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Dominus flevit: La destrucción de Jerusalén

Es Domingo de Ramos. Jesús llora en el Monte de los Olivos, donde hoy se alza la iglesia de Dominus Flevit, el lugar donde Jesús lloró (Lc.19,41).

Ante Él no sólo se extiende el panorama de una ciudad en fiesta cuyo trágico destino Él conoce, sino la igualmente dramática escena de los siglos futuros, hasta el fin del mundo. «Quae utilitas in sanguine meo?» (Sal.30,10). Le asalta el pensamiento que le costará sudar sangre en el Huerto de los Olivos. El misterio del mal se le muestra a la vista. Jerusalén no será destruida por sus pecados, sino por su impenitencia. Después de su Muerte y Resurrección, Jesús ofrecerá a su pueblo la gracia del arrepentimiento, pero sabe que esa gracia será rechazada. Venient dies in te et circumdabunt te inimici tui: «Vendrán días sobré ti, y tus enemigos te circunvalarán con un vallado, y te cercarán en derredor y te estrecharán de todas partes; 44 derribarán por tierra a ti, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el tiempo en que has sido visitada» (Lc. 19, 43-44).

Todo esto tendrá lugar treinta y siete años más tarde, cuando los Apóstoles ya habrán comenzado a propagar el Evangelio hasta los confines de la Tierra convirtiendo a millares de almas. Sin embargo, el corazón de los jerosolimitanos y de sus sacerdotes seguirá cerrado y encallecido.

La crónica detallada de los acontecimientos se la debemos a Flavio Josefo (35-100 d.C.), historiador judío imparcial y equilibrado que ama a su pueblo sin dejar por ello de describir su ceguera en las Antigüedades de los judíos. En el año 67, el general romano Vespasiano entra en una Judea en rebelión, al frente de tres legiones y acompañado de su hijo Tito. Entre los años 67 y 70, es decir entre la muere de Nerón y la subida al trono de Vespasiano, se suceden en Roma cuatro emperadores mientras Jerusalén se hunde en una vorágine de odio y violencia por las contiendas civiles que se desatan en la ciudad. Tres cabecillas oprimían a la población: Eleazar ben Simón, caudillo de los zelotes, estaba encerrado en el patio del Templo de Jerusalén, de donde fue expulsado por Juan de Giscala, que se encerró a su vez en el Templo mientras Simón bar Giora y sus sicarios, con la ayuda de los idumeos, se habían apoderado de la ciudad baja y parte de la alta. «Sería imposible –escribe Josefo– contar en detalle sus torpezas, pero se puede resumir afirmando que desde que el mundo es mundo ninguna ciudad padeció igual martirio ni hubo generación capaz de hacer más mal» (Libro V, 10, 5).

Tito, al que su padre había encomendado en el año 70 la conquista de Jerusalén, mandó construir una valla en torno a la ciudad para impedir totalmente el acceso de víveres. Entre tanto, las disputas entre facciones convirtieron la urbe en un campo de batalla donde las llamas consumieron todo el trigo que les habría permitido sobrevivir. El azote del hambre fue el más terrible de los que aquejaron a los sitiados. «El hambre –cuenta Josefo– es el mayor de los sufrimientos, y lo que más destruye es el respeto: lo que en otras circunstancias es objeto de consideración es tratado con desprecio cuando hay hambre. Las mujeres quitaban la comida de la boca a sus maridos, los hijos a los padres y, lo que es aún más doloroso, las madres a sus hijos» (Libro V, 10, 3).

La Legio X Fretensis acampó en el Monte de los Olivos a fin de lanzar una ofensiva por la parte oriental de la ciudad. A esta legión, cuyo estandarte  tenía como divisa un cerdo, animal impuro para la religión judía, le cupo más tarde el gobierno de la Judea sojuzgada. Los romanos consiguieron traspasar las tres murallas que rodeaban la urbe y abatir las imponentes torres que la dominaban. La última batalla a la desesperada tuvo lugar   junto  al Templo. La refriega cuerpo a cuerpo era tan confusa que no se podía saber de qué parte estaban los combatientes, todos revueltos en un espacio tan reducido. «Los que estaban en primera fila se veían obligados a matar o ser muertos; no había escapatoria« (Libro VI, 1, 7). Cuando por fin irrumpieron los romanos, la masacre fue total. Jerusalén quedó destruida «de un modo tan radical que cualquiera que llegase a la urbe no habría podido creer que allí se alzaba antes una ciudad» (Libro 7, 1, 1).

