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Neopaganismo de ayer y de hoy

La vuelta al paganismo

Una idea vieja y nunca dormida, según la cual el Antiguo Testamento es malo, el Nuevo se salvaría sólo con ciertas condiciones y la salvación vendría por la vuelta al paganismo se asoma, hoy más que nunca, en Europa. El Abad Giuseppe Ricciotti comenta: “No, ciertamente no: si tiráis la primera y más antigua parte de la Biblia, no tenéis ningún derecho a conservar sólo su segunda y más reciente. Se contenten con permanecer con Lutero, indudablemente arriano, pero renuncien a Jesucristo, indudablemente judío”.

Están, por eso, de actualidad los cinco sermones que el cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Munich, pronunció en los cuatro domingos de Adviento y en la tarde de San Silvestre de 1933, en la iglesia más grande de aquella ciudad, dedicada a San Miguel. Estas fueron recogidas en el libro Judaísmo, Cristianismo, Germanismo, que -como sostiene el eminente exegeta Ricciotti- “es una obra de ciencia”, es el “escrito de un docto… especializado en una ciencia poco divulgada…, es decir la ciencia bíblica… Faulhaber es un especialista en dichas cuestiones, ya que pasó once años dando clases bíblicas en la Universidad de Wurzburg y ocupó en la Universidad de Estrasburgo la cátedra de Sagrada Escritura del Antiguo Testamento”.

Tres distinciones básicas

El cardenal alemán explica que es necesario, ante todo, hacer una distinción entre el pueblo de Israel anterior a la muerte de Cristo y el posterior a su muerte:

“Antes de la muerte de Cristo, en los años entre la vocación de Abrahán y la plenitud de los tiempos, el pueblo de Israel fue el depositario de la Revelación. El Espíritu de Dios suscitó e iluminó a algunos hombres, los cuales, por medio de la Ley mosaica, dieron un ordenamiento a la vida religiosa y civil. Después de la muerte de Cristo, Israel fue despedido del servicio de la Revelación. Los hijos de aquel pueblo no habían reconocido la hora de la visita divina; habían renegado y rechazado al Ungido del Señor, lo habían conducido fuera de la ciudad y lo habían clavado en la cruz. Entonces… cayó el pacto entre el Señor y su pueblo”.

En segundo lugar, debemos “distinguir entre las Escrituras del Antiguo Testamento y los escritos talmúdicos del judaísmo posterior [el Antiguo Testamento es bueno pero imperfecto y es perfeccionado por el Nuevo Testamento; mientras que el Talmud es malo y esencialmente anticristiano y antimosaico, nda]. En tercer lugar, debemos hacer una distinción también en el Antiguo Testamento entre lo que tuvo un valor transitorio y lo que debía tener un valor eterno.

El judaísmo actual no es el judaísmo pre-cristiano

El purpurado alemán recuerda que los cristianos no ponen al mismo nivel el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento: el Nuevo Testamento debe ser colocado en el puesto de honor; sin embargo es necesario sostener que también el Antiguo Testamento está inspirado por Dios. “Pero el Cristianismo, por haber recibido las Antiguas escrituras, no se ha convertido en absoluto en una religión judaica, ya que estos libros no han sido compuestos por judíos, sino que han sido inspirados por el Espíritu Santo de Dios y por ello son palabra de Dios… La alienación de los judíos de hoy no debe ser extendida a los libros del judaísmo pre-cristiano.

Además, con Cristo no cuenta ya el parentesco de sangre sino el de la fe; por tanto, no importa si Cristo es étnicamente judío. Es importante saber si Cristo es espiritualmente ‘cristiano’ y si nosotros nos hemos convertido en miembros de Cristo mediante el bautismo y la fe vivificada por la caridad. San Pablo escribe: “Lo que cuenta no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva criatura” (Gál., VI, 15).

