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Carta abierta de Mons. Viganò al obispo de San Rafael sobre el cierre del seminario

30 de julio de 2020

Excelencia:

Conocer a través de la prensa internacional la noticia de que ha decidido clausurar el Seminario de la Diócesis de San Rafael y despedir a su rector, don Alejandro Miguel Ciarrocchi me ha causado consternación y dolor.

Esta decisión habría sido adoptada, a través de la diligente indicación de Vuestra Excelencia, por la Congregación para el Clero, que ha considerado inadmisible el rechazo por parte de algunos sacerdotes bajo su jurisdicción a administrar y recibir la Sagrada Eucaristía en la mano en vez de en la boca. Supongo que el loable y coherente comportamiento de los sacerdotes y fieles de San Rafael le habrá brindado un pretexto ideal para clausurar el seminario más grande de Argentina y dispersar a los seminaristas para reeducarlos en otros lugares, seminarios tan ejemplares que ya están vacíos. Vuestra Excelencia ha sabido llevar admirablemente a la práctica aquella invitación a la parresia, en nombre de la cual hay que terminar con la plaga de clericalismo denunciada desde el más alto Solio.

Puedo entender su decepción al ver que, a pesar del machacón adoctrinamiento ultramodernista que se viene llevando a cabo en las últimas décadas, quedan todavía sacerdotes y religiosos valientes que no anteponen la obediencia lisonjera al obligado respeto en su relación el Santísimo Sacramento. Puedo igualmente imaginar su rabia al ver que también fieles laicos y familias enteras de lo que se ha llegado a llamar la Vandea de los Andes siguen a los buenos pastores, cuya voz, como dice el Evangelio, reconocen, y no la de asalariados a los que nos les importan nada las ovejas (Jn.10,4; 13).

Estos episodios confirman la acción del Espíritu Santo en la Iglesia: el Paráclito infunde el don de la fortaleza a los humildes y los débiles y confunde a los soberbios y poderosos, poniendo de manifiesto por un lado la fe en el Santísimo Sacramento del altar y por otro la culpable profanación por respeto humano. Conformarse a la mentalidad del mundo puede ganar tal vez a Vuestra Excelencia el aplauso fácil e interesado de los enemigos de la Iglesia, pero no evitará la unánime condena de los buenos, ni el juicio de Dios, presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad bajo las especies eucarísticas, que pide a sus sagrados pastores que den testimonio de Él, no que lo que traicionen y persigan.

Con permiso de Vuestra Excelencia le voy a señalar cierta incoherencia entre su comportamiento y el lema que escogió para su blasón: Paterna atque fraterna charitate. No me parece que tenga nada de paterno castigar a sacerdotes que no quieren profanar la Hostia santa, ni veo la menor caridad verdadera hacia quienes han recibido órdenes inaceptables. La Caridad se ejecuta con miras al Bien y a la Verdad: si tiene por principio el error y por fin el mal, no es sino una grotesca parodia de la virtud. Un prelado que en lugar de defender la honra debida al Rey de reyes y elogiar a quien se ocupa de tan noble empeño llega al extremo de clausurar un florecientísimo seminario y amonestar en público a sus sacerdotes no realiza una obra de caridad sino que comete un deplorable abuso del que tendrá que dar cuenta ante el tribunal de Dios. Le ruego que comprenda hasta qué punto su gesto, valorado sub specie aternitatis, es grave de por sí y escandaloso para los sencillos. Haber estudiado en el Angelicum debería ayudar a Vuestra Excelencia a manifestar un saludable arrepentimiento, que impone sub gravi una obligada reparación.

Cuenta la prensa que en la diócesis de Basilea, en la iglesia de Rigi-Kaltbad, una mujer ataviada con vestiduras sagradas suele simular la celebración de la Santa Misa por falta de un sacerdote ordenado, omitiendo apenas las palabras de la Consagración. Me pregunto si monseñor Felix Gmürr se hará notar por el mismo celo que animó a V.E. y recurrirá a los dicasterios romanos para hacer castigar de modo ejemplar tan sacrílega puesta en escena. Temo también que la rigidez que ha manifestado al castigar a los sacerdotes que se han visto obligados a desobedecerlo no encuentre imitadores en Suiza. Desde luego, si un sacerdote hubiera celebrado una Misa Tridentina en aquel altar, habría incurrido en las iras del Ordinario; pero una mujer que celebra abusiva y sacrílegamente la Misa se considera hoy en día algo sin importancia, a pesar de que profana gravemente al Santísimo Sacramento del Altar.

Junto a los sacerdotes y diócesis de la diócesis de V.E., a los que ha castigado injustamente y hecho objeto de una grave ofensa, ruego por V.E., por las autoridades de la Santa Sede y en particular por el cardenal Beniamino Stella, al que conocí como sacerdote devoto y nuncio apostólico fiel, y a quien visité en Bogotá como delegado de la Representación Pontificia. Fue amigo mío y colaboré con él durante años en la Secretaría de Estado; desgraciadamente, desde hace algún tiempo no puedo reconocerlo como tal debido a su participación en la obra de demolición de la Iglesia de Cristo.

Rogamos por vuestra conversión, conversión a la que todos somos llamados y que es inaplazable para quienes no trabajan para la gloria de Dios sino contra el bien de las almas y la honra de la Iglesia.

Roguemos por todos los seminaristas y por los fieles de San Rafael, a quienes Vuestra Excelencia ha declarado la guerra.

Con caridad fraterna, en la verdad

+Arzobispo Carlo Maria Viganò

(Traducción oficial por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe. Puede reproducirse citando la fuente)

Mons. Carlo Maria Viganò
Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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