Fotografía superior: Padre Stefano Maria Manelli sirviendo la Santa Misa celebrada por San Pío de Pietrelcina el 5 de mayo de 1956, día de la inauguración del hospital “Casa alivio del sufrimiento” en San Giovanni Rotondo.

Un don de la Divina Providencia para la Iglesia de nuestros tiempos

¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como el ave a sus polluelos bajo las alas y no quisisteis! Pues sabed que vuestra casa va a quedar desierta. Pero os digo que no volveréis a ver hasta que llegues el día en que digáis: ‘Bendito el que viene en nombre del Señor’.”

(Lc 13, 34-35)

¿Qué razones pueden haber para destruir una de las órdenes religiosas más vitales y con más vocaciones jóvenes, mientras que las otras se están extinguiendo por vejez y asfixia espiritual? ¿Qué sentido tiene deshacer un largo y paciente trabajo de evangelización por todo el mundo, precisamente cuando se pregona por todo lo alto una “nueva evangelización”? ¿Por cuáles absurdos y suicidas motivos se silencian precisamente aquellas voces que predican a Cristo, y a Cristo crucificado, junto con su Santísima Madre, sin complejos ni tapujos, cuando no se mueve ni un dedo para corregir todos los que vomitan una herejía tras otra (y son legiones)? ¿Por qué se persiguen, con métodos dignos de los “comisarios políticos” de las dictaduras pasadas y presentes, a frailes y monjas culpables de celebrar también la Santa Misa según el Rito Romano Antiguo y, consecuentemente, de no “sentire cum Ecclesia”?

Desde luego son preguntas candentes, peliagudas y extremadamente embarazosas. Pero son exactamente las preguntas que el mismo Vaticano ha sublevado en todo el orbe católico a partir del 11 de julio de 2013, cuando se puso a la Congregación de los Franciscanos de la Inmaculada bajo las órdenes de un Comisario Apostólico. A más de un año de distancia de esta disposición y tras una cadena demasiado larga de otras decisiones bochornosas, cuando no directamente vejatorias e injustas, las preguntas no sólo no han recibido respuestas, sino que no han hecho más que aumentar. Porque lo que deja claro el proceder de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, presidida aún por el Cardenal João Braz de Aviz, es que la intención última, el objetivo tampoco muy oculto de las medidas tomadas contra el Instituto fundado por Padre Stefano Maria Manelli es la destrucción sistemática de todas las ramas del mismo. Eso ha quedado claro como la luz del sol el 19 de mayo de este año cuando el susodicho cardenal firmó el nombramiento de una “visitadora” para las Monjas Franciscanas de la Inmaculada con poderes de control prácticamente ilimitados que, de hecho, la equiparan a una “comisaria”.

F.I.1

El Padre Stefano Maria Manelli y sus fundaciones

Para intentar dar respuesta a las preguntas que siguen inquietando a todos los que se preocupan no sólo por el futuro de los Franciscanos y Franciscanas de la Inmaculada, sino por el de la Iglesia Católica en su conjunto, debemos comenzar desde el principio, o sea volver a los orígenes del Instituto, lo cual significa conocer mejor al Padre Stefano Maria Manelli, las características del carisma que recibió del Espíritu Santo y las etapas por las que ha pasado su fundación.

El Padre Stefano Maria Manelli nace en FiumeRijeka (cuando esa ciudad pertenecía al estado italiano) el 1 de mayo de 1933, siendo el sexto de los veintiún hijos de Settimio Manelli y Licia Gualandris, dos esposos ejemplares guiados espiritualmente por San Pío de Pietrelcina, actualmente Siervos de Dios para los cuales se abrió oficialmente el proceso de beatificación en 2010.

