ADELANTE LA FE

El Canon Bíblico

(S.E. 8)

En el tratado sobre la inspiración bíblica hemos considerado el origen divino de la Biblia y el modo en que Dios inspiró a los hagiógrafos para que, como verdaderos autores, escribieran todo y sólo lo que Él quería. Debemos estudiar ahora cuáles son los libros inspirados y cómo a lo largo de los primeros siglos de cristianismo, gracias a la acción del mismo Espíritu, estos libros se fueron agrupando en el seno de la Iglesia, y bajo su autoridad, hasta constituir una colección completamente característica a la que llamamos ‘canon bíblico’.

Los libros sagrados se llaman también canónicos. Ellos son el «canon» o la « regla» de la verdad revelada por Dios. La Tradición apostólica ha establecido el canon de la Biblia, es decir, ha reconocido como inspirados y sagrados aquellos libros, no tras largas investigaciones científicas sino bajo la guía del Espíritu Santo que actúa en ella y la lleva al conocimiento de la verdad plena  (Cfr. Jn 16:13).

Así pues, se conoce por canon bíblico el conjunto de todos los escritos que forman la Biblia, y que, por su origen divino, constituyen su regla de la fe y costumbres-, es decir, el catálogo completo de los escritos inspirados. Por circunstancias históricas, que enseguida veremos, a la mayoría de los escritos bíblicos se les denomina protocanónicos porque siempre y en todas las comunidades cristianas fueron tenidos por inspirados; para distinguirlos de unos pocos -siete de cada Testamento- que se llaman deuterocanónicos porque no siempre y en todas partes fueron incluidos en el canon. La división  de los libros inspirados  en proto y deutero-canónicos no significa de ningún modo establecer una diferencia en la dignidad y autoridad de los libros sagrados: todos los libros bíblicos son igualmente inspirados.

Los libros deuterocanónicos forman un total de catorce libros, siete del Antiguo Testamento y siete del Nuevo. Al Antiguo Testamento pertenecen: Tobías, Judit, 1º y 2º Macabeos, Baruc con la carta de Jeremías, Sirácida y Sabiduría; al Nuevo Testamento: la carta a los Hebreos, cinco cartas católicas (Santiago, 2ª Pedro, 2ª y 3ª Juan, Judas) y el Apocalipsis. A estos libros hay que añadir tres pasajes del Antiguo Testamento: Est 10: 4-16, 24, Dan 3: 24-90 y Dan 13-14.

1.- Nociones fundamentales

¿Cómo sabemos cuáles son los libros inspirados? o ¿qué criterios son válidos para discernir que un libro bíblico sea inspirado? Guiada por el Espíritu Santo y a la luz de la Tradición viviente que ha recibido, la Iglesia ha discernido los escritos que deben ser conservados como Sagrada Escritura. La Biblia como obra literaria, además de inspirada es también normativa o canónica.

La expresión ‘canon bíblico’ designa, desde fines del siglo III, el catálogo oficial de los libros inspirados que constituyen, junto a la Tradición, la regla de fe y costumbres de la Iglesia. A partir del término ‘canon’ se formó el adjetivo ‘canónico’, con el sentido de ‘perteneciente al canon’, y el verbo ‘canonizar’, es decir, admitir en el canon. De época más reciente es el término abstracto ‘canonicidad’, que indica la pertenencia de un libro al catálogo de libros inspirados.

2.- Canonicidad e inspiración

Aunque existe una conexión íntima entre los términos ‘canónico’ e ‘inspirado’, no obstante, formalmente, corresponden a dos nociones diferentes. Coinciden porque es una verdad de fe que todos los libros canónicos están inspirados y porque no parece que hayan existido libros inspirados que no formen parte del canon bíblico; difieren, sin embargo, en su significado ontológico: la inspiración hace referencia al origen divino de los libros sagrados; la canonicidad, a su reconocimiento por parte de la Iglesia. Por tanto, la canonicidad presupone la inspiración, pero no al contrario.

