THE REMNANT

Un café con el Cura: “¿Aceptas el Concilio?”

Primero, definamos nuestros términos

Unas semanas atrás, durante una inesperada visita del cura local, me di cuenta que debe haber una solución más sencilla que la que había pensado, para convertir a un buen joven sacerdote Novus Ordo a la tradición. Se me ocurrió que tenemos una enorme ventaja en el modo de combate amable conocido como “debate”; ellos no conocen nuestras posiciones. No les han enseñado nada sobre las propuestas y argumentos tradicionalistas. 


Durante nuestra conversación, este buen joven sacerdote logró confirmar casi todo lo que yo esperaba sobre la calidad de la educación en el seminario respecto a los temas que preocupan a los tradicionalistas. Ciertamente, mientras hablábamos, se me ocurrió que lo que él tenía no era más que un conjunto de eslóganes, un par de líneas enseñadas a los jóvenes en los seminarios y que repiten en mayor o menor medida cada vez que uno de ellos se encuentra con alguien como yo. Tenía ganas de decirle, “No tienes idea de cuántas veces escuché exactamente lo mismo. ¿Te enseñaron eso en el seminario?” 

En una discusión como esta, si tu interlocutor tiene el deseo verdaderamente honesto de ser lo más católico posible, como la mayoría de los católicos que asisten a misa – punto de partida que podríamos definir como “conservadurismo” – nuestra única tarea es confrontar los eslóganes con datos concretos. Debemos exponer los eslóganes como puntos de discusión retórica superficial; principalmente para obligar a la persona a comprender que no sabe lo que cree saber.

Por supuesto que antes de eso es necesario que los tradicionalistas se preparen mejor, no solo en cuanto a los hechos, sino en algunas técnicas retóricas de debate clásicas.

¿Qué es lo que dijo? Todos los tradicionalistas lo reconocerán: “¿Aceptas el Concilio? [1]” Y mi respuesta salió directamente de mi entrenamiento en política: “Bueno, definamos nuestros términos, ¿le parece? Sea específico. ¿A qué se refiere con ‘aceptar’?”

“¿Me pregunta si ‘acepto’ que un concilio ecuménico fue convocado por el papa Juan XXIII? Ese es un dato histórico sobre el que no hay nada que aceptar o rechazar. Sin embargo, si me pide que ‘acepte’ toda palabra publicada en sus documentos, vamos a tener que ser muy específicos. No hay nada en el depósito de la fe que exija que toda palabra de un concilio ecuménico debe ser ‘aceptada’ por los fieles. Mucho menos que los católicos deban ‘aceptar’ conflictivas y confusas ‘interpretaciones’ resultantes de los documentos de un concilio.

“En realidad, han habido muchos concilios ecuménicos a lo largo de la historia de la Iglesia; algunos de ellos definieron doctrinas, pero otros fracasaron. De hecho, uno de ellos condenó a un Papa post mortem por no defender la fe con suficiente celo. Por lo tanto, seamos específicos.” 

(Aquí es de ayuda si podemos poner una penetrante mirada irónica.) 

Cómo evitar caer en su juego

No hace falta saber cada detalle del Vaticano II para avanzar en una discusión, pero hay que recordar algunas preguntas cuando uno es acusado de “no aceptar el Concilio”. El mismo papa Juan dijo que el Vaticano II era un concilio “pastoral”, que no se metería con el dogma. Esto fue interpretado como que el Vaticano II no declararía dogmas que los fieles debían aceptar. Pero en realidad, si bien se negó a definir este término, al día de hoy nadie sabe cuál es la diferencia, y esta simple ambigüedad permitió que se fomentase una enorme confusión.  

Podríamos preguntarle: “Si, después de 50 años, las voces más instruidas e ilustres del debate teológico continúan discutiendo sobre ‘lo que el Concilio quiso decir’, ¿cómo voy a estar obligado a ‘aceptarlo’ en el sentido que usted cree que tiene? ¿Me está diciendo que debo comprar un automóvil sin revisar lo que hay dentro del capó?”

Su juego aquí está en tratar de empujarnos al terreno equivocado. Espera que reaccionemos emocionalmente y respondamos con un grito vergonzoso, “¡POR SUPUESTO! ¡Yo acepto el Concilio!” [2] Pero una vez hecho esto, perdemos terreno y aceptamos un marco de discusión equivocado.

Espera que neguemos acaloradamente y con indignación que no somos sedevacantistas. Pero esta es una táctica de evasión. Lo que no quiere es entrar en una discusión sustancial del propio Concilio. Podemos mencionar el engaño: “¿Me está preguntando si soy sedevacantista? Si lo fuera, ¿cree que estaríamos hablando de esto? ¿Acaso conoció a algún sedevacantista?” 