Objeciones contra el Antiguo Testamento

Ayer y hoy hay quien objeta contra los valores morales del Antiguo Testamento. Por ejemplo, Jacob sería un suplantador de la legítima herencia de Esaú; pero la Sagrada Escritura narra lo ocurrido sin afirmar que la de Jacob fue una acción honesta. Además -continúa Faulhaber- “si bien defendemos el Antiguo Testamento de la acusación de estar totalmente privado de valor moral, no pretendemos sin embargo pintar con colores demasiado claros el cuadro moral del judaísmo pre-cristiano. En este, como en todas las religiones y las razas, la vida práctica permaneció muy por debajo del ideal representado por los preceptos morales. Junto a muchas luces hubo muchas sombras; junto a la verdad mucha mentira; junto a la sabiduría mucha necedad; junto a la fe mucha incredulidad; junto a altos valores morales muchas cosas de menor mérito.

Una de las principales objeciones es que la moral mosaica es una moral de mercenarios. Es verdad, responde el cardenal, las personas piadosas del Antiguo Testamento esperaban como recompensa de su piedad también bienes terrenales, por ejemplo que sus graneros estuvieran llenos de trigo. Es cierto, es más perfecto recorrer el camino de las virtudes movidos por puro amor hacia Dios y hacia el bien sin esperar recompensas temporales, pero a esta altura se han elevado solamente los Santos.

Ahora bien, aquellos que critican las promesas del Antiguo Testamento ¿están verdaderamente puros de todo deseo de recompensa? Un gran sistema moral que haya sido ideado para todos los hombres, debe valorar junto a los motivos más perfectos también aquellos menos perfectos para las almas menos elevadas.

Y el cardenal continúa: “Hay además una sombra que pesa sobre algunas narraciones y textos de los libros del Antiguo Testamento, los cuales son moralmente inconvenientes. Onán dio el nombre al pecado de onanismo… Tamar era una mujer pública. Cam fue un impúdico… Las Sagradas Escrituras narraron estas cosas, desgraciadamente humanas, en la lengua de su tiempo, en la lengua de un pueblo de pastores que estaba en continuo contacto con la naturaleza; pero, con todo, ellas no aprobaron aquellas impudicias, ni llamaron moral a la inmoralidad. Más bien lo contrario. Ellas narran que el castigo es consecuencia del delito… Pero desde el momento que el Señor escoge hombres… siempre se encontrará lo que es desgraciadamente humano. Nadie será tan fariseo para afirmar que todo vicio ha desaparecido de los pueblos de la Nueva Alianza…”. Concluye, pues, el cardenal: “¡Terminemos ya con las sombras del Antiguo Testamento, terminemos ya con todos los que fueron un Cam, un Onán o una Tamar!… ¡Terminemos ya con el fariseísmo… que en el propio pueblo no encuentra nada más que luces y en las otras razas nada más que sombras!.

Es necesario, sin embargo, admitir que no es necesario poner la Biblia entera en mano de la juventud o de personas de escasa instrucción cristiana. Además, la Biblia debe ser siempre leída con notas que expliquen el significado de los versículos, según la interpretación que les dieron los Padres de la Iglesia, que son el eco de la Tradición divino-apostólica, y que sólo ellos -cuando interpretan unánimemente, en sentido moral y no matemático o absoluto, un versículo o un libro de la Escritura- pueden darnos infaliblemente su significado auténtico, siendo el canal a través del cual la enseñanza oral de Jesús y de los Apóstoles ha llegado hasta nosotros de generación en generación.

Los valores eternos del Antiguo Testamento

“Es un dato de hecho… que en ningún otro pueblo de la antigüedad pre-cristiana como en el antiguo pueblo bíblico se encuentra una multitud tan numerosa de hombres espiritualmente sublimes. En ningún otro pueblo se encuentra una serie de escrituras en las que tan claramente, tan distintamente, tan coherentemente sean expuestas las verdades fundamentales de la vida religiosa como en el Pentateuco mosaico, en los libros de Samuel y de los Reyes, en los libros de las Crónicas, en el libro de Job, en los Salmos, en los libros Sapienciales, en los libros de los Profetas y de los Macabeos. Hoy, ya que la historia y los escritos de los demás pueblos de la época pre-cristiana han sido ya explorados, la historia de las religiones, una vez comparadas, puede dirigir al pueblo del Jordán un testimonio de esta naturaleza: Tú los has superado a todos, gracias a tu nivel religioso”.

