La casa editorial Ricomunicare (plaza Giuseppe Mazzini, 27 – 00195, Roma), en diciembre de 2018, publicó la obra de Danilo Quinto titulada “Dio o Mammona. Non si possono servire due padroni”.

Son escritos cargados de intensidad que el autor ha querido ofrecer a sus lectores: por ellos trasluce inmediatamente – desde las primeras páginas del libro – una fe fuerte, radical y para nada dispuesta al compromiso o a ser “acomodaticia” con el mundo. A ella le acompaña, sin embargo, una comprensible amargura por la que es la actual situación eclesial, social y política. Este es el motivo por el cual podremos definir la presente obra como a mitad de camino entre la crítica rigurosa a los hombres de Iglesia en este momento casi totalmente descristianizados y una invitación a no desesperar, sino más bien a permanecer firmes en la fe en Cristo, en la certeza de que ningún mal, por muy arraigado y persuasivo que sea, puede durar para siempre o salir finalmente victorioso de su conflicto con el bien. Puede vencer algunas batallas – si Dios lo permite – pero no puede jamás vencer las guerras y no puede jamás establecer su dominio de manera definitiva.

Hay ciertamente para todos: para el Papa y muchos de los suyos que están devastando la Iglesia; para una política completamente sometida a los diktats de la perversa secta masónica, de las finanzas globales y de los lobbies de poder; para una sociedad ideologizada y enferma de relativismo y de nihilismo. Existe, sin embargo, una matriz común a la base de la desolación y de la devastación de estos tiempos: la rebelión y el rechazo de Cristo, de su Cruz, de su Realeza, de su derecho absoluto a reinar, tanto en el cielo como en la tierra. Lo que, sustancialmente, es descrito en el libro es el enfrentamiento en acto entre Dios y el demonio, entre la luz y las tinieblas, entre los pocos que han permanecido fieles a Cristo y los muchos que, seducidos por los halagos del mundo, se han echado en brazos del maligno.

La situación más ruinosa es seguramente la que hay en el interior de la Iglesia. La crisis en ella es evidente, palpable y lampante: una crisis que comenzó con el Concilio Vaticano II y que ha llegado ahora a un punto que, en aquella época, quizá ni siquiera las previsiones más pesimistas podrían haber imaginado. Obispos y Cardenales que sostienen la necesidad de dialogar con la masonería, secta anticristiana constantemente condenada por el Magisterio católico, cuyo objetivo fue desde siempre destruir la Iglesia, conducir a la cristiandad a la apostasía, derribar el Reino de Nuestro Señor Jesucristo para sustituirlo con el reino de satanás, que es a quien los masones rinden verdaderamente culto. Estos clérigos renegados llegan incluso a afirmar la existencia de una semejanza, de principios y de intenciones, entre la Iglesia de Jesucristo, la Católica, Apostólica y Romana, y la secta satánica por excelencia, que es la masonería.

Son las imposturas de este tipo los frutos venenosos de la “primavera” conciliar, del “nuevo curso” inaugurado precisamente por aquel evento funesto que fue el Vaticano II. Particularmente, el ecumenismo y el diálogo interreligioso, que en aquella sede fueron afirmados como necesarios para que la Iglesia pudiera estar “al mismo paso de los tiempos” y continuar relacionándose con el mundo. Pero la Iglesia no es del mundo: está en el mundo para cumplir la tarea que le fue confiada por el mismo Cristo – guiar y defender al rebaño, además de evangelizar y conducir a todas las almas a la salvación – pero no es del mundo, ya que el mundo pertenece a las tinieblas.

El inmanentismo fue uno de los principios inspiradores del Concilio y está a la base de toda herejía y de toda desviación: en efecto, negando la existencia de una realidad por encima de la habitada por el hombre, acaba inevitablemente poniendo en el centro al mismo hombre, con su subjetividad, sus emociones, sus deseos, sus necesidades y su conciencia. Todo procede y todo se resuelve por el hombre y en el hombre. El hombre se convierte en el centro del que todo se irradia como principio y al cual todo tiende como fin, el alfa y la omega. Si se niega la realidad sobrenatural en favor de la natural, la consecuencia implícita de semejante aberración filosófica es la negación de Dios y la exaltación del hombre como “exponente destacado” de la naturaleza (humanismo ateo), o bien el panteísmo, para el que Dios no es un Ente trascendente sino inmanente, presente en la naturaleza y en las creaturas, que son lo mismo que Dios. He aquí desvelado el secreto y la raíz enferma del montiniano “culto al hombre”.

