En su discurso al Congreso de los Estados Unidos, el papa Francisco declaró: “La regla de oro también nos recuerda nuestra responsabilidad de proteger y defender la vida humana en todas las etapas de su desarrollo.” En primer lugar, es el quinto mandamiento, no la regla de oro, el que exige la defensa de la vida humana. Pero Francisco parecía contrario a mencionar algo tan controversial como un mandamiento divino frente al cuerpo de “representantes electos” que, de acuerdo con los dictámenes del sistema del estado moderno, no se permite reconocer ninguna autoridad por encima de la propia.

Aparte de eso, mientras Francisco pronunciaba estas palabras los católicos contenían la respiración, esperando que el Papa condenara el horror del aborto en el centro mismo de poder en el decadente mundo occidental, tal como la Madre Teresa hizo – explícitamente, por nombre, quince veces – durante su discurso al National Prayer Breakfast en Washington.

Lo que siguió, sin embargo, fue una afirmación que aterrizó como un golpe seco que se escuchó en todo el mundo: “Esta convicción me ha llevado, desde el comienzo de mi ministerio, a  trabajar a diferentes niveles por la abolición global de la pena de muerte.” ¿La pena de muerte? ¿Qué tiene que ver un asesino convicto esperando en la fila de la muerte con “la vida humana en cada en cada etapa de su desarrollo?” Nada, por su puesto. La conclusión del Papa es un non sequitur bastante pasmoso.

Francisco desde entonces ya ha aumentado la apuesta, demandando a mediados de diciembre que la pena de muerte sea abolida en todo el mundo, y recitando a la vez una larga lista de otras demandas de justicia social indistinguibles de los tablones en la plataforma del Partido Demócrata: “condiciones de residencia legal para migrantes, trabajo para los desempleados, acceso a cuidados médicos para todos, y perdón de las cargas de deuda internacional.”

Llama mucho la atención que mientras se exige la abolición de una sanción penal que la enseñanza católica siempre ha aprobado para las ofensas más graves, en ningún lugar ni en ningún momento, Francisco ha pedido la abolición del aborto, el asesinato de millones de niños inocentes, los cuales la Iglesia siempre ha condenado como un “crimen abominable” en violación al quinto mandamiento (no a la regla de oro).

Ciertamente, Francisco mismo llamó al aborto “crimen abominable” en un discurso poco publicitado dirigido a una organización italiana pro-vida. ¿Por qué entonces no llamó a los líderes del mundo a poner fin a este abominable crimen? ¿Por qué en cambio demanda que se derogue una medida penal legítima, la cual, como Pio XII insistió, es una penalidad justa por asesinato basado en el “poder coercitivo de la autoridad humana legítima” divinamente conferido y “las fuentes de revelación y doctrina tradicional”?

La respuesta a estas preguntas es que el papado, junto con la mayoría del resto del elemento humano de la Iglesia, ahora se permite ser gobernado por lo políticamente correcto como un elemento del espíritu de los tiempos, conforme los cuales las políticas mayoritarias reinan supremas sobre las afirmaciones contrarias de la religión y moralidad. El resultado es el papado políticamente correcto, que reduce la moralidad a la regla de oro y evita cualquier ofensa, y aún más cualquier confrontación directa, con los poderes que sean. En breve: un desmantelamiento práctico de la Iglesia militante.

Este desarrollo difícilmente puede ser puesto en su totalidad a los hombros de Francisco. Más bien, han sido unos cincuenta años de proceso que siguieron al desastroso “abrirse al mundo” del Vaticano II. Pero Francisco ha llevado el papado políticamente correcto a un nuevo nivel, consiguiendo así elogios sin fin de parte del mundo – algo absolutamente sin precedentes en la historia de la Iglesia.