El Judaísmo pre-cristiano, sin embargo, no produjo por sí mismo estos valores, sino por gracia especial de Dios. Y si alguno preguntara por qué Dios escogió precisamente al pueblo judío “de dura cerviz”, le responderemos con San Agustín. “Si hunc trahat et illum non trahat, noli velle scrutare si non vis errare / el por qué escoja a uno y no a otro, no quieras escrutarlo si no quieres equivocarte”: es el misterio de la predestinación, de los individuos y de los pueblos, que sobrepasa todo entendimiento humano, permaneciendo un secreto de la gracia electiva de Dios.

LOS VALORES SOCIALES

Los pobres en la Biblia

Cuando siegues la mies de tu campo y olvides en el suelo una gavilla, no vuelvas a recogerla Cuando vendimies tu viña, no rebusques los racimos; déjaselos al emigrante, al huérfano y a la viuda” (Deut., XXIV, 19.21).

El terrateniente, en la Antigua Alianza, no debía ser avaro ni codicioso, no debía recoger las últimas espigas del campo ni los últimos racimos de la viña, sino que debía dejarlas como resto para los pobres.

El derecho privado en la Biblia

El mandamiento “no robarás” reconoce implícitamente el derecho a la propiedad privada.

La personalidad espiritual y moral conserva su libertad incluso ante las masas: el individuo -para la Biblia- debía rechazar la dictadura de las masas. El Éxodo dice: “No te dejes arrastrar por la mayoría para obrar mal, ni declares en un proceso siguiendo a la mayoría” (Ex., XXIII, 2).

La personalidad moral conservaba su libertad incluso frente al Estado. Para el Antiguo Testamento, el Estado no es un absoluto: el derecho estatal prevalece políticamente sobre el individual, pero el individuo, espiritualmente considerado, no debía ser privado de su valor de persona humana ordenada al fin último sobrenatural, de su derecho y de sus propiedades para que el Estado pudiese alcanzar sus fines. El individuo, socialmente, se debía coordinar y subordinar al Estado, pero, espiritualmente, no debía ser aplastado hasta convertirse en una gota que se pierde en el océano.

El derecho del trabajador en la Biblia

No dormirá contigo hasta la mañana siguiente el jornal del obrero” (Lev., XIX, 13). “Ay del que obliga a trabajar gratis a sus hombres, los priva del jornal que se han ganado” (Ier., XXII, 13).

En un tiempo en el que por todas partes el trabajo estaba marcado por la esclavitud más inhumana, la Biblia reconocía ya la dignidad moral del trabajo.

La administración de la justicia en la Biblia

No daréis sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico” (Lev., XIX, 14-15). “El Señor detesta la balanza engañosa” (Prov., XI, 1). “Maldito quien remueva los mojones de su vecino” (Deut., XXVII, 17).

El ordenamiento económico en la Biblia

Tres leyes son básicas:

1ª) la ley contra el latifundio por usura. Isaías maldecía a los acaparadores de propiedades que se aprovechaban de las dificultades económicas de los demás y compraban al por mayor las pequeñas propiedades de los circundantes que estaban en dificultades y estaban obligados moralmente a malvender sus propiedades (cfr. Is., V, 8 ss.);

2ª) la ley contra el excesivo endeudamiento de las familias del País. Cada siete años las deudas prescribían, los préstamos se extinguían, los esclavos recuperaban la libertad…

3ª) la ley contra la usura; es necesario admitir que la usura, sin embargo, estaba prohibida solamente entre judíos, mientras que un judío podía prestar a un precio excesivo a un no judío y esta es una de las imperfecciones del Antiguo Testamento que será perfeccionada por el Evangelio.

La religión como base del orden socialmente

Los valores del ordenamiento social son en la Biblia también de orden religioso: son “prescripciones del Señor”. La fe común en Dios sirve de nivelación social entre el rico y el pobre: “Rico y pobre tienen en común que a los dos los hizo el Señor” (Prov., XXII, 2).

Se debe tener respeto por los derechos del trabajador, porque el mismo Señor ha creado al que da trabajo y al que trabaja (cfr. Job, XXXI, 13-15).