De esto se sigue que la declaración de la Iglesia sobre la canonicidad de un libro no añade nada al contenido intrínseco del libro inspirado, cuya capacidad normativa procede de la inspiración. Con su declaración, la Iglesia reconoce infaliblemente el origen divino de los libros sagrados.

La afirmación de la existencia de un canon bíblico fijo y determinado está enraizada, como cualquier otra verdad de fe, en la Revelación misma (Escritura y Tradición), por medio de la cual la Iglesia puede establecer una conclusión dogmática que sobrepasa la simple certeza histórica.

La relación entre Escritura y Tradición es el nexo que fundamenta el ‘criterio de canonicidad’ en la teología católica y lo distingue de los diversos criterios que dominan en la teología protestante y en otras formas de pensamiento.

Desde una perspectiva teológica católica, la existencia del canon de los libros sagrados debe considerarse una doctrina que forma parte de las verdades reveladas por Dios, por lo que, de modo semejante a lo que ocurre con otros dogmas, al proclamarlo, la Iglesia no lo constituye, sino que lo reconoce y acepta. Por esto, el canon bíblico, una vez reconocido y definido, no admite ni añadidos ni exclusiones. En consecuencia, si se encontrase algún otro escrito de origen apostólico, no podría entrar a formar parte del canon. El motivo es que, en una tal hipótesis, la atestación del escrito apostólico tendría solamente un carácter documental y, por ello, sería rechazado de la vida de la Iglesia. Por este motivo, no podría tener valor normativo para la fe; precisamente, por quedarse fuera de la Tradición apostólica, no sería Sagrada Escritura, que lo es sólo cuando la Tradición se encuentra a sí misma en ella.

Libros apócrifos – En la teología católica se denominan ‘apócrifos’ (del griego apókryphos, oculto, escondido) aquellos libros que, no obstante su afinidad, por título y contenido, con los libros del canon bíblico, nunca fueron reconocidos por la Iglesia universal como canónicos e inspirados.

Ágrafa – Son dichos aislados atribuidos a Jesús por alguna tradición incierta y que, por tanto, no se encuentran en los Evangelios canónicos (ágraphon significa precisamente ‘no escrito’). Un ágrafo es mencionado por san Pablo en Hech 20:35: “Hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: ’Mayor felicidad hay en dar que en recibir’”. Estas palabras, que san Pablo atribuye a Jesús, no se encuentran, sin embargo, en los escritos evangélicos: san Pablo las debió de recibir a través de una tradición apostólica que no confluyó en los Evangelios. Muchos otros ágrafa aparecen en las variantes de los manuscritos del Nuevo Testamento, en los papiros, en los escritos apócrifos, en la literatura patrística e incluso en la liturgia. Para que un ágrafo se pueda considerar auténtico es necesario que reúna algunas condiciones: tener a su favor varios testimonios dignos de fe, independientes entre sí, y que contenga una doctrina conforme con la enseñanza auténtica del Señor y según su estilo. El resultado de la investigación llevada a cabo por los estudiosos no ha dado resultados de gran valor, y los ágrafa considerados más probables añaden bien poco a lo que conocemos de Jesús por los Evangelios canónicos.

3.- Historia del canon del Antiguo Testamento

El discernimiento del canon de la Sagrada Escritura ha sido el punto de llegada de un largo proceso. Las comunidades de la Antigua Alianza reconocieron en un cierto número de textos la Palabra de Dios y los consideraron en consecuencia como un patrimonio que debía ser conservado y transmitido.

3.1.- En la tradición judía

El elenco de los libros sagrados era clasificado por los judíos, ya en tiempos de Jesucristo, en tres partes: La Ley, los Profetas y los Escritos. Por los datos de los mismos libros bíblicos sabemos que el canon  tuvo  su comienzo con Moisés, a quien se considera el autor sustancial del Pentateuco (Toráh), que mandó que la Ley fuera leída públicamente cada siete años y depositada en el arca de la alianza. También consta que en el siglo V III el rey Ezequías mandó reunir un cierto número de los proverbios de Salomón y ordenó que se cantaran en el Templo “salmos de David y Asaf ” . En el siglo V, Nehemías construyó una biblioteca y en ella colocó “los libros de los Reyes, los de los profetas y los de David y las cartas de los Reyes sobre las ofrendas”.

