1. Introducción

De la Gloria del Olivo, traducido del latín De Gloria Olivæ, es el lema que la lista de Papas de la llamada Profecía de San Malaquías atribuye a Benedicto XVI.[1]

Advierto de antemano que no voy a insistir en lo ya dicho en mi ensayo sobre Pedro Romano. Es bien sabido que es ésta una profecía de carácter privado (aunque reconocida como seria), y de ahí que no goce de sanción oficial alguna. Por otra parte, tampoco ha sido nunca aprobada ni rechazada por la Iglesia. Por lo que existen razones para que cualquiera se sienta libre de aceptarla o rechazarla. Tampoco pienso repetirme en lo ya dicho de que nos encontramos dentro del ámbito de las hipótesis, por lo que resulta innecesario insistir en que no pretendo establecer demostración alguna. Con lo que queda abierto el campo a las variadas y diversas opiniones u objeciones que los lectores puedan ofrecer, dentro del acostumbrado y mutuo respeto que siempre suele guardarse entre personas serias.

Bien entendido que lo dicho en cuanto a que nos encontramos en el terreno de las hipótesis se refiere solamente a la interpretación del lema De la Gloria del Olivo con respecto a la persona de Benedicto XVI, así como al entorno de su Pontificado.

Pero de ningún modo en cuanto al juicio sobre el pensamiento del Cardenal J. Ratzinger y las consecuencias de su Pontificado una vez convertido en Papa Benedicto XVI.[2] Las reflexiones aquí expuestas son fruto de un estudio serio y prolongado del tema, en la medida en que ha sido posible a alguien que actúa movido por la buena fe y el amor a la verdad. Con todo, sólo pretenden mover a reflexión a las personas de buena voluntad y carentes de prejuicios, a fin de que las consideren si lo juzgan oportuno con el fin de establecer sus propias conclusiones. Y contando siempre, por supuesto, con la falibilidad de los juicios humanos y el amor a la verdad por parte de unos y de otros.

Dicho esto, aún conviene añadir que el tema a tratar es tan delicado como para esperar de antemano que su enfoque será rechazado por la mayoría de los lectores. Muchos de los cuales, movidos a escándalo, se apresurarán a arrojarme a los leones. Todo ello debido a que lo que significa la persona de J. Ratzinger–Benedicto XVI, unida al conjunto de su Pontificado, es un tema casi enteramente desconocido por la inmensa mayoría de los católicos.

Es bien conocida la aureola de bondad, sabiduría y excelencia que se fue creando en torno a su persona después de su renuncia al Papado. Sin embargo, aun sin negar para nada la veracidad de las cualidades que se le atribuyen, estoy convencido de que mucho ha contribuido a la creación de la aureola la Propaganda del Sistema, bien conocedora por cierto de la naturaleza humana. A medida que transcurría el Pontificado de su sucesor, el actual Papa reinante Francisco, y conforme aumentaba el descontento del sector de católicos llamados tradicionalistas, así como el estupor de la inmensa mayoría restante incluidos a la vez progresistas y neocatólicos, la comparación entre uno y otro se imponía.

El Papa Francisco, que aparecía como Papa malo para unos y como Papa desconcertante para otros,[3] fue dando lugar en una gran masa de católicos a un sentimiento de añoranza con respecto al Papa dimitido. Ante lo reconocido para algunos como alguien encuadrado dentro de la categoría de Papa rechazable, pronto fue apareciendo otro contrapuesto como incluido en la de menos mala para pasar enseguida a la de buena e incluso pronto a la de muy buena. La psicología de masas actúa así, por más que lo haga de un modo inconsciente.

El hedonismo reinante en la sociedad occidental, junto al absoluto rechazo de todos los valores cristianos que ha desembocado en una general apostasía, ha conducido a la gran masa de católicos a pactar una opción —más o menos consciente— con la mentira y adoptar una actitud contraria a todo lo que suponga lo que ordinariamente se llama complicarse la vida. Así se ha dado lugar a que el mayor número de católicos haya pasado, sin plantearse problemas, a formar parte de una Nueva Iglesia regida por los principios de la teología progresista. La insignificante circunstancia de que tal Iglesia sea o no la fundada por Jesucristo les importa un bledo, si queremos hablar in roman paladino. Por otra parte, la actitud de no complicarse la vida conlleva necesariamente la pérdida de memoria, que es otra circunstancia que induce a que nadie recuerde para nada el desastre que supuso para la Iglesia el Pontificado del Papa Benedicto XVI. Un Pontificado que no fue sino la culminación del empezado por Juan XXIII, que fue luego continuado y amplificado en sus efectos por el de Pablo VI, superado después por el de Juan Pablo II, para ser por fin apuntillado por el Papa Francisco, según dicen los tradicionalistas al mismo tiempo que aseguran que están amparados por la contundencia de los hechos.

El comentario que voy a exponer sobre el lema de La Gloria del Olivo en cuanto a que corresponde al Papa Benedicto XVI, tiene su principal fundamento en el huracán destructor que arrasó a la Iglesia durante y a causa de su Pontificado (anunciado ya por los fuertes vientos que comenzaron a soplar desde Juan XXIII). Una situación que a su vez vino a significarse como la Víspera de la Gran Desolación ocurrida y consumada después bajo Pedro Romano, último de los Papas según la Profecía de San Malaquías. Y dado que afirmación tan seria no puede aparecer como fruto de ocurrencias arbitrarias subjetivas y sin fundamento, por supuesto que va a requerir la aportación de una diversidad de argumentos que traten de justificarla. Aunque teniendo en cuenta, de todas formas, la necesidad de atenerse a la obligación de resumir y compendiar, puesto que intentar otra cosa supondría un grueso volumen cuya elaboración no es el objeto de este trabajo.

Tal intento, dentro de la introducción al presente Ensayo, supone dos partes de las cuales es la segunda la más importante.

La primera de ellas, que como ya hemos dicho no es la decisiva, se refiere a los hechos que definieron el Pontificado de Benedicto XVI. No los vamos a referir sino de manera sucinta, puesto que son bien conocidos a pesar de que, como ya dijimos arriba, hayan sido olvidados por el común de los católicos.

En justicia no debe dejar de mencionarse, en plan de sincero agradecimiento en este caso, la promulgación de su Motu Proprio Summorum Pontificum (año 2007), por el que reglamentaba y restituía la Liturgia Romana que había estado en vigor hasta el año 1962, declarando la licitud de la Misa Tradicional que Pablo VI había declarado (falsamente) como que hubiera sido abrogada. Desgraciadamente el Motu Proprio apenas si tuvo consecuencias prácticas, por la resistencia de los Obispos y la debilidad del Papa para imponerlo. En general una característica muy propia de su Pontificado, que la mayoría, precisamente por eso, consideraron frustrado por la falta de decisiones positivas.

En cuanto a los hechos y sucesos desafortunados de su Pontificado, nos limitaremos a mencionar, casi como de paso, la continuación por su parte de la infausta política de Juan Pablo II sobre los llamados Encuentros de Asís, y que bajo el pretexto de ecumenismo (a todas luces falso), tanto daño y desolación ha ocasionado a la Iglesia. Desde el momento de difundirse la doctrina según la cual todas las religiones son válidas, y útiles igualmente como instrumento de salvación, la identidad única y necesidad de la Santa, Católica, Apostólica y Romana pasó a ser un cuento de hadas para el común de los católicos. Decir otra cosa es faltar a la verdad.

No vamos a pararnos en cuestiones como el desgraciado asunto de la gestión de las finanzas vaticanas que tuvo lugar bajo su Pontificado, los escándalos suscitados a propósito del fundador de los Legionarios de Cristo, las filtraciones de documentos de la diplomacia romana y tantas otras que, si bien no se le pueden imputar personalmente y de manera directa, no se puede decir lo mismo acerca de muchas de sus estridentes declaraciones entre las cuales, como botón de muestra, no vamos a recordar aquí sino la referente a la licitud del uso de los preservativos en determinadas circunstancias.[4]

Pero todo eso, lejos de ser lo más importante, no es sino lo que el pueblo llano calificaría como peccata minuta. Pues la verdadera influencia de la persona del Papa Benedicto XVI radica en su pensamiento. Sus teorías inmanentistas e historicistas sobre la Tradición Viviente y la Hermenéutica de la Continuidad, y más que nada sus doctrinas sobre la Evolución de los Dogmas (nada de fórmulas fijas, puesto que toda verdad depende de las circunstancias del momento histórico y de la reflexión del hombre sobre el dato revelado), difuminaron una Doctrina que hasta entonces había sido considerada como revelada, fija, inmutable, y fundamento de todo el basamento sobre el que se levanta la Roca que es la Iglesia. Ahora el Edificio ya podía tambalearse, como de hecho sucedió. Hablaremos de todo eso en capítulos posteriores.

Como es lógico, y según tantas veces hemos repetido, todo esto pasa desapercibido para el común del Pueblo cristiano. Como tampoco se dan cuenta quienes añoran al Papa dimitido y rechazan al Papa reinante, que en realidad no existe absolutamente ninguna diferencia ideológica entre uno y otro:

Diarquía o no, lo cierto es que no hay argumentos para subrayar en exceso la discontinuidad entre ambos pontificados. Es cierto que las formas, a las que volveremos a aludir, marcan una gran distancia entre el que fuera profesor universitario alemán y el jesuita porteño. Pero tampoco cabe olvidar las líneas maestras de la actuación de Bergoglio al frente del episcopado de Buenos Aires al que fue elevado por Juan Pablo II en 1992 (y al cardenalato en 2001), descritas magistralmente en artículos y libros como los de Antonio Caponneto. Que el perfil doctrinal del entonces cardenal Bergoglio era, en muchos aspectos, muy semejante al de Joseph Ratzinger lo afirmaba Giorgo Bernardelli en Febrero de 2013; es decir, antes de que Bergoglio se convirtiera en Francisco. No es necesario, pues, recurrir a las fantasías y a las conspiranoias para detectar que, por debajo de las enormes diferencias de origen, carácter y formación, entre Ratzinger y Bergoglio, late una profunda continuidad en la “operación sucesión” llevada a cabo entre Febrero y Marzo de 2013.[5]

Y por si a alguien le quedaba alguna duda, podemos valernos de un hecho significativo, entre los muchos a elegir y escogido entre los más recientes:

En el inquietante discurso que pronunció en la ceremonia de erección de los nuevos cardenales (14, Febrero, 2015), el Papa Francisco, manejando una original interpretación de los textos evangélicos, delimitó claramente las dos facciones distintas que las decisiones que el Sínodo de la Familia del próximo Octubre 2015 previsiblemente van a provocar en la Iglesia. Del discurso parece desprenderse que el Papa Francisco, incluso conociendo el peligro de la situación según algunos deducen de sus palabras, está decidido a establecer una nueva doctrina que nada tiene que ver con la Ley divina ni con la Tradición. Por lo que, a no ser que Dios intervenga, la posibilidad de un cisma se vislumbra en el horizonte. Por más que la cristiandad, una vez más y como siempre, ni siquiera parezca haberse enterado.

El llamado Papa Emérito Benedicto XVI estuvo presente en la ceremonia y escuchó el discurso. Pero nadie fue capaz de percibir en su persona, ni en ese momento ni tampoco después, el menor gesto de disconformidad o la más mínima palabra de recusación. De manera que hechos están ahí, como para hacer pensar a cualquiera.