El diálogo ecuménico, característica primordial de la “neo-iglesia” surgida del Concilio, tiene su origen precisamente en esta concepción equivocada: si, en efecto, el hombre es el centro de todo (antropocentrismo), si es él mismo creador, conservador y destructor de todo, en cuanto principio y fin de todo, Dios y las religiones, como la verdad, son un producto de la conciencia o de las necesidades humanas: luego no existe un solo Dios, Uno en Naturaleza y Trino en Personas, sino que podrían existir tantas divinidades cuantas son las personas de este mundo; no existe una sola Verdad, tanto en campo religioso como en ámbito ético-moral, absoluta, objetiva y universal, que procede del único Dios verdadero, sino tantas verdades cuantos individuos o comunidades humanas existen.

Por consiguiente, nadie puede decir creer en el Dios verdadero, pertenecer a la Iglesia verdadera o actuar según el orden moral objetivo: hay que abrirse al otro, dialogar con él, tolerarlo, vivir juntos pacíficamente y abstenerse de condenar los errores. Es el elogio del relativismo y del subjetivismo, que son el preludio del nihilismo: si, en efecto, el hombre crea la religión o el código moral más adecuado para alcanzar sus aspiraciones y sus necesidades, del mismo modo puede cambiar o destruir cuando quiera y como quiera lo que ha creado.

El ecumenismo (que es relativismo teológico-religioso), al alabar el diálogo, el encuentro y e la pacificación, se presta al proyecto masónico de destrucción de la única religión verdadera – la católica, la única capaz de reunir a toda la humanidad por razón de su origen divino y de las promesas de Nuestro Señor Jesucristo – cuyo lugar debería ocupar una especie de “Religión del Amor”, en la que el amor a Dios es sustituido por el amor al hombre por el hombre, unido al culto de la libertad, y por los derechos de todos. Este sería el resultado del catolicismo completamente vaciado de dogmas y de contenidos que tanto agrada a los modernistas. Esta es la religión que, en los siniestros planes de los masones, debería unir al mundo en lugar de la Fe católica: el mundialismo masónico contra el universalismo católico, uno que quiere unir en el error disfrazado de tolerancia, de diálogo y de fraternidad, y el otro que quiere unir en la Verdad de Cristo y de su Iglesia: la verdad… la gran ausente de nuestros días, aquella por la cual todo cristiano debería estar dispuesto a sacrificar incluso su propia vida. La verdad – es sabido – no es democrática, no es ecuménica, no es liberal: la verdad simplemente es, sin ningún compromiso y de manera absoluta. Pero es inconveniente para los oídos de los modernos: luego también para la “neo-iglesia”. que no desea sino estar en el mundo, ser del mundo y para el mundo; es mucho mejor hablar de ecología, de migrantes o de marginación social que decir que se es la única Iglesia instituida por el Único Dios Verdadero, que cumple un específico mandato Suyo: amaestrar, guiar y proteger a las gentes cristianas para la salvación de su alma.