La piedra angular entre el Judaísmo y el Cristianismo

Jesucristo es la piedra que une, como “piedra angular”, el mosaísmo y el Cristianismo. Pero, a pesar de todas las gracias que Dios había concedido a Israel, este no quiso reconocer la hora de su visita. Jesús fue para Israel “signo de contradicción”, y sólo un pequeño grupo de Apóstoles y de otros discípulos le siguió, mientras que la mayor parte del pueblo se alejó del Mesías. Jesús se despidió, aun con dolor, del Antiguo Pacto, roto por Israel, e instituyó uno Nuevo y Eterno con los paganos y la “reliquia” de Israel que le permaneció fiel.

El Cristianismo no es mundialismo

Cristo asignó a la Iglesia el papel de amaestrar a todos los pueblos, ¡no existe ningún hijo preferido ni ningún hijo descuidado en la Nueva Alianza! Es cierto, unidad de fe y de moral no significa aplanamiento ni nivelación de cultura o de particularidad nacionales: alemanes, franceses, italianos son uno en cuanto a la fe y a la moral, pero tienen una cultura, una historia, una tradición y una individualidad nacional, psicológica y étnica muy distinta. El cristianismo no es mundialismo o globalización, quiere darle al mundo una sola fe, no una sola cultura. El mundialismo, por el contrario, nos quita la fe y nivela y aplana las diversas culturas en una única barbarie o in-civilización o sub-cultura.

Por eso, la Iglesia tiene un carácter supranacional o universal y no debe enfeudarse a ningún pueblo y a ningún régimen político.

Cristianismo y Germanismo

En este punto, el cardenal se hace una serie de preguntas sobre el Germanismo. Traemos aquí sólo las partes más relevantes.

No se puede hablar de una verdadera cultura entre los germanos de los tiempos pre-cristianos, según Tácito (La Germania 98 d. C.). Los pueblos del Éufrates y del Nilo habían alcanzado, dos o tres mil años antes, un mayor grado de cultura.

“Los germanos llegaron a ser un pueblo gracias al Cristianismo. Tácito enumera alrededor de cincuenta poblaciones germánicas, que entraban en batalla las unas contra las otras en continuas guerras fratricidas. Ahora bien, es una realidad histórica que estas múltiples poblaciones se reunieron en sedes fijas, fundiéndose en un único pueblo, solamente con su conversión al Cristianismo… Gracias al Cristianismo y al monaquismo benedictino, los germanos se convirtieron en un pueblo de cultura y la Cristiandad obtuvo sangre fuerte y sana por la entrada de los bárbaros germanos en el Imperio romano, que en este momento estaba envejecido y era suplantado por un nuevo imperio romano espiritual: la Iglesia, la cual supo educar a los germanos en la civilización romana y en la fe cristiana. Los monjes de San Benito enseñaron a nuestros antepasados el trabajo del campo, la industria y las bellas artes al servicio de la liturgia”.

“No hay nada que objetar contra los honestos deberes de raza… contra la premura de conservar las propiedades características de un pueblo. Debemos, sin embargo, desde el punto de vista eclesiástico, poner tres condiciones. En primer lugar, el amor por la propia raza no debe jamás convertirse… odio por los demás pueblos. En segundo lugar, el individuo no debe creerse exonerado del deber de cuidar su propia alma (…).

En tercer lugar, los deberes de raza no deben posicionarse contra el Cristianismo (…) no deberemos olvidar jamás que nosotros no fuimos redimidos por la sangre alemana: por el contrario, fuimos redimidos por la Sangre preciosa del Crucificado….

REFLEXIONES CONCLUSIVAS

El verdadero Israel

La Iglesia estudia el problema judío no a la luz de la biología sino de la fe, contenida en la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamentos) y en la Tradición divino-apostólica.

Dios creó Israel para Sí, con el fin de que preparase el camino al Mesías y lo hiciera conocer al mundo entero; la grandeza del pueblo judío se fundaba en la promesa que Dios hizo a Abrahán de hacerlo padre de una “raza” (Gén., XII) de la cual nacería el Mesías. Abrahán creyó y sus descendientes, para ser bendecidos por Dios, deben creer en la promesa mesiánica (realizada con el Adviento de Jesucristo).