Con cinco años, el futuro fundador de los Franciscanos de la Inmaculada recibe la Primera Comunión de la mano del mismo Padre Pío. El 8 de diciembre de 1945, con 12 años, entra en el Seminario Menor de los Frailes Menores Conventuales de Copertino (Lecce). Hace su profesión simple el 4 de octubre de 1949; la profesión solemne el 27 de mayo de 1954 y es ordenado sacerdote el 20 de octubre de 1955, Solemnidad de Cristo Rey. En 1960 se doctora en Teología Sagrada en la Pontificia Facultad Teológica “Seraphicum” (de Roma) defendiendo una tesis sobre la Inmaculada. Luego enseña Teología (Patrística y Mariología) en los Seminarios de la Orden Franciscana, en el Seminario de Benevento y en el Instituto de Ciencias Religiosas de Avellino, siendo finalmente nombrado Prefecto de los Estudios de la Provincia Franciscana Conventual de Nápoles. A partir de 1965, se inicia para el Padre Stefano un período de redescubrimiento de las fuentes franciscanas y de los escritos de San Maximiliano María Kolbe.

La llamada de Concilio Vaticano II a un retorno a las fuentes originarias del carisma de cada familia religiosa para promover una verdadera renovación de la Iglesia, inspira en el Padre Stefano el deseo de vivir integralmente la vida franciscana siguiendo las huellas del “Poverello” de Asís según el ejemplo de San Maximiliano Kolbe, “el San Francisco del siglo XX”, como lo definió Juan Pablo II. Siempre guiado por el Padre Pío, el 4 de octubre de 1967, se consagra con un especial ofrecimiento de sí mismo a Dios a través de la Inmaculada, para las necesidades de la Iglesia.

Finalmente, el 2 de agosto de 1970 (fiesta de Santa María de los Ángeles y día de la Indulgencia de Asís), el Padre Stefano, junto con el Padre Gabriele Maria Pellettieri, con el permiso y la bendición de sus superiores, comienza a vivir su vocación franciscana según un programa llamado Traza mariana de vida franciscana, todo basado en la oración, la penitencia, la pobreza y un intenso apostolado. Se constituye así la primera Casa Mariana cerca del Santuario de la Virgen del Buen Consejo (en Frigento, provincia de Avellino).

Pasados veinte años, con la comunidad beneficiada por un florilegio de vocaciones, el 22 de junio de 1990, solemnidad de Sagrado Corazón de Jesús, el Arzobispo de Benevento, Mons. Carlo Minchiatti, por decisión del mismo Santo Padre, firma el decreto de erección del nuevo Instituto de derecho diocesano. El 23 de junio de 1990, fiesta de Corazón Inmaculado de María, una trentena de frailes emite su profesión religiosa. El continuo crecimiento del Instituto y las credenciales de los obispos de las diócesis en las que se establecen nuevas casas marianas llevan a que el 1 de enero de 1998, solemnidad de la Madre de Dios, los Franciscanos de la Inmaculada reciban el reconocimiento pontificio.

Por otro lado, el 1 de noviembre de 1982, el Padre Stefano y el Padre Gabriele fundan la primera comunidad de Monjas Franciscanas de la Inmaculada, en Novaliches (Manila), que viven la misma forma de vida franciscano-mariana que los frailes. Esta rama de la Congregación, recibe el derecho pontificio el 9 de noviembre de 1998. El 29 de julio de 2006, nacen también las Clarisas de la Inmaculada, con cuatro monasterios en Italia y más de cuarenta monjas contemplativas.

El 8 de septiembre de 1990, en Loreto, el Padre Stefano recibe la inspiración de fundar una asociación pública de fieles que se llamará Misión de la Inmaculada Mediadora (MIM), para que también los laicos puedan vivir el carisma del Instituto según su condición y en los distintos grados de consagración a la Inmaculada (Misioneros de la Inmaculada con el Acto de Consagración, Misioneros de la Inmaculada con voto privado y Terciarios Franciscanos de la Inmaculada). La asociación recibe su primera aprobación canónica por parte del Arzobispo de Benevento, el 6 de enero de 1991, una segunda vez el 24 de mayo de 1997 con un decreto del Arzobispo de Benevento Mons. Serafino Sprovieri y, finalmente, es oficialmente reconocida en el decreto que otorga el derecho pontificio a los frailes Franciscanos de la Inmaculada (1 de enero de 1998) y a las monjas (9 de noviembre de 1998). Los miembros de la MIM llegan a ser millares en todo el mundo.