Flavio Josefo describe con lujo de detalles la magnificencia del Templo, construido después del 536 a.C., cuando los judíos regresaron del destierro en Babilonia. Tenía nueve puertas forradas de oro y plata, y la que estaba fuera del santuario era de bronce de Corinto y superaba en valor a las chapadas en oro y plata. «No había nada en el exterior del Templo que no impresionase la imaginación ni la vista; recubierto por todas partes de macizas placas de oro. En cuanto despuntaba el sol resultaba deslumbrante. Era imposible contemplarlo sin bajar la vista, como ante la vista del sol» (Libro V, 5, 6). 

Todo fue devorado por las llamas. En vano, Tito intentó contener la furia de las legiones. (Libro V, 5, 6). Contra la voluntad del César, el Templo fue consumido por el fuego» (Libro VI, 4, 7). Mientras ardía el Templo, los asaltantes exterminaban sin piedad a quien caía en sus manos, laicos y sacerdotes, ancianos o niños. «La colina del Templo parecía por todos lados desde sus raíces henchida de fuego, y aun así, la sangre derramada era más abundante que el fuego y los muertos más que quienes los mataban» (Libro VI, 5, 1).

La ofensiva inicial de los romanos se había iniciado en el mes de la Pascua, mientras una ingente multitud de judíos se agolpaba en la ciudad. «El destino había querido que toda la nación quedase aprisionada, y la guerra puso cerco a una ciudad rebosante de población. Así, el número de víctimas resultó superior al de cualquier exterminio realizado por mano humana o divina» (Libro VI, 9, 4).

La caída de Jerusalén no prefigura sólo el fin del mundo, sino de todos los castigos que la humanidad está destinada a sufrir por sus pecados. Más aún que los pecados, lo que acarreó la justicia divina fue la falta de arrepentimiento del pueblo. Por su impenitencia, Jerusalén corrió la misma suerte que Sodoma, no la de Nínive.

En 362 en emperador pagano Juliano proyectó reconstruir el Templo de Jerusalén con miras a desmentir la profecía de Jesús sobre la destrucción. Encomendó la tarea a Alipio de Antioquía, pero unos tremendos temblores de tierra y las llamas que se encendieron en las ruinas aterrorizaron a los obreros y los obligaron a desistir de su empeño, de lo cual da testimonio el pagano Amiano Marcelino: «Espantosas bolas de fuego que surgían junto a los cimientos dejaron el lugar inaccesible a los albañiles, que a veces hasta se quemaban. El fuego los hacía retroceder obstinadamente, y tuvieron que abandonar el trabajo» (Res Gestae, 23, 1, 3).

Hoy, el llanto de la Virgen es semejante al de Nuestro Señor en el Monte de los Olivos. Domina flevet. Desde el Cielo, María llora contemplando el horizonte histórico de nuestro tiempo. En 1917 anunció en Fátima un gran castigo para la humanidad si ésta no se convertía. La conversión exige arrepentirse de las propias culpas, individuales e históricas, y al arrepentimiento debe seguir la penitencia, como pidió por tres veces el ángel en la visión del Tercer Secreto de Fátima. Y sin embargo, ninguna autoridad política ni religiosa expresa palabras de arrepentimiento o penitencia. ¿Sufrirán la humanidad, la Iglesia y las naciones un castigo análogo al de Jerusalén?

La única certeza con la que contamos es que, al final, el Corazón Inmaculado de María triunfará. Lo ha prometido Ella, y en Ella confiamos, entre las ruinas de un mundo que empieza a derrumbarse entre llamas.

Traducido por Bruno de la Inmaculada

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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