La jerarquía eclesiástica está ya completamente sometida a este modo de pensar: por tanto, sorprende hasta cierto punto que haya prelados que propongan alianzas y compromisos con los masones en nombre de una presunta comunión de “valores” y de objetivos. Estos deberían quizá recordar que Nuestro Señor Jesucristo nos dejó un mensaje totalmente opuesto al de la tolerancia masónica: Él nos dijo que solo Él es Camino, Verdad y Vida; solo por medio del Hijo se llega al Padre; solo en Él se encuentra salvación y los que no lo reconocen como Único Dios Verdadero morirán en sus pecados. Estos no se beneficiarán de su obra de Redención y no tendrán la vida eterna. Esto significa que existe un abismo, una barrera, un muro (a pesar de quien experimenta una erupción cutánea al oír solo pronunciar esta palabra) entre los que son de Cristo y los que no lo son, entre los que creen en el Único Dios Verdadero y los que creen en otra cosa o creen de manera equivocada o “personalizada”. Estos últimos no heredarán el Reino de los Cielos: esta es la justa, amabilísima y sabia voluntad de Dios. Los que piensan lo contrario, los que piensan que se pueden salvar sin Cristo, sin la Iglesia, con sus solas obras o con su sola fe, se manchan de herejía y de apostasía. Esto es lo que estamos obligados a creer.

Los modernistas, especialmente los del área progresista, dirían que esto pertenece a una concepción oscurantista y superada, a una era en la que la Iglesia y los católicos estaban en guerra contra todo y contra todos: pues bien, la fe es un depósito inmutable y no puede cambiar en el tiempo o según cambien las circunstancias, porque inmutable es Aquel de quien procede la Revelación y es inmutable porque es infinitamente perfecto; en cuanto al estar en guerra contra el mundo, es exactamente lo que se espera de la Iglesia. Ser católico quiere decir estar en constante conflicto con un mundo que pertenece a las tinieblas y que constantemente intenta alejarnos de la Ciudad de Dios para encadenarnos en la ciudad del hombre, atraparnos en aquellos placeres mundanos y en aquel apego a la materia que separa a los espíritus del objetivo de la salvación eterna.

Cristo no vino donde nosotros a traernos paz, sino una espada. La “paz” de la que se llenan la boca los modernistas no es la de Cristo, ya que se funda en el compromiso no debido con el error, con el vicio, con la degeneración y, en definitiva, con el mal. Cristo no dialogaba con el error: se acercaba a los pecadores, pero no para animarles en sus errores, sino para corregirles y para redimirles. Cristo no dialogaba con el mal: lo derrotó en la Cruz. Cristo vino donde nosotros para liberarnos del mal y del pecado, para salvarnos de la condenación y para darnos la vida eterna. Ningún hombre, por tanto, puede construir una paz verdadera y duradera con los demás, si esa paz no se funda en la Fe en Jesucristo, sino en principios sospechosos (con olor de masonería) como la tolerancia. Tolerar por principio el mal significa negar el bien. Tolerar por principio el mal significa dejar que cumpla su obra de destrucción y de perversión. Tolerar por principio el mal significa ser sus cómplices. La paz de Cristo es la que Él nos da mediante la Fe y la vida de la Gracia. Su paz no es la de los hombres: es una paz que se funda y se nutre de la unión íntima y filial con Dios. Solo en Cristo los hombres pueden recuperar aquella unidad perdida tras el pecado original y convertirse en portadores de paz. Al contrario, la paz construida sobre la tolerancia y sobre el compromiso con el error y con el mal no es verdadera paz, sino pura ilusión. La paz que los hombres – los de Iglesia in primis – pretenden construir sin Dios y sin Verdad, basándose únicamente en estar dispuestos a dar un paso atrás, no es una paz auténtica, sino simplemente un “vivir tranquilos” que presupone, como se decía un poco antes, una aceptación y, por tanto, una intrínseca connivencia con el mal y con lo que él produce.

Mientras exista el pecado en el mundo – y con él la iniquidad y los males que son su consecuencia – no existirá paz, y cualquier intento de construirla mediante la convivencia con todo aquello que no pertenece a Cristo, que es el Príncipe de la Paz, está destinado a naufragar miserablemente. Solo quitando el pecado del mundo habrá paz, y el pecado lo ha quitado del mundo el Cordero de Dios con Su Sacrificio en la Cruz: con Su Sangre Él lavó los pecados del mundo. Pero adherirse o no a Su obra de Redención, corresponder o no a Su inmenso amor, aceptar o no la Gracia, depende de nuestra voluntad, de nuestra libre decisión, de nuestro estar dispuestos a renunciar a todo para ser parte de algo que es infinitamente más grande que nosotros y de todo lo que conocemos y podemos conocer en nuestro ser entidades fintas y limitadas.

