el papa Francisco necesita de ellos es una corrección explícita y formal, una fraternal “reprimenda” como pide urgentemente la Carta Abierta, no otra Profesión de las verdades inmutables sobre el matrimonio sacramental ni otra Reafirmación apostólica del Evangelio. En esta hora tardía, en medio de lo que su nota explicativa acertadamente llama “una de las mayores epidemias espirituales” de la historia de la Iglesia, el tiempo de las fórmulas de reafirmación generalizadas hace mucho que pasó. Es momento de resistirse a Pedro “cara a cara” (Gal. 2, 11).

Matt Gaspers es el Director General de Catholic Family News. John Vennari (1958-2017), editor mucho tiempo de CFN y defensor incondicional de la fe, le pidió que aceptara el importante trabajo de CFN poco después del fallecimiento del Sr. Vennari. Además de escribir para CFN, el Sr. Gaspers ha publicado también en el Fatima Crusader, One Peter Five y LifeSiteNews. Sus intereses de estudio y escritura incluyen la teología, la historia de la Iglesia, Fátima, el Islam y la vida espiritual. Ha dado conferencias organizadas por Catholic Family News y el centro Fatima. Él y su mujer residen en Colorado junto a sus hijos.

Matt Gaspers

Artículo original: https://catholicfamilynews.com/blog/2019/06/17/new-declaration-of-truths-identifies-common-errors-fails-to-oppose-their-roots/

Traducido por Natalia Martín


[1] Para más información sobre este asunto crucial, incluidos los retos académicos a las expresiones modernistas “Tradición viva” y “Magisterio vivo” citados en la Declaración, véanse las siguientes fuentes:

  • “Petición al papa Benedicto XVI de un examen más profundo del Concilio Vaticano II”, fechado en 24 de septiembre de 2011 y firmado por 50 teólogos italianos, entre los que se incluyen los célebres monseñor Brunero Gherardini (fallecido en 2017) y el profesor Roberto de Mattei. La petición completa fue publicada en la edición de noviembre de 2011 de la revista Inside the Vatican (pp. 20-24) y está disponible en internet: http://sspx.org/en/50-petition-pope-for-vatican-ii-re-examination
  • Monseñor George Agius, D.D., J.C.D. (1873-1962), Tradition and the Church (publicado inicialmente en 1928 por Rockford TAN Books and Publishers, inc. 2005). Como escribió el padre Chad Ripperger, Dr., en su prólogo al texto (pp. vii-ix), “Este libro es uno de los mejores textos escritos en inglés sobre la Tradición, aunque originalmente no disfrutó una gran difusión. Es comprensible para el laico medio y, aun así, proporciona una cobertura histórica y doctrinal sólida de las bases de la teología de la Tradición”.
  • Roberto de Mattei, Apologia for Tradition (edición italiana original publicada en 2011, Kansas City, Angelus Press, 2019), especialmente la segunda parte (La Regula Fidei de la Iglesia en tiempos de crisis de fe), por una  discusión exhaustiva sobre las relaciones entre la Tradición (una de las dos fuentes de la Revelación divina; la otra es la Escritura) y el Magisterio de la Iglesia (la guardiana de la Revelación, aunque sujeta a ella). En este libro, el profesor de Mattei también demuestra que la noción que identifica el “Magisterio vivo” (el papa y los obispos actuales) con la Tradición misma es un invento de los teólogos modernistas, tales como “los padres dominicos Louis Charlier y Marie-Dominique Chenu…” (p. 69).
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