La redacción definitiva del Pentateuco (la Toráh), tiene lugar en tiempos de Esdras, mientras que la segunda colección, Los Profetas o (Nebi’im), estaba ya completa hacia el año 180 a.C., cuando se redacta el Sirácida o Eclesiástico. Además, en el mismo libro, siguiendo el orden del actual canon, se hace mención de Josué, Jueces, Samuel, Reyes, Isaías, Jeremías,  Ezequiel, y los Doce profetas menores . También a esta colección se le atribuyó la misma autoridad y dignidad que la Ley . Y, finalmente, la tercera colección ( Los Escritos o Ketubim), que incluye los restantes libros, se cierra con el libro de la Sabiduría, hacia el año 50 a.C.

3.2.- El problema de los libros “deuterocanónicos” del Antiguo Testamento

Los libros deuterocanónicos del AT son: Tobías, Judit, Sabiduría, Baruc, Eclesiástico, 1º y 2º Macabeos; y, además, fragmentos de Ester (10:4- 16:24) y Daniel (3:24-90; 13- 14). Estos escritos fueron reconocidos como sagrados desde el siglo II a.C., cuando se concluyó la traducción griega de los Setenta. Esta versión contiene todos los deuterocanónicos, es más, los inserta entre los protocanónicos.  Al principio -según la hipótesis más generalizada- también los judíos palestinenses conservaron el mismo canon que los de Alejandría.

Los judíos  de Jerusalén eliminaron  algunos libros del canon ¿por qué? Según opinión común entre los investigadores, las razones que les llevaron a rechazar estos libros fueron dos: la hostilidad de los fariseos a la dinastía de los Macabeos, considerada como usurpadora de los derechos de la dinastía davídica -lo que explica la exclusión de 1º y 2º Mac-; y las controversias con los cristianos, rechazando la “versión alejandrina” que la Iglesia usaba. La decisión oficial vino de la Escuela de Yamnia por los años 95-100 d.C, que sacó del canon judío estos siete libros sagrados.

Los Protestantes, en el siglo XVI , excluyeron también de sus Biblias estos libros, a los que ellos denominaron “apócrifos”. Este término tiene aún hoy para los protestantes un sentido técnico concreto y propio, porque designan así a los libros que no incluyen en su «canon» de las Escrituras. La Iglesia Católica, ha considerado como libros canónicos a estos “apócrifos del AT”, que llama “deuterocanónicos”. El Concilio de Trento adopta así definitivamente la antigua tradición de la Iglesia de Occidente, defendida por san Agustín.

3.3.- El canon del Antiguo Testamento en la Iglesia

La Iglesia primitiva recibió el canon del Antiguo Testamento de la tradición judía, pero no se trataba de un canon cerrado, que, como hemos visto, todavía no existía. La historia de la formación del canon tiene una cierta complejidad.

Los cristianos siempre veneraron esos textos sagrados, que recibieron como una preciosa herencia trasmitida por el pueblo judío, es decir, los considera “Sagradas Escrituras”. Podemos concluir que los Apóstoles admitían el canon completo del AT, incluidos los “deuterocanónicos”.

En la época postapostólica y mucho tiempo después, la versión de los LXX siguió siendo el texto bíblico oficial de la Iglesia para el AT; algunas excepciones locales y pasajeras no invalidan este dato importantísimo. Es verdad que en los siglos III, IV y V un grupo no muy numeroso de autores manifiesta ciertas reservas con respecto a los libros deuterocanónicos, pero en la práctica se sirven también de estos escritos del AT como si fuesen inspirados y canónicos.

