THE REMNANT

A 50 años del Concilio Vaticano II, ¿sigue siendo usted católico? (cuestionario)

Echemos una mirada al mundo católico en que vivimos. ¿Se ha preguntado alguna vez por qué no arraiga la Tradición? ¿Por qué la potencia y la belleza de la Misa de siempre no inflaman los corazones por todas partes? ¿Por qué no se habla el idioma de la fe? ¿Ha observado que, incluso quienes se aferran a la Sagrada Tradición, son reacios a expresarse como católicos? ¿No ha notado incluso cierta superficialidad en cuestiones de religión? ¿Se ha preguntado a qué se debe?

Como psicóloga que soy, propondré una explicación. Yo diría que a un nivel profundo –quizás incluso sin que seamos conscientes de ello– las convicciones religiosas de muchos han disminuido, por no decir desaparecido. Su mentalidad se ha visto alterada por falsas enseñanzas y por experiencias que constantemente ponen a prueba su fe.

Todos tenemos en nuestra mente una armazón intelectual, semejante a las paredes que sostienen un edificio. Esa estructura básica proporciona coherencia y sentido a las ideas que nos van y vienen por la cabeza. Sin ella, no entenderíamos nada, mientras que a la luz de ella podemos evaluar y juzgar las experiencias, creencias, sentimientos y sensaciones. Se pueden ordenar los pensamientos. Lógicamente, la mayoría de la gente lo hace sin darse cuenta. Es algo innato. Es su forma de ser y de pensar. Y punto. Si la estructura es sólida, se puede tener paz interior, incluso en medio de del dolor y de una pérdia. En cambio, cuando no es sólida, si las vigas están torcidas y el techo tiene goteras, la persona se viene abajo. Al no haber lógica ni estabilidad interna se siguen toda suerte de trastornos emocionales.

No tiene por qué ser así. Al menos para nosotros. Aparte los sacramentos, una de las cosas más hermosas que ha dado siempre la Iglesia a sus hijos ha sido la enseñanza metódica de los Artículos de la Fe. Tanto en los textos inspirados del Credo como las sencillas preguntas y respuestas de un catecismo barato, la Verdad está expuesta con plena armonía. Y con la suficiente sencillez para que un niño la aprenda y suficiente profundidad para el más erudito de los teólogos, la Fe es el cimiento de toda ciencia y arte verdaderos.

La gente sabía quién era y adónde se dirigía. Nadie tiene que dar palos de ciego tratando de averiguar para qué ha nacido. Le basta con estar intelectualmente de acuerdo con la doctrina de la Iglesia Católica, mediante la cual Dios ha hablado a todos los pueblos en todos los tiempos. Antes de saber plantearse las preguntas, ya podía tener las respuestas. Visto a la luz de la Fe, todo –nacimiento, muerte, sufrimiento, felicidad y amor– se entendía con claridad.

Naturalmente, se puede cometer la estupidez de rechazarlo, pero al menos había algo que rechazar. Y luego la pobre alma podía ponerse a buscar por todas partes tratando de entender el sentido de la vida. Me temo que sea eso exactamente lo que está pasando. Lo que ha pasado desde que Juan XXIII se negó a revelar el Tercer Secreto de Fátima. En retrospectiva, aquel día de 1960 señala a mi juicio el comienzo de la degenareción. Se desobedeció a Nuestra Señora. Se dio rienda suelta a un nuevo espíritu. Desde las Siete Colinas empezaron a llegar humos tóxicos. Y cantidad de cosas hermosas han ido desmoronándose o destruyéndose una tras otra.

¿Quién puede sentirse seguro ahora?

La gente no conoce su Fe, y tampoco sabe por qué no la conoce. Sin darse cuenta, se le ha sustituido su identidad por otra nacida de la Ilustración en la que prima la erudición modernista. Sistemas filosóficos que prescinden de Dios se volvieron preponderantes durante el siglo XIX y principios del XX. Y a pesar de los denodados esfuerzos de pontífices como León XIII y San Pío X, esos sistemas arrinconaron la claridad de pensamiento. Se puede ver cómo se ha desarrollado su obra en la reinterpretación de las Sagradas Escrituras. Se puede ver también en la superficialidad de la catequesis moderna. A lo largo y ancho del Edén de la Fe se han deslizado sigilosamente las serpientes.

Hay una nueva actitud, más o menos consciente, hacia nuestra religión. Para el católico maduro, sólo es posible creer aquello que se puede entender, probar, demostrar. El ex católico cree ingenuamente que busca la verdad, pero con sus propias palabras niega la Verdad que ha sido revelada y estamos obligados a creer.

Se centra en este mundo, en relaciones humanas y en la conciencia de sí mismo. Es el epicentro de su fe, el árbitro de la realidad, lo único verdadero que conoce. Tiene unas vagas ideas de lo que tiene que ver con la fe y el culto católico. No tiene certeza de que Jesús sea Dios. Tal vez, razona, en algún momento llegó a ser Dios, del mismo modo que el cosmos se está divinizando. No puede aceptar nada que parezca imposible: como por ejemplo que Nuestra Señora venga a la Tierra y se aparezca físicamente en Lourdes, Fátima y Quito. Esas cosas «no son reales». No puede aceptarlas, pero tampoco las rechaza; al fin y al cabo es católico. Pero no piensa en ellas ni tolera que nadie más lo haga. Para él, a Dios le da igual cómo pensemos.

¿Y cómo sabe todo eso? Porque se lo dicen los teólogos modernos.

Aquellos que tenían que haber sido custodios de la religión la han desmantelado. Si el lector tiene menos de cincuenta años, es posible que ni se haya dado cuenta de lo sucedido. Pero en los primeros años del postconcilio, el desmantelamiento fue deliberado, abierto e imparable. Y ahora estamos pagando las consecuencias. Han transcurrido dos generaciones. A los que ya tienen edad para ser abuelos no se les ha enseñado el catecismo. Los que mandaban quisieron cambiar la religión. ¿Por qué? A mí me parece que porque ya no creían. Habían perdido todo sentido de lo sobrenatural.

Acompáñenme de vuelta a los años setenta. Tengo tres anécdotas que contarle.

***

Mi hijo se estaba preparando para hacer la primera Comunión. Mi marido y yo nos habíamos ofrecido a dar la catequesis; al menos en aquella época todavía se llamaba así. Pero en realidad no había ni catecismo ni doctrina. La experiencia se imponía sobre el dogma. Los encargados de enseñar a los niños habían alterado el rumbo. Habían sustituido un método didáctico por el texto We Celebrate the Eucharist.[1]

Así se llamaba el libro de oro de la Dra. Christiane Brusselmans, discípula belga del dominico radical Edward Schillebeeckx. No sólo éste, sino muchas otras «grandes figuras de la teología y el movimiento litúrgico francés se contaban entre los maestros de Brusselmans: Jean Danielou en patrística, Dom Bernard Botte en liturgia, Yves Congar en teología del laicado y Louis Bouyer en teología protestante». [2] Esta señora, que durante décadas encauzó la formación religiosa, era una innovadora por excelencia.

Protestamos en una reunión de maestros y padres de alumnos, y le dijimos al sacerdote encargado y a otros profesores que el libro no tenía mucho meollo. Que la doctrina no estaba clara. Que a la Misa se la presentaba como un banquete. Que no se mencionaba en modo alguno el sacrificio ni se enseñaba que cuando se recibe la Comunión se recibe el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Era un texto deficiente en modo extremo.

Nos hicieron callar diciéndonos que todo eso «ya estaba en el texto».

Y no lo estaba. El mero título ya era problemático. Los niños tenían que recibir la Sagrada Comunión, no «celebrar la Eucaristía». En un contexto litúrgico, la palabra celebrar significa otra cosa. No quiere decir festejar, como cuando se celebra un cumpleaños, o incluso la Navidad. Quiere decir efectuar un sacramento o ceremonia solemne con los ritos apropiados. Es decir, que para el católico significa ofrecer el Sacrificio de la Misa. Y ésa es la función del sacerdote, no la de los niños.

Así pues, basta un simple título para desencaminar a un niño en la edad en que está más receptivo a la totalidad de la Fe. Se elimina la distinción entre el sacerdote y los fieles. Todo el mundo participa. Toda la comunidad realiza la función sagrada.

De esa forma se vierte un diluyente sobre la Fe.

Aquel año estuvo lleno de punta a cabo de ataques a la Fe. Parecía que un arquero del Infierno disparara sin cesar flechas en un campo abierto. Se rechazó la disposición de Roma que exigía hacer la primera confesión antes de la primera Comunión (tuve que asistir a una reunión de la arquidiócesis llena de gente que disentía y hasta se burlaba, en la que se explicó cómo se podía obviar lo exigido por Roma). No se nos permitía mencionar el pecado. Causaba división. Tampoco nos permitieron repartir los ejemplares de la Medalla Milagrosa que nos habían donado. Los niños hicieron el ensayo de recibir la Comunión con formas sin consagrar y jugo de uvas. Un alegre merienda como otra cualquiera.

Se llegó al colmo de la estupidez cuando los niños ayudaron a cocinar pasta para una comida comunitaria. Tal como suena. Como parte de su formación religiosa, se dio a cada niño un espagueti para que lo echase en la olla de agua hirviente. ¿Qué se les quería ilustrar con eso? Ni idea. Supongo que el sentido de comunidad o, lo que es más alarmante, el concepto oriental de que todos somos uno, tema que estuvo subyacente a lo largo del año.

Hicimos lo mejor que pudimos, supliendo lo que faltaba, pero –a excepción de nuestro hijo, que había aprendido el catecismo y había ido a confesar (solo) antes de hacer la Primera Comunión– aquello fue una batalla perdida. Después del segundo año abandonamos. Lo peor es que, año tras año, millones de niños no llegaron a ver un catecismo ni aprendieron a responder las preguntas más fundamentales de la Fe. Esos niños rondan ya los cincuenta años. ¿Cómo queremos que mantengan lo que nunca tuvieron? ¿Es de extrañar que cada generación sepa menos que la anterior?

***

La segunda anécdota tuvo lugar el mismo año en la misma iglesia. Todos íbamos ya al Novus Ordo. No había Misa Tridentina. Por lo que sabíamos, había desaparecido para siempre. Nunca habíamos oído hablar de monseñor Lefebvre ni de la orden que acababa de fundar en Econe. Nuestra iglesia era conservadora: no había payasos ni bailarinas. Aunque el altar había sido sustituido por una mesa, había confesionarios y reclinatorio para comulgar.

Pero la renovación estaba en marcha.

La iglesia disponía de una magnífica biblioteca. Yo acostumbraba ir a Misa cada día y luego pasaba por la biblioteca. Los libros eran verdaderos tesoros. Había vidas de santos, teología, historia de la Iglesia, testimonios de conversos: un auténtico banquete para la mente. Semana tras semana me llevaba un libro prestado, lo leía y luego lo devolvía. Hasta que un día entré horrorizada en una sala llena de estantes vacíos. Allí me encontré a la directora de formación.

–¿Dónde están los libros? –le pregunté.

–Ya no están –me respondió con el desdén del católico renovado.

–¿Co… cómo que no están? –balbuceé.

–Todos eran preconciliares. Ya no podíamos tenerlos.

Adiós biblioteca. Supongo que repondrían los anaqueles con libros de la nueva teología, la nueva psicología y sabe Dios qué otras cosas.

Y nos buscamos otra iglesia.

Años más tarde pasó otra cosa por el estilo. La Misa Tridentina seguía prohibida en Detroit, pero teníamos Misa en latín, rezada con tanto esplendor que pocos sabían que era Novus Ordo. Como la iglesia del barrio, también tenía una magnifica biblioteca. Y tal como hacía antes, iba también a Misa diaria y muchas veces me llevaba un libro prestado antes de volver a casa.

Un día sonó el teléfono. Era el siciliano que estaba a cargo de la biblioteca.

–¡Venga corriendo! –me dijo– ¡Están tirando todos los libros!

–¿Quién está haciendo eso?

Me dijo el nombre de todas aquellas señoras.

–¿Por qué? –pregunté.

Iban a hacer una fiesta y había que limpiar el salón parroquial.

–Dicen que los libros sólo sirven para acumular polvo –me dijo.

–¿Dónde está el párroco?  –pregunté.

–No sé adónde habrá ido–me respondió–. Venga corriendo.

Llegué a la iglesia antes de que incineraran los libros. Terminada su misión, las señoras se habían ido. Los libros estaban guardados en cajas y bolsas en la sala del horno de incinerar basura. El bibliotecario y yo pasamos varias horas poniéndolos de vuelta

Gracias a Dios, el párroco los dejó en las estanterías.

***

Es buena onda, pero… ¿es católico?

Esas son las tres anécdotas que tenía que contar. Vivimos tiempos peligrosos, y las almas están en  peligro. Esto hay que remediarlo. En vez de quejarnos de este desastre, tenemos que salvaguardar la infraestructura católica. Si está destruida, o nunca ha llegado a construirse, es preciso reconstruirla. No es tan difícil, y es algo en lo que cada uno puede hacer su parte, por muy raro que sea el ambiente en que se desenvuelve.

Meditemos en ello. Es importante que nuestra fe no esté distorsionada ni haya quedado reducida al mínimo. Examínese para ver si está bien de conocimientos y si entiende bien la doctrina. Por haber dado clases de religión durante muchos años, soy consciente de la importancia de hacer repasos periódicos de lo que se enseñó hace tiempo. Es una buena forma de comprobar que no se ha olvidado nada.

Siga este cuestionario a ver si es capaz de decir sin ninguna duda que:

–Dios lo creó todo de la nada.

–Adán y Eva son (no fueron) personas reales.

–El pecado original existe. Es hereditario. Por eso, la naturaleza humana está caída. Nos mancha el alma y deteriora su belleza. Nos impide el acceso al Cielo. Esa mancha mortal no se puede eliminar por medios humanos; ni estudiando ni siendo simpático ni con una vida virtuosa. Sólo el bautismo lo puede borrar de nuestra alma. Por lo tanto, el bautismo es necesario para la salvación.

–La Iglesia Católica es la única verdadera. Todas las demás religiones son falsas, y cada una cae en una estructura de error.

–El propio Cristo nos dio los sacramentos para nuestra salvación. No los inventó ningún hombre. Y nadie los puede cambiar.

–El Sacrificio de la Misa es un verdadero sacrificio. Es la ofrenda de una Víctima a Dios en reparación por los pecados. La Misa es la muerte de Cristo de un modo místico, milagroso, actualizada en el tiempo ante nuestros ojos en una representación incruenta del Calvario. Los laicos no son necesarios en esta obra sagrada.

–El Cielo existe. Es un reino, un lugar palpable, visible más allá del velo que lo cubre, tangible. Nuestro Señor y Nuestra Señora reinan allí físicamente en cuerpo glorioso. el Infierno, el Purgatorio y el Limbo también existen. Las almas van a esos sitios.

–El Diablo no es un mito ni una metáfora. Lucifer y su ejército de ángeles caídos existen, y nos odian.

–Al morir seremos juzgados. En el momento de la muerte se acaba toda oportunidad de misericordia. Es la hora del juicio. Jesucristo, Rey del Cielo y de la Tierra, dictará sentencia. ¿Al Cielo? ¿Al Purgatorio? ¿Al Infierno? No lo decide uno mismo. El Señor lo destina a donde le corresponde. No será posible elegir.

–En el último día Cristo regresará a la Tierra. Se lo verá venir en las nubes del Cielo. Será el Juicio Universal. Toda alma que haya existido estará presente. Cada uno de los mortales sabrá quién es amado de Dios y quién se condenará por su propia culpa.

–En ese momento, el cuerpo saldrá de la tumba y se reencontrará con el alma. Todo el mundo verá nuestro aspecto real: si somos seres indescriptiblemente hermosos o feos y deformes. E iremos al lugar al que hayamos sido destinados, para ser amados u odiados por la eternidad.

Ese es, pues, el examen de hoy. ¿Cómo ha respondido? ¿Sigue siendo católico? ¿O le ha mordido la serpiente?

Susan Claire Potts

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

THE REMNANT

Edición en español de The Remnant, decano de la prensa católica en USA
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