Para poner otro ejemplo: Mientras la gente de Irlanda se preparaba para votar si se legalizaría o no “el matrimonio gay”, Francisco no dijo nada en oposición. Ni siquiera una sola palabra de lamento, ni mucho menos de condenación, después de que esta abominación se convirtiera en ley irlandesa. Similarmente, mientras la Corte Suprema de los Estados Unidos tomó el caso del “matrimonio gay”, Francisco mantuvo un silencio rotundo antes y después de la decisión que lo impuso en todos los cincuenta estados. Sobre esto, incluso el ultraliberal Huffington Post, en un comentario escrito por un corresponsal “gay”, se limitó a hacer la siguiente observación:

“Considerando que el papa Benedicto XVI frecuentemente se expresó vocalmente para condenar de forma dura la igualdad matrimonial – incluso viajando a España para manifestarse en contra de esta cuando el país estaba entre los primeros para legalizar el matrimonio para gays y lesbianas y llamarlo una “amenaza al futuro de la humanidad” – es sorprendente cuan silencioso ha permanecido Francisco sobre el tema. He notado en el pasado cómo él no ha hecho ningún comentario mientras país tras país en Europa se legalizaba el matrimonio para gays y lesbianas. Y luego este pasado Junio (2015), no hizo ningún comentario después de la decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos.”

Pero, mientras el pequeño, y predominantemente católico, país de Eslovenia se preparaba para votar en sí se aprobaba el “matrimonio gay”, unos días atrás, Francisco intervino, aunque de manera velada, llamando a los eslovenos a “apoyar la familia, un punto de referencia estructural para la vida de sociedad…” Lo que esperaba ser un voto muy reñido se tornó una fuerte derrota para los proponentes del “matrimonio gay”, con los eslovenos votando 63 a 36 en contra. Uno sólo puede imaginar cómo hubiera ido la votación en Irlanda si Francisco hubiese demandado oposición al “matrimonio gay” con la misma constancia y amplia publicidad con la que demanda la abolición de la pena capital.

¿Ven ustedes el patrón? Ninguna demanda para la abolición del aborto por ningún gobierno, mientras sí se le condena frente a un grupo pro-vida durante un oscuro discurso en Italia. Ninguna oposición al avance del “matrimonio homosexual” durante su marcha conquistadora a través del alguna vez Occidente cristiano, y luego una muda oposición en la pequeña Eslovenia. El patrón es el siguiente: un papado que se escapa de cualquier confrontación con los poderes del mundo sobre los peores males de nuestra época; un papado – y así la jerarquía en general – que es incluso menos confrontativo contra el mal institucionalizado, sobre todo contra el aborto, que los protestantes evangélicos conservadores. El resultado es que hoy en día estos últimos son “mucho más propensos a apoyar el derecho a la vida que cualquier otro grupo religioso en los Estados Unidos”.

El papado políticamente correcto ha neutralizado el papel alguna vez decisivo de la Iglesia en el combate cristiano perenne contra lo que san Pablo describió como “los señores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos en los altos lugares.” Con el general en retirada, el ejército ha seguido su ejemplo. Y conforme el mundo occidental en su totalidad desciende hacia el abismo de la depravación, sacrificando millones y millones de niños inocentes que son su propio futuro, Francisco constantemente exige clemencia hacia asesinos convictos.

Este es el sorprendente estado de los asuntos eclesiásticos predichos sin duda en el Tercer Secreto de Fátima.

Christopher A. Ferrara

[Traducido por Denis Robertson. Artículo original.]

Christopher A. Ferrara
Presidente y consejero principal de American Catholic Lawyers Inc. El señor Ferrara ha estado al frente de la defensa legal de personas pro-vida durante casi un cuarto de siglo. Colaboró con el equipo legal en defensa de víctimas famosas de la cultura de la muerte tales como Terri Schiavo, y se ha distinguido como abogado de derechos civiles católicos. El señor Ferrara ha sido un columnista principal en The Remnant desde el año 2000 y ha escrito varios libros publicados por The Remnant Press, que incluyen el bestseller The Great Façade. Junto con su mujer Wendy, vive en Richmond, Virginia.