El Vaticano II es católico o no lo es; como sea, estamos cubiertos

La respuesta a la pregunta “aceptas el Concilio” debe ser siempre y solamente, “¿Por qué? ¿Propone algo nuevo? ¿Algo que contradice algo de lo anterior? Porque si es así entonces no tengo obligación de ‘aceptarlo’. Todo lo contrario. Pero si no hay algo nuevo que ‘aceptar’ entonces ¿por qué pregunta?” 

En realidad, “aceptar” o “rechazar” el Concilio ni siquiera es parte de la discusión. La FSSPX recibió repetidamente el pedido de Roma de “aceptar” o “asentir” a las “enseñanzas” del Concilio y, hasta ahora, siempre respondieron de la misma manera: “Por favor, sea específico; ¿exactamente qué enseñanzas?” 

Por definición, un católico ya dio su pleno consentimiento en intelecto y voluntad a todo lo que enseña la Iglesia y que está en continuidad con la doctrina de la fe histórica. Por lo tanto, si alguien nos pregunta si “aceptamos” o “asentimos” con el Concilio porque el mismo plantea algo nuevo, algo contrario a lo enseñado por la Iglesia durante los 1963 años previos al Vaticano II, entonces el que pregunta es quien tiene un problema doctrinal. Como católico fiel, no estamos obligados a asentir con algo nuevo contrario a la doctrina. Estamos obligados a rechazarlo, bajo pena de pecado mortal.  

En cambio, si el Concilio fuese tan inocuo como los “conservadores” del Novus Ordo gustan argumentar, si “no nos enseña nada nuevo” – si fue solo un “concilio pastoral” para dar relevancia a la Iglesia en el “mundo moderno”… o lo que sea – entonces ¿por qué seguir preocupándonos por él? Podríamos decir que el “mundo moderno” de hoy es bastante diferente al de 1963, y por lo tanto el Vaticano II resulta anticuado e irrelevante. 

De esta manera quedan expuestas las contradicciones en las tácticas de los revolucionarios: o el Vaticano II estaba en plena continuidad con todo lo que la Iglesia enseñó antes y, por lo tanto, es completamente católico y – como concilio “pastoral no dogmático” – es completamente insignificante, o propone algo nuevo que los recalcitrantes como yo y la FSSPX debemos aceptar.  No pueden ser las dos cosas.

¡Viñetas!

Recapitulando: si un “conservador” Novus Ordo pregunta si uno “acepta el Concilio”, nuestro trabajo es ir directamente al corazón del asunto. Él piensa que es astuto; hay que desestabilizarlo siendo directos, utilizando palabras prohibidas y exponiendo el engaño.

  • Exigir que defina los términos. ¿Qué significa “aceptar”?
  • Si pregunta si uno es sedevacantista, forzarlo a utilizar esa palabra y a preguntarlo honestamente.
  • Demandar saber exactamente qué doctrinas piensa que enseñó el Vaticano II que difieren de todo lo anterior.

Nuestra tarea retórica es revelar que sabemos que este es un subterfugio y forzar la conversación hacia los hechos, la apertura y la franca honestidad. Exigir datos específicos y no temer a las palabras.

Hacer esto obliga a nuestro interlocutor a presentar algo más que un eslogan, frases atractivas y trucos retóricos baratos. A esta altura, es nuestro turno de preguntarle, “¿Precisamente qué es lo que ‘enseña’ el Vaticano II que usted cree que debo aceptar? Permítame oírlo.” Hay que hacer que nos diga a qué nuevas doctrinas se está refiriendo, buscar las referencias. Es solo en este punto que realmente podemos tener una conversación significativa e incluso salvífica – para él. 

Estamos ahí para ayudarlo

Recordemos también que estamos hablando con un hermano en Cristo. Él cree estar desafiándonos, pero somos nosotros los que estamos fuera de la matriz del Novus Ordo. Sabemos más que él y es nuestra tarea rescatarlo. No estamos ahí para ganar una discusión, sino para salvar a alguien en peligro.

Ofrezcamos alcanzarle libros, en caso de tenerlos, o internet si no los tenemos. Nuestras tareas – dos de las Siete Obras de Misericordia Espirituales – son enseñar al que no sabe y dar consejo al que lo necesita. Hemos conseguido desestabilizarlo lo suficiente como para atraer su atención. Ahora estará receptivo a lo nuevo, a lo que tenemos para ofercerle. 