El carisma de los Franciscanos y Franciscanas de la Inmaculada

El carisma del Instituto es franciscano-mariano, y consiste en vivir la Regla Bulada de San Francisco de Asís a la luz de la Inmaculada, tal y como se indica en la Traza mariana de vida franciscana. Por ello, los miembros de la Congregación emiten un nuevo voto, principal y constitutivo, el “voto mariano” de la consagración ilimitada a la Inmaculada, junto con los otros tres votos tradicionales de castidad, pobreza y obediencia. El voto de consagración ilimitada a la Inmaculada devuelve los Franciscanos de la Inmaculada a los orígenes marianos del franciscanismo (Santa María de los Ángeles) y a los recientes ejemplos y enseñanzas de San Maximiliano M. Kolbe (el “loco” de la Inmaculada y mártir de la caridad), con una particular vocación hacia el empuje misionero y la utilización de los medios de comunicación al servicio del apostolado.

Para comprender más a fondo la austeridad verdaderamente franciscana, la intensa vida espiritual y la solidez doctrinal que caracterizan la Congregación fundada por el Padre Manelli nada mejor que escuchar el duro y a la vez vibrante testimonio del escritor y periodista italiano Alessandro Gnocchi(1), padre de una joven de dieciocho años, Chiara, que decidió pasar un tiempo con las Monjas Franciscanas de la Inmaculada en la misión de Nigeria(2) (fuente).

«La misión nigeriana implica estar arriesgando el martirio todos los días. Allí, están unos hijos e hijas de Padre Manelli que cada día arriesgan su vida en nombre de Jesucristo y, precisamente por eso, la misión prospera y es una de las obras espirituales más florecientes del Instituto: cuarenta aspirantes varones y treinta aspirantes mujeres en un país mayoritariamente musulmán, y en el que las sectas protestantes hacen todo lo posible para destruir lo que construyen los católicos, donde pululan las iglesias más disparatadas, donde los paganos que consuman sus sacrificios humanos muy cerca de los conventos dejan los restos de las víctimas por las calles como propiciación por sus demonios, donde en los día de los ritos caníbales las mujeres no pueden salir de su casa si no quieren morir. Es el mundo de ‘Apocalypto’ antes de la llegada de los españoles.

Las monjas nunca pueden salir solas y, en ciertas ocasiones, hasta arriesgan su vida por el solo hecho de mostrarse. Sin embargo, al igual que los frailes, siguen llevando a Cristo allí donde no está y a quien aún no le conoce. Junto con los frailes, procuran que puedan haber bautizos, administración de los sacramentos, la celebración de la Misa, arrancan literalmente almas y cuerpos al demonio. Después de cada conversión, vuelven cotidianamente a visitar a los nuevos cristianos para evitar que su fe se enturbie y caiga de nuevo presa de las falsas religiones y, por ende, en la desesperación. Nada más bajar del avión, Chiara [la hija de Alessandro Gnocchi] fue llevada al leprosorio para rezar de rodillas el Rosario ante la cama de una enferma que estaba muriendo, porque las almas deben ser custodiadas hasta el final y no es suficiente llenarles la barriga.

La oración ha sido el hilo dorado que ha marcado el camino durante todo el mes en el que estuvo en Nigeria: el mismo que marca desde hace años la vida de la misión porque es el que marca la vida de las monjas y de los frailes Franciscanos de la Inmaculada. Después, y sólo después, viene la asistencia de tipo material allí, en el mundo de ‘Apocalypto’, donde, a pesar de todo, las monjas y frailes vestidos de azul representaban otras tantas notas de alegría. “De noche”, me ha contado Chiara, “me entraban granas de llorar