La fijación definitiva del canon del AT aparece ya en el siglo IV, con la declaración del Concilio regional de Hipona (año 393) , en el que intervino el propio san Agustín; posteriormente, el canon de los libros inspirados consta en la declaración del Concilio ecuménico de Florencia ( 1441) y en la definición infalible del Concilio ecuménico de  Trento (1546).

4.- Criterios y criterio de canonicidad

4.1.- Criterios católicos de canonicidad

El escriturista Ohlig divide los criterios en tres grupos:

  • criterios externos, de los que formarían parte la apostolicidad, la antigüedad del escrito, la aprobación apostólica, la ortodoxia doctrinal, la armonía con otros libros de la Escritura ya aceptados por la Iglesia, su carácter edificante y la universalidad;
  • criterios eclesiales, como la recepción de los libros por parte de las Iglesias particulares, su citación como Escritura por los escritores antiguos, el empleo litúrgico y el reconocimiento por parte de la autoridad eclesiástica;
  • criterios internos, que serían los ofrecidos por el mismo libro sagrado y reconocidos por la experiencia pneumática de la Iglesia.

Ahora bien, aunque en la formación del canon bíblico pudieron influir más o menos estos criterios, la Iglesia universal, al exponer magisterialmente en los diversos momentos históricos los motivos de su aceptación de determinados libros bíblicos, se basó fundamentalmente sobre el criterio de ‘apostolicidad’, que se puede formular en estos términos: para que un escrito pueda ser retenido auténticamente eclesial, y, por lo tanto, canónico e inspirado, su origen divino debe ser atestiguado por una tradición que se remonte a los apóstoles y haber sido reconocido como tal por la Iglesia apostólica.

Origen apostólico del escrito, uso generalizado o catolicidad del escrito, aceptación tradicional del mismo, y conformidad a la regla de fe de la Iglesia confluyeron, a la hora de discernir, en la determinación del carácter canónico del libro en cuestión. La Iglesia, lo que hizo fue racionalizar lo que era ya una práctica tradicional.

4.2.- Criterios protestantes de canonicidad

Los protestantes, al prescindir de la autoridad del Magisterio, se encontraron sin un criterio fijo y seguro a la hora de establecer el canon bíblico. Esto condujo a la llamada “cuestión de los criterios”; es decir, frente al criterio objetivo de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia católica, desarrollaron otros criterios subjetivos. Así por ejemplo, Lutero clasificaba los libros neotestamentarios según la importancia que dan al mensaje de la Redención y la concordia que guardan con la tesis luterana de la “justificación por la sola fe; y por este motivo rechazó la Carta a los Hebreos, la Carta de Santiago, la de Judas y el Apocalipsis. Para Calvino, el criterio de canonicidad era “el testimonio secreto del Espíritu” y el “consentimiento público”, del pueblo cristiano.

5.- Historia del canon del Nuevo Testamento

Se pueden distinguir dos períodos principales: el origen de la formación del canon (siglos I-II) y la constitución del canon definitivo entre los siglo III y V.

5.1.- Origen de la formación del canon del Nuevo Testamento

Todos los libros del Nuevo Testamento fueron escritos en la segunda mitad del siglo primero, en un período de unos 50 años. Es lógico pensar que, desde el primer momento, las primitivas comunidades cristianas a las que se dirigían esos libros, que contenían la enseñanza de Jesús y la doctrina de los apóstoles, los acogieron con gran respeto y veneración. Al principio, cada comunidad poseía sólo un escaso número de escritos, pues, de hecho, casi todos estaban dirigidos a comunidades particulares (Romanos, Corintios, Gálatas, etc.), o incluso a una persona (carta a Filemón, Timoteo, Tito). Sin embargo, en poco tiempo surgieron las primeras colecciones.