No basta, por tanto, ser descendiente de Abrahán sólo según la carne (“olim judaeus, semper judaeus / una vez judío siempre judío”, en el bien y en el mal), sino que es necesario tener la fe de Abrahán en Jesucristo. Los “verdaderos Israelitas” -para la Iglesia- son los que tienen la fe del Patriarca, mientras que los que descienden sólo carnalmente de Abrahán sin tener su fe no son “verdaderos Israelitas”.

«Pero, como entonces -escribe Santo Tomás- aquel [Ismael] que nació según la carne perseguía a aquel que nació según el espíritu [Isaac], así también ahora, el falso Israel [o Sinagoga talmúdica] persigue al verdadero Israel o Iglesia de Cristo. Desde el comienzo de la Iglesia primitiva los judíos persiguieron a los cristianos, como aparece en los Hechos de los Apóstoles y lo harían ahora, si pudieran».

La vocación del verdadero Israel espiritual es irrevocable (Rom., XI, 9) por cuanto que está unido espiritualmente a Jesús Salvador del mundo, pero el falso Israel carnal, que se obstina todavía hoy en rechazar a Jesús, fue desgajado “por su incredulidad” (Rom., XI, 20). Por eso, la vocación, por parte de Dios, permanece, pero, por parte del hombre, fue rechazada.

Una concepción racista de la historia

La raíz de la ceguera judía consiste en el cambiar la raza por el Salvador: la raza tiene el primado sobre Cristo. El Judaísmo, teniendo esta concepción racista de la historia, es enemigo de todos los pueblos: «[Los Judíos] mataron al Señor Jesús y a los profetas, y nos persiguieron a nosotros; estos no agradan a Dios y son enemigos de todo el mundo; impiden que hablemos a los gentiles para que se salven» (San Pablo, 1ª Tes., II, 15-16).

«Cuando la Romanidad se convirtió en la Cristiandad -escribe monseñor Umberto Benigni- el odio de la Sinagoga se redobló contra ella por motivo religioso, ya que el espíritu talmúdico odia más al Cristianismo que al paganismo. Este representa para la Sinagoga un rebaño que domar, que expoliar; aquel es el conjunto de los seguidores de Jesucristo, a los cuales va dirigida la herencia del odio especialísimo del Sanedrín contra el Crucificado».

La raíz de la incredulidad de ayer y de hoy

¿Pero cuál es la razón de esta decisión equivocada, que hace repudiar al Judaísmo post-cristiano y al neopaganismo el Antiguo Testamento como malo en sí mismo y reputar la raza como “divina”? La verdadera razón debe buscarse en las obras malas, en la vida, en el acto de la voluntad.

Las obras malas no son solamente la inmoralidad grosera como el apego a los placeres de los sentidos, sino también a la inmoralidad sutil: la exaltación del Yo, la búsqueda de la gloria humana y del honor del mundo. Y bien, el que hace el mal huye de la luz interna de la verdad que le reprende, como el ladrón huye de la luz del sol y busca la tiniebla para no ser visto. No se acercará a una doctrina que condena su vida (aun cuando la haya conocido como verdadera).

¡Los incrédulos aman, por tanto, las tinieblas no por sí mismas, sino porque esconden su conducta exterior, y odian la luz, porque desenmascararía su perversidad interna!

En pocas palabras, las malas disposiciones de la voluntad son la causa última que impide a los hombres reconocer a Dios. La última razón de la incredulidad no debe buscarse en la inteligencia, sino en el no querer creer a causa de una mala voluntad moralmente indispuesta.

Se puede, por ello, concluir que la voluntad y la mala vida son la causa de toda incredulidad. Como el diablo es un Angel caído por mala voluntad (prefirió afirmarse a sí mismo, aun condenándose, antes que someterse a la Voluntad de Dios), así los incrédulos prefieren rechazar al Salvador y la salvación, para poder satisfacer su propia perversa voluntad de dominio terreno.

Dominicus

[Traducido Marianus el Eremita]




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Mateo 5,37: "Que vuestro modo de hablar sea sí sí no no, porque todo lo demás viene del maligno". Artículos del quincenal italiano sí sí no no, publicación pionera antimodernista italiana muy conocida en círculos vaticanos. Por política editorial no se permiten comentarios y los artículos van bajo pseudónimo: "No mires quién lo dice, sino atiende a lo que dice" (Kempis, imitación de Cristo)

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