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Comulgaremos en la mano, qué falta de solidaridad hacerlo en la boca…

No es un enemigo el que me reprocha, sino tú, mi íntimo amigo, con quien tenía dulce intimidad…”

Hace unos meses publiqué en esta misma página un escrito sobre los abusos de la obligatoriedad de la comunión en la mano. Sobre como sacerdotes y fieles, estos últimos con la inocencia propia de la ignorancia, se saltaban a la torera las mínimas y claras normas del Magisterio de la Iglesia sobre la recepción de la Eucaristía, en aras de una pandemia de la que “cuesta mucho salir”, porque no nos conviene salir. Más vale tener asustado al Pueblo de Dios, pero no con el pecado, que es real y propio del ser humano, ni con la condenación eterna, que también es real y no es castigo de Dios, sino propia elección, sino con un virus que, cambiando constantemente de nombre, mantenemos vivo y en formol según nuestro propio interés.

Entonces escribí sobre lo abusivo. Hoy quiero escribir sobre lo asombrosamente absurda que ya resulta esta práctica inventada por aquellos que niegan o dudan de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Pero antes de abordar el tema quiero agradecer de todo corazón a tantos, a muchos, a la mayoría de esos sacerdotes estupendos que se han cruzado en mi camino, que me han instruido y me han cuidado. Que me han entendido, que me han dado la comunión respetando mi derecho y mi sensibilidad y que andan por la Iglesia haciendo únicamente el bien. Hay tantos, son tantos, que no podría enumerarlos a todos. Son esa mayoría silenciosa y generosa de sacerdotes entregados a su Iglesia a los que tan agradecidos debemos estar los fieles. Yo, la primera.

No va por ellos lo que hoy quiero compartir. Ni va por esa cantidad de jóvenes que de repente nos encontramos en muchas iglesias arrodillándose para comulgar en la boca con muchísima devoción, al final de las filas de comulgantes… Jóvenes ejemplares, valientes y devotos de la Eucaristía.

(Por cierto… ¿De dónde han salido?)

No va por ellos, no, va por las situaciones asombrosas y absurdas que aún hoy estamos viviendo.

Hace meses que llenamos bares y cines, metros y aviones, colas de supermercado, aglomeradas procesiones y multitudinarios partidos de futbol. Parece ser que para esas y otras determinadas actividades ya no nos da miedo el contagio. Sin embargo, aún no nos atrevemos a comulgar en la boca.

Dentro de nada será la Feria de Sevilla, y nos aglomeraremos unos junto a otros, apretados, en las pequeñas casetas que, cuanto más pequeñas, más divertidas, a bailar y a cantar muy fuerte, sin pensar en los aerosoles que soltamos en cada olé, a comer y beber sin mascarillas ni geles, y a abrazarnos todos con mucho afecto, pues cuando llega la Feria, en Sevilla, todos nos queremos una barbaridad. Pero todo sin miedos, seguros de que el ómicron no nos atacará, pues tendremos la prevención de comulgar en la mano el domingo de Feria.

Comulgaremos en la mano, cómo si no, qué falta de solidaridad hacerlo en la boca…

Y, además, que difícil se ha puesto hacerlo en la boca. Porque no deja de ser asombrosa la costumbre que se han ido inventando poco a poco no se sabe quien y que consiste en decirnos que el que quiera comulgar en la boca se coloque el ultimo de la fila. Lo cual es imposible, porque ¿cómo se puede ser el último de la fila cuando quizás somos diez o doce personas las que queremos comulgar en la boca y cada una de nosotras debe ser la última de la fila?

Entonces se provoca una especie de atasco de rotonda, y los del final de la fila nos empezamos a dar paso unos a otros, pendientes del que viene detrás, en vez de estar pendientes de Aquel a quien vamos a recibir. Pasa tú, no pasa tú, no, es que yo comulgo en la boca, ah, yo también… Pero como el sacerdote no lo sabe, cuando abres la boca te hace una señal para que te pongas el último, entonces sales de la fila y te pones, obediente, detrás del último que también comulgaba en la boca como tú… Y que en ese momento deja de ser el último.