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 2. Pensamiento de J. Ratzinger–Benedicto XVI

Por más que pese a sus entusiastas, cuyo conocimiento de la realidad de los hechos suele ser más bien escaso, el Pontificado de Benedicto XVI agravó la crisis que sufría la Iglesia, que ya había comenzado desde el Concilio y que luego alcanzó su culminación con el del Papa Francisco.[6] El común de los fieles suele leer muy poco y no anda muy avezado en la búsqueda de la verdad, por lo que desconoce el pensamiento de los que realmente hicieron el Concilio (y de todo el conjunto de sus padres en la fe, los filósofos idealistas alemanes). Tampoco es muy profundo su conocimiento acerca de la influencia que el pensamiento filosófico ejerce en la vida de la sociedad (en realidad es lo que la determina), por lo que no tiene constancia del papel decisivo que el pensamiento idealista–inmanentista de J. Ratzinger ha desempeñado como concausante de los presentes problemas que sufre la Iglesia. Nadie es más atrevido que quien ignora, y el Sistema lo sabe bien, como buen experto que es en el arte de manejar la mentira y de conducir a las masas.

Lo que no impide que existan bastantes puntos que anotar en favor de Benedicto XVI. Fue él quien liberó la Misa Tradicional, después de cuarenta años de haber permanecido ilícitamente prohibida (Pablo VI declaró falsamente que había sido abrogada). Levantó las dudosas excomuniones que habían sido lanzadas contra los cuatro Obispos de la Sociedad de San Pío X. Y ordenó hacer las pertinentes correcciones de los errores contenidos en las traducciones vernáculas de la Misa del Novus Ordo.[7] Después de su renuncia hizo algunas declaraciones en contra del intento de administrar la Sagrada Comunión a los divorciados y vueltos a casar (adúlteros). Son muchos los que ponderan sus esfuerzos por poner a tono el Concilio y presentarlo como en continuidad con la Tradición, tarea para la cual elaboró su teoría de la hermenéutica de la continuidad que luego rectificó y completó con la de la continuidad en la reforma.

Si bien, desgraciadamente, este último punto está en flagrante contradicción con todos sus escritos anteriores (nunca rectificados) y con la continuidad de sus actuaciones. Una cuestión muy discutida acerca de la cual hablaremos después. Algo parecido habría que decir acerca de algunos intentos suyos en los que parecía rectificar ciertos puntos fundamentales de su doctrina referentes a la Redención y la Pasión de Jesucristo. Tampoco parece nada claro que su pensamiento haya cambiado acerca de esta cuestión a la que ahora mismo vamos a dedicar alguna consideración.

Según Bernard T. de Mallerais, la ofrenda de las penas de cada día, recomendada por él en su Spe Salvi (n. 47), es vista por el autor más como una compasión que como una expiación propiamente dicha, la cual incluso estaría marcada por un aspecto malsano:

La idea de poder ofrecer los pequeños sufrimientos diarios atribuyéndoles un sentido, fue una forma de devoción que, si bien hoy día ya se practica menos, ha estado vigente hasta hace no demasiado tiempo. En esta devoción existían cosas exageradas y quizá hasta incluso perjudiciales; aunque vale la pena preguntarse si algo de esencial que pudiera servir de ayuda no podría estar contenido en ellas de alguna manera. ¿Qué quiere decir “ofrecer”? Estas personas estaban convencidas de poder insertar en la gran compasión de Cristo sus pequeños dolores, los cuales entraban así a formar parte del tesoro de compasión del que el género humano tiene necesidad… y de contribuir a la economía del bien y del amor entre los hombres. Quizá podríamos preguntarnos si tal cosa no podría convertirse en una perspectiva razonable también para nosotros.[8]

Pobre justificación —si es que se trata de una justificación— al auténtico pensamiento de Ratzinger sobre el Sacrificio Expiatorio de Cristo. Según el futuro Benedicto XVI (que no consta que se haya retractado de sus escritos), a partir de San Anselmo (1033–1119) la piedad cristiana ha visto en la cruz un sacrificio expiatorio. Pero se trata de una piedad dolorista. Por otra parte —sigue diciendo Ratzinger— el Nuevo Testamento no dice que el hombre se reconcilia con Dios, sino que es Dios quien se reconcilia con el hombre (2 Cor 5:18; Col 1:22) ofreciéndole su amor. Que Dios exija de su Hijo un sacrificio humano es una crueldad que no está conforme con el mensaje de amor del Nuevo Testamento.[9]

Por si quedaba alguna duda, añadamos otro texto del pensamiento de Ratzinger:

Ciertos textos de religión parecen sugerir que la fe cristiana en la cruz representa a un Dios cuya justicia inexorable ha reclamado un sacrificio humano, cual es el de su propio hijo. Ante lo que no cabe sino apartarse con horror de una justicia cuya sombría cólera resta toda credibilidad al mensaje del amor.[10]

Pero esto no es sino un botón de muestra. Habría que hacer un recuento de la obra ratzingeriana a través de toda su re–interpretación (disolución) de las partes fundamentales de la teología católica. Gracias a cuya labor, ayudada a su vez por la de colaboradores próximos como Karl Rahner y Henry De Lubac, la Doctrina Católica ha sido absorbida y fagocitada por la teología progresista modernista, que es la que está sirviendo de fundamento a la Nueva Iglesia.

J. Ratzinger es un pensador que depende por completo de los filósofos idealistas alemanes. Estudioso y entusiasta, desde sus años de Seminario del agnosticismo de Kant (considerado el padre del modernismo), sufrió luego la influencia del idealismo de Husserl, del existencialismo de Heidegger, y de otros pensadores como Max Scheler (teoría de los valores, personalismo cristiano), Buber, etc. Aunque quizá habría que poner en primer lugar, dentro del terreno de las influencias, al historicismo de Dilthey, que ejerció un influjo capital en su pensamiento.

Por supuesto que llevar a cabo una relación, siquiera resumida, de la totalidad de su obra, supondría un extensísimo estudio que rebasaría con mucho los fines y el objeto de este trabajo. Habremos de limitarnos, por lo tanto, a la exposición de los dos puntos principales en la obra de J.Ratzinger–Benedicto XVI que han sido decisivos en la creación de la Nueva Iglesia: su colaboración e influjo en los Documentos del Concilio Vaticano II y sus tesis historicistas. Estas últimas determinantes, a su vez, de sus doctrinas sobre la evolución de los dogmas y su re-interpretación de las dos Fuentes de la Revelación, a saber: la relectura de la Biblia (dependiente de la circunstancia histórica y del sentimiento del hombre que interpreta), y la Tradición Viviente (que ya no es una Tradición fija y ultimada, sino evolutiva y que se desarrolla según el momento histórico y los sentimientos del hombre actual). Acerca de lo cual podemos adelantar que el resultado no ha sido otro sino el de la desaparición de las dos Fuentes de la Revelación del horizonte de la Teología y de la Pastoral de la Iglesia.

No vamos a hablar aquí de su decisiva participación en la elaboración de los Documentos conciliares, hecho bien conocido por todos los historiadores y confesado repetidas veces por el mismo Ratzinger. Ni de los resultados y consecuencias del Concilio como un todo, que es un problema que se ha convertido en una de las cuestiones más debatidas de la era postconciliar: catástrofe para la Iglesia, según los tradicionalistas, y primavera eclesial para progresistas y neocatólicos. Un debate que no deja de ser un misterio por su falta de sentido, en cuanto que los hechos están ahí, duros como el sepulcro (Ca 8:6) y claros como la luz del sol. El mismo Ratzinger–Benedicto XVI ha reconocido varias veces la catástrofe postconciliar, si bien él la ha achacado siempre a una mala interpretación del Concilio, dando origen así a su teoría de la hermenéutica de la continuidad, hoy prácticamente abandonada.[11]

En un artículo escrito ante la apertura de la Cuarta Sesión del Concilio, con respecto a la redacción del Esquema XIII, que luego se convertiría en la Gaudium et Spes, decía Ratzinger:

Las formulaciones de la ética cristiana, por lo que atañe al hombre real que vive en su tiempo, están revestidas necesariamente del espíritu de su tiempo. El problema general, que consiste en que la verdad no se puede formular sino históricamente, se plantea en ética con una acuidad particular. ¿Dónde se acaba el condicionante temporal y dónde comienza lo permanente, a fin de poder separar como se debe lo primero para dejar su espacio vital a lo segundo? He ahí una cuestión que no se puede dar por resuelta “a priori” sin equívocos: ninguna época puede decidir lo que es permanente si no es desde su propio punto de vista.[12]

En cuanto a su teoría sobre la Tradición Viviente, se concreta de una forma expresa en sus doctrinas sobre el Magisterio. En las que asegura que el Magisterio de siempre debe ser interpretado desde el Magisterio posterior o más reciente; cuando en realidad quiere decir dejado sin efecto, como de hecho lo afirma expresamente en varias ocasiones, dejando así en entredicho su famosa doctrina de la continuidad. Para Ratzinger, la Constitución Gaudium et Spes, es también un auténtico Anti–Syllabus. Y en cuanto a los errores condenados por Pío IX, que en realidad responden según él a circunstancias históricas del tiempo de ese Pontífice, han dejado de tener validez. Lo mismo podría decirse de las definiciones dogmáticas de Trento sobre la Eucaristía y la Misa, habida cuenta de que los conceptos tomistas en los que se fundan (como las categorías de sustancia y de accidente en los que se basan) ya no son reconocidos por la filosofía y el pensamiento modernos. La Filosofía–Teología de Santo Tomás responde adecuadamente a su época, aunque indudablemente ya no puede decirse lo mismo con respecto a la actual. Etc., etc.[13] Como cualquiera puede ver, según estas doctrinas, cualquier doctrina del tiempo pasado se puede invalidar desde el punto de vista del tiempo presente. Y dado que este razonamiento se puede repetir en cadena e indefinidamente, llegamos a concluir que solamente podemos sostener que jamás podremos estar seguros de nada.

Ya hemos dicho más arriba, puesto que aquí no se puede pretender resumir toda la obra de Ratzinger, que sólo íbamos a intentar exponer algunas de las ideas más fundamentales de su pensamiento, o las meramente necesarias para entender la interpretación del lema de la profecía de San Malaquías De la Gloria del Olivo. Son aquéllas que más han contribuido a una situación de la Iglesia de la que él, efectivamente, no ha sido el causante de su comienzo. Pero que han conseguido llevar la Barca de Pedro hasta un momento que puede ser considerado como el preludio del punto culminante alcanzado durante el reinado del Papa Francisco.[14]

Solamente nos resta decir algo, como observación importante y a título de mera nota adicional, acerca del inquietante problema de la renuncia de Benedicto XVI.

Mucho se ha escrito, y mucho se seguirá escribiendo, sobre este importante tema, tan envuelto en el misterio y del que únicamente se sabe con certeza que fue una renuncia voluntaria motivada solamente por motivos personales, según afirmaciones expresas y escritas del mismo Pontífice.

Las cuales no han conseguido, sin embargo, eliminar la incertidumbre sobre una renuncia que está siendo lamentada todavía por muchos. Y de la que es necesario admitir que las circunstancias que la rodean no han contribuido precisamente a disipar las dudas de casi nadie.

¿Fue voluntaria y libre tal renuncia…? En realidad todo parece indicar que sí. Lo cual, aun admitido prácticamente por casi todos, no impide desvanecer un resto de atmósfera que envuelve el caso en un cierto misterio. Y como es lógico, puestos a opinar, sólo queda el camino de la formulación de hipótesis y la posibilidad de que cada cual elija la más razonable según su parecer.

En cuanto a la mía propia, acerca de la cual carezco de prueba alguna como ya puede suponerse, gira alrededor de que la renuncia le fue impuesta a Benedicto XVI.

Aunque también es necesario añadir que estoy convencido de fue aceptada por él voluntariamente, como parece desprenderse con claridad de sus palabras y de su conducta posterior. Lo cual elimina toda posibilidad de hablar de una renuncia nula, dado que su consentimiento la hace absolutamente válida.