Paralelamente, a partir del Vaticano II, en la Iglesia Católica está en curso un proceso de “protestantización” litúrgica – comenzada con la introducción del Novus Ordo Missae (acertadamente definida la “Misa de Lutero” por Mons. Levebvre) en cuya elaboración tomaron notoriamente parte pastores protestantes por deseo de Pablo VI – y proseguida con la progresiva negación de los dogmas fundamentales de la Fe católica, los primeros de todos la esencia sacrificial de la Misa (no ya renovación incruenta del Sacrificio de Jesús en la Cruz, sino simple “memorial” de ese mismo Sacrificio en forma de banquete comunitario), la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía (sino simplemente “símbolo” de Su presencia espiritual), la Tradición como fuente de Verdad (en favor del luterano “sola Scriptura”, cuya interpretación no está ya vinculada a la dada por la Iglesia, sino confiada al entendimiento subjetivo de cada fiel) y el concurso de la libertad humana en la salvación: el hombre no es libre sino esclavo del pecado. Por tanto obligado al mal e incapaz de merecer la salvación. Por consiguiente, no puede hacer otra cosa sino confiar en la misericordia de Dios (totalmente mal entendida) y en el hecho de que Él pasará por alto las transgresiones humanas, ya que el hombre no es responsable de sus malas acciones. Esta es la teología de la “sola misericordia” de Bergoglio. Es negada la existencia del infierno o el hecho de que en él existan almas condenadas por la eternidad. Los fundamentos de estos errores doctrinales se encuentran en la herejía protestante. Pues bien, negada la esencia sacrificial de la Misa, negada la transustanciación, negado el valor fundamental de la Tradición, negada la cooperación entre Gracia y libre albedrío en la salvación, se abren las puertas a la demolición del sacerdocio y, por tanto, de la Iglesia, en favor del “sacerdocio universal”, y en definitiva de la Fe católica.

Todo esto mientras desde hace ya seis años en la Iglesia hace estragos la tiranía de un hombre venido de Argentina, cuyo modo de vivir y concebir la Fe haría palidecer incluso a los peores y más obstinados herejes de la historia. Se interesa de inmigración, de ecología, de paro y pobreza, como buen “líder mundial de la izquierda”, como ha sido varias veces coronado por la misma izquierda, italiana y extranjera. Sostiene que las diferentes tradiciones espirituales deben colaborar con fin a la paz (¿qué decíamos antes?); que la diversidad religiosa es voluntad de Dios (impiedad gravísima); que la Iglesia Católica ha cometido muchos errores, en el curso de su historia bimilenaria, que es bueno que repare; que bien y mal no son conceptos objetivos y universales, sino variables según las circunstancias, las tendencias y las necesidades subjetivas; que quien habla de Verdad es peligrosos y conduce a una concepción ideológica de la Fe; que hay que poner aparte las diferencias y unirse por el bien de los hombres (¿y cuál es el lugar de Dios en esta mezcla?). No hace la genuflexión ante el Santísimo Sacramento, pero se pone a cuatro patas para besar los zapatos de los jefes de estado africanos. Blasfema a Jesús y a María Santísima públicamente, durante las que alguno tiene la cara dura de llamar “homilías”, pero justifica los atentados que realizan los islámicos para vengar las ofensas a su pseudo-religión. Habla de misericordia y es implacable con esa evanescente parte del clero que le contradice y le opone resistencia.

Mientras tanto, tenemos que lidiar con sacerdotes cada vez menos sacerdotes y cada vez más parecidos a trabajadores sociales, a activistas comprometidos en el frente de la “justicia social”, de los “derechos humanos”, de la acogida de clandestinos o de quién sabe qué otras cosas. Empapados de ideología han abandonado su misión de santificar a las almas, de guiar al rebaño que el Señor les ha confiado al Reino de los Cielos, de administrar de manera decorosa los Sacramentos (quizá evitando distribuir la Comunión de manera sacrílega, decir Misa con la nariz de payaso o en bañador, profanar las iglesias organizando danzas tribales africanas en su interior, concelebrando con los protestantes o invitando a los musulmanes a orar juntos, pronunciar homilías semejantes a un mítin de centro social). Un sacerdote debería ser un hombre de altar (liturgia y oración), de espada (la lucha para convertir, guiar y santificar a las almas) y de Cruz (la aceptación del sufrimiento y de la responsabilidad enorme que ello implica).

