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Viganò: El Vaticano, vida religiosa e igualdad de género

Con motivo de la XXV Jornada Mundial de la Vida Consagrada

Dominus pars hereditatis meæ et calicis mei:

tu es qui restitues hereditatem meam mihi.

Sal. 15, 5

El 2 de febrero la Iglesia celebra la Purificación de María Santísima y la Presentación en el templo de Nuestro Señor Jesucristo. La festividad, llamada de la Candelaria por las velas que se bendicen durante el rito, se originó como una celebración mariana de índole penitencial. Antiguamente se celebraba en Roma una procesión de San Adriano a Santa María la Mayor en la que el Papa participaba descalzo y portando vestiduras negras. La reforma de Juan XXIII dio en 1962 preeminencia a la dimensión cristológica. Un alma con sólida formación doctrinal y espiritualmente sana no considera que la gloria del Hijo quede eclipsada por los honores que la Iglesia rinde a la Madre, ¡porque Él no es sino el principio de todas las grandezas que celebramos en Ella!

Según los preceptos de la Ley Antigua, las mujeres israelitas debían abstenerse durante cuarenta días de acercarse al tabernáculo; concluido ese tiempo, tenían que ofrecer un sacrificio purificatorio consistente en un cordero que se consumía en holocausto, al que se agregaba una tórtola o una paloma, ofrecidas por los pecados. Junto a la purificación de la recién parida, el mandamiento divino prescribía que los hijos primogénitos –que según la Ley, eran declarados propiedad del Señor– se rescatasen al precio de cinco siclos de veinte óbolos cada uno.

Es evidente que María Santísima, concebida sin mancha de pecado original y siempre virgen, antes, durante y después del parto, no tenía necesidad de estos ritos de purificación de la mujer y rescate del primogénito. Tampoco el Hijo de Dios, autor Él mismo del rescate de la humanidad caída a causa de Adán. A pesar de ello, en los designios del Altísimo, estos actos solemnes de obediencia a la Ley y voluntaria sumisión nos muestran la humildad de la Madre de Dios y su divino Hijo. En aquella ocasión, el templo de Jerusalén quedó santificado, conforme había profetizado Ageo por la presencia del «Desideratus cunctis gentibus» (Ag.2,7, Vulgata; «el Deseado de todas las naciones»), que expresó la lengua de Simeón en el cántico Nunc dimittis.

En este día ofrece la Iglesia en sus ritos tradicionales sus hijos a la majestad de Dios, consagrándolos a su servicio por medio de la tonsura y las órdenes menores. Durante la ceremonia del corte de cabellos, signo de penitencia y renuncia a las vanidades del mundo, se canta una antífona tomada de los Salmos: «Dominus pars hereditatis meæ et calicis mei: tu es qui restitues hereditatem meam mihi» (Sal. 15,5). Estas espléndidas palabras proclaman que el Señor es garante de nuestra heredad, y el que nos restituye a la plena posesión de Dios, que habíamos perdido por el pecado de Adán. Así pues, el ordenando, revestido de sobrepelliz, recita: «Indue me, Domine, novum hominem, qui secundum Deum creatus est in justitia, et sanctitate veritatis», para recordar que en Cristo encontramos el hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y la santidad de la verdad. Porque únicamente a la luz de la verdad, atributo divino de la Santísima Trinidad, puede arder la llama de la verdadera Caridad. La caridad fraterna, que nos une recíprocamente a nuestros hermanos, presupone de hecho la paternidad de Dios, sin la cual se corrompe y vuelve una estéril filantropía, solidaridad humanista y lóbrega fraternidad masónica.

El 18 de enero pasado la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica publicaron una carta a todos los consagrados. Quien piense que va a encontrar en un documento promulgado para la XXV Jornada de la Vida Consagrada alguna alusión doctrinal, moral o espiritual al misterio de la Purificación de la Santísima Virgen María o la Presentación de Nuestro Señor en el templo quedará indudablemente decepcionado. Creerá que la carta, redactada en fría prosa burocrática, procede de las grises oficinas del orwelliano Ministerio de la Verdad en lugar del dicasterio que en nombre del Romano Pontífice gobierna a los religiosos del mundo católico. Pero basta leer el texto hasta el final para descubrir a pie de página las firmas del prefecto João Braz de Avis y su secretario José Rodríguez Carballo OFM: dos personajes que relucen en el firmamento de la curia bergogliana como astros inigualables. Nada de sorprendente, pues, sino un mínimo alivio al ver que por lo menos ahorran a los destinatarios los insultos que lanzó Rodríguez Carballo a las monjas el 21 de noviembre de 2018: «¡Sois mujeres adultas! Vivid como adultas, no como adúlteras» (aquí).