Cabe preguntar, sin embargo, en el caso de que tal hipótesis fuera acertada, acerca de quién impuso al Papa tal renuncia hasta el punto de hacer que la aceptara…

Con lo cual sólo aumentaremos el número de cuestiones que llenan el arcón de las que seguramente quedarán para siempre sin resolver. Sin embargo, si alguien fuera capaz de responder a ésta pregunta, es probable que hubiera llegado a saber quién está contribuyendo hoy realmente a conducir el rumbo de la Nave de San Pedro.

Aunque podemos estar bien seguros de que la pregunta va a quedar sin respuesta, quizá durante mucho tiempo. Y además, como el mayor y mejor guardado secreto de la Iglesia postconciliar.

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3. De la Gloria del Olivo

Antes de comenzar el comentario al lema De la Gloria del Olivo, contenido en la Profecía de San Malaquías y referido al Papa Benedicto XVI según la enumeración allí contenida,, conviene tener en cuenta que el lenguaje profético no se ha hecho para que lo entienda todo el mundo. Incluso puede suceder, cosa que parece normal dentro de lo que significa el carisma de profecía, que haya sido formulado para ser entendido por muy pocos o incluso por nadie, a pesar de que está ahí y bien patente a veces: A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios; pero a los demás, sólo a través de parábolas, de modo que viendo no vean y oyendo no entiendan.[15] Las profecías de Jesucristo acerca del fin del mundo son claras y enteramente inteligibles, y las señales de las que en ellas se habla tienen poco de misterioso y sí mucho de clamorosas y de patéticas: a pesar de lo cual no serán reconocidas prácticamente por nadie. Pero incluso esto último también está anunciado que sucederá así.

A veces Jesucristo habla proféticamente con la expresa intención de que lo entienda quien pueda. Algo así como si se dijera, quien pueda cogerlo, que lo coja. De tal manera que se sobreentiende que puede haber alguien que comprenda su significado, aunque es posible también que nadie alcance a entenderlo: Cuando veáis la abominación de la desolación, que predijo el profeta Daniel, erigida en el lugar santo —quien lea, entienda—…[16] La profecía está ahí, si acaso alguien logra comprenderla, si bien se da la circunstancia de que, al menos hasta ahora, nadie ha conseguido saber a ciencia cierta acerca de lo que consiste la abominación de la desolación sentándose en el lugar santo. Y sin embargo ha sido pronunciada para que los discípulos conozcan que, cuando se produzca tal circunstancia, es que ha llegado el momento del Final de la Historia de la Humanidad.

Vistas así las cosas, parece razonable pensar que el profeta no habla por hablar. Como si lo hiciera a sabiendas de que su anuncio carecería de utilidad en cuanto que no iba a ser entendido por nadie. Pero tratándose de cosas serias, como efectivamente es el caso, no es admisible tal consideración y menos todavía cuando se refieren al mismo Jesucristo. Por eso es de suponer que está en la mente del profeta que sus palabras siempre serán entendidas por algunos, los cuales es posible que no pasen de ser una ínfima minoría —tal vez los elegidos, o una parte de los elegidos—. Quienes, a su vez, tampoco seguramente serán creídos por nadie.

La Profecía de San Malaquías —no debe olvidarse su carácter de revelación privada— posee todas las apariencias de pertenecer a este último género. Todo parece indicar que los lemas que hablan de la persona y la obra de cada uno de los Papas, o de los acontecimientos de su entorno y de su época, están ahí, a fin de proporcionar una clave para quien logre desentrañar su significado.

Aquí no nos pronunciamos a su favor ni tampoco los rechazamos, por más que no dejamos de reconocer su carácter inquietante y misterioso. Es una realidad que en no pocos de ellos, después de haber sido examinados minuciosamente, se ha logrado efectivamente establecer una clara concordancia entre el lema y su personaje correspondiente.

Una vez aclarada la cuestión vamos a estudiar el correspondiente al Papa Benedicto XVI. Cuyo lema reza precisamente así: De Gloria Olivæ, en lengua latina. De la Gloria del Olivo, en lengua vulgar.

Para formular inmediatamente la pregunta obligada: ¿Es razonable creer que el lema contiene algún significado, más o menos claro, cuyo sentido parezca convenir al Pontificado de Benedicto XVI?

Por nuestra parte, nos sentimos inclinados a pensar que la respuesta es afirmativa. Existe una serie de circunstancias históricas que parecen convenir al lema profético aplicado al reinado de Benedicto XVI.

Intentaremos examinarlo más detenidamente, aun dentro de la brevedad.

¿Es posible hallar alguna relación entre el Papa Benedicto XVI —o entre su Pontificado y momento histórico— y el lema De la Gloria del Olivo que le atribuye la Profecía?

Y la respuesta, como cualquiera puede comprender, no parece fácil. Y hasta no faltará quien se sienta impulsado a pensar que, en realidad, no existe ninguna.

Ha de tenerse en cuenta, sin embargo, que el género profético, como se ha dicho arriba, es por naturaleza ambiguo y arcano. Por lo que una respuesta afirmativa —caso de que exista alguna— no puede ser considerada como absolutamente segura. E incluso aunque alguien creyera efectivamente haberla encontrado, nunca podría pretender imponerla con carácter definitivo.

Es importante notar también que toda profecía, de ser auténtica, pertenece por naturaleza al orden de lo sobrenatural. Por lo que sería vano intentar desentrañarla mediante medios puramente naturales. Lo que no obsta para que algunos de ellos, como pueden ser el estudio y la investigación histórica realizados con seriedad, no solamente pueden ser considerados útiles para nuestro caso, sino incluso necesarios. Pero nunca enteramente suficientes. Y ni siquiera, por las razones anteriormente dichas, como los más importantes para el estudio que aquí se pretende llevar a cabo.

Además de lo cual, dado el orden sobrenatural en el que aquí nos movemos, también hace falta la oración.

Cosa esta última que restringe todavía más, no tanto el campo y las posibilidades de esta investigación, sino sus posibles resultados. Puesto que no todo el mundo practica la oración, ni tampoco es muy general la fe en su efectividad.

Y dado que esta Profecía —vamos a partir de la hipótesis de considerarla como tal— se refiere indirectamente a Jesucristo, y ya más directamente al outpost, o puesto avanzado de su Reino en la Tierra —la Iglesia—, parece lo más adecuado y lógico acudir a los Evangelios, con la esperanza de encontrar en ellos alguna clave que proporcione pistas a nuestra investigación.

Pero si se examina el lema con detenimiento, se observa en él la presencia de dos sustantivos. Que además, por estar incluidos en la misma frase, es evidente que debe existir una relación entre ambos.

Uno de ellos—Olivo—, parece realizar la función principal en la declaración (pues es a él es donde primeramente se dirige la atención); mientras que el segundo —Gloria—, realiza más bien un papel de calificación con respecto al primero. En definitiva, algo así como si el lema viniera a decir: el Olivo que resplandece en su Gloria.

Pero el único lugar donde se hace mención del Olivo en los Evangelios se refiere al transcendental episodio de la Agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos (Mt 26; Mc 14; Lc 22). Algunos hablan del Huerto o Jardín de Getsemaní, ubicado en la base del Monte de los Olivos. De todas formas no cabe duda de que el histórico acontecimiento al que nos referimos, decisivo para la Historia de toda la Humanidad, tuvo lugar en el Monte de los Olivos.

Los sucesos que allí se desarrollaron, a continuación de la Celebración de la Última Cena con los Discípulos y en la Noche de la víspera de la Pasión, son bien conocidos aunque nunca suficientemente profundizados. Intentaremos esbozar un resumen de los hechos para luego tratar de extraer consecuencias.

El Huerto de los Olivos representa el cenit, o punto culminante, del fracaso humano de Jesucristo. El lugar en el que, concentradas sobre su Persona las incontables miserias de toda la Humanidad, sufrió un paroxismo imposible de ser captado por el entendimiento humano, capaz de conducirle a tan profunda angustia como para provocar en Él un espontáneo derramamiento de sangre a través de los poros de su Cuerpo. Como lo atestiguan claramente los Evangelios.

El lugar que presenció tales angustias y sufrimientos, imposibles de ser descritos por el lenguaje de los hombres ni comprendidos por su entendimiento, es el mismo que presenció el —¿aparente?— triunfo definitivo del Mal sobre Dios. La escena inicial del filme de Mel Gibson La Pasión de Cristo lo refleja con aceptable seriedad, dentro de lo posible. Aquella histórica Noche, los Olivos del Huerto fueron testigos de lo que parecía señalar la Victoria Final de Satanás sobre el Hijo de Dios hecho Hombre. En este sentido, hablar de la Gloria del Olivo, no puede ser tomado de otra manera que respetuosamente seria.

¿El Triunfo Supremo del Mal frente al Bien y sobre el Plan Amoroso de Dios sobre los hombres? ¿La victoria de la Incredulidad ante la Fe? Al menos en aquella Noche, todo hubiera parecido indicar que sí. Por eso, lo que vamos a decir a continuación acerca del contorno histórico de un Pontificado, no va a resultar agradable para muchos y sí inquietante para todos.

Con respecto a los tremendos acontecimientos que tuvieron lugar en la Noche del Huerto de los Olivos, habíamos insinuado aunque sin darlo como seguro, que el Triunfo de Satanás sobre Jesucristo en aquellos cruciales momentos fue meramente aparente. Pero se trataba simplemente de un recurso literario con objeto de introducir el tema, puesto que, en realidad, la Victoria del Gran Enemigo sobre el Hijo de Dios hecho Hombre fue entonces absolutamente real.

Es cierto, sin embargo, que fue un Triunfo transitorio, por más que Satanás, envuelto en las redes de su propia Mentira, estaba convencido de que había sido definitivo. No descubrió su error —decisivo e incalificable error— hasta el momento en que Jesús exhaló en la Cruz su último aliento. Fue ahí donde, al fin y cuando ya no había remedio, Satanás se dio cuenta de la insondable profundidad de su equivocación (1 Cor 2:8). Resulta curioso comprobar que los mentirosos acaban siempre creyendo sus propias mentiras, según una regla que habría de cumplirse en grado sumo en el Padre de todas ellas; y de ahí que él mismo acabara siendo, a su vez, el Padre de todos los Engañados (Jn 8:44).

Pero el Triunfo del Gran Enemigo sobre Jesucristo en aquella terrible Noche no tuvo nada de aparente. Todo lo contrario, puesto que fue enteramente real. Una Victoria que ya había tenido su origen en tiempos demasiado remotos cuando, disfrazado de Serpiente, el Enemigo de Dios y del hombre consiguió engañar a los Primeros Padres de la Humanidad. Aunque ahora, por fin, después de milenios, lograba su consumación. La Noche del Huerto de los Olivos fue, por lo tanto, el momento de la Gloria de Satanás —la Gloria del Olivo, o la que tuvo lugar en el llamado Huerto de los Olivos— frente a lo que entonces se presentaba —y lo era— como el fracaso total de la Misión que había venido a realizar el Hijo del Hombre.

El horror de lo que supuso aquella Noche para Jesucristo jamás podrá ser comprendido en profundidad por los hombres. Porque, efectivamente, fue un horror saturado de realidad.

Como fue real la Angustia de Jesucristo: hasta la muerte, según sus propias palabras. Y lo mismo puede decirse del sudor de sangre; del abismo insondable de lo que hubieron de significar las Tentaciones a las que se vio sometido; de la Oscuridad indescriptible de la Noche de su Alma en la que Él —Inocente entre los inocentes— se vio cargado con las miserias y pecados de toda la Humanidad; de la congoja infinita de sentirse abandonado de su Padre, y hasta como calificado de culpable

En aquella terrible Noche, de haber sido la Gloria a la que se vio encumbrado Satanás solamente aparente…, los horrores que destrozaron el Alma de Jesucristo hubieran sido también meramente aparentes. Es imposible desconocer la relación de lo uno con lo otro.