Los hombres de Iglesia modernistas han abandonado su misión de apacentar al rebaño y defenderlo de los lobos en la medida en que se han adherido a visiones mundanas para las cuales hay que privilegiar el bien material al moral y espiritual. Un ejemplo en este sentido – como nos advierte el autor – es el descenso a la política, a favor de la izquierda, de la gran parte de los hombres de Iglesia (y de Bergoglio el primero de todos), particularmente en el tema crucial de los últimos años, que es el de las migraciones. Más allá de las instrumentalizaciones realizadas sobre el Evangelio – cosa de por sí gravísima – y la completa ignorancia (voluntaria o no) de la tradicional doctrina sobre dicha cuestión, lo que emerge es precisamente el acuerdo entre Iglesia modernista y mundialismo liberal-masónico para fines todo lo contrario que evangélicos: el primero de todos el completo sometimiento y destrucción de los pueblos europeos, de la civilización cristiana de Europa a cuya edificación contribuyó la Iglesia de manera preponderante. Quien colabora con semejante plan no es de Cristo, sino del demonio, que es homicida desde el principio, y lo es tanto en relación a las almas como a los cuerpos; tanto en relación a los individuos como a las comunidades humanas. Los Obispos que toman parte, aunque sea con su silencio remisivo y tímido, en el proyecto de sustitución étnica en curso no pertenecen a Cristo y a su Iglesia, sino al maligno.

Sería, sin embargo, injusto imputar la responsabilidad de todo lo que sucede en la Iglesia, de la crisis profunda que la atraviesa, solo al pontificado de Bergoglio: el mal es mucho más antiguo y tiene sus raíces precisamente en aquella herejía modernista que, lenta pero inexorablemente, ha escalado la jerarquía y ha llegado hasta el Solio Pontificio con el papa Roncalli y con el consiguiente Concilio Vaticano II, con todo lo que le ha seguido. Bergoglio es simplemente la expresión más radical – y particularmente fastidiosa, precisamente por su atrevimiento – de un proceso de disolución iniciado hace sesenta años: es el “fruto maduro” del modernismo conciliar. El Concilio Vaticano II pretendió transformar la Fe católica en un “humanismo ateo” (palabras del tristemente conocido de Lubac), sin dogmas – a parte de la defensa de la dignidad humana y de los derechos vinculados a ella, fin de sí misma – y con una liturgia también ella totalmente proyectada hacia el hombre y privada de sus contenidos teológicos. La Misa que es el corazón latente de la catolicidad, la Misa que todos los enemigos de Cristo – desde los protestantes a los masones – han intentado destruir, ya que eran demasiadas las almas santificadas por ella en el curso de los siglos, demasiada la Gracia de la que era fuente. Con el Vaticano II, los enemigos de Dios han entrado en el Cuerpo Místico de la Iglesia (el “humo de Satanás” que Pablo VI denunciaba pero al que precisamente él abrió de par en par las puertas y las ventanas dejando que apestase todo) y han causado su enfermedad, que hoy la aflige dolorosamente.

Sin embargo – y en este punto es bueno prestar atención – hay que resistir a la tentación de dar las espaldas a la Iglesia y a la Fe a causa del clima general de apostasía que hace estragos en ella: es exactamente lo que quieren los ocupantes abusivos del Cuerpo Místico que hablan en nombre de Cristo pero que no son de Cristo. De acuerdo con las fuerzas anticristianas pretenden alejar cada vez más personas de la única arca de salvación (la Iglesia, precisamente) para empujarlas a los brazos de su señor. Precisamente en esto consiste su diabólico plan: alejar – aunque solo sea por agotamiento – a los católicos, actuando de tal modo que, privados de la Fe y de la Gracia, se conviertan en fáciles presas del demonio y “acercar” a los pecadores sin convertirles, sino confirmándoles en sus pecados, de manera que compartan la misma suerte que los primeros. Un diseño eminentemente satánico.