Es más, en los pocos intercambios que hemos tenido para llegar hasta aquí, es probable que él haya aprendido cosas que no había escuchado antes. “¿Concilio pastoral? ¿Qué es eso?” “¿Qué concilio condenó a un Papa y por qué?” Tengamos una discusión sobre la verdadera enseñanza de la Iglesia sobre la “libertad religiosa”; comencemos a hablar de ecumenismo o el deber de los Estados de obedecer a Cristo; extraigamos la “Carta a los Católicos Confundidos” del Arzobispo Lefebvre; leámosle la Intervención Ottaviani. Arriesguémonos; es nuestra oportunidad para decirle a alguien del Novus Ordo que lo tuvieron obstinadamente en la oscuridad toda su vida, y mostrémosle la vía de escape. Tenemos la píldora roja y estamos moralmente obligados a ofrecérsela a los demás [3].

Eslóganes pero no argumentos; lecciones aprendidas en el activismo pro-vida

Fue para mí una difícil lección aprender que la gente no sabe mucho realmente. En 1998 yo estaba completamente inmadura; era especialmente nueva en el mundo de la política. Recién había “vuelto” a la fe. Quería ayudar, pero sufría una tonta convicción de que las personas que no sabían lo que yo sabía querían saber, y cambiarían sus mentes cuando yo se lo dijera. Fue muy duro desaprender esa idea. 

Con una lejana sensación de que necesitaba ayuda para navegar por este mundo, comencé a tomar lecciones de entrenamiento en “apologética pro-vida”, dirigidas por un hombre que desarrolló un programa entero para ayudar a que los activistas pro-vida desarrollen sus habilidades de retórica. En estos seminarios me sorprendió escuchar que en realidad han existido solo cinco eslóganes para promover el aborto legal. Siendo nueva, me costaba aceptar que la industria abortista global se había fundado en estos cinco eslóganes endebles y frecuentemente contradictorios racionalmente hablando. Pero en los años subsiguientes, tras escuchar los mismos viejos decires una y otra vez, tuve que admitir que nuestro instructor, Scott Klusendorf, había estado diciendo la pura verdad. 

En el transcurso del entrenamiento, Scott nos dio las herramientas retóricas para manejar los eslóganes suave y efectivamente, aplicando una única regla: llevar la discusión siempre de vuelta al punto del que hay que hablar. En el caso de las etapas de vida temprana, de lo que hablamos siempre es si existe un ser humano antes del nacimiento. ¿Es esa cosa viva ahí dentro un ser humano? De serlo, los argumentos sobre los derechos de la mujer, la pobreza o la sobrepoblación son irrelevantes. De hecho, cada uno de los eslóganes en favor del aborto es una táctica evasiva, el intento de evadir la única pregunta relevante, contra la que saben que no tienen argumento.  

Lo que más me sorprendió fue la confianza que tenían los promotores del aborto en sus eslóganes vergonzosamente irracionales. Los lanzan como sus armas, como si fueran irrefutables, verdades que terminan toda discusión. Supongo que tienen buenas razones para creerlo; el uso de la emoción y el abuso consiguió todo lo que ellos querían, y más. Pero lo que Planned Parenthood y similares jamás harán es entrar en la discusión sobre la naturaleza de la entidad del ser dentro de una mujer embarazada. Estos revolucionarios sexuales ganaron toda la guerra cultural gritando a través de micrófonos y evadiendo los hechos. 

Pero no cuesta nada – apenas algo de lógica – revelar los eslóganes vacíos. Todo lo que hace falta es coraje. Los revolucionarios – ya sea dentro de la Iglesia o en el mundo secular – ganaron por intimidación y abuso, haciendo todo lo posible por borrar la realidad. En resumen, son matones que aprovechan las debilidades emocionales e intelectuales de sus víctimas para conseguir lo que desean. Debemos enfrentarlos, desarmar sus eslóganes, sus afirmaciones, y pedir detalles y hechos, y todo el edificio colapsará [4]. Ninguna revolución se gana creando posiciones doctrinales claramente definidas, respaldadas por hechos y argumentos racionales.

Y es así cada vez que se utiliza un conjunto de eslóganes. El objetivo de un eslogan no es la claridad, no es la verdad, no es apuntar al corazón del asunto; es acallar a alguien. Millones de católicos aceptaron un conjunto de eslóganes respecto del Vaticano II, la nueva misa, la “libertad religiosa”, el “ecumenismo” y toda la lista de propuestas Novus Ordo. Lo aprendieron de sus sacerdotes, que lo aprendieron en el seminario. Y usualmente a los seminaristas se les dejó bien en claro que las preguntas extrañas sobre estos temas pondrían todo su futuro en juego. 

