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Cristo, Mediador entre Dios y los hombres (PF 7.5)

Profundizando en nuestra fe – Capítulo 7

(V) – Cristo es el Mediador entre Dios y los hombres

Una vez que ya hemos estudiado el tema de la Encarnación de Jesucristo, su Persona y sus dos naturalezas, estudiaremos hoy su función como Mediador entre Dios y los hombres, para acabar la semana próxima este capítulo 7 profundizando sobre el poder, la ciencia y la gracia de Cristo.

Si buscamos dar una respuesta a la pregunta ¿qué es Jesús?, el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 412) responde que Cristo es el Mediador, el Sumo Pontífice que restablece la relación de Dios con los hombres, superando el abismo de separación que nosotros habíamos creado con nuestros pecados desde Adán hasta el último ser humano. Pero Cristo no sólo restablece la relación de Dios con los hombres sino que también mejora inmensamente nuestra condición humana pues nos abre al mundo de lo sobrenatural.

1.- La función mediadora de Cristo en la Revelación y en la Fe de la Iglesia

El Nuevo Testamento afirma con toda claridad la mediación única de Jesucristo.

  • San Pablo lo dice de modo claro y expreso: “Porque uno solo es Dios y uno solo también el mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre” (1 Tim 2:15).
  • Y San Juan nos transmite una enseñanza similar: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre si no es a través de mí” (Jn 14:6).
  • Los apóstoles lo entendieron muy bien y por eso así lo enseñaron a las diferentes comunidades: “Algunos que bajaron de Judea enseñaban a los hermanos: -Si no os circuncidáis según la costumbre mosaica no podéis salvaros… Nosotros, por el contrario, creemos que somos salvados por la gracia del Señor Jesús” (Hech 15: 1.11).

Esta enseñanza es luego recogida y profundizada por los Santos Padres.

  • Los Santos Padres afirman unánimemente el papel mediador único y perfecto de Jesucristo[1].
  • San Agustín, como es habitual en él, lo manifiesta de modo claro y meridiano: “Entre la Trinidad y la debilidad del hombre y su iniquidad, fue hecho Mediador un hombre, no inicuo, sino débil, para que por la parte que no era inicuo te uniera a Dios, y por la parte que era débil se acercara a ti; y así, para ser Mediador entre el hombre y Dios, el Verbo se hizo carne”[2]

El Magisterio de la Iglesia ratificará esta condición mediadora de Jesucristo en numerosas ocasiones:

  • Carta de León I a Flaviano (a. 449) (DS 293): donde se hace una referencia directa al texto de 1 Tim 2:15 previamente citado.
  • Concilio de Florencia (a. 1442)(DS 1347): “Firmemente cree, profesa y enseña que nadie concebido de hombre y de mujer fue jamás librado del dominio del diablo sino por merecimiento del que es mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Señor nuestro…”.
  • Concilio de Trento (a. 1546)(DS 1513): “Si alguno afirma que este pecado de Adán que es por su origen uno solo y, transmitido a todos por propagación, no por imitación, está como propio en cada uno, se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro remedio que por el mérito del solo mediador, Nuestro Señor Jesucristo [v. 171], el cual, hecho para nosotros justicia, santificación y redención (1 Cor 1:30), nos reconcilió con el Padre en su sangre; o niega que el mismo mérito de Jesucristo se aplique tanto a los adultos como a los párvulos por el sacramento del bautismo,  debidamente conferido en la forma de la Iglesia: sea anatema. Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que hayamos de salvarnos (Hech 4:12). De donde aquella voz: He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita. los pecados del mundo (Jn 1: 29). Y la otra: Cuantos  fuisteis bautizados en Cristo, os vestisteis de Cristo (Gal 3: 27)”.
  • Pio XII escribe en su encíclica Mediator Dei que toda la liturgia de la Iglesia se sustenta sobre el papel Mediador de Jesucristo.[3]

Santo Tomás de Aquino habla clara y profundamente sobre el papel Mediador de Jesucristo. Cristo, según nos enseña el Aquinate es “mediador” por oficio, entre Dios y los hombres[4]. Es el “Mediador de la nueva alianza”. Dios podría haber usado otro medio para salvarnos; pero lo quiso hacer de este modo.