No es menos terrible la situación en el interior de las sociedades europeas: la descristianización avanza inexorable y aparentemente imparable. El relativismo ético impera soberano y ha envenenado las mentes de los occidentales y, a causa de ello, somos una civilización agonizante, una civilización que parece deba exhalar su último respiro de un momento a otro. No podría ser de otra manera en las sociedades, como las europeas, que han abrazado una auténtica “cultura de la muerte”, fundada en el recurso masivo al aborto y a la contracepción, en la legitimación de la homosexualidad y de la más desenfrenada licencia en materia de costumbres, en el permisivismo en materia de drogas y de pornografía. Europa está imbuida de lo que podríamos llamar un “fundamentalismo liberal”, que podemos hacer coincidir con la ideología radical: sí, la de Marco Pannella y de Emma Bonino. Su verdadera victoria no ha sido de tipo político-electoral, sino socio-cultural. La victoria de la ideología radical y de sus exponentes ha sido la de atrapar las mentes, las costumbres y la sociedad haciéndoles caer en la más absoluta desviación y, por tanto, en su disolución.

Se tiende a menudo a infravalorar la peligrosidad social de la ideología liberal-radical, rodeada como está de esa aura de aparente “neutralidad”: ¿qué mal puede hacer quien quiere dejar plena autonomía y libertad de elección a quien sea? Pero precisamente en eso está su malicia: en su capacidad de seducción. El liberalismo encierra en sí mismo algo verdaderamente diabólico: la pretensión de emanciparse de todo vínculo, de toda regla y de toda autoridad, de bastarse a sí mismo, de no deber rendir cuentas a nada ni a nadie, de poder vivir teniendo sus propios deseos, aspiraciones y opiniones individuales como único punto de referencia. Pues bien, podemos decir claramente que el primer liberal de la historia fue precisamente el demonio, que, como ángel, pretendió poderse emancipar de Dios y poder ser “dios de sí mismo” y que, por esto, fue precipitado a los abismos. Ponerse en el lugar de Dios: este fue el pecado de los ángeles rebeldes y este es el pecado de los liberales. La fuerza de esta ideología consiste precisamente en su capacidad de picar las concupiscencias humanas (la primera de todas el orgullo y solo después la avaricia y la lujuria), al provocar a la naturaleza humana herida por el pecado original creando la ilusión al hombre de poder ser principio y fin de sí mismo, de poder vivir teniéndose a sí mismo y a su conciencia como único punto de referencia. La debilidad de la naturaleza humana es la fuerza de la ideología liberal. Al mismo tiempo, estamos literalmente invadidos – y muy pronto seremos también dominados – por inmigrantes, en su mayoría musulmanes. Su presencia crece en la medida en que la población europea autóctona disminuye: juega a su favor seguramente el ser netamente más prolíficos y la incapacidad de nuestros políticos de establecer límites a los flujos migratorios. Proliferan mezquitas y centros culturales islámicos en la medida en que cierran las iglesias, los seminarios y los conventos. A este paso, Europa – e Italia, que es su “puerta”, como se dice a menudo – se convertirá en una aldea musulmana.

En este contexto se inserta la crítica de nuestro autor a la política italiana y europea. Débiles, incapaces, conniventes: estos son los tres adjetivos que mejor describen a nuestros gobernantes. Se dice que el infierno está vacío (Bergoglio): quizá porque todos los demonios están en la tierra y gobiernan las naciones occidentales, sostiene nuestro autor. Han permitido que nuestras sociedades fueran devastadas por leyes inicuas, que lejos de combatir el mal – como convendría a las leyes – lo han tolerado primero, legitimado después y finalmente incentivado y protegido. Son responsables del holocausto de seis millones de italianos muertos en el seno de sus madres por voluntad de estas últimas, de la decadencia por la que pasa la institución familiar, del atontamiento de masa de la población más joven, cuyas neuronas han sido incineradas por el cannabis, el alcohol y el porno, de la difusión masiva de la homosexualidad y – como consecuencia de las migraciones incontroladas – de un mestizaje socio-cultural y religioso funcional a la destrucción del sentido de pertenencia, de la identidad de los pueblos. Son culpables de haber gobernado no por el bien común, sino por interés personal, el primero de todos la conservación del poder, que debe ser consolidado también dando al pueblo “pan y diversión”, o sea, legitimando todos los tipos de sus deseos y reivindicaciones, independientemente de consideraciones sobre su bondad.