Es tan cierta esta doctrina como que Jesucristo —verdadero Hombre al fin— hubiera estado dispuesto a rechazar tales angustias: Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz

En la vida de todo hombre, y con mayor razón si es cristiano, ocurren momentos de terrible oscuridad, en los que se siente abandonado y donde todo parece perdido —las Noches del Espíritu, de las que hablaban los místicos—. En tales situaciones, la intensidad de la Fe no puede disipar el sentimiento del abandono por parte de Dios, del oscurecimiento hasta el paroxismo de la misma idea de Dios, del convencimiento de la inutilidad de la propia existencia y de la falta de sentido de todas las cosas…, o dicho en pocas palabras: del fracaso total.

Jesucristo —verdadero Hombre también, no lo olvidemos— vivió en aquella Noche tales sentimientos hasta un grado cuyo conocimiento nos sobrepasa a los humanos. Resulta interesante señalar que el Pueblo Cristiano, y hasta la misma Doctrina, han sido siempre víctimas de la tendencia a insistir más en la Naturaleza Divina de Jesucristo que en su Naturaleza Humana. Aunque parezca increíble, parece más fácil creer en sus milagros que en sus sufrimientos. Y sin embargo, no es precisamente a través de tales prodigios y hechos espectaculares, sino del dolor y de la sangre, como Jesucristo va a parecerse a nosotros y a hacerse uno de nosotros. Como decía la Carta a los Hebreos, sin derramamiento de sangre no hay remisión.[17]

¿Y qué relación guarda todo esto con el lema De la Gloria del Olivo, aplicado por la profecía de San Malaquías al momento histórico del Pontificado de Benedicto XVI?

Para quien así quiera verlo, tal relación no es difícil de comprender: un absoluto paralelismo que sobrepasa los límites de lo inquietante para cualquiera que, poseyendo buena voluntad, sea capaz de entender.

Pues nunca la Iglesia, a lo largo de toda su Historia, había sufrido una crisis tan profunda y peligrosa como la sufrida hasta ese Pontificado (que habría de alcanzar su culminación final con el de Pedro Romano). Momento en el que —pese a todos los falsarios y engañadores de la Propaganda del Sistema— hasta podría parecer que está a punto de desaparecer.[18] Incluso la gran crisis arriana (siglo IV), en modo alguno tuvo nada que ver con la totalidad de la Fe; o en todo caso, a lo más, con ciertos aspectos que afectaban a la recta doctrina (dogma, herejía). No así la crisis actual, en la que ya no se trata de tales o cuales aspectos de la Fe, sino de la existencia y sentido de la misma Fe. En la terrible Noche a que se ha visto sometida, la Iglesia tendría razones para dudar de su propia subsistencia (son muchos, incluso dentro de Ella misma, los que ya la dan por desaparecida), puesto que está viviendo momentos de Angustia como jamás los había experimentado. Otra nueva Noche del Huerto de los Olivos que se está traduciendo en otra Noche de Gloria para Satanás.

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Dentro del terreno de la hipótesis en el que nos estamos moviendo, si damos por cierta la profecía de San Malaquías y tenemos en cuenta el lema De la Gloria del Olivo aplicado al Pontificado de Benedicto XVI… Si, por otra parte, aceptamos la realidad de los incalificables horrores padecidos por Jesucristo en la Noche del Huerto de los Olivos… Horrores que se tradujeron en ese momento en un auténtico triunfo de Satanás, contemplados por él con pretendida Gloria a través de los árboles del Huerto —la Noche de la Gloria del Diablo ante los Olivos de Getsemaní—…, la aplicación de aquellos sucesos, como algo paralelo al momento de crisis de la Iglesia que parece haber alcanzado su cenit en el Pontificado de Benedicto XVI (aunque haría definitivamente eclosión en el siguiente), parece enteramente plausible.

Jamás, a lo largo de toda su Historia, había sufrido la Iglesia una crisis tan grave como la actual. Tanto y de tan gran calibre, que bien se puede decir, sin exageración alguna y mal que pese a los neocatólicos y mentirosos, que parece muy capaz de hacerla desaparecer. Si bien, para los muchos católicos de buena voluntad que mantienen su fe y que sufren confundidos, siempre queda el consuelo de las palabras inconmovibles del Señor referidas a la Iglesia: Y las Puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.

Durante mucho tiempo, en la etapa que siguió inmediatamente a la terminación del Concilio Vaticano II, se estuvo proclamando a los cuatro vientos un momento triunfalista de la Iglesia a todas luces exagerado, cuando no falso: La famosa Primavera de la Iglesia, o el Nuevo Pentecostés, pregonado en todas partes por el Papa Juan Pablo II, etc., etc. Después, a lo largo de los años y cuando la debacle se hizo demasiado patente, se optó por el silencio. Pero siempre sin reconocer jamás que la crisis se había originado, sobre todo, a partir de las torcidas interpretaciones del Concilio llevadas a cabo por Grupos interesados. Tampoco se reconoció nunca que los mismos Documentos Conciliares ya habían sido previamente manipulados al efecto, con el fin de hacerlos susceptibles de variadas formas de ser entendidos. Acerca de las cuales, los Elementos de Presión —neomodernistas— se encargaron sabiamente de conducir las aguas a su propio molino. Sin que les fuera puesto coto alguno.

El silencio sobre la realidad de la crisis duró demasiados años. Tantos como la falta de remedios para atajarla. Se multiplicaron espantosamente las deserciones, se permitió que quedaran sumergidos en la duda sobre la Fe a infinidad de católicos, se degradó la Jerarquía, se desprestigió el sacerdocio, se fueron suprimiendo paulatinamente los sacramentos, se difuminó la fe en la Presencia Real Eucaristica a fin de ponerse al pairo con los protestantes, se cambió el Concepto de Iglesia y el de la Justificación, fue tomando carta de naturaleza el conciliarismo a costa de la Autoridad Papal, se manipularon y falsificaron las revelaciones de Fátima…, y un abundante etcécera.

Durante ese largo período se procuró entretener a los fieles católicos con multitud de actuaciones externas y abundancia de shows. Los cuales cumplían bien su objetivo de distraer la atención acerca de los verdaderos problemas y de hacer creer con el mucho bullicio que había algo, cuando en realidad no había nada de fondo. Se multiplicaron los viajes de la Jerarquía, los Encuentros multitudinarios de Juventud, las espectaculares y abundantes canonizaciones —casi todos los domingos—, el acercamiento campechano del Papa al Pueblo…, al tiempo que se prodigaban nombramientos importantes para el Gobierno de la Iglesia entre personas de fe muy dudosa y conducta menos clara todavía, etc., etc.

Mientras tanto el sufrido Pueblo Cristiano languidecía en su Fe…, e iba desertando. El esplendor de la Liturgia en la que antaño se tributaba culto a Dios iba siendo sustituido, paulatinamente pero sin pausa, por el bullicio de las guitarras y de la música rock, por los Festivales en los templos, por el barullo de los carismas que el Espíritu prodigaba por doquier, entre los carismáticos y los no carismáticos, pero soplando por todas partes puesto que todo el mundo poseía el Espíritu, hasta que la Iglesia vino a darse cuenta de que el culto a Dios había sido sustituido por el culto al hombre.

Mientras tanto las sectas protestantes, aprovechando la ocasión, iban haciendo su agosto en Hispanoamérica. Un continente en su totalidad católico pero que ahora, al cabo de tantos siglos, se estaba haciendo protestante.

Al final los hechos se impusieron y aparecieron como reales, dado que eran demasiado patentes. Fue el momento en que algunos Jerarcas de la Iglesia comenzaron a reconocer, aunque tímidamente y restando importancia a la cosa, la realidad de la crisis. La verdad, sin embargo, es que el conjunto de la Jerarquía permaneció y permanece mudo. ¿Fue el miedo, quizá la cobardía, tal vez la falta de fe ocasionada por una vida sin oración y sin ascética? Sólo Dios lo sabe… Pero el resultado, que no se puede decir que hubiera de alcanzar su punto culminante con el Papa Francisco, sino que ya era bien patente y álgido en el Pontificado de Benedicto XVI, estuvo y está bien a la vista, a pesar de los desmemoriados y de los que no quieren ver. Y no es precisamente el de La Rebelión de las Masas, que hubiera dicho Ortega, sino el de la Deserción de las Masas, ahora ya debidamente aborregadas, amordazadas, anestesiadas y drogadas por una venenosa propaganda que las ha conducido a perder la Fe.

Mientras tanto, el clero llano, en parroquias de ciudades, pueblos, aldeas y villorios siguió predicando. Hasta este momento de la Historia de la Iglesia se había predicado bien o mal —-más frecuentemente mal, como recordaba el P. Isla con su Fray Gerundio de Campazas—, pero ni al margen ni en contra de la Fe, sin que el Magisterio de la Iglesia dejara nunca de ser la norma segura.

Pero comienza en la Iglesia un momento nuevo en la Historia de la Pastoral de la Predicación. El cual ciertamente ya había hecho su aparición mucho antes del Pontificado al que se refiere el lema de la Gloria del Olivo —desde los tiempos del Concilio—, pero que ahora tampoco se puso ninguna traba para que el clero campara por sus respetos. Lo cual vino a significar que, o bien se predicara de puras tonterías o de temas que jamás interesaban a los fieles, o, lo que es peor, de auténticos disparates y doctrinas enteramente ajenas a la sana Doctrina. Todo ello consecuencia de que unos y otros, clero y laicos, anduvieran y siguen andando como ovejas sin pastor. El problema se agravaría aún más durante el Pontificado de Pedro Romano, en el que el elemento miedo haría su aparición amordazando a la mayor parte del mundo clerical, tanto Jerarquía como clero llano.

Claro que todo esto aún no alcanza al meollo de la crisis en la que está sumergida la Iglesia. La crisis es mucho más honda y horrible de lo que aparece a simple vista, y alcanza su momento de desolación durante el Pontificado de Benedicto XVI (que durante el de Pedro Romano ya no sería de desolación, sino de destrucción). Es el momento de la auténtica Gloria de Satanás, la cual tuvo su adelanto y comienzo en el Huerto de los Olivos.

Un estudio serio y en profundidad, referente a la intensidad y al hondo significado de los horrores padecidos por Jesucristo en la Noche del Huerto de los Olivos, es cosa que se echa en falta a lo largo de la Historia de la Espiritualidad Cristiana. Los antiguos Devocionarios, dedicados a la Pasión del Señor, solían comenzar sus consideraciones a partir del momento del Prendimiento y el comienzo de los interrogatorios. En la película La Pasión de Cristo (hoy olvidada y al parecer intencionadamente desaparecida), Mel Gibson pone en boca de la Virgen, que acompañada de las otras Santas Mujeres contemplaban cómo Jesucristo era conducido ante Caifás, las siguientes palabras: Ha comenzado, Señor. Que así sea

Pero la realidad, sin embargo, no fue exactamente así. Aunque es cierto que la Cristiandad se ha acostumbrado a ver los sucesos de la Noche del Huerto como un mero acontecimiento doloroso que marcaba el Prólogo a la Pasión del Señor. Lo que no tiene nada de extraño si se tiene en cuenta que el ser humano es más proclive a considerar los sufrimientos del cuerpo como más patentes y tangibles, e incluso más dolorosos, que los del alma. Pero la verdad, y más aún la de esta Historia, es muy distinta.

