Esta Semana Santa, le propuse a mi esposa viajar; hacía trece años que no podíamos hacerlo, ella se encargaba de preparar y adornar el Monumento, toda una obra de arte, un don del Señor en sus manos… tres días de trabajo antes del Jueves Santo, luego había que estar presente durante los oficios para que todo quedara perfecto, hasta el Viernes Santo, y para concluir, la mañana del sábado repartir las flores y preparar la Iglesia para la vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección.

Un trabajo que recaía sobre esta persona, a veces cansada, siempre ocupada, incluso  enferma y en definitiva preocupada y exigida por su amor a Jesús Sacramentado:

¡Todo para el Señor, que bien lo merece..!  suele decir

Este año vino un nuevo sacerdote; adicto a las cofradías y poco o nada al Sagrario.

Viendo lo que iba a suceder, las pegas que ponía y lo mirado con el dispendio que para esto hacía la parroquia, que no para otras vanidades, le pedí que era el momento de dejar esa responsabilidad, viajar y vivir estos días en otra ciudad.

Al final logramos viajar, no sin antes tenerlas con el párroco, que no sólo no aceptaba nuestra decisión, sino que la afeaba, y finalmente insultaba a mi mujer por no participar de su circo.

Me preguntaba que quería el Señor con todo lo que estaba sucediendo y el sufrimiento que a mi esposa le estaba causando con la actitud del párroco.

Finalmente nos fuimos y aterrizamos en una ciudad de esta España. Tres días para descansar, conocer sus tradiciones y acudir a los oficios del Jueves y Viernes Santo.

Cual no ha de ser nuestra sorpresa, al constatar que ya durante los oficios de la Cena del Señor, en la Catedral, tan sólo unos pocos cristianos acudían a la celebración de la Eucaristía.

Mientras que afuera eran miles los que se amontonaban para ver el espectáculo de las procesiones, dentro del templo, el Obispo y unos pocos sacerdotes, oficiaban ante un grupo reducido de creyentes. Luego vino lo peor.. al concluir la Misa del Jueves Santo, fuimos hasta una capilla lateral para acompañar al Señor al Monumento, y tras apenas dos minutos, Obispo, curas y séquito se retiraron y dejaron al Señor en la más completa soledad.

Me quede con mi esposa y mi hijo de 9 años para acompañar al Señor en esos momentos, y tuve que salvar la indicación de una funcionaria de Patrimonio que nos solicitaba que ya era el momento de salir, pues había que cerrar según tenía ordenado.

Para entonces, el Sr. Obispo, su corte y todos los allegados, estaban en la calle o molestando a quienes pretendíamos rezar ante Jesús en su Soledad, hablando de mundanidad y otras tonterias, sin bajar la voz, ni respetar nuestra presencia ante el Señor, y el derecho a orar junto a El en el silencio.

Me dije: ¡ Señor que pena que nadie de esta ciudad se haya quedado para acompañarte al menos una hora…déjame estar aquí, con mi esposa y mi hijo pequeño, para que no te sientas tan sólo!

Luego de pasar hora y medía ante el Señor, finalmente decidí dejarle allí, en su más completa soledad, pues para entonces ya no quedaba nadie en la Catedral, salvo la funcionaria que impaciente esperaba para abrirnos la puerta y apagar las luces.

Me dije, valió la pena hacer tanto camino para estar con Jesús en la Catedral de una ciudad donde nadie, salvo mi pequeña familia, se acordó de que este día, Jesús mismo amonestó a sus discípulos por no velar ni tan siquiera una hora.

Hoy, más de 2000 años después, en ciertos lugares de nuestra Madre Iglesia, también el Obispo se va, seguido de su séquito a resolver asuntos importantes y que requieren de su presencia… o tal vez es que ya no creen en que Jesús está allí, como Persona, y no como una “cosa” según las propias palabras de este príncipe de la Iglesia.

Al volver a casa, el párroco no está, se ha tomado el derecho a unas vacaciones que públicamente afeó a mi esposa, porque no se doblegó a su interés; rebajar el gasto en las flores para el Señor y hacer ese dispendio en la cofradía, para lucirse por la calle y pavonearse ante las ovejas.

Esto es verdad, y quien lo cuenta da testimonio de ello.

Jose, lector de Adelante la Fe.