Todos los políticos europeos se han unido – o por lo menos han integrado las ideas – en lo que Augusto Del Noce definió “partido radical de masa”, o sea, una forma de liberalismo radical, omnipresente e interiorizado por parte de las instituciones y de la sociedad. El resultado es el así llamado “pensamiento único”, ese por el cual o estamos alineados al relativismo y nihilismo dominantes o nos convertimos en peligrosos extremistas que deben ser relegados al ostracismo y liquidados antes de que sea demasiado tarde y alguien se despierte del sueño inducido. Hay más: la fuerza del pensamiento único consiste precisamente en impedir el ejercicio del juicio. El juicio es el fundamento del recto razonar y toda creatura inteligente debe juzgar para poder ejercitar esta facultad. Es el juicio temerario el que debe ser evitado, no el verdadero: así se expresa el Señor en el Evangelio. Sin embargo, es natural que el pensamiento único se esfuerce en suprimir la capacidad de juicio si antes aún se ha esforzado en suprimir el concepto mismo de verdad: si no existe la verdad, entonces no existe ni siquiera el juicio, porque todo juicio es subjetivo y, por tanto, no es un juicio, sino una simple impresión, un parecer.

De pareceres subjetivos, de opiniones personales y de impresiones desarraigadas de la realidad se nutre la moral permisiva, la ética de la complicidad con el mal, con el error. Pero el mal es por naturaleza propia destructivo, ya que carece de esencia y existe solo como parásito del bien: aceptar el mal significa, sustancialmente, aceptar la propia destrucción. Es una especie de suicidio. Y, en este sentido, el relativismo, inevitablemente, desemboca siempre en el nihilismo. El adjetivo más apropiado a la Europa actual es “suicida”. No puede definirse de otro modo una sociedad que – quizá por temor, por “espíritu democrático” o por simple idiocia – mientras acepta ser diezmada por los abortos y por las libres costumbres que esterilizan a las naciones, se resigna a ser invadida y definitivamente aniquilada por estirpes y culturas distintas que acabarán por convertirse en mayoría o que, mediante la mezcla con los autóctonos, cambiarán radicalmente la composición étnico-social de la comunidad, que en ambos casos quedará destruida en su esencia.

Los males de la Europa contemporánea, ya sean políticos, sociales e incluso económicos, tienen todos su origen en el abandono de Dios. Europa, que Cristo eligió como cuna de su Reino Social, e Italia, que Él eligió como sede de  su Iglesia, ha acabado por traicionarlo y por darle vergonzosamente las espaldas en nombre de aquellos principios de inspiración libera-masónica, afirmados a partir de la Revolución Francesa (pero que estaban ya presentes in nuce en el humanismo del Renacimiento y en el protestantismo) y que lentamente han sometido al “Viejo Continente”. El hombre sin Dios no puede hacer nada, no puede hacer ningún bien: puede solo hacerse el mal a sí mismo y a los demás. El mismo principio vale, naturalmente, para las sociedades. Quitad a Dios – que lo crea todo y lo conserva todo en el ser – de las sociedades y estas se hundirán en el caos y en el delirio autodestructivo en el cual, a día de hoy, se encuentran dramáticamente. La “Religión de la Libertad” no es sino un culto luciferiano en el cual se pretende poner al hombre en el lugar de Dios, a la creatura en el lugar del Creador.