La verdadera eclosión de la Pasión del Señor, el momento de las angustias de muerte, además de los sentimientos del supremo fracaso de su Misión, de la horrible vergüenza de sentirse cargado con los pecados y miserias de toda la Humanidad, mas la sensación de encontrarse sumido en la más espantosa de las soledades…, todos ellos sufridos por el Hombre Jesucristo, ya habían tenido lugar en el Huerto de los Olivos. Lo que vino a continuación no fue sino el desarrollo ostensible y físico de lo que, contenido en potencia primero y en espantosa intensidad, ya se había producido en acto. Las torturas físicas padecidas por Jesucristo en las horas que siguieron (flagelación, coronación de espinas, los mismos tormentos de la crucifixión…), si bien se considera, no difieren en nada de los mismos padecimientos que después habrían de sufrir infinidad de mártires que dieron su vida por la Fe. Luego hemos de considerar que no se encontraba ahí el núcleo principal del Misterio del Sufrimiento agónico hasta la muerte padecido por el Señor.

Tal Agonía de Muerte, con la consiguiente sensación de Derrota y Fracaso, junto al sentimiento de culpabilidad ante su Padre, fueron soportados a su vez ante la misma faz de Satanás. El mismo que, con su horrible mueca de Victoria y satisfacción, miraba convencido de la realidad de su Triunfo (era el momento de su Gloria, de la que fueron testigos, en la oscuridad y el silencio de aquella espantosa Noche, los Olivos del Huerto). Todo lo cual hubo de suponer para Jesucristo una Afrenta de intensidad y dolor verdaderamente letales, imposibles de ser imaginados por ningún ser humano.

Su soledad fue total, a pesar de que había buscado inútilmente consuelo. Sus más íntimos le habían abandonado para entregarse al sueño: Ni siquiera habéis podido velar una hora conmigo….

Si admitimos la hipótesis con la que estamos trabajando —la Gloria del Olivo, aplicado como lema al Pontificado de Benedicto XVI—, tal cosa nos autorizaría a trasponer aquella situación a los momentos vividos ya entonces por la Iglesia (la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y Él su Cabeza). Con lo cual nos encontramos con una horrible e inquietante realidad: Jamás la Iglesia se había encontrado nunca más desprestigiada ante el Mundo, menos considerada y en mayor soledad. La influencia que durante tantos siglos tuvo ante el Mundo había desaparecido casi por completo. Y no solamente eso. Sino que su desprestigio alcanzó cotas que hasta mediados del siglo pasado nadie hubiera podido imaginar.

Por supuesto que estas afirmaciones provocarán el escándalo de muchos y el desmentido de no pocos. Lo que no es suficiente por sí solo para demostrar que no están fundadas en la realidad. La Palabra del Papa ya no significaba nada (aunque, según algunos, también es digno de tener en cuenta que, de forma casi continuada, todo parece indicar que el mismo Benedicto XVI parecía querer evitar los enfrentamientos y hacer frente a los verdaderos problemas). La verdad es que nunca su Persona había sido acusada, calumniada, despreciada y perseguida, del modo y manera como ocurrió durante su Pontificado. Hasta la Corte Suprema de los Estados Unidos se atrevió a acusar y condenar al Vaticano (un Estado independiente regido por un Pontífice religioso que es también Soberano en lo civil). Los teólogos más encumbrados, y hasta Arzobispos de prestigio y Cardenales, ya no encontraron inconveniente en enfrentarse al Papa y en criticarlo abiertamente, además de oponerse a sus decisiones (la Iglesia austriaca, por ejemplo, rechazó los nombramientos episcopales emanados del Santo Padre, sin que nadie pusiera objeción alguna a tal forma de conducta).Después, tal como hemos dicho, aparecería el miedo. Y con el miedo, el servilismo, que es el tributo que pagan los cobardes y aprovechados. La Iglesia Católica, otrora Maestra definidora del comportamiento y de las relaciones humanas en todo el Mundo, quedaba así reducida prácticamente a la condición de otra ONG más.

En la Noche del Huerto, Jesucristo se sintió ante su Padre como enteramente fracasado. Y lo mismo ante la faz de Satanás, quien se vio a sí mismo convencido de la totalidad de su Victoria. La derrota del Hijo del Hombre era también, desde aquel momento, la derrota de su Iglesia que algún día habría de tener lugar. Según la profecía de San Malaquías, en el tiempo actual precisamente, que es el de Pedro Romano.

Es de notar, sin embargo, un punto importante que marca una decisiva diferencia. Jesucristo, a través de su Humanidad juntamente con su Divinidad, pero formando ambas un todo (aunque sin mezclarse) en su única Persona Divina, tal como queda expresado en el Misterio de la Unión Hipostática, fue en todo momento, y pese a todo, el Inocente entre los Inocentes. Los pecados y delitos con los que quiso cargar y hacerlos suyos, nunca fueron, en realidad, cometidos por Él. Lo cual no obsta para que su Fracaso fuera enteramente real, puesto que, de otro modo, su absoluta Victoria y definitivo Triunfo tampoco hubieran sido reales. La Iglesia, sin embargo, que es su Cuerpo Místico (Él es la Cabeza), está formada por hombres que son realmente pecadores y absolutamente culpables. No han cargado con delitos ajenos, sino que son ellos mismos quienes los han cometido. Por eso se dice con cierta razón que la Iglesia es Santa y Pecadora a la vez, y ya desde bien antiguo, en una expresión que los Padres hicieron suya, fue conocida como la Casta Meretrix.

De ahí que pueda decirse, con toda verdad, que la crisis actual es enteramente imputable a los hombres que forman parte de Ella. Ahora ya no se trata de un Fracaso Asumido, sino de un Fracaso Personal y Culpable. La Deserción (también podría hablarse de Apostasía) del Mundo Católico ha alcanzado tal profundidad y gravedad, como para producir escalofríos la mera mención del problema. De hecho hemos venido trazando la profundidad de la crisis en sus aspectos más visibles y asequibles a los fieles de a pie, aunque existen todavía en ella dos lugares de extrema gravedad y de profunda iniquidad en los que ha incidido el Catolicismo de hoy. Ambos suponen el punto más elevado, grave y detonante de la crisis actual. Tanto así como para dar lugar a pensar que es imposible que Dios vaya a dejar de intervenir, ante el momento actual, con la fuerza de su Justicia.

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Llegados a este punto conviene introducir un a modo de paréntesis en esta extraordinaria historia —más fantástica que una narración dantesca y más difícil de entender en todo su significado que cualquier construcción de la imaginación humana—. Se trata de una interrupción necesaria, a modo de recordatorio para los lectores, motivada por las necesidades de clarificación para el mejor entendimiento de la cuestión, lo que permitirá aportar algunos detalles que facilitarán la mejor comprensión de lo que aquí se dice.

Ya hemos dicho repetidamente, en esta explanación de la Profecía de San Malaquías que estamos llevando a cabo, que el lema correspondiente al Pontificado de Benedicto XVI es el De la Gloria del Olivo. El cual ocupa el penúltimo lugar en la lista, puesto que la Profecía señala como el último de todos, perteneciente al Pontificado que tendrá lugar en los momentos finales de la Historia, a un cierto Petrus Romanus (Pedro Romano). Personaje misterioso este último, acerca del cual los comentaristas han imaginado multitud de hipótesis a lo largo de los siglos. Aunque lo que sí queda bien claro en la Profecía es que el Papa a quien corresponde tal lema coincidirá con el final de la Historia de la Iglesia y de toda la Humanidad, a la que habrá llegado el momento de ser juzgada por el Supremo Juez en su Segunda y Definitiva Venida.

El nombre de Pedro Romano aparece rodeado del más profundo misterio, dentro del contenido de una Profecía que, en el caso de que se quiera admitir como cierta, ya es de suyo suficientemente enigmática. Es curioso anotar que, a lo largo de la Historia de la Iglesia, ningún Papa ha querido atribuirse el nombre de Pedro; sin duda alguna por respeto y devoción a San Pedro, Príncipe de los Apóstoles y Primer Papa de la Institución de Salvación fundada por Jesucristo. El hecho pertenece a la Historia, y escapa, por lo tanto, a cualquier otro tipo de especulación que no sea propiamente histórico. Tal nombre —el de Pedro— ha quedado reservado, prácticamente según la Profecía, al Papa que cerrará la Historia y que coincidirá con la Segunda y Definitiva Venida del Supremo Juez.

Ahora bien, tal como ocurre en toda profecía y aún más con respecto a ésta, nadie sabe lo que significa ni a lo que responderá exactamente ese nombre de Pedro atribuido al último Papa; así como tampoco a lo que se refiere esa pretendida Romanidad. Según algunos comentaristas, el apelativo de Pedro es aquí puramente genérico, e incluso otros añaden que el lapso de tiempo entre el Papa señalado como penúltimo —De la Gloria del Olivo— y el establecido como el último de todos —Petrus Romanus— es indefinido; lo que significaría que entre uno y otro aún podrían reinar otros Papas no nombrados explícitamente en la Profecía de San Malaquías. Una hipótesis, sin embargo, que parece estar desmentida por la misma Profecía, según lo que vamos a ver enseguida.

Por si todo esto fuera poco, y como algo capaz de aumentar todavía más el misterio, aún queda un importante punto por añadir. En realidad la Profecía no termina definitivamente con la enumeración de los 112 lemas. Puesto que al final de todos ellos el texto añade una especie de postdata, tan inquietante como enigmática. La cual dice exactamente así:

In prosecutione extrema S.R.E. (Sanctæ Romanæ Ecclesiæ)

sedebit Petrus Romanus,

qui pascet oves in multis tribulationibus,

quibus transactis, civitas septicollis diruetur.

Et Judex tremendus iudicabit populum suum. Finis.

Lo que traducido del latín significa lo siguiente: Durante la persecución final que sufrirá la Santa Iglesia Romana, reinará Pedro Romano, que apacentará sus ovejas entre multitud de tribulaciones; transcurridas las cuales, la Ciudad de la Siete Colinas [Roma] será destruida. Y el Juez terrible juzgará a su pueblo. Fin.

Y aún no hemos llegado al final de la serie de incógnitas que plantea el texto supuestamente profético. Porque nadie se pone de acuerdo acerca de si, en aquellos terribles momentos, el Pastor que apacentará lo que aún reste del Rebaño de Jesucristo, se refiere al Papa señalado como Pedro Romano o al que corresponde el lema De la Gloria del Olivo (Benedicto XVI). Acerca de lo cual, también es necesario reconocer que, incluso en este punto, la Profecía es bastante ambigua.

Por lo que a nosotros se refiere —y continuamos siempre dentro del terreno de las hipótesis—, pensamos que el susodicho Pastor es indudablemente Pedro Romano. Existen argumentos que fundamentan esta afirmación, la cual no dejará de parecer chocante para algunos. Trataremos de decir algo al respecto, aunque no sin hacer antes una observación importante.[19]

Como cualquiera puede suponer, todo este problema ha dado lugar a multitud de especulaciones acerca del momento del Fin del Mundo y de lo que la Teología conoce con el nombre de Parusía, o Segunda Venida de Nuestro Señor. Nosotros no nos pronunciamos sobre ese tema, por lo que no vamos a decantarnos ni en favor de su proximidad ni tampoco de su lejanía en el tiempo. Nos apoyamos para ello, como principal razón, en que el momento exacto de tan trascendental Acontecimiento se lo ha reservado Dios para Sí mismo, según Palabras del mismo Jesucristo que en modo alguno ha querido revelarlo (Mt 24:36; Hech 1:7). Por otra parte, este Estudio no se refiere a dicho punto en concreto y de ahí que no pretenda resolverlo, puesto que trata meramente de desarrollar un comentario referente al lema profético De la Gloria del Olivo acerca del cual, conviene recordarlo, cualquiera puede sentirse libre para aceptarlo o para rechazarlo.