Lo que esa mañana recitaba mi joven amigo en mi cocina era, en efecto, una especie de letanía de eslóganes. (Debo agregar que es dudoso que mi amigo el cura comprendiese que lo que estaba haciendo era eso. Estaba claro que esos eran “puntos de diálogo” que había aprendido en algún lugar y asumió que eran irrefutables, sin preocuparse demasiado por averiguarlo rigurosamente. Las posiciones tradicionalistas no se discuten mucho en el seminario, excepto quizás para burlarlas y desecharlas rápidamente). Lo que quedó claro fue que él jamás se había detenido a pensar sobre lo que le habían enseñado, y obviamente esta es la situación más común en la Iglesia moderna. 

Los cambios que hemos visto en las doctrinas de la Iglesia fueron generados de manera oculta, con tachaduras, y con la creación de un sistema poderoso de “omerta” (ley del silencio). Aquello que jamás es pronunciado, mencionado, o aludido por nadie, pasará pronto al olvido. Los revolucionarios se tomaron las lecciones de Orwell seriamente; jamás lograremos erradicar una cultura respondiendo a sus aseveraciones. Para erradicar algo para siempre, primero hay que reducirlo ridiculizándolo públicamente (respaldados por una disciplina de hierro, como la que han aprendido los seminaristas de mente tradicionalista) y luego asegurarse de que nadie vuelva a hablar de aquello otra vez.  

Reinos de fábulas perdidos

El otro día, Aaron Seng escribió sobre su propia experiencia al aprender que hay todo un antiguo reino perdido bajo el falso suelo del nuevo catolicismo, un tesoro más rico, vasto e inimaginable que ha sido olvidado por haber sido enterrado deliberadamente. 

Él escribe [5], “En lugar de proclamar abiertamente un contenido doctrinal firme que contradiga el depósito de la fe (aunque esto comienza a ocurrir en algunos sectores), la estrategia fue simplemente guardar silencio sobre algunas de las doctrinas católicas pasadas de moda, o enterrarlas en clasificaciones teológicas y balbuceos psicológicos para que pierdan la claridad del Evangelio y su poder vivificador.”

Los católicos que comienzan a investigar este mundo perdido, “frecuentemente se sorprenden al encontrar de camino que antes de la mitad del siglo XX la Iglesia universal hablaba con voz clara y consistente sobre las doctrinas que uno ya casi no escucha (si es que escucha alguna doctrina) desde el púlpito.” 

Lo que Scott Klusendorf nos enseñó en nuestro entrenamiento fue que en una confrontación no buscamos una conversión inmediata. En la mayoría de los casos, en una discusión cara a cara, suele haber mucha emoción desarrollándose demasiado rápidamente como para permitirlo. La única cosa que debemos lograr de nuestro interlocutor es, “Sabes, jamás lo había pensado de esa manera”. Este es el dulce sonido de una llave girando en la cerradura.

Hilary White

[1] Lo dirán usualmente como una aseveración, “El Vaticano II fue válido,” pero la respuesta es la misma:  defina “válido”, por favor. 

[2] Por alguna razón, esperan que los católicos ordinarios estén tan emocionalmente comprometidos como ellos en la sumisión supina al status quo. Más importante que saber del tema es mantener las emociones fuera. Quedarse en la cabeza. Algunas veces dejamos al otro fuera de su propio juego si no respondemos emocionalmente.

[3] Consejo Pro: jamás intenten hacer esto en una casilla de comentarios en internet, o Facebook o Twitter. Hay algo en eso de tener una audiencia anónima que hace casi imposible que retrocedan. He tenido conversaciones valiosas por mensaje privado, por Skype o correo electrónico. Cara a cara es lo mejor. Es muy fácil olvidarse que uno está para ayudar a la persona con quien habla, cuando lo hacemos por internet. 

[4] En realidad no recomiendo confrontaciones con los revolucionarios sexuales seculares. Desde que completé el entrenamiento, el mundo se ha convertido extrañamente en algo físicamente violento y bastante peligroso. Dejémoslo a los profesionales

[5] El Sr. Seng incluye una viñeta útil en la lista de enseñanzas católicas que han sido eliminadas deliberadamente desde el Concilio, así como una valiosa lista de lecturas para quienes deseen aprender más.

(Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original

Hilary White

Nuestra corresponsal en Italia es reconocida en todo el mundo angloparlante como una campeona en los temas familia y cultura. En un principio fue presentada por nuestros aliados y amigos de la incomparable LifeSiteNews.com, la señora Hillary White vive en Norcia, Italia.