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Paz que gozan en este mundo las almas perfectas. (Lectura sumamente recomendable)

Es necesario trabajar y padecer mucho para alcanzar la perfección. “No es la obra de un día, ni juego de niños el renunciarse perfectamente, pero el que todo lo deja todo lo halla; el que renuncia a toda codicia encuentra la verdadera paz” (La Imitación de Cristo).

Sí, el que tiene el arrojo de pelear denodadamente contra sus inclinaciones naturales y de morir a sí mismo, recibe buena paga de sus fatigas; es mucho más feliz que las almas menos generosas que quieren servir a Dios y contentar a la naturaleza. No que esté más libre de dolor y de las tribulaciones de la vida, pues los mejores amigos de Jesús tienen siempre una gran parte en su divina cruz; sino porque siendo muy humildes, muy desprendidos, son menos sensibles a los contratiempos, los fracasos, las humillaciones. Todas estas amarguras y otras como los abatimientos o quebrantos del corazón pueden afligir su naturaleza, pero su voluntad unánime con la de Dios no padece contrariedad alguna por ello; muy al contrario, como sus padecimientos los quiere Dios y glorifican a Dios, la voluntad se considera feliz con ellos.

El alma menos amante, que conserva asimientos naturales, afectos puramente humanos, padece no sólo en su naturaleza sino también en su voluntad la cual muchas veces es contrariada, sacudida, irritada; y tiene que hacer un esfuerzo para resignarse; la resignación la aplacará, pero sin procurarle ninguna alegría.

Las almas imperfectas, pues, no disfrutan de esta paz que poseen las almas desasidas, paz profunda, inalterable. “Yo os dejo mi paz, os doy mi paz”, dijo el Salvador a sus Apóstoles en el discurso de despedida, (Juan, XIV, 27). Preciosa es la paz de Jesús a quien Isaías llamó Príncipe de la paz.Esta paz que Jesús disfrutaba y de la cual dió parte a sus verdaderos amigos sobrepuja, dice San Pablo, toda experiencia. Esta paz reside en el centro del alma, y como el fondo del Océano no es alterado por las tempestades que sacuden y agitan su superficie, como la cima de las montañas continúa recibiendo luces vivificantes de los astros mientras que abajo reinan las nubes, las lluvias, y las tormentas, el alma que no tiene otra voluntad que la de Dios, cuyo amor es intenso y su confianza es invencible, permanece tranquila, aun cuando en la parte inferior experimenta dificultades, asaltos de tentaciones, amarguras de toda suerte. La angustia misma que le produce su celo por la gloria de Dios y el bien de las almas, a veces bien dolorosa, no perturba su paz interior, porque sabe que estas congojas las quiere Dios y cederán en gloria suya.

Más que paz, es felicidad, es alegría perfecta la que encuentra el alma enteramente fiel, esta alegría y gozo que Jesús deseaba a sus Apóstoles: “Os he dicho estas cosas (permaneced en mi amor, guardad mis mandamientos), para que vuestro gozo sea perfecto” (San Juan, XV, ll).Este gozo lo prometía Jesús a sus Apóstoles, mientras se entregaran del todo a la oración: “Pedid y recibiréis a fin de que vuestro gozo sea colmado” (S. J., XV, 24). Jesús mismo pedía este gozo a su Padre celestial para sus íntimos amigos: “Padre, yo ruego por ellos, para que posean en sí mismos el gozo cumplido que tengo yo” (S. J., XVII, 148).

El gozo, el contentamiento de la voluntad que logra el objeto de sus deseos, el gozo, el amor satisfecho. El alma perfecta tiene ardientes y santos deseos, un amor muy puro: lo que desea es la gloria de Dios, con un amor intenso de la voluntad de Dios, que para ella es siempre buena, sabia, paternal. Ahora bien; ella sabe que Dios al cual tanto desea ver glorificado, recibe de su Hijo, de los santos, de sus escogidos una gloria digna de Él. Sabe también que esta voluntad divina tan ardientemente amada es siempre cumplida, que Dios tan poderoso como sabio consigue siempre sus fines. Lo cual es para ella manantial de gozo que de ordinario no es rebosante ni de estrépito, sino profundo, reposado, suavísimo.

Y para sí misma, ¿qué desea esta alma una vez que ha llegado al perfecto desasimiento? Desea su Dios, y sólo a Él busca, y cuando no se busca más que a Dios, se le encuentra siempre y en todas partes. Muy delicioso es para ella volverse hacia Él, entretenerse con Él, pensar en sus grandezas, sus bondades, su felicidad infinita; gran deleite saber que lo tiene cerca de sí, muy dentro de sí misma; sabrosísimo el unirse a Él con amor simple y tranquilo, pero intenso.

Los que tienen el corazón dividido, y no están desasidos de sí mismos ni de las criaturas, no gustarán las dulzuras del amor. Estando mucho menos iluminados acerca de las perfecciones, las amabilidades de Dios, son menos atraídos hacia Él. Además las inclinaciones naturales, de las que no se han despojado aún, los atraen demasiado hacia los objetos creados, los adhieren mucho a sus negocios, a sus ocupaciones favoritas, y los concentran con exceso en sí mismos, para que el corazón pueda tener sus complacencias en Dios. Pero los que poseen un amor intenso, cuán felices son amando y sabiendo que son amados.

Y todas las cosas concurren al bien de las almas amantes: Diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum. La Providencia divina desde toda la eternidad lo preparó todo para su provecho. Las almas incompletamente fieles inutilizan muchas veces los designios de Dios sobre ellas Con frecuencia en las pruebas se impacientan o bien no se resignan sino a medias; a veces les sucede que repasan demasiado en su espíritu sus agravios; entonces quedan descontentas, amargadas. Muchas veces en las tentaciones no resisten sino flojamente. Cuántas ocasiones de ejercitar la virtud no dejan pasar por falta de valor para dar a Dios todos los sacrificios que les pide. El alma enteramente fiel de todo se aprovecha y cada día acumula para la eternidad nuevas e imponderables riquezas.

“EL IDEAL DEL ALMA FERVIENTE”

por

Augusto Saudreau

Canónigo honorario de Angers




San Miguel Arcángel
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Artículos del Blog San Miguel Arcángel publicados con permiso del autor

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