Hemos afirmado más arriba que el texto profético que señala al Pastor que conducirá al diezmado Rebaño de Jesucristo durante la última Gran Persecución, se refiere a Pedro Romano, y no a Benedicto XVI. Los hechos así lo han confirmado, como hemos señalado en nota anterior.

En cuanto a lo que hablamos acerca del diezmado Rebaño de Jesucristo, tal como habrá quedado reducido en aquellos terribles momentos, no hay sino recordar las palabras de San Pablo en las que habla de la Gran Apostasía que tendrá lugar en los Últimos Tiempos (2 Te 2:3), así como también las del mismo Jesucristo: Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿acaso encontrará Fe sobre la Tierra?[20]

Y volviendo ya a nuestro tema, habíamos asegurado que la Iglesia actual es ante Dios la Gran Derrotada. La Gran Culpable de una Apostasía de la que habrá de dar cuentas ante la Justicia del Terrible Juez. A propósito de lo cual, habíamos aludido a dos faltas especialmente graves, las cuales parecen haber sido las que principalmente han precipitado sobre Ella la ruina de la crisis actual. Con respecto a la cual, sólo resta como consolación para los fieles la promesa de Jesucristo que les otorga la seguridad de su superación: Y las Puertas del Infierno no prevalecerán

Hemos de advertir, antes de seguir adelante, que nos hemos visto obligados a reflexionar sobre la conveniencia de continuar y de culminar un Estudio que, al fin y al cabo, está basado en meras especulaciones (lo que no obsta a la absoluta verdad de los fundamentos en los que se apoya). Hemos interpretado el lema correspondiente de San Malaquías como una alusión, en forma profética, a la crisis que sufre la Iglesia actual. Cosa que hemos procurado hacer sucintamente y sin acudir de manera expresa al apoyo de abultadas referencias bibliográficas, dado que no hemos pretendido dar a este Estudio el carácter de un Ensayo prolijo. Aunque existe, sin embargo, una abundantísima Documentación enteramente fiable, la cual puede servir como prueba de lo que aquí se afirma. Que no habría inconveniente en ponerla al alcance de quien quisiera asegurarse de la veracidad de las opiniones vertidas aquí.

Hemos repetido insistentemente que, a nuestro modesto parecer, la crisis a la que se alude es la más grave y peligrosa que ha padecido la Iglesia a lo largo de toda su Historia.

También hemos intentado mostrar que la terrible situación actual, por la que atraviesa la Iglesia, no es sino la consecuencia de los pecados de los cristianos (si bien es verdad que aquí la referencia apunta principalmente a los católicos, que son quienes integran la Única y Verdadera Iglesia), concretados en una tremenda y general Apostasía de la que no es ajena la misma Jerarquía Eclesiástica.

La Apostasía significa un consciente y voluntario abandono de la Fe, y es quizá la más grave traición que los miembros de la Iglesia pueden cometer. Aquí se han enumerado brevemente y de manera superficial las diversas formas bajo las que se manifestado, con las consiguientes graves faltas que los católicos han cargado sobre sus espaldas. Aunque deliberadamente se han reservado las dos más importantes (al menos según nuestra opinión) para su exposición final.

La situación es tan grave que ha terminado por culminar en esos dos hechos, cuya extraordinaria delicadeza y transcendental repercusión son innegables. De ahí que haya pasado por nuestra mente la idea de abandonar el tema ante la necesidad de tener en cuenta el posible escándalo de los débiles en la Fe, dado que una inmensa mayoría de los fieles ignoran la gravedad del momento en el que viven y sin que por eso vayan a dejar de sufrir sus consecuencias. Y de ahí que muchos hayan optado libremente por abandonar su Catolicismo, mientras que otros —aún más numerosos— han dejado de ser católicos sin saberlo.

El problema cabe plantearlo así: Cuando el Mal hace estragos y se extiende libremente sin encontrar apenas oposición, dando lugar a que multitud de gentes sean engañadas y a que se ponga en juego la salvación de sus almas. Cuando el Gran Enemigo de la Fe está consiguiendo —ha conseguido— cambiar el concepto y la configuración de la Iglesia que habían permanecido incólumes durante veinte siglos, además de privar de sentido a la Redención operada por Jesucristo. Cuando ha difuminado el ámbito de lo sobrenatural para operar una transformación en la que el culto a Dios ha sido sustituido por el culto al hombre y provocado la deserción de tantos católicos en número de cientos de millares…, por hacer una breve enumeración. Así las cosas cabe la razonable duda acerca de la conveniencia de guardar silencio, sin advertir acerca del peligro para quien todavía quiera liberarse del poder de la Mentira y no poner en juego la propia salvación. ¿Quién ha dicho que es mejor callar y no avisar de lo que aguarda a quienes caminan irremediablemente hacia el borde del abismo?

El Mentiroso Profeta o pretendido Maestro o Pastor que aparecerá en los Últimos Tiempos engañará a muchos, según la Revelación. En palabras del mismo Jesucristo, a la inmensa mayoría y casi a los mismos elegidos (Mt 24:24). Teniendo en cuenta, dada la gravedad de los hechos, que cuando se habla aquí de engañar no se están utilizando eufemismos, sino que realmente se quiere decir reducir al engaño, en toda la crudeza y extensión del término. Para lo cual, el Mentiroso Profeta no se mostrará meramente ante la masa de los fieles como un Maestro bueno y honesto, sino como un verdadero héroe y libertador al que la Iglesia habría esperado durante mucho tiempo. Un imponente aparato de propaganda, acompañado de inteligentes pero implacables sistemas de coacción, acompañarán sus acciones y sus palabras de forma que será aclamado y reconocido prácticamente por casi todos. Sus palabras mentirosas serán mostradas como la auténtica interpretación del Evangelio, capaz de devolver a la Iglesia a la pureza de sus primeros orígenes. Sus acciones, destinadas a producir la implacable demolición de la Iglesia, aparecerán ante todos como heroicas acciones que no pretenden otra cosa sino la simplicidad, la autenticidad y la pureza de un Evangelio que había sido deformado por la Iglesia.

El poder histriónico desplegado por el Padre de la Mentira será tan terrible como para hacer ver que lo blanco sea negro y lo negro se convierta en blanco. Las mentiras y herejías más grotescas aparecerán como lo que tendrían que haber sido los únicos y verdaderos dogmas. El paisaje de auténtica desolación y yermo arrasado que ofrecerá la Iglesia en aquellos momentos, junto al de apostasía, de cobardías, de pecado y de muerte, será presentado ante los ojos de todos como la auténtica Primavera de la Iglesia, por tanto tiempo esperada y al fin lograda.

Mientras tanto, ¡ay de aquellos que se atrevan a denunciar la verdadera situación! Serán perseguidos y denunciados como mentirosos, ajenos al espíritu de nadie sabe qué, y como desgraciados que se empeñan en aferrarse a tradiciones pasadas y ya enteramente obsoletas. La inmensa multitud de fieles, otrora católicos y ahora integrados en la Nueva Iglesia, habrán quedado petrificados y obcecados en la mentira. Voluntariamente, por supuesto, pero ahora ya enteramente convencidos. Quien se atreva a repartir avisos de peligro y proclamas de la verdad será perseguido por quienes ya han decidido definitivamente seguir un camino distinto al de la verdadera Fe. Y de ahí que convendría recordar aquí las palabras del mismo Jesucristo: El mundo me odia porque doy testimonio de que sus obras son malas.[21]

La gran tragedia del mundo que se avecina —o que tal vez ya ha llegado— consiste en que los hombres habrán erigido el templo del culto a la diosa Mentira. A través del cual se extenderá por todas partes la creencia (que no admitirá oposición) de que no hay otra verdad que la misma falsedad. E igualmente, la de que el hombre ya no necesita a Dios desde que ha descubierto que se basta a sí mismo. Cuando muchos Pastores de la Iglesia se habrán convertido en lobos devoradores del rebaño. Cuando la cobardía, la traición y el amor al mundo hayan tratado de tapar sus vergüenzas tratando de aparecer como que han optado por lo único que era lo mejor.

Será el tiempo en que los verdaderos fieles a Jesucristo —el pequeño y escaso rebaño que permanecerá y hará realidad el hecho de que la Iglesia es perenne— mirarán hacia el Cielo, con la esperanza puesta en Aquél que ha de venir y poner fin al tremendo montaje de la farsa y de la iniquidad: Cuando comiencen a suceder estas cosas, levantáos y alzad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra liberación.[22]

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4. Conclusión

Como sabe cualquier católico, las fuentes de la Revelación son solamente dos: la Sagrada Escritura y la Tradición Apostólica. La Iglesia no ha reconocido nunca la interpretación subjetiva individual de tales fuentes, que es lo que pretendía la herejía de Lutero al preconizar la libre y personal interpretación de la Biblia, rechazando además la Tradición. Es la Iglesia como tal, y solamente Ella a través de su legítimo Magisterio, la que goza de la asistencia del Espíritu Santo para interpretar con garantía los datos de la Revelación. La Revelación escrita (Sagrada Escritura) quedó definitivamente cerrada con la muerte del último Apóstol. La Tradición Apostólica, a su vez, procede de los Apóstoles y transmite lo que éstos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesucristo, además de lo que aprendieron del Espíritu Santo.

Como hemos dicho, no existe en la Iglesia la posibilidad de la interpretación individual de la Revelación. La infalibilidad de la Iglesia para interpretarla y enseñarla está garantizada por la asistencia del Espíritu Santo y realizada a través del auténtico y legítimo Magisterio. El cual ha ido profundizando en la Doctrina revelada a través de los siglos, aunque manteniendo siempre la inmutabilidad del dato revelado, puesto que no puede el hombre añadir ni quitar nada a las palabras reveladas por Dios.

De lo cual se deduce la importancia fundamental y transcendental del Magisterio Eclesiástico. El mismo que, asistido por el Espíritu, se ha mantenido incólume e inmutable a través de veinte siglos. De esta manera, es la única garantía que posee el cristiano de que lo enseñado por la Iglesia es exactamente el contenido fiel de la auténtica Revelación.

Seguridad y garantía que existieron hasta la celebración del Concilio Vaticano II. Cuando se abrieron las puertas a una teología progresista enteramente impregnada de la herejía modernista. Momento en el que, sin declaración expresa alguna, comienza a aceptarse el luteranismo: a partir de ahora, la Palabra Revelada depende de los sentimientos suscitados, con respecto a ella, en el corazón de cada hombre y según las circunstancias históricas y del momento. Ya no es la Ley Divina la que juzga al hombre, sino que es el hombre quien dictamina y decide lo que propone o puede decidir la Ley Divina.

Las consecuencias se deducen por sí mismas: Si el Magisterio vacila o quedara desautorizado, mediante cambios, adiciones o sustracciones, o puesto en duda en todo o en parte, ya no puede existir seguridad en cuanto a que la Iglesia sigue enseñando la auténtica Doctrina de Jesucristo. Con lo que todo el edificio de la Iglesia se viene abajo y deja de gozar de la nota de seguridad el entero contenido de la Fe.

A partir del Concilio Vaticano II, un poderoso Movimiento dentro de la Iglesia ha intentado torpedear al Magisterio y con éxito al parecer. De ahí que grandes masas de católicos se encuentren sumidos en la confusión con respecto al contenido de su Fe.

La Teología neomodernista de los tiempos del Concilio y posteriores ha puesto en duda el valor del Magisterio anterior al Concilio. E incluso algunos miembros de la Jerarquía Eclesiástica, apoyándose en el mismo Concilio, han atacado el Magisterio de los Papas que lo han precedido. Por otro lado, la ambigüedad de algunos textos conciliares ha dado lugar a que se susciten dudas sobre verdades fundamentales de la Fe, además de ser interpretados como cambios con respecto al Magisterio anterior.