Junto a Cristo, y nunca sin Él, hay también otros mediadores secundarios: los apóstoles (Fil 2:17; Jn 20:23), los ángeles[5] (Ap 8: 3-4), la Virgen María[6] (es dicho popular católico que “a Dios siempre se va y se viene por María; y también, “María es mediadora de todas las gracias”. La teología clásica siempre la consideró como mediadora universal del género humano por ser la Madre de Jesucristo cooperadora en la obra de la Redención, Madre de todos los hombres, y con plenitud de santidad), los santos[7], los sacerdotes (en cuanto ministros que son de Cristo); y en general, los cristianos con respecto a sus hermanos en la fe.

2.- Naturaleza y sentidos de la mediación de Cristo

La función mediadora de Jesucristo tiene su fundamento en la unión hipostática, se vale de su humanidad como vehículo para llegar a los hombres, y usa como medio las acciones humanas del Señor, que por ser “acciones humanas” de Dios tienen un valor infinito.

Por ser Cristo una Persona divina con dos naturalezas –divina y humana- unidas hipostáticamente, se constituye en “puente perfecto” entre Dios y los hombres. Como nos dice Santo Tomás, sólo a través de la humanidad inmaculada del Verbo se puede lograr la mediación; pues Jesucristo es “medio” entre Dios y los hombres gracias a su humanidad, pero por tener ésta dones extraordinarios de gracia y de gloria, se acerca a Dios y está sobre todos los hombres[8].

La función mediadora de Cristo tiene un doble sentido:

  • Ascendente: por la que Cristo ofrece al Padre la adoración, acción de gracias, expiación de los pecados y la oración en nombre de todos nosotros.
  • Descendente: por la que Cristo hace llegar a todos los hombres los bienes divinos y las gracias de salvación en nombre de Dios.

También podemos hablar de la función mediadora de Cristo en el sentido de que Él es sacerdote, profeta y rey. Es por ello por lo que Cristo pudo decir “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14:6). Esta triple función mediadora como sacerdote, profeta y rey son fruto y efecto de la misma fuente, la Encarnación.

3.- El error neo-modernista y la respuesta católica a este error

Hoy día el neo-modernismo niega la única mediación de Jesucristo. Para éstos, ni la revelación ni la salvación están cerradas en el tiempo, ni tampoco circunscritas a Jesucristo y a la Iglesia católica, sino que habría muchos otros caminos válidos de salvación.

Estas nuevas corrientes se enmarcan dentro de un ecumenismo mal entendido; aunque en el fondo hay algo más peligroso: la negación de la Divinidad de Jesucristo; y con ello, la negación de la Encarnación del Verbo y la universalidad de la Redención de Cristo.

Frente a esta corriente, la Iglesia católica cree y defiende[9]:

  • Sólo en Jesús pueden los hombres salvarse. El mensaje cristiano se dirige por tanto a todos los hombres y a todos ha de ser anunciado.
  • Jesús ilumina a todo hombre; lleva la historia entera a su cumplimiento definitivo.
  • Sólo en la Iglesia católica, que es la única que está en continuidad histórica con Jesús, puede recibirse la salvación.
  • Cualquier otra “mediación” salvífica nunca puede estar desligada de Cristo Jesús. Es necesario hacer mención de los caminos “misteriosos” del Espíritu que da a todos la posibilidad de ser asociados al misterio pascual; pero nunca desligándolos del único Mediador: Jesucristo.

Siendo pues, rigurosos y lógicos tendríamos que concluir que religiones sin Cristo, son religiones sin Dios. Y unas religiones sin Dios, “¿cómo pueden ser camino de salvación en manera alguna?”

4.- La función mediadora de la Virgen María

Acabamos este artículo analizando la función mediadora que tiene la Virgen María, que aunque como hemos dicho antes es una mediación secundaria, es realmente importante para nuestra fe. Como nos dice L. Ott, y siempre ha manifestado la fe católica, María es llamada “mediadora de todas las gracias”.

A la Virgen se le puede denominar propia y verdaderamente “mediadora” entre Dios y los hombres, porque cumple las condiciones propias de un mediador; es decir, la de ser un medio que conviene en algo a las partes a unir y que al mismo tiempo difiere en algo de ellas (mediación ontológica); y la de ejercer propiamente la función de unir a las partes (mediación moral).

María es mediadora, ontológicamente hablando, por ser Madre de Dios. Esto le hace por un lado diferente de las criaturas; pero por ser también una persona humana, se asemeja a los hombres.

María es mediadora, moralmente hablando, porque a través de su “fiat” (Lc 1: 30-31) hizo posible la Encarnación de Jesucristo.