Hay algunos hechos que ayudan a describir esta historia:

  • El dato más significativo es, sin duda, el texto de 2 Pe 3: 15-16, que habla de “todas las cartas” del “queridísimo hermano Pablo”. Lo que supone que existía una colección de esos escritos, al menos de los que se habían difundido hasta ese momento. La segunda carta de san Pedro considera las cartas de san Pablo con la misma autoridad que las “otras Escrituras”, es decir, los escritos del Antiguo Testamento, a los que las compara en el mismo texto citado.
  • Otro dato de interés deriva del hecho que algunos escritos neotestamentarios (cartas paulinas, algunas cartas católicas) tenían un destinatario muy amplio, debido a que estaban dirigidos a varias Iglesias locales, y es lógico pensar que estas Iglesias conservasen los originales o copias de los documentos recibidos antes de transmitirlos a otras; de este modo, en esas Iglesias se constituían pequeñas colecciones de libros o cartas. Es conocido, por ejemplo, que san Pablo (probablemente hacia el 61-63) ordena expresamente a los Colosenses que lean la carta dirigida a los de Laodicea (quizá la carta a los Efesios) y a estos, la de los Colosenses (Col 4:16). La carta de Santiago y la primera de Pedro fueron escritos circulares, que conservarían las distintas comunidades.

No se está en condiciones de precisar con mayor exactitud este proceso inicial de formación del canon del Nuevo Testamento. Se puede pensar que las cartas a los Romanos y a los Efesios alcanzaron una rápida difusión por su importante contenido dogmático; y que, en las Iglesias de Grecia y de Asia Menor, por la cercanía de unas a otras, se formase en poco tiempo una colección de escritos constituida por un cierto número de cartas de san Pablo, de san Juan y el Evangelio de san Lucas. En Roma, la colección podría haber estado integrada por Romanos y Marcos; en Siria y Palestina, por Mateo, Santiago y Judas. La historia parece confirmar que en algunas comunidades de la Galia meridional se constituyó en breve tiempo el canon bíblico prácticamente completo; en Siria y otros lugares, el proceso fue mucho más lento.

Ninguno de los escritores de este período compuso un catálogo de los libros bíblicos, aunque en sus obras mostraron una gran familiaridad con estos libros. Leyendo sus obras se pueden deducir los siguientes tres datos:

  • citan o aluden a casi todos los libros que constituirán el canon bíblico (excepto 3ª Juan);
  • no ponen en duda la autoridad de ninguno de los libros inspirados;
  • reconocen en esos libros una autoridad suprema.

Se observa, además, que en casi todas las Iglesias se reconocía la autoridad canónica de dos grandes colecciones parciales: los Evangelios y el Corpus Paulinum (incluyendo la carta a los Hebreos), a los que normalmente se añaden otros escritos (Hechos, 1ª Pedro, 1ª Juan y Apocalipsis). Entre los testimonios más significativos se encuentra el de san Justino († 165), quien afirma que en la liturgia eucarística, junto a los escritos de los profetas, eran leídos los Evangelios. Este es el primer testimonio que poseemos de la utilización litúrgica de los Evangelios como praxis sólidamente establecida en la Iglesia.

Más decisivas resultan las afirmaciones de san Ireneo († 202), que, en el tercer libro del Adversus haereses, defiende explícitamente la canonicidad de los cuatro Evangelios, tratando de demostrar por qué son precisamente cuatro, y reconoce como Escritura todo el Corpus Paulinum y prácticamente todos los demás libros del Nuevo Testamento (aunque no cita la 3ª de san Juan, ni san Judas).

La expresión “Nuevo Testamento” aplicada a los libros bíblicos se encuentra por primera vez, según los datos históricos, en los escritos de Tertuliano, alrededor del año 200, cuando comenzaban a surgir los primeros catálogos de libros inspirados.

5.2.- La constitución del canon definitivo

Donde  primero se llevó a cabo esta codificación fue al parecer en Roma, como lo atestigua el famoso Canon de Muratori, de fines del siglo II , descubierto  en  1740.