Las dudas que la Teología neomodernista ha hecho surgir, con respecto al Magisterio anterior al Concilio, han tratado de fundamentarse en el mismo Magisterio posterior. Con lo que han despojando de credibilidad tanto al uno como al otro. Es justamente el arma que necesitaba la Nueva Religión de la Nueva Edad para constituir la Nueva Iglesia.

Los ataques de la Teología neomodernista contra el Magisterio anterior al Concilio Vaticano II han ido dirigidos con frecuencia, aunque no de forma exclusiva, contra el Concilio de Trento. Tratando de fundamentarse, como era de esperar, en el mismo Concilio Vaticano II. Sin tener cuenta las consecuencias demoledoras que de ahí se derivaban para la Iglesia.

Si un Concilio anterior puede ser atacado por otro posterior, por la misma razón y según las reglas de la Lógica, el segundo puede ser también desautorizado desde el primero. Una vez admitido que un Concilio es capaz de poner en entredicho las Doctrinas proclamadas por otro, es evidente que el valor y credibilidad de todos los Concilios se destruyen por sí mismos y caen por su propio peso.

Si se alega, como viene haciendo la Teología neomodernista, apuntando sobre todo al Concilio de Trento, que las Doctrinas promulgadas en un Concilio solamente son válidas para su época y según las categorías de pensamiento propias de su tiempo, es evidente que, según eso, exactamente lo mismo podrá ser dicho de cualquier Concilio: ¿Quién será capaz de garantizar que los Documentos del Concilio Vaticano II no serán rechazados por una Teología posterior, bajo el pretexto de que habrán de ser interpretados según las categorías de pensamiento del momento, y reconocidos como válidos, por lo tanto, sólo para esa época? Con lo que desembocamos en el fundamento de las doctrinas historicistas, propias del Modernismo, que han impregnado la Teología Católica desde el Concilio Vaticano II. Para estas ideologías inmanentistas, no es la Revelación la que determina al hombre, sino el hombre de cada momento histórico quien juzga e interpreta a la Revelación. De este modo La ecuación es patente: subjetivismo, igual a Modernismo.

Pero si el ataque se hubiera realizado conscientemente, es indudable que alguien podría afirmar con seguridad que la destrucción del Magisterio era un objetivo buscado a propósito.

En el supuesto de que tal intento tuviera éxito —cosa impensable, dada la promesa de Jesucristo acerca de que las Puertas del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia—, una vez desaparecido el Magisterio o desautorizado por completo, los católicos carecerían de todo fundamento firme con respecto a su Fe. Desde el momento en que cualquier verdad de la Fe fuera capaz de ser cuestionada, sin nadie ni cosa alguna que la pudieran garantizar ni asegurar, todo equivaldría a la imposibilidad de creer en nada transcendente y sobrenatural. Dicho sencillamente, los católicos se encontrarían ya ante el puro ateísmo.

La Iglesia parece encontrarse en ese momento. Nunca Satanás había visto como ahora tan cercano el momento de su Victoria. Al igual de lo sucedido a Jesucristo en la Noche transcurrida entre los Olivos del Huerto.

El Cardenal Ratzinger, luego Benedicto XVI, cuando era perito en el Concilio proclamó, a propósito de la colegialidad de los Obispos, que en la Doctrina de la Iglesia se había producido una fractura con respecto a la enseñanza sostenida en la Iglesia primitiva, o de los Padres. Según el entonces Cardenal, el responsable de tal fractura había sido Santo Tomás de Aquino, al que había seguido toda la Teología Escolástica o Medieval. El Concilio Vaticano II, decía el Cardenal, vino a reparar esa brecha que se habría sostenido en la Iglesia por espacio de siete siglos.

Ya como Papa, Benedicto XVI ha negado siempre que el Concilio Vaticano II haya llevado a cabo algún tipo de ruptura con respecto a la Tradición, o Iglesia primitiva. Una afirmación que, con respecto a la anterior, habría necesitado de ser acompañada de una aclaración por parte del Papa. Pues sería interesante saber si tal conexión, nunca rota entre la Tradición y la Iglesia primitiva, llevada a cabo por el Concilio Vaticano II y confirmada por el Papa, comprende y abarca también esos siete siglos de Teología Medieval. O si, por el contrario, habría que suponer un enorme hueco o vacío en el tiempo que sería necesario saltar.

También resulta difícil explicar que el Magisterio Eclesiástico haya podido errar, y en cuestiones fundamentales además, durante tantos siglos. Sin la asistencia, por lo tanto, del Espíritu Santo.

E igualmente es conocido que el Cardenal Ratzinger (nunca desmentido por Benedicto XVI), sostuvo públicamente que la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, es un auténtico Documento “contra–Syllabus” (el Syllabus fue publicado junto a la Encíclica Quanta Cura, de Pío IX).

Si se tiene en cuenta que el Syllabus, junto con la Encíclica Pascendi de San Pío X, son los Documentos que condenaron solemnemente el Modernismo y pretendieron acabar de raíz con dicha herejía, no cabe duda que el problema de la aparente discrepancia de Magisterios queda claramente planteado.

Y aún se agrava más si se tiene en cuenta que algunas declaraciones de los Documentos Conciliares (del Vaticano II) se refieren a verdades fundamentales de la Fe Católica, en un evidente desacuerdo capaz de producir preocupación. Como sucede con el concepto de Iglesia, por ejemplo.

La Iglesia ha sostenido durante veinte siglos, sin la menor vacilación, que Jesucristo fundó una sola Iglesia, la cual es precisamente la Católica: Credo… in Unam Sanctam Catholicam et Apostolicam Ecclesiam. El último Documento Magisterial al respecto, anterior al Concilio Vaticano II, es la Encíclica de Pío XII Mystici Corporis (1943), en la que el Papa dice expresamente, después de insistir en que la Iglesia es un Cuerpo y es Única, que la Iglesia de Cristo “es” la Iglesia de Roma.

Sin embargo, el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, Capítulo I, n. 8, b) introduce el importante cambio de sustituir el verbo es por la expresión subsiste en. Según lo cual La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica. Lo que indudablemente la priva de su condición de Única, dando entrada así a las otras religiones a las que repetidamente se las reconoce también como válidos instrumentos de salvación.[23]

Que no se trata de una interpretación arbitraria por nuestra parte lo prueba el hecho de los Encuentros de Asís, en los que se concedió paridad a todas las religiones, incluidas las de aquéllos que no profesan culto a Dios alguno. En los altares de la Patria del Serafín de Asís fueron entronizados por igual los cultos cristianos, judíos, musulmanes, brahmanistas, hinduístas; y hasta las prácticas de los brujos africanos y la magia negra de los vudús.

Queda disipada cualquier duda cuando se considera que en las Encíclicas del Papa Juan Pablo II (especialmente las tres primeras, por él llamadas Trinitarias), se reconoce el legítimo valor de salvación de todas las religiones. Un Magisterio que, en último término, vino a acabar definitivamente con la actividad misionera de la Iglesia, puesto que las Encíclicas de Juan Pablo II también defienden la teoría del cristianismo anónimo y de la salvación universal de todos los hombres, sin excepción.

Por su parte, el Papa Pío XII (en su Encíclica Humani Generis, 1950) condenó expresamente la teoría de Henri de Lubac, según la cual la gracia es debida a la naturaleza humana, así como las doctrinas de la evolución creadora de Teilhard de Chardin. Los cuales personajes fueron rehabilitados después por los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II (de Lubac fue elevado a la categoría de Cardenal).

Una vez puestos en duda prácticamente todos los dogmas de la Fe, y debilitado el valor del Magisterio, no es extraño que que muchos católicos hayan desertado de su Religión, al mismo tiempo que otros hayan abandonado toda práctica religiosa. Y entre muchos de los que han permanecido fieles reina el abatimiento y la confusión.

Es verdad que todos los hombres soportan una vida de trabajos mientras caminan por este Valle de lágrimas. Aunque para los cristianos, sin embargo, llamados a compartir la muerte de Jesucristo, sus penas y angustias se convierten finalmente en alegría, cuando al cabo se saben envueltas en la Esperanza y en la certeza de que habrán de reunirse con Jesucristo en la Casa del Padre.

Por lo que triste cosa sería, por lo tanto, que se vieran privados de ese consuelo de una vida eterna, por la que siempre habían suspirado, y en la manera y forma que se les había prometido.

En una de sus homilías, hoy olvidadas, el Papa Benedicto XVI proclamó que cuando hablamos del Cielo no aludimos a un lugar determinado: No nos referimos a un lugar cualquiera del universo, como a una estrella o algo parecido, decía. Para continuar insistiendo en que con ese término queremos afirmar que Dios tiene un lugar para nosotros. Para explicar lo cual se valía el Papa del recuerdo cariñoso que de un fallecido conservan en el corazón sus seres queridos: Podemos decir que en ellos sigue viviendo una parte de esa persona; aunque es como una “sombra”, porque también esta supervivencia en el corazón de los seres queridos está destinada a terminar. Añadiendo a continuación que, como Dios no pasa nuncatodos nosotros existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. Existimos en toda nuestra realidad, no sólo en nuestra “sombra”. Y acababa diciendo que en Dios, en su pensamiento y en su amor, no sobrevive sólo una “sombra” de nosotros mismos, sino que en Él, en su amor creador, somos guardados e introducidos, con toda nuestra vida, con todo nuestro ser en la eternidad.

En suma, que la vida eterna para Benedicto XVI consistirá en que viviremos en Dios. En su corazón y en su amor.

Aunque a decir verdad, lo que se dice vivir en Él, en su pensamiento y en su Amor, en realidad ya lo estamos, según proclamaba San Pablo en su Discurso ante el Areópago de Atenas (Hech 17:28). Y hasta podríamos decir que en la mente de Dios estábamos también desde toda la eternidad, y sin que tal cosa autorice a pensar que ya existíamos desde siempre.[24]

Tal vez, habida cuenta de lo que sucede con el lenguaje oral, las palabras del Papa pudieron haber sido entendidas de modo correcto. Aunque hubiera sido deseable la exclusión de ambigüedades, sin contar con la necesidad de haber añadido ciertas aclaraciones.

Pero parece más acertado decir que en la vida eterna viviremos con Dios mejor aún que vivir en Dios. Pues allí es donde, por fin, tendrá lugar la plenitud de la relación amorosa Dios–hombre, o el Amor perfecto al que siempre había aspirado el corazón humano. Por lo demás, es absolutamente cierto que el término lugar no puede ser entendido, cuando se refiere a la vida eterna, en el mismo sentido que se le atribuye en ésta. Aunque de todos modos habrá de tener un significado real. ¿Dónde, si no, se encuentran ahora los cuerpos humanos de Jesucristo y de la Virgen María? Por otra parte, la resurrección de los cuerpos es un dogma de Fe, de manera que su situación en la vida eterna no se puede reducir a la condición de un mero estado o de un recuerdo en la mente de alguien (aunque ese alguien sea Dios). A este respecto, quizá sea conveniente recordar lo que dice el Concilio XVI de Toledo (año 693), en el art. 35:

Dándonos ejemplo [Jesucristo] a nosotros con su resurrección que así como Él vivificándonos, después de dos días al tercer día resucitó vivo de entre los muertos, así nosotros también al fin de este siglo creamos que debemos resucitar en todas partes, no con figura aérea, o entre sombras de una visión fantástica, como afirmaba la opinión condenable de algunos, sino en la sustancia de la verdadera carne, en la cual ahora somos y vivimos, y en la hora del juicio presentándonos delante de Cristo y de sus santos ángeles, cada uno dará cuenta de lo propio de su cuerpo[25]

Ni podemos olvidar tampoco las palabras del mismo Jesucristo: En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que donde yo estoy, estéis también vosotros.[26] Así pues, ¿qué querría decir el Maestro con dichas palabras…?