¿Cuál es el punto en el cual nuestro autor inserta su crítica lúcida y dirigida al tiempo presente y a su desolación? ¿Cuál el centro desde el cual se irradia su – se me consienta la expresión – “j’accuse”? Como se ve por el título del libro: la elección entre Dios y Mammona. No se puede servir a ambos, como nos dice Jesús en el Evangelio. Hay que tomar partido: hay que decidir ser soldados de Cristo y combatir bajo su estandarte, aunque ello comporte sufrimiento, privación y lucha continua con un mundo que es esclavo del pecado y de la materia; o bien servir en el campamento del demonio, banquetear en esta tierra, confiarse solo a nuestras propias limitadas fuerzas y a la razón individual, y condenarse junto a él. Quien – como la Iglesia modernista surgida del Concilio – pretende armonizar las dos cosas, no elegir, hacer coexistir a Dios con la mundanidad y adecuar la Fe a los “tiempos” y a las siempre nuevas instancias sociales, en realidad ya ha hecho su elección.

Vivimos un momento extremadamente dramático de la historia: un momento en el que la tentación de dejarse llevar por el desaliento y el desánimo es fuerte y lucha prepotentemente por prevalecer. Miramos alrededor nuestro y solo vemos ruinas humeantes. Pero no hay que dejarse abatir por ello: somos el “pequeño resto” católico, pero sabemos perfectamente que ya una vez Dios se sirvió de poquísimas personas para evangelizar el mundo y hacerlo cristiano. Debemos confiar en el hecho de que es precisamente en los momentos de oscuridad y de aparente derrota cuando la fe y la esperanza deben ser todavía más fuertes: precisamente como la de la Virgen a los pies de la Cruz en la que Su Divino Hijo fue bárbaramente asesinado: todo parecía perdido, pero era solo el inicio, y María lo sabía perfectamente, no obstante el dolor atroz que sentía Su Corazón en aquellos terribles momentos. Es este un momento de prueba, un momento en el que Dios está procediendo a una obra de “selección”, en la que está reuniendo a todos aquellos que – en la tormenta y en la locura de este mundo apóstata – le han permanecido fieles. No es la primera vez que esto sucede.

No hay que lamentarse de esta Cruz que el Señor nos ha dado como “pequeño resto”: la de deber experimentar por un lado el sentido de la soledad y de la impotencia, por otro la de deber ser expuestos a la burla, a la intolerancia y a la persecución del mundo. Hay que dar gracias, porque es en esta Cruz en la que se manifiesta el amor infinito de Dios hacia nosotros: Él nos ha elegido entre tantos y ha cuidado de conservar íntegra nuestra Fe. Por lo demás, precisamente como no hay victoria sin batalla, no hay mérito sin prueba, de igual manera no hay Resurrección sin Cruz. El Corazón Inmaculado de María triunfará y por medio de la Madre vendrá la restauración del Reino Social del Hijo. Nuestra tarea, en el tiempo presente, antes de que llegue la “gran purificación” y con ello una nueva era de cristianización, es simplemente la de resistir, perseverar en el Bien, continuar profesando la Verdad sin importarnos lo que pudiera costarnos, reírnos del desprecio, de las calumnias y de la persecución del mundo (y desgraciadamente también de los hombres de la Iglesia modernista) y rezar. Dice Jesús en el Evangelio: ¿de qué sirve ganar todas las riquezas, el poder y los honores de esta tierra si después perdemos nuestra alma? ¿De qué sirve temer a los hombres y su juicio, cuando el juicio que hay que temer es solo el de Dios? Nos corresponde a nosotros la elección entre el Cielo y la tierra, entre la Ciudad de Dios y la ciudad del hombre: entre Dios y Mammona, precisamente.

Immaculatae Miles

SÍ SÍ NO NO
Mateo 5,37: "Que vuestro modo de hablar sea sí sí no no, porque todo lo demás viene del maligno". Artículos del quincenal italiano sí sí no no, publicación pionera antimodernista italiana muy conocida en círculos vaticanos. Por política editorial no se permiten comentarios y los artículos van bajo pseudónimo: "No mires quién lo dice, sino atiende a lo que dice" (Kempis, imitación de Cristo)