Porque es que a veces hay diez o doce personas disputándose el último lugar de la fila, lo cual no deja de ser una situación absurda y una norma dificilísima de cumplir.

Ayer precisamente me pasó. Quedábamos dos últimos para comulgar, dándonos el paso el uno al otro como en un semáforo amarillo, hasta que yo pasé, pues soy una señora y el comulgante un caballero. Y al abrir la boca, el sacerdote me dice que me haga a un lado. Me hice a un lado, comulgó en la boca el caballero y luego comulgué en la boca yo.

Fue una especie de teatrillo.

A mi a mi edad no me importa quedarme de pie al lado de un sacerdote que quiere asegurarse de si el verdadero último de la fila soy yo o el que viene detrás, pero quizás a una persona más joven le da un poco de apuro, toda la gente te ve allí, de pie, habiéndosete negado la comunión, para luego dártela, o no, dependiendo del sacerdote.

Más asombroso aún es que ante la duda de sí eres o no el último de la fila el sacerdote cambie de mano. Es una práctica nueva. Te da la comunión a ti con una mano, luego cambia de mano, la da con la otra… Y la vuelve a cambiar…. Gracias a Dios que los sacerdotes tienen solo dos manos, sino se pasarían la misa haciendo juegos malabares.

Todo esto provoca asombro, risa amarga, y mucha pena.

Pero todavía hay situaciones más inverosímiles. Vamos a ver. El sacerdote me para a mí, para que espere a ser el ultimo en comulgar, y así se cree que cumple una ley que se ha inventado él. Y sin embargo no para al 80% de comulgantes que se llevan la Sagrada Forma y comulgan por el camino al banco, incumpliendo así las leyes del Magisterio de la Iglesia sobre la comunión en la mano.

El comulgante se acerca a comulgar. El sacerdote le entrega la comunión sin pedirle que se quite la mascarilla y comulgue delante de él. El fiel se lleva la comunión en la mano, y de camino al banco, comulga, o, al menos, eso es lo que se espera de él, porque nadie lo comprueba.

El sacerdote comprueba con exquisito interés si el que comulga en la boca es el último de la fila, pero ya no pone tanto interés para comprobar si el que comulga en la mano, comulga. Es imposible que lo ponga, si el comulgante ya le está dando la espalda, camino de su banco.

No exagero. Lo he visto en varias iglesias desde la primera fila, y me ha espantado la cantidad de personas que lo hacen. Pero a ellos no los para el sacerdote. Me para a mí, que, en el uso de mi derecho, quiero comulgar según las normas de nuestra Santa Iglesia.

Lo que está pasando es increíble.

Pero todo esto no es lo peor. Lo peor de todo es la humillación. Pero no la de las personas que al ser tratadas de una manera injusta y señalada se sienten humilladas. Para nada. A mí, particularmente, esa humillación me importa un bledo.

Lo peor es que lo estamos humillando a Él. Lo peor es que el humillado aquí es el mismo Jesucristo. Y lo están humillando sus propios sacerdotes, su propia Iglesia.

Los fieles son inocentes. Los fieles se dejan guiar como buenas ovejas… Pero ¿y los pastores?

Pues así es. A Nuestro Señor no lo está humillando una pobre gente ignorante que saca en procesión una blasfemia, que eso es horrible, sí, y nos llevamos las manos a la cabeza cuando pasa. No. No lo están humillando sus enemigos. Es que aquí, quien está humillando a Nuestro Señor, es su propia Iglesia, aquellos que momentos antes, en la consagración, han actuado en la Persona de Cristo.

Lo está humillando aquel del que el mismo Señor se queja en el salmo 55: “…Porque no es un enemigo el que me reprocha, si así fuera, podría soportarlo; ni es uno que me odia el que se ha alzado contra mí, si así fuera, podría ocultarme de él; sino tú, que eres mi igual, mi compañero, mi íntimo amigo; con quien tenía dulce intimidad…”

Gracias a Dios, todo esto pasará. La Iglesia no naufragará. Porque, como termina ese mismo salmo: no dejará Dios que el justo se hunda para siempre.

CRISTINA GONZÁLEZ ALBA

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