De ahí el grupo de católicos, llamados en la actualidad a vivir en una época de vicisitudes y contradicciones, que desean vivir en paz según la Doctrina en la que fueron bautizados y conforme al Evangelio que la Iglesia les había enseñado desde siempre. Pues, … no es que haya otro, sino que hay algunos que os inquietan y quieren cambiar el Evangelio de Cristo. Pero aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciásemos un Evangelio diferente del que os hemos predicado ¡sea anatema![27]

El Libro del Apocalipsis abunda en lo mismo: Yo doy testimonio a todo el que oiga las palabras proféticas de este libro. Si alguien añade algo a ellas, Dios enviará sobre él las plagas descritas en este libro. Y si alguien quita alguna de las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la ciudad santa que se han descrito en este libro.[28]

Sólo resta aludir a la última y más grave determinación llevada a cabo por el moderno Catolicismo: la práctica supresión del Misterio del Sacrificio Redentor tal como fue instituido por voluntad de Jesucristo en la Santa Misa.

Entre los Olivos del Huerto, durante aquella terrible Noche y ante la inminencia de la Pasión y de la Cruz, el Demonio estaba convencido de la totalidad de su Victoria. Sólo cuando Jesús exhaló el último aliento, el Ángel del Mal comprendió su tremendo error. Fue ahí donde apareció con claridad que la Muerte en la Cruz del Hijo de Dios había sido la gran baza que Dios se había reservado y por la que el Maligno sería vencido definitivamente.

Pero, a partir de ese instante, el Diablo ya supo a lo que atenerse. Si la clave estaba en el Sacrificio de la Cruz, he ahí entonces lo que había que suprimir a toda costa. Así fue como se impuso la difícil tarea de eliminar el Misterio de la Redención —la idea de la Muerte Sacrificial de Cristo en la Cruz— de la mente y del corazón de los cristianos. Cosa que no consiguió durante veinte siglos…, hasta que el Modernismo, al que ya se creía desaparecido, revivió en el seno de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II.

Fue entonces cuando lo que parecía imposible sucedió efectivamente. El concepto de la Misa como renovación del Sacrificio de Cristo —no una repetición, sino un hacerse presente aquí y ahora en toda su realidad la Muerte del Señor— se difumina hasta casi desaparecer, a fin de ser sustituido por la idea prevalente y casi única de la Misa como comida de solidaridad o fraternidad.

Todo el Misterio del Sacrificio Expiatorio quedaba archivado en el desván de los conceptos olvidados, como algo propio de tiempos y culturas primitivos. El hombre ya no tenía que pensar tanto en participar en la Muerte de Alguien como en vivir en comunión y alegría con sus semejantes, dentro de un Mundo que se basta a sí mismo y que reconoce como único valor a su alcance al mismo Hombre. El culto a Dios cedió su paso al culto al Hombre, de manera que, desde ahora, el valor sobrenatural del sufrimiento y de la muerte, la necesidad de expiar por los pecados y de compartir la Muerte del Redentor, fueron sustituidos por las modernas concepciones que encarnaban la Nueva Primavera y la Nueva Edad, que se abrían a un Mundo Nuevo convertido en la etapa final de la existencia humana.

No vale la pena aducir más ejemplos que, por otra parte, todos los católicos han tenido y tienen ocasión de contemplar y vivir. Pero así es como ha quedado actualizada de nuevo la Noche del Huerto de los Olivos. Otra vez Satanás se ha sentido seguro de su Victoria y esta vez sin nadie que se lo impida.

Sin nadie que se lo impida…, hasta que llegue por fin el Supremo Juez y se haga realidad lo que estaba profetizado: el Diablo, el seductor, fue arrojado al estanque de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.[29]

Y aquéllos que permanecieron fieles al Señor y habían seguido viviendo de Esperanza, pese a todo, confiados en la Promesa de Aquél que había dicho que vendría de nuevo, verán colmados por fin los anhelos de su corazón: Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo;[30]… y las Puertas del Infierno no prevalecerán contra Ella.[31]

Padre Alfonso Gálvez

[1] Acerca de la credibilidad de esta profecía y de sus orígenes históricos, puede verse el breve resumen contenido en mi estudio sobre Pedro Romano, Introducción y Primera Parte.

[2] Lo que se va a decir aquí sobre el pensamiento de J. Ratzinger vale igualmente para el de Benedicto XVI. No se conoce ningún documento o alocución en los que el Pontífice hubiera rectificado en lo más mínimo su pensamiento como Cardenal o en las etapas previas de su vida.

[3] El adjetivo desconcertante puede ser tomado aquí en variados sentidos. Si para muchos ha significado admiración, para otros ha significado asombro y confusión. De todos modos, desconcertante para todo el mundo.

[4] Hablar de algo permitido en ciertas circunstancias, o utilizando expresiones semejantes como la de en caso de razones graves abren la puerta, como todo el mundo sabe, al uso indiscriminado y arbitrario de lo que la gente desea.

[5] Padre Ángel David Martín Rubio, en adelantelafe. com, 12, Febrero, 2015.

[6] Hablar de crisis dentro de la Iglesia no deja de ser un eufemismo. Lo que ha ocurrido en realidad es la sustitución de la Iglesia de siempre por otra Iglesia Nueva.

[7] La más importante de todas fue la del obligado cambio del pro omnibus (que contradecía abiertamente a los textos revelados) por el pro multis. Aunque la mayoría de los Obispos hicieron caso omiso del mandato. La Conferencia Episcopal Española, después de tan gran número de años, sigue sin corregir el grave defecto de las palabras de la consagración.

[8] Spe Salvi, n. 40, citado por Bernard T. de Mallerais, en La Foi Au Péril de la Raison, pag. 96, en La Sel de la Terre, n. 69, de quien voy a tomar algunos de los textos de Ratzinger traídos por él a colación de sus obras pasadas al francés (las traducciones al español son mías).

[9] J. Ratzinger, La Foi chrétienne hier et aujourd´hui, pags. 197–199. Sólo amor y nada más que amor. Nada de expiación ni muerte por el pecado (el cual prácticamente no se nombra nunca). Es postura general del Modernismo la de negar la Muerte expiatoria de Cristo a causa del pecado. No admite la idea de un Dios Padre al que considera exigiendo la muerte de su propio Hijo, como si fuera un Moloch sediento de sangre. Por eso insiste Ratzinger en que Cristo nos redime exclusivamente con su amor, expresado en el abandono de la Cruz. Con respecto al Camino Neocatecumenal, que sostiene esta misma doctrina y la practica en su propio culto, cabe decir que nada tiene de extraño que fuera el mismo Benedicto XVI quien aprobara ampliamente y bendijera sus Constituciones.

[10] J. Ratzinger, La Foi chrétienne hier et aujourd´hui, pag. 197.

[11] Hasta finales del siglo pasado, la Nomenklatura vaticana, a través de la teología y pastoral progresistas, difundió con ahínco el eslogan post hoc, non propter hoc, con la pretensión de hacer creer que la desolación de la Iglesia había ocurrido después del Concilio, pero no a causa del Concilio. El eslogan no tardó en ser abandonado, una vez que se descubrió su condición de intento de tomadura de pelo y de insulto a la inteligencia de los fieles.

[12] J. Ratzinger, Der Christ und die Welt von heute, en J.B. Metz, Weltverständnis im Glauben, Matthias Grünewald Verlag, Mainz, 1965, pag. 145. Citado por Bernard T. Mallerais, La Foi Au Péril De La Raison, en Le Sel De La Terre, n. 69, pag. 21. (La traducción del francés es mía). Como dice Mallerais, lo que dice Ratzinger sobre la ética es su misma doctrina sobre el dogma.

[13] Pretender que doctrinas como la conciliar sobre la libertad religiosa, como hace en su seguimiento toda la teología progresista actual, se encuentran en continuidad con todo el Magisterio preconciliar, solamente podrá ser admitido por quienes no sepan leer o no conozcan nada de la Historia de la Iglesia de los dos últimos siglos.

[14] No vamos a tratar aquí el problema de su actuación como Papa Emérito. J.Ratzinger–Benedicto XVI es un eminente teólogo que sabe que la Doctrina Católica sobre el Gobierno Monárquico de la Iglesia, confiado a Pedro y a sus sucesores en la persona de Un solo Pastor, Vicario de Cristo y sucesor del primero de los Papas, es una Doctrina de Fe. No existe, por lo tanto, la institución de Papa Emérito, puesto que una vez fallecido el Papa su persona como Papa pasa a ser una figura histórica. En cuanto al caso de renuncia, si bien sigue subsistiendo la persona física de quien ostenta el Pontificado, su papel como Papa ha desaparecido por completo. Al contrario de lo que sucede con un Obispo que ha cesado en su jurisdicción, que no obstante sigue siendo Obispo y puede ser llamado legítimamente Obispo Emérito. Dado que Benedicto XVI es conocedor de que la convivencia de dos Papas contribuye a confundir a los fieles, así como a promover la idea de un gobierno colegial en la Iglesia (las doctrinas que abogan por tal forma de gobierno, como las conciliaristas, han sido condenadas desde los primeros Concilios hasta el Concilio Vaticano I), resulta bastante difícil explicar de forma convincente su comportamiento.

[15] Lc 8:10.

[16] Mt 24:15.

[17] Heb 9:22.

[18] El aparato de Propaganda, referente a la Iglesia, que los Poderes pusieron en marcha, a partir del Concilio Vaticano II (casi siempre para perjudicarla e influir en las deliberaciones), ha sido impresionante y único hasta ahora en la Historia.

[19] Esta especulación, escrita en su momento, y puesto que ya ha sido confirmada por los hechos, carece por lo tanto de demasiada transcendencia. Al Pontificado de Benedicto XVI ha sucedido el del Papa Francisco.

[20] Lc 18:8.

[21] Jn 7:7.

[22] Lc 21:28.

[23] Fue precisamente el Cardenal Ratzinger el principal artífice de este cambio.

[24] Homilía pronunciada por el Papa en Castelgandolfo, en la fiesta de la Asunción de la Virgen, 15, Agosto, 2010.

[25] Denzinger–Hünermann, n. 574. Los Concilios de Toledo fueron considerados siempre en la Iglesia con gran respeto y aprobación y casi equiparados a los Concilios Ecuménicos.

[26] Jn 14: 2–3.

[27] El Apóstol San Pablo en su Carta a los Gálatas (1: 7–8).

[28] Ap 22: 18–19.

[29] Ap 20:10.

[30] Ap 21: 1–2.

[31] Mt 16:18.

Padre Alfonso Gálvez
Nació en 1932. Licenciado en Derecho. Se ordenó de sacerdote en Murcia en 1956. Entre otros destinos ha estado en Cuenca (Ecuador), Barquisimeto (Venezuela) y Murcia. Es Fundador de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, aprobada en 1980. Desde 1982 reside en El Pedregal (Mazarrón-Murcia). A lo largo de su vida ha alternado las labores pastorales con un importante trabajo redaccional. Ha publicado Comentarios al Cantar de los Cantares (dos volúmenes), La Fiesta del hombre y la Fiesta de Dios, La oración, El Amigo Inoportuno, Apuntes sobre la espiritualidad de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, Esperando a Don Quijote, Homilías, Siete Cartas a Siete Obispos, El Invierno Eclesial, Los Cantos Perdidos y El Misterio de la Oración. Para información adicional visite su web http://www.alfonsogalvez.com