La carta de la Congregación es un ejemplo de la corrección política con la que la Jerarquía de Santa Marta  hacen un guiño indecoroso a la igualdad de género tan grata al pensamiento único (en la onda de la nueva versión del Orate frates del rito reformado, con sus lectoras y sus monaguillas) y a todos los distintivos de la neolengua: derroche de alusiones a la pandemia, a la «aspiración mundial a la fraternidad», a un «nuevo sueño de fraternidad y amistad social», y no falta la invitación a los religiosos a ser «constructores de fraternidad universal, custodios de la casa común», «hermanos y hermanas de todo, independientemente de la fe» (sic), para culminar con grito impío de la religión mundial de Fratelli tutti: «Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, ¡todos hermanos!».

¿Cuál es, pues, la propuesta práctica de la Congregación para los consagrados? ¿Cómo piensa ayudar a las órdenes religiosas a ser fieles a sus respectivos carismas, a su santa regla, a las constituciones de sus santos fundadores? Veamos las sublimes palabras del Prefecto: «Se trata entonces de abrir procesos para acompañar, transformar y generar; de elaborar proyectos para promover la cultura del encuentro y del diálogo entre pueblos y generaciones diversas; partiendo de la propia comunidad vocacional para alcanzar luego cada rincón de la tierra y cada criatura, porque, nunca como en este tiempo de pandemia, hemos experimentado que todo está unido, todo está en relación, todo está conectado» (aquí). ¡Ni el Foro Económico Mundial, promotor del Gran Reinicio, habría sabido expresarlo mejor! ¿Qué importa que Santa Teresa de Ávila, Santo Domingo, Santa Clara, San Francisco de Sales y todos los santos fundadores se escandalicen de la sistemática demolición de las órdenes que crearon, si las palabras de la propia Santa Sede gozan del beneplácito de de la élite mundialista, de la secta infame y de los enemigos de Cristo? ¿Qué otra cosa significa «abrir procesos para acompañar, transformar y generar» si no es una invitación a renegar de la fidelidad al carisma originario, reeducando a los refractarios y obligando a los recalcitrantes? ¿Qué es eso de «elaborar proyectos para promover la cultura del encuentro y el diálogo», sino la aplicación del indiferentismo religioso y el ecumenismo conciliar?

Tal es la desoladora visión horizontal privada de todo impulso sobrenatural que tienen de la vida religiosa aquellos que por el contrario tienen el deber de salvaguardarla como un precioso tesoro de la Iglesia? Visión en la que se puede ser «hermanos y hermanas de todos, independientemente de la fe». De ese modo no sirve de nada abrazar el estado religioso, sino también el propio Bautismo, y junto con él la Redención, la Iglesia y el mismo Dios.

En estos tiempos de crisis hemos comprendido que quien está constituido en autoridad ya está desligado de aquellos sobre los cuales gobierna. La supuesta pandemia nos ha mostrado a unos gobernantes obedientes a las órdenes de poderes supranacionales mientras los ciudadanos son despojados de sus derechos y todo disentimiento es censurado o psiquiatrizado, según un acertado vocablo recientemente acuñado. Y en la Iglesia pasa lo mismo: la cúpula de la Jerarquía obedece a los mencionados poderes y privan a los fieles de sus derechos, censurando a quienes no quieren renunciar a su fe ni aceptan que la Iglesia sea demolida por sus propios ministros. João Braz de Avis está totalmente alineado con Jorge Mario Bergoglio, y los dos promueven ardientemente la instauración del Nuevo Orden Mundial.

Ésta es la dolorosa realidad que tenemos que afrontar a diario y que nos obliga a rezar, ayunar y hacer penitencia implorando a Dios y a la Virgen Santísima que intervengan en nuestro auxilio. En esta batalla sobrenatural, la contribución de los religiosos es fundamental; por eso ahora es más necesario que nunca que las almas consagradas redescubran la dimensión sacrificial de su vocación y se ofrezcan en holocausto como víctimas expiatorias. En el fondo, ésa es la médula de la vocación religiosa y del mismo ser cristiano: asimilarse a Cristo, seguirlo en la Cruz para más tarde poder sentarse a su diestra en la eterna bienaventuranza.

Invito, pues, a cuantos hayan elegido el estado de perfección a rogar con renovado ardor, ayunar con celo y hacer penitencia. Pidamos, por fin, al Espíritu Santo que ilumine a los ministros y religiosos extraviados y les conceda el don del arrepentimiento y la gracia del perdón.

+Carlo Maria Viganò, arzobispo

2 de febrero de 2021

In Purificatione Beatæ Mariæ Virginis

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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