Aunque la Sagrada Escritura no habla directamente del papel mediador de la Virgen, la Iglesia, siempre vio esta función a través de los relatos de la vida de Jesús donde Ella está presente:

  • Anuncio del Ángel a María y aceptación de los planes de Dios (Lc 1: 30-31).
  • Visita de la Virgen a su prima Isabel (Lc 1:41): Jesús, todavía en el seno de María, santifica a Juan Bautista que estaba en el seno de Isabel.
  • María y José presentan a Jesús en el templo (Lc 2: 20-22).
  • María contribuye en la realización del primer milagro de su Hijo en Caná (Jn 2).
  • María ofrece a su Hijo al Padre en el Calvario (Jn 19:25).
  • Ora con la Iglesia naciente en Pentecostés (Hech 2).

La Tradición y los Santos Padres también manifiestan la fe en la mediación de la Santísima Virgen, sobre todo en cuanto Madre de Jesucristo y en cuanto que contribuyó de un modo efectivo, junto a su Hijo, en nuestra salvación.

  • Desde el inicio del cristianismo se predica el paralelismo del binomio Adán-Eva (como causa de nuestra perdición) y Cristo-María (como causa de nuestra salvación).
  • Desde el siglo IV se llama a la Virgen como mediadora universal usando para ello diferentes fórmulas: “puente entre Dios y los hombres”, “mediadora nuestra”, “mediadora ante el Mediador”.
  • Pío IX en la bula definitoria de la Inmaculada Concepción de Maria (a. 1854) utiliza este título y se lo aplica a María.
  • León XIII también lo hace en sus encíclicas “Iucunda Semper”, “Adoratricem Populi”, “Divinum Illud Munus” y “Fidentem Piumque”.
  • San Pío X en su encíclica “Ad Diem Illum”.
  • Benedicto XV instituyó la fiesta de la Mediación universal de la Virgen Santísima para toda la Iglesia.
  • Y papas posteriores como Pío XI y Pío XII utilizaron comúnmente este apelativo al hablar de la función de la Virgen María.
  • El Concilio Vaticano II, como consecuencia de una fuerte polémica entre los mariólogos sobre la “conveniencia” o no de usar este título mariano y también el de “corredentora”, así como la oportunidad de elevar esta verdad a la categoría de dogma, no quiso entrar directamente en la polémica. El motivo principal que se aducía era el de que “ecuménicamente” no era lo más acertado. Al final la doctrina mariana quedó reducida a un capítulo de la constitución Lumen Gentium, evitando directamente usar los títulos antes referidos, y reduciendo el papel de María a una intervención genérica en la Historia de la Salvación (¡qué poca vergüenza!).

La mediación de la Virgen María tiene un doble momento, cooperando en la obra de su Hijo y ayudando en la distribución de la gracia conseguida por Él para todos los hombres.

María cooperó directamente a través de su “fiat” en la adquisición de la misma gracia que luego distribuiría. Dios quiso que la Redención se realizara por los méritos y satisfacción de su Hijo como agente principal, necesario y suficiente; pero también por los méritos y satisfacción de la Virgen, como agente secundario, insuficiente por sí mismo e hipotéticamente necesario.

La Virgen, aunque subordinada a Cristo, es distribuidora de las gracias obtenidas por su Hijo. Esta función de María como medianera de la gracia se sustenta en cuatro razones: su maternidad divina, su cooperación a la obra de la Redención, su maternidad espiritual sobre todos los hijos de Dios y por su plenitud de santidad, efecto de su maternidad divina, ya consumada en la gloria con su Asunción a los cielos.

Padre Lucas Prados

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[1] Cfr. S. Cirilo de Alejandría, In Ioann, 6, (P. G., 73), 1045; San Juan Crisóstomo, Hom. in Epist. I ad Timoth., 7, 2 (P. G., 62, 536-537); S. Epifanio, Ancoratus, 44 (P. G., 43, 97).

[2] San Agustín, Enarrationes in Psalmis, 29, 1, en P. L., 36, 216.

[3] Pio XII, Encíclica Mediator Dei sobre la Sagrada Liturgia, números 1-4.

[4] Santo Tomás de Aquino, Super Sententiis, lib. 3, d. 19, q. 1, a. 5, q. 2.

[5] Santo Tomás, Summa Theologica, IIIa, q. 26, a. 1, ad 2.

[6] Estudiado más ampliamente en este mismo artículo más adelante.

[7] Lumen Gentium, 49.

[8] Santo Tomás, Summa Theologica, IIIa, q. 26, a. 1, ad 1.

[9] Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus, n.13.




Padre Lucas Prados
Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]

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