A fines del siglo II, como hemos visto, el canon bíblico del Nuevo Testamento estaba prácticamente formado y existía un consenso casi unánime sobre todos los libros que había que considerar inspirados y normativos. En el siglo III, los testimonios se harán más claros y explícitos. Sin embargo, en las diferentes comunidades cristianas, que poseían sus propias tradiciones, se advierte un doble fenómeno: por un lado, las listas de libros canónicos que comienzan a aparecer muestran que en algunas de ellas no se había alcanzado un conocimiento completo del canon; por otro lado, debido al contacto cada vez más creciente entre las diversas comunidades, surgen dudas sobre la normatividad real de los escritos que no todas las comunidades consideraban inspirados. La tradición sobre la inspiración de los libros que constituirán el canon se impuso gradualmente gracias a la cadena continua de testimonios, que nunca desapareció.

5.3.- La cuestión de los deuterocanónicos del Nuevo Testamento

Si nos atenemos a los datos antes señalados, se observa que las incertidumbres y dudas sobre el canon del Nuevo Testamento recaían fundamentalmente sobre siete libros, los llamados deuterocanónicos: cinco cartas católicas (Santiago, 2ª Pedro, 2ª y 3ª Juan, Judas), la Carta a los Hebreos y el Apocalipsis. Entre las causas de esta incertidumbre sobre los libros deuterocanónicos, hay algunas de carácter general:

  • las dificultades de comunicación y las diferencias culturales entre las diversas ciudades donde residían las comunidades cristianas no facilitaban la transmisión de los escritos sagrados de un lugar a otro, lo que llevaba a que se crearan lagunas en su conocimiento;
  • el hecho de que algunos escritos iban dirigidos a una única persona (2ª y 3ª Juan) o a una comunidad concreta, por lo que no circulaban entre las demás Iglesias;
  • la difusión de apócrifos, que se presentaban como libros sagrados e inspirados, e incluso como escritos apostólicos, pero que en realidad eran obra de falsarios, realizadas para propagar las propias doctrinas heréticas. Por esto, las comunidades cristianas se mostraban remisas en aceptar los libros que no estuviesen suficientemente atestiguados por una sólida tradición e introducidos en la comunidad por algún personaje conocido entre los fieles;
  • la falta de una definición oficial por parte de la Iglesia, necesaria para vencer las eventuales dudas que se presentaban.

5.4.- Decisiones de la Iglesia sobre el canon bíblico

La definición dogmática sobre el canon bíblico del Antiguo y del Nuevo Testamento fue proclamada por el Concilio de Trento. Con anterioridad, habían tenido lugar algunas decisiones magisteriales de ámbito más limitado, pronunciadas por algunos concilios provinciales o propuestas por documentos pontificios, que testificaban la fe de la Iglesia universal, tal como era vivida en las diversas comunidades cristianas.

a.- Las decisiones magisteriales anteriores al Concilio de Trento

Las primeras decisiones de una autoridad eclesiástica sobre el canon bíblico proceden de tres concilios plenarios africanos: el Concilio de Hipona y los Concilios III y IV de Cartago, celebrados, respectivamente, en los años 393, 397 y 419. En todos ellos tomó parte san Agustín: en el primero, como sacerdote; en los otros dos, como obispo.

En estos concilios, con la finalidad de resolver las dudas que todavía persistían en la Iglesia africana sobre el canon, se redactó y se promulgó el elenco completo de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. El elenco comprende tanto los libros protocanónicos como los deuterocanónicos. El IV Concilio de Cartago ofrece un interés particular, porque señala el criterio de canonicidad, es decir, el motivo por el que se establecía la lista de libros canónicos: la tradición de los santos Padres.

A estos documentos se les pueden añadir otros dos de gran importancia: La carta Consulenti tibi del Papa san Inocencio I (401-417) a san Exuperio, obispo de Tolosa, en la que nos ofrece el catálogo de los libros sagrados que el Papa presenta es el mismo que más tarde propondrá el Concilio de Trento. Y el sínodo griego Trulano o Quinisexto, del año 692, de gran importancia por su incidencia en la determinación del canon bíblico en Oriente.

Para encontrar otro documento de cierto espesor sobre el canon bíblico, es preciso remontarse hasta el siglo XV, al Concilio ecuménico de Florencia, que en el Decreto para los Jacobitas expone el primer catálogo oficial de libros sagrados de la Iglesia universal. El decreto no es propiamente una definición dogmática solemne, sino, más bien, una profesión de fe, que presenta la doctrina católica tal como se aceptaba universalmente. El decreto reproduce el canon completo, siguiendo las definiciones de los sínodos cartagineses.

b.- La definición dogmática del canon bíblico en el Concilio de Trento

El motivo por el que el Concilio de Trento afrontó el tema del canon bíblico tiene su raíz en la postura que adoptaron los teólogos protestantes en tiempos de la Reforma. El protestantismo había resuelto la cuestión del canon de acuerdo con el principio de la sola Scriptura, por el que se rechazaba cualquier valor normativo a una autoridad externa a la Escritura, por tanto, a la Tradición y a las enseñanzas del Magisterio.

En consecuencia, los protestantes asumieron, para el Antiguo Testamento, el canon restringido de la Biblia hebrea; para el Nuevo, opiniones a veces diferentes y contrastantes, según las diversas corrientes en que se dividía el pensamiento protestante. En general, los Reformadores ponían en discusión la canonicidad de algunos libros y diversos textos.

En la sesión del 8 de abril de 1546, en el decreto De libris sacris et de traditionibus recipiendis, el Concilio definió semel pro sempre el canon de los libros sagrados. La lista se introduce con las siguientes palabras:

“[El Concilio] estima deber suyo añadir junto a este decreto el índice de los libros sagrados, para que a nadie pueda caber duda de cuáles son los libros que el Concilio recibe”.

El texto concluye con la siguiente afirmación solemne:

“Y si alguno no recibiera como sagrados y canónicos estos libros íntegros con todas sus partes, tal como se han acostumbrado leer en la Iglesia católica y se contienen en la antigua edición latina Vulgata, y despreciara a ciencia y conciencia las predichas tradiciones, sea anatema” (Cfr. DS 1501-1504).

La definición de Trento fue confirmada y revalidada por el Concilio Vaticano I a causa del renacer de viejas teorías que volvían a plantear dudas sobre la autoridad de algunos libros bíblicos. Este concilio se expresa con las siguientes palabras:

“Estos libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, íntegros con todas sus partes, tal como se enumeran en el decreto del mismo Concilio [de Trento], y se contienen en la antigua edición latina Vulgata, deben ser recibidos como sagrados y canónicos”(DS 3006).

6.- El canon bíblico en algunas confesiones cristianas no católicas

Si consideramos que la historia de la formación del canon ha sido de gran complejidad, con aspectos que no encuentran una explicación racional clara y precisa, no parece que se pueda encontrar fácilmente una respuesta a la existencia del canon bíblico que no acepte, de algún modo, la intervención de una Tradición de fe normativa guiada por el Espíritu Santo. Canon e Iglesia, Escritura y Tradición, muestran una conexión a la vez inseparable e indisoluble. No es extraño por esto que teólogos protestantes se encuentren hoy día más divididos que en otras épocas sobre la cuestión del canon.

Las sucesivas confesiones de fe reformadas –gaélica (1559), inglesa (1562), belga (1562), suiza (1564)– acentuaron aún más el papel del Espíritu Santo, que sería el garante en el corazón de los creyentes, del carácter divino de las Escrituras. Estas confesiones rechazaron los deuterocanónicos del Antiguo Testamento.

Sobre el tema del canon bíblico resulta de particular interés el estudio de la forma que presenta el canon en las Iglesias ortodoxas griega y rusa, y en las Iglesias siria, copta, etiópica y armenia. En general, estas Iglesias siguen, para el Nuevo Testamento, el canon completo; para el Antiguo, o faltan los deuterocanónicos (Iglesias ortodoxas griega y rusa) o se han añadido algunos libros apócrifos, aunque esto último sea un proceso poco definido en el interior de las mismas Iglesias.

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com
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