Hoy los hombres han perdido de vista cuál es el sentido de la vida, por qué vivimos.

Dios ha creado al hombre por amor, para hacerle partícipe de su infinita felicidad, y lo creó libre, para que lo eligiera en libertad y no como un autómata programado, o bien lo rechazara, rebelándose a su voluntad benéfica. Y el hombre, en nuestros progenitores, se le rebeló, con un pecado de soberbia (ser como Él) y de desobediencia (comió del fruto prohibido), tras lo cual tuvo su inicio la Historia, el camino del hombre para reconquistar el Paraíso perdido, su felicidad sin fin, con Dios. Y cada hombre será el artífice de su destino, de su salvación eterna o de su perdición.

Para ayudarnos, porque es voluntad de Dios nuestra salvación y nuestra santificación, nos reveló en Moisés los Mandamientos, el Manual de Instrucciones de la Humanidad, que había sido escrito ya en el corazón del hombre, en el acto de la creación, pero que el hombre había perdido, y con sus Mandamientos nos indicó qué hacer para reconquistar el Paraíso perdido. Jesús dirá más tarde claramente al joven que le pedía qué debía hacer para conquistar la vida eterna que observara sus Mandamientos y dirá también: “¿De qué te sirve ganar el mundo entero si después pierdes tu alma?”, y al rico que había llenado sus graneros y pensaba gozar de ellos le dirá: “Necio, esta misma noche entregarás tu alma”, para decir que la vida debe construirse, aun en sus bellezas materiales, pero que el verdadero sentido de todo es no perder nuestra alma.

Después, Dios, que nos quiere a todos felices con Él, instituyó la Iglesia y el Sacerdocio, que nos guía, nos sostiene con los Sacramentos y perdona nuestros pecados si estamos arrepentidos y proponemos no cometerlos más, aunque después, por debilidad volvemos a caer en ellos y, además, para sostenernos y ayudarnos, si le ofrecemos la posibilidad y queremos ser ayudados, se hace presente en la historia, de tantas maneras, como, por ejemplo, con los primeros nueve viernes de mes, y con muchas otras prácticas religiosas que no son en absoluto simples rituales externos sino que implican al hombre a vivir en el bien y a cambiar de vida, si es necesario, para alcanzar la salvación eterna. Se ha hecho fuertemente presente también con muchas apariciones suyas y de su Madre, la Virgen María, a la cual fuimos confiados, como hijos, en el momento en el que ofrecía su vida por nuestra salvación en la Cruz y se hace presente también con muchos milagros, con los cuales intenta salvarnos, diciéndonos en el fondo que Él existe, que nos ama y que nos quiere salvos.

El camino de la Salvación, para realizar el sentido de la vida, se encuentra todo él en la observancia de su Ley, de sus Mandamientos, sobre los cuales seremos juzgados.

¡Y entonces, salvarse es fácil!

Esto es lo que nos pide el buen Dios:

Yo soy el Señor tu Dios:

1 – No tendrás otro Dios fuera de mí. Dios nos pide que creamos en Él, que le amemos, le adoremos y le sirvamos como el único Dios verdadero, Creador y Señor de todo.

2 – No pronunciarás el nombre de Dios en vano. Dios nos prohíbe nombrarlo sin respeto, como un estribillo, nos pide que no le blasfememos a Él, a la Santísima Virgen, a los Santos y a las cosas santas, que no juremos en falso en su nombre.

3 – Acuérdate de santificar las fiestas. Nos prohíbe los trabajos manuales y cualquier otra actividad que nos impida el culto de Dios en los días festivos. Están consentidas las obras serviles solamente si son necesarias para la vida o justificadas por la piedad y por el servicio a Dios.

Además, Dios nos pide que lo honremos, en los días festivos, participando en la Santa Misa y recibiendo, con las debidas disposiciones, los Sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía.

4 – Honra a tu padre y a tu madre. Nos ordena amar, respetar y obedecer a nuestros padres y ayudarles en sus necesidades espirituales y temporales y respetar a quien tenga potestad sobre nosotros, a nuestros superiores.

5 – No matarás. Es un mandamiento que nos prohíbe hacer daño a la vida tanto natural como espiritual del prójimo y a la nuestra; por ello nos prohíbe el homicidio, el suicidio, las heridas, los golpes, las injurias, las imprecaciones y el escándalo. En el homicidio está incluido el aborto, en el cual la madre asesina a su propio hijo, la eutanasia y el suicidio asistido, porque solo Dios es dueño de la vida humana.

6 – No cometerás actos impuros. Este es un pecado grave y abominable ante Dios y ante los hombres: envilece al hombre hasta la condición de los brutos, lo arrastra a muchos otros pecados y vicios y provoca los más terribles castigos en esta vida y en la otra.

Dios nos pide el uso de la sexualidad únicamente en el matrimonio, y todo acto sexual fuera de este estado de vida es un pecado grave y mortal. Prohíbe la masturbación, la infidelidad conyugal, la convivencia, el sexo libre. Es también culpa grave empujar a los demás a tener relaciones, aprovechar situaciones inmorales, en vez de invitarles al respeto de la ley de Dios, que es ley natural.

Nos ordena también que seamos puros en las palabras y que evitemos las expresiones obscenas, que tocan la noble realidad de la vida sexual, que seamos modestos en las acciones, en los gestos, en las miradas, en el porte y en el vestido.

Para observar bien este mandamiento, es necesario evitar las ocasiones de pecado, rezar a menudo a Dios para que nos sostenga, dirigirse con ánimo filial a la Virgen María, Madre de la Pureza, a San José, su castísimo esposo, recordar que Dios está siempre a nuestro lado en todo momento, pensar en la muerte, en los castigos divinos y en la pasión de Jesús, que murió para salvarnos, y recibir los Sacramentos.

Este es un Mandamiento que exige una fuerza especial, por el fuerte placer vinculado a él, en cuanto que, en el pecado impuro, es utilizado, de manera desordenada, el noble acto de procrear para poblar la tierra y es realizado únicamente para gozar del placer vinculado a él, placer que Dios ha querido sabiamente para hacer que el acto sea deseado. La procreación fue querida por el Creador en el “creced y multiplicaos” y se debe actualizar solo cuando el varón se unirá a su mujer y serán un solo cuerpo y una sola alma, es decir, solo en una condición de estabilidad, o sea, en el matrimonio.

7 – No robarás. Dios no quiere que dañemos al prójimo en sus bienes y nos prohíbe los hurtos, los desperfectos a la propiedad ajena, la usura, los fraudes en los contratos y en los servicios, y también ayudar a quien comete estos pecados.

Cuando cometemos estos pecados y nos arrepentimos confesándonos, hay que restituir el mal quitado y resarcir a la víctima, para obtener el perdón de Dios.

8 – No dirás falso testimonio. Nos prohíbe toda falsedad y producir un daño injusto a la fama ajena. Por tanto, prohíbe la calumnia (atribuir al prójimo culpas y defectos que no tiene), la mentira, la murmuración (desvelar sin justo motivo los pecados y los defectos ajenos), la adulación (engañar a alguien para obtener un beneficio), el juicio y la sospecha temeraria (juzgar o sospechar mal de los demás sin un justo fundamento).

Como sucede con el séptimo Mandamiento, cuando cometemos estos pecados y nos arrepentimos de ellos confesándonos, estamos obligados también a retractarnos y a reparar los daños causados al prójimo.

9 – No desearás la mujer ajena. Nos prohíbe cultivar deseos contrarios a la fidelidad conyugal.

10 – No desearás los bienes ajenos. Prohíbe la avidez desenfrenada de las riquezas, sin respeto a los derechos y al bien del prójimo; por tanto, el deseo de privar a los demás de sus bienes y el de adquirirlos con medios injustos.

Los pecados contra los Mandamientos son todos mortales (si hay materia grave, plena advertencia y deliberado consentimiento), es decir, producen la muerte del alma y la condenación eterna.

Quien observe estos Mandamientos tendrá la vida eterna.

Es todo muy simple y fácil.

El gran amor de Dios nos ha concedido el don del Sacramento de la Penitencia, por el que, si pecamos y nos arrepentimos del mal cometido y le prometemos no querer pecar más, Él nos perdona por medio del Sacramento de la Confesión y volvemos a vivir en su Gracia, y la vida, entonces, volverá a ser bellísima.

Dice Jesús que el camino que conduce a la salvación es estrecho, mientras que es ancha y cómoda la que conduce a la perdición, lo que significa que a menudo debemos luchar para permanecer en su Gracia, y os digo que vale la pena: mejor una eternidad, un tiempo que no acaba nunca, en la felicidad con Dios, que un sufrimiento y un dolor eterno, lejos de Dios, por placeres ilícitos que duran un momento y no dan ninguna felicidad.

Si los hombres comprendieran todo esto, vivirían lejos del pecado, aun a costa de grandes sacrificios, y amarían a Dios con todo su corazón, toda su alma y toda su mente, y respetarían su Ley, no por miedo al castigo, sino solo por amor.

(Traducido por Marianus el eremita)

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