Algunas vueltas sobre el concepto de nobleza

Dos motivos me llevan a dar estas vueltas sobre el concepto de nobleza. La primera es la insistencia que hace el Padre Calmel sobre la necesidad de hacernos “santos y nobles”, de hacer cosas “santas y  nobles”, uniendo en todos los casos estas dos condiciones del acto. Son tiempos en que ha dejado de ser evidente que para ser santo hay que ser noble y nos encontramos con que hoy hay tanto santurrón plebeyo colgando en los altares.  ¿De dónde este hombre de Dios cree necesario insistir en esta cualidad? Y la segunda; se hace necesario ver la cualidad de “nobleza”  ya desprovista de la enorme tilinguería de la que se ha rodeado una supuesta “nobleza” que se muestra en las revistas de chismes.

Para arriesgar una definición, podríamos decir que algo es noble por su “capacidad de regir y de ser regido en el bien”. Trataremos de desarrollar la definición.

Partamos desde lo más básico que son los materiales. Una Iglesia sólo puede consagrarse si está construida con “materiales nobles”. ¿Qué implica esto? Un material de construcción es noble cuando él nos exige un especial esfuerzo para moldearlo; cuando implica el dominio de una técnica esforzada y depurada, una gran disciplina, y de esta manera “nos rige”, nos obliga a realizar un esfuerzo de conocimiento y de práctica. Pero también es noble porque se deja regir por  el hombre que adquiere esa disciplina y permite darle una forma adecuada a su fin, podríamos decir perfecta, y es capaz de ello  por sus propiedades intrínsecas; en primer lugar por su plasticidad para tomar la forma requerida, pero en segundo lugar y más importante, por la propiedad de  conservar esa forma por tiempos prolongados. Es decir que hay un doble sentido; por un lado impone una conducta a quien lo trata, y por el otro, responde con una conducta apropiada al esfuerzo exigido. Si uno quiere construir un Templo que dé testimonio material y simbolice las verdades eternas que se quieren expresar con él, pues elige un material noble como la piedra, y no cualquier piedra. Es dura y exigente para con el albañil que la enfrenta, lo obliga a enormes esfuerzos para adquirir el arte, pero le asegura que su obra será perdurable y lucirá sólida y bella durante siglos.  El mismo Miguel Ángel entendía que ciertos bloques de mármol lo buscaban a él, más que lo que él los buscaba a ellos, la nobleza de la piedra buscaba la “forma” y se predisponía para perpetuarla.

Pongamos por ejemplo un animal. Se dice del caballo que es el “noble bruto”, ¿por qué? Porque para ser bien cabalgado exige del jinete grandes condiciones, es decir que el corcel rige de esta manera al jinete. Le pide cierto coraje, cierta prestancia, cierta elegancia y por sobre todo, le pide un mando claro, firme y dulce a la vez; y ante esto, es capaz de responder de una manera total, hasta dar la vida. Es noble porque exige y es noble porque da; pero es más noble porque siempre da más de lo exige. Y esto le pasaba al mármol o al granito, que dan al artista por siglos lo que recibieron en meses o años.

Ahora bien, el hombre, para ser noble debe regir. Debe ser capaz de regir sobre algo, de dar a ese algo una forma de ser, capaz de imponerse con todo poder a algo y transmitirle la forma deseada y egregia. La “nobleza” era la clase que dirigía una sociedad dándole la forma debida. Pero claro, esa forma y esa materia, que eran los hombres regidos, por ser hijos de Dios y buscar el fin que Dios les proponía, regían sobre la nobleza como rige el mármol o el granito sobre el artista, como rige el caballo sobre el jinete. Exigían de la nobleza un esfuerzo, un conocimiento y una disciplina especial. Tanto el regidor como el regido eran juzgados en su nobleza por la bondad de la forma dada y la adquirida,  por la duración de esta forma en el tiempo. La Cristiandad duró mil años, sus decadencias son cada vez más cortas.

¿En qué reside la “nobleza” del hombre considerado individualmente? Por la capacidad de regir sobre sí mismo, sobre sus pasiones y sobre su cuerpo. Y su cuerpo y su espíritu adquieren nobleza en este esfuerzo y son más o menos nobles según la capacidad de retener sin mayores esfuerzos las formas plasmadas. Un cuerpo que vuelve a las pasiones a cada minuto sin dudas es un material innoble, como una materia que se corrompe y no guarda el grabado del escultor. Podríamos  afirmar que el pecado original quitó la nobleza no sólo del espíritu, sino también del cuerpo, que hasta ese momento era regido por Dios y requería formas egregias,  plasmándolas de forma duradera (Adán y Eva deben haber sido de una belleza física extraordinaria hasta la vejez). La redención devolvió la posibilidad de esta nobleza mediante la gracia, centuplicando en casos la belleza, ahora espiritual, de los santos.

No creemos necesario aquí considerar la obviedad de que este regimiento es para el “bien”; así que insistamos en la condición sine qua non de que para ser noble, hay que REGIR, es decir hay que mandar. Sin duda hay más nobleza en un dictador que en un demagogo, por más tiránico que el primero sea, y esto es una evidencia que de alguna manera nos sorprende porque deja a Julio II en mejor lugar que Francisco. Dios hizo la creación para ser regida por nosotros – y a nosotros para ser regidos por Él – pero el regir es nuestra tarea obligatoria y es lo que nos vuelve el ser más noble de la creación, siendo este mandato vigente hasta el final de los tiempos. Aunque ahora no parezca evidente, si somos padres, patrones o gobernantes, lo somos para regir sobre los nuestros; para mandarlos y moldearlos, si es posible con dulzura e inteligencia si el material es noble, o con dureza y perseverancia cuando no lo es tanto; y es por ello que lo primordial es recurrir a la gracia de Dios y ahuyentar el pecado de sus almas, para que ese regimiento conforme y se haga duradero.

Pero resulta que esto tan evidente es lo que el liberalismo niega. Esta forma ultra plebeya de ser y de pensar, entiende que el hombre no debe regir ni ser regido, o por lo menos, lo menos posible. Como su mayor enemigo es la nobleza, no sólo debe impedir que haya hombres que rijan, sino que por sobre todo, que no haya hombres que acepten ser regidos. Es decir, que no se exija a nadie nada y que la “materia” sea rebelde y reticente a guardar la forma requerida, y que si fuera obligada, por lo menos no sea persistente; se corrompa a gran velocidad, no tenga apertura ni docilidad a la forma.

El liberalismo ha hecho que los padres no quieran regir sobre sus familias, que se conviertan en demagogos que terminan rezongando de un material innoble al que no se puede conformar, o se puede conformar por unos minutos a base de conceder caprichos. Lo mismo el patrón y el gobernante. El plebeyismo liberal cree en la seducción, en el engaño, en el mimo. No sólo corrompe la regencia, sino que especialmente corrompe la materia sobre la que se ejerce la regencia. No impone la “forma”, esta desaparece para que el capricho mande y sea el rector de la conducta de ambos polos del compromiso, convirtiendo los pueblos en masas informes y a los hombres en hojas llevadas por los vientos de sus pasiones. El padre de hoy tiene que esperar que su hijo elija su vocación, su cónyuge, su forma de vida, su ideología, su creencia, y luego ver qué se hace con todo esto; o en el mejor de los casos, llevarlo sutilmente y con astucia, a base de sus más bajas tendencias hacia donde cree que conviene. Sabido, por supuesto, que esto no puede durar mucho.

Nietzsche entendía que la nobleza era una virtud del que manda, del superhombre mandado a conformar a los demás e imponerse a una materia innoble. Pero esto no puede ser así, la materia – como vimos –  conforma a su medida al artista, no hay escultor que haya pasado a la historia modelando yeso o masilla. La nobleza también debe ser virtud del mandado, que tiene una “apertura” para la forma, que promete una permanencia de esta forma, y la nobleza del que manda está regida por la materia que ordena. La casta sacerdotal rige las partes más nobles del alma humana y necesita que las menos nobles sean regidas por la casta política, bajo pena de rebajarse. Un Papa se dirige a la Iglesia, a todos quienes “son Iglesia”, no0 al “mundo”, el resto debe ser sometido por el poder temporal en la medida que no demuestran ser materia noble para la evangelización. Un padre de familia no se desgasta con nimiedades, está para lo más grande, para lo otro está la madre. Uno no va a Cristo con una cuita de miedo por el yantar, para eso está la Virgen, Cristo está para pedirle fuerzas para el martirio.

Ya que tocamos el tema de la mujer y antes que nos griten, pues esta debe ser noble, y para ella la nobleza consiste en provocar un amor bueno, un amor verdadero y perdurable. No encender las malas pasiones del hombre que duran poco y son deformes. La mujer noble conforma al marido en el buen amor, en el sexo fértil y generoso, dulce y adecuado, lo rige para sacarlo de su brutalidad, lo engrandece.

Las formas de “bien” que sirven de modelo al regimiento son formas que no designa el capricho o el interés propio, eso es tiranía. Son formas que para ser transmitidas deben primero haber sido receptadas por el regidor en vistas a un bien común. Este debe haber sido primero “materia regida”, y su aptitud para el regimiento se mide por la mayor apertura a receptar esas formas y conservarlas.

Como en todo, Cristo es modelo de nobleza. Él se modela a la voluntad del Padre y por ello se convierte en Rey, y es Rey para “regir”, no para sugerir. Ahora, cuando le pedimos en el Padrenuestro que rija en todo y en todos, a veces nos olvidamos de su nobleza que deshecha la mala materia y deberíamos temblar al pensarlo. Debemos ser materia noble, apta en la apertura a sus formas y dispuestas a perseverar en ellas. Cristo es un buen carpintero que no hace chapucerías y por ello no elige mala materia, hace obras eternas y exige que estemos a la altura de ellas.

Apertura para las formas y capacidad de conservarlas. Esta es la condición noble. Capacidad de ser regido y de regir. Todos podemos ser nobles y no es la pertenencia a una clase social la que nos da la virtud, aunque sí forma parte de la nobleza esa capacidad de conservación de los valores por generaciones, fundamentalmente porque esta conservación de valores habla de antepasados que han sabido conformar y de descendientes que han sabido receptar, implica la existencia de un compromiso familiar, de  “hidalguía”.

Hay una cierta nobleza a la inglesa, liberal o victoriana (objeto de la burla de un Oscar Wilde), que se basa en el “buen gusto” y la elegancia; nuestras “aristocracias” liberales, las “viejas familias”, formadas en la falta de regimiento y en el convencimiento por la sensualidad, que son la más bastarda de las corrupciones. Hay gentes que sin saber que son liberales se han hecho incapaces de mandar en lo más mínimo, solicitando de los suyos sólo el “buen gusto”, y entienden que este buen gusto salvará las generaciones venideras del desastre, como si lo que primara es un elán que otorga una especie de “personalidad” que no hace necesario el mando, la orden concreta y urgente.

La nobleza es esa disposición de mando, esa responsabilidad de hacerse cargo de los resultados comprometiendo nuestra acción. Cristo no nos sugiere los mandamientos, los ordena y nos anuncia el castigo por la desobediencia. Nos ordena que nos conformemos a su vida contrariando a todas luces nuestros deseos y aunque pensemos que nos deja libres de hacer lo que queramos, no es así; su “abandono”, por “materia inadecuada” es el más tremendo de los castigos.  Adentrarnos en el misterio de gracia y libertad o gracia y naturaleza es demasiado para nosotros y para esta reflexión, pero algo atisbamos en este concepto de nobleza. Cristo rige sin duda alguna, manda y ordena, dirige nuestros pasos con un enorme compromiso en la medida que nos hacemos materia noble. Cuando esto hemos hecho, mediante su gracia “nos ordena”, se “mete” en nuestra más profunda intimidad y nos dice hasta  con quien nos debemos casar o si debemos tomar estado religioso; y ese regimiento es como el del buen jinete con el noble caballo; parece que es el caballo el que quiere saltar, pero está ejecutando la orden imperiosa del jinete con tal virtud en la obediencia que no parece mandada. Esta es la nobleza del santo que hace lo que Dios le ordena conformándose a su voluntad. Cristo no es un demagogo ni un tirano, pero sí es un Rey y rige sobre aquellos que viven en la gracia, gracia que es conformación a Su vida.

Asistimos a una época en que un Papa especialmente plebeyo (desde el concilio todos lo son, este último agrega el ser guarango) no quiere regir. No quieren regir, no quieren conformar el mundo a la voluntad de Cristo sino que, encantados por una libertad innoble, quieren deformar la Iglesia a la medida de un mundo informe, que toma la instantánea forma del capricho, del bajo interés. Y es por esto que toman una concepción evolutiva y progresista, que no significan otra cosa que aceptar que la innoble materia del hombre es inapta para ser conformada  de manera perdurable en el bien. Esculpen sobre masilla.

Isolado el hombre de sus familias y de sus naciones, queda hoy por hoy una sola nobleza posible en el hombre: la nobleza de la religión verdadera. En todas partes se ha instalado un poder sin regimiento, un poder que se ejerce respaldado en el capricho de las masas, en la explotación de sus bajas tendencias, que ha bastardeado y hecho plebeya a la humanidad (cantamos los argentinos, y con nosotros casi todos los países, un himno nacional dedicado a la innobleza), siendo que el único reducto de nobleza, la única tendencia de persistencia en una forma, el único pensamiento que exige una actitud de nobleza, es la tradición católica. Ya ni siquiera las familias guardan su condición noble, han cortado sus tradiciones,  los padres no mandan y los hijos se creen en la obligación de ejercer libremente sus elecciones esenciales.

Sin lugar a dudas la ecología se ha convertido en el ejemplo de una actitud plebeya, el hombre debe acomodarse a las sugerencias de la naturaleza, entendiendo la naturaleza como una condición transhumana, exenta de la necesidad de nuestra voluntad rectora y poniendo como paradigma el instinto animal o el condicionamiento biológico.

Una última reflexión nos merece la “desobediencia”. Sin lugar a dudas, la materia noble se resiste al chapucero, pero la piedra, el mármol, el bronce, conservan la nobleza de su materia aún frente al mal artista. Su testimonio persiste a pesar de la fealdad de la forma, en su mantenimiento como materia noble bruta, pasible de perfección. El hombre noble se resiste a la forma que quiere darle la tiranía o la  demagogia, y se mantiene como materia pasible de legítima autoridad; sigue siendo buen mármol. Cuando la autoridad se pierde, cuando no se puede ser vasallo porque no hay buen señor, el hombre noble no se adueña del comando que no le corresponde, se mantiene como materia dispuesta. La frase cidiana se ha usado para justificar la rebeldía, pero pocos han reparado que el condicional resalta por sobre todo la disposición dócil al Buen Señor.

Sin lugar a dudas siempre está Cristo para conformarnos, pero la Iglesia está necesariamente dirigida por la autoridad designada y a esta compete el regir. La mala regencia y aún la ausencia no deben hacer de nosotros seres autónomos,  solitarios o usurpadores. Los malos albañiles no harán bellos templos, pero si son piedras y mármoles las que las componen, el tiempo de conservación frente a las inclemencias harán reaparecer una belleza en la fidelidad; como en esas viejas ruinas donde una columna desgastada sin embargo se mantiene erguida, dándonos un ejemplo de nobleza que nos deja atónitos de emoción y nos permite rearmar en nuestra cabeza la belleza de aquel todo al que los malos hombres y los malos tiempos han llevado a la ruina. La crisis de la clerecía no justifica la usurpación de su dignidad por el laico. La buena piedra espera y llama al buen escultor.

Sin lugar a dudas la nobleza forma parte de la virtud de fortaleza, virtud que el Aquinate hace consistir más primordialmente en la capacidad de resistir que en la de acometer. El hombre noble resiste la mala autoridad en la incorrupción de su materia dispuesta a conformarse al bien, aún a riesgo del “mal gusto” de formar parte de una chapucería, porque la chapucería se salvará de la burla en la resistencia de algunos materiales a las inclemencias del tiempo. No podemos comparar un eucaliptus a un roble, pero un eucaliptus de doscientos años es un paisaje noble.   No creamos que esas viejas casonas que se ven a veces en las ciudades fueron bellas construcciones en su tiempo, pero sin embargo hoy son bellas por ser viejas, por demostrar la nobleza de su material resistente. Aunque no es bella la construcción, es bello cada ladrillo y cada puerta.

No son tiempos de buenos albañiles ni de ilustres maestros, no pensemos que existirán obras de arte de gran fuste ni, como critican algunos, que existirá un Seminario que sea la luz de occidente; pero esos humildes bloques de Iglesia, en su perseverancia, darán a su hora el testimonio de nobleza y resistirán al mal artista, hablando por sí solos a los hombres de la grandeza de Dios.

Uno de los síntomas más claros de la desobediencia innoble es la renuncia a la regencia. El considerar que ya no se puede mandar y formar  a la creación y a los hombres corrompidos por el pecado; quedando en una posición expectante, prescindente, impotente, declarando que ya no se pueden formar discípulos,  ni hacer escuela,  ni educar hijos. Esto es falta de nobleza.

El hombre noble construye su pequeño reino en la verdad y el amor y siempre será regidor en la medida que acepte ser regido por Cristo. No serán reinos de esplendor hoy; pero serán mañana testimonios en la perseverancia que harán llorar de emoción a los hombres de bien. Como bien enseña Cristo, no es a la materia innoble que se deben dedicar los esfuerzos, porque los resultados son efímeros y se pierde el sacrificio en la nada del tiempo. No es “por todos”, es “por muchos”.  Quiero ser claro, todo esfuerzo por arriar a la masa democrática a base de sus bajas pasiones es inútil y maligno, esa mala e innoble materia nos hace unos chapuceros. Dos piedras levantadas para los siglos valen más que un monoblock que delatará su corrupción en pocos años.

Cuando todas las humanas tradiciones han demostrado con el tiempo ser materia innoble en su perseverancia de las formas del bien, cuando las “viejas costumbres” plasman su impotencia para regir a los hombres demostrándose sólo humanas, cuando aún los mejores elementos se abisman de vanidad y se retuercen contra toda apertura a ser regidos; sólo queda la verdadera tradición católica como juicio de nobleza. La última aristocracia que queda en este mundo plebeyo es la aristocracia de la Fe, la Esperanza y la Caridad, y digo “aristocracia” en el claro convencimiento de que me refiero a una clase que “manda”, que todavía manda sobre sí mismo, que manda sobre los suyos y que se predispone a ser mandado por quien fuere el designado por la providencia, conscientes de mantenerse  como “materia noble” a pesar de los desvaríos de las autoridades y dispuestos a dar un testimonio duradero que reclama al buen artista. La aristocracia de los elegidos en tiempos de apostasía. La única aristocracia que hoy puede vanagloriarse de generaciones pasadas en la fidelidad y sin desmedro, es la familia de la Iglesia, la que puede mostrar una genealogía de lustre en sus Santos. Una aristocracia que paradójicamente hoy es recogida en los caminos, en las encrucijadas, como piedras informes a las que la providencia ha preservado para ser los hitos del estrecho camino de los últimos tiempos.                              

Dardo Juan Calderón
Dardo Juan Calderón
DARDO JUAN CALDERÓN, es abogado en ejercicio del foro en la Provincia de Mendoza, Argentina, donde nació en el año 1958. Titulado de la Universidad de Mendoza y padre de numerosa familia, alterna el ejercicio de la profesión con una profusa producción de artículos en medios gráficos y electrónicos de aquel país, de estilo polémico y crítico, adhiriendo al pensamiento Tradicional Católico.

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