Benedicto XVI (II)

Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI, fue nombrado en 1981 Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe -ex Santo Oficio- y en calidad de tal había actuado reformando en 1983 el Código de Derecho Canónico, en el cual, como se sabe, fue abolido el canon 2335 –el que conmina la excomunión latae sententiae a la Masonería–, sustituyéndolo por el nº 1374 con el cual se aplica justa (¿?) pena a quien realiza actividades contra la Iglesia.

El 2 de julio de 1988, Juan Pablo II excomulgó a monseñor Marcel Lefebvre y a monseñor Antonio Castro Mayer por haber ordenado a cuatro obispos antimodernistas y fieles a la Tradición, infringiendo la prohibición papal. El cardenal Ratzinger, siguiendo las indicaciones de Juan Pablo II, propone al arzobispo Lefebvre una solución benevolente en las relaciones con la Santa Sede a cambio de ordenar «un solo obispo». Era manifiesta la voluntad del Pontífice y del Cardenal Prefecto de sofocar la Tradición católica con el linchamiento de sus exponentes más autorizados.

Como confirmación de que no tenía la conciencia tranquila, Ratzinger, una vez Papa, el 21 de enero de 2009, levanta la excomunión a los obispos de la Fraternidad San Pío X, gesto que debe interpretarse como la compensación de la acción llevada a cabo por Juan Pablo II cuando el 5 de octubre de 1986, algunos días antes del festival interreligioso de Asís, durante una visita a la comunidad protestante calvinista de Taizé, administró la sagrada Eucaristía a los fundadores de aquella comunidad protestante, el hermano Roger Schutz y el hermano Max Thurian. No hubiésemos citado este episodio si sólo tuviera que ver con el papa Juan Pablo II, porque una circunstancia parecida se dio con Benedicto XVI el 17 de agosto del 2005, cuando poco menos que canonizó al hermano Roger Schutz, asesinado el día anterior por una mujer visiblemente alterada, al calificarlo de «fiel servidor de Cristo», como si un protestante representase el modelo de vida y de tradición católica. Todo sea por el ecumenismo.

Benedicto XVI da la comunión en la mano al protestante Roger Schutz

Permítasenos una reflexión que explique las consecuencias ocultas de tal acontecimiento. Se decía que Juan Pablo II había excomulgado a los dos arzobispos por cismáticos porque, según el canon 7514 del nuevo Código de Derecho Canónico, se obstinaban en rechazar el sometimiento al Pontífice. Entonces, ¿por qué los calvinistas de Taizé – históricos adversarios de la Iglesia Católica y el Sumo Pontífice – pueden recibir la Eucaristía a pesar de persistir obstinadamente en la separación, en la negación de los dogmas y en el rechazo de la autoridad papal? Contra ellos está también el canon 915 que prohíbe la Eucaristía a quien se encuentra en pecado grave, y como tal debe considerarse el estado del separado. Y sin equivocación alguna, decimos que una imputación tal no es nuestra fantasía o producto solo del Código de Derecho Canónico. ¡Nada de eso!

El estado de pecado grave, en el que se encuentran todos los separados –protestantes y ortodoxos- es definido por la palabra infalible de Cristo, que a propósito de quienes están fuera de su viña, enseña así: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que, estando en Mí, no lleva fruto, lo quita (…) Quien permanece en Mí, y Yo en él, lleva mucho fruto, porque separados de Mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en Mí, es arrojado fuera como los sarmientos, y se seca; después los recogen y los echan al fuego, y se queman (…) En esto es glorificado mi Padre: que llevéis mucho fruto, y seréis discípulos míos» (Jn. 15, 1-8). Con la palabra de Nuestro Señor no se bromea y ni caben juegos de palabras, pues decir que un sarmiento arrancado de la vid se seca y queda listo para el fuego, quiere decir que quien está separado de su Iglesia y no es por tanto su discípulo vive en estado de pecado grave. Y aquí es necesario hacer una pausa y reflexionar.

El papa Juan Pablo II aplica contra los obispos de la FSSPX el canon 751 del Derecho Canónico, que habla de la rebelión contra el Vicario de Cristo. Por otro lado, quien administra la Sagrada Eucaristía a un protestante -es decir, a un sarmiento seco y, por lo tanto, anticristiano-, no sólo vulnera el canon 915, sino que sobre todo desprecia la Palabra de Cristo, considerándola sin valor alguno. Ahora bien, si ponemos las dos cosas en la balanza, ¿cree el lector que la insubordinación de dos arzobispos al Papa es más grave que la desobediencia del Pontífice a la Palabra del Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo?

Estamos seguros de que un razonamiento similar agitó la conciencia de Benedicto XVI, que en ningún momento alzó la voz para llamar al orden a la comunidad calvinista de Taizé. La cual desde 1972, a partir de que el hermano Roger Schutz recibió la Eucaristía, adquirió la costumbre de comulgar sacrílegamente cada día, y encima se arrogó un privilegio entre los calvinistas dispensando –¡horresco referens!— con un rito mestizo, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. Esta fue, a nuestro juicio, la causa que indujo al papa Ratzinger a levantar la excomunión a los obispos de la FSSPX: que no se sentía muy tranquilo después de la aventura de Taizé.

Con Benedicto XVI la dinámica del ecumenismo se perfecciona cada vez más y amplía sus horizontes más allá de donde llegó Juan Pablo II en Asís 86 y, sucesivamente, en sus viajes apostólicos.

Pero, ¿qué es el ecumenismo?

Con este término se indica el movimiento universal que, inicialmente, tendía a la unión de todas las confesiones cristianas y a un punto de convergencia de las religiones monoteístas, y que actualmente funciona en un sentido global; es decir, llevando a la equiparación axiológica de todas las formas de culto de modo que, según tal visión, se va desde la Iglesia Católica, poco a poco, hasta una manifestación demoniaca chamánica agraciada por la presencia del Espíritu Santo. Para que esta afirmación no parezca precipitada e infundada, llamamos la atención del lector al viaje que realizó Juan Pablo II a Benín en febrero de 1982, donde se reunió con sacerdotes de ritos animistas que participaban en oscuras liturgias selváticas, y piénsese también en el viaje análogo -igualmente apostólico- realizado en julio de 2008 por Benedicto XVI a Australia, donde fue confirmado por así decirlo por un chamán aborigen que, entre otras cosas, invocando el espíritu de los antepasados, le impuso las manos. Desde luego no se le infundió el Espíritu Santo; sabe Dios qué sería…

Pero, ¿no le resonaba en la mente el salmo 95, que en el versículo 5 declara: «Omnes dii Gentium daemonia», los ídolos de los paganos son demonios?

El aspecto que más suele destacar de la personalidad de Benedicto XVI y que más sorprende es la forma es que se ganarsa fama de católico integral, tradicionalista y firme en la defensa de la Santa Fe. No hay, en efecto, documento ni acto de magisterio que no esté empapado de progresismo modernista, de manifiesta aplicación del llamado Espíritu del Concilio, comenzando por la declaración del 20 de abril de 2005, al día siguiente de la elección, en la que afirma con toda convicción y claridad: «Yo también, pues, al asumir el servicio que corresponde al sucesor de Pedro, quiero afirmar con rotundidad la decisiva voluntad de proseguir en el empeño de implementar el Concilio Vaticano II» (1)

Y para concretar su propósito, retoma con vigor la relación con el judaísmo, reuniéndose el 9 de junio de 2005 con los representantes del Comité Judío Internacional para las Consultas Interreligiosas, a quienes vuelve a exponer lo que había ya escrito en 1997: «Judíos y cristianos deben acogerse mutuamente en una reconciliación más profunda, sin restar nada a su fe ni, mucho menos, renegar de ella; incluso partiendo desde el fondo de esa misma fe».

Continuando el camino emprendido por Juan Pablo II, repite la teoría de que la antigua Alianza no cesó nunca porque, según Benedicto XVI, tal Alianza se basa en la voluntad divina y no obliga a correspondencia humana.

Ratzinger finge ignorar que el Judaísmo de hoy se funda en el Talmud, compendio de las más vergonzosas, ofensivas y sacrílegas burlas de la Cristiandad, de las cuales resumimos seguidamente unas pocas para que se hagan una idea:

De Jesucristo:

«Perezcan su nombre y su memoria»; abominación; el colgado.
Hijo de la calle; prostituta; hijo de pantera.
Hijo bastardo de una menstruada.
Necio; demente; seductor; corruptor de las costumbres; idólatra y mago
«Semejante a una bestia, fue colgado en el patíbulo, sepultado como carroña en un montón de inmundicia y terminó arrojado al infierno».

De la Iglesia de Cristo, las festividades, los santos:

Los santos son llamados kedoschin, jovenzuelos.
Las santas, kedescio, prostitutas.
La navidad, nital, extirpación.
La Pascua, kesac, patíbulo.
La Iglesia cristiana, llamada bet tifla, casa de estupidez; bet aturpa, casa de obscenidad; bet caria, letrina.

[Lo que se hace es alterar los vocablos mediante juegos de palabras en hebreo. N. de la R..]

Más tarde, el cardenal Bagnasco declarará -pura doctrina ecuménica- que no es intención ni voluntad de la Iglesia Católica ocuparse en la conversión de los judíos. Faltaría más.

L.P.

(1) – Sac. Andrea Mancinella: 1962 – RIVOLUZIONE nella Chiesa, Brescia Ed. Civiltà 2010 pág. 292.

SÍ SÍ NO NO
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Mateo 5,37: "Que vuestro modo de hablar sea sí sí no no, porque todo lo demás viene del maligno". Artículos del quincenal italiano sí sí no no, publicación pionera antimodernista italiana muy conocida en círculos vaticanos. Por política editorial no se permiten comentarios y los artículos van bajo pseudónimo: "No mires quién lo dice, sino atiende a lo que dice" (Kempis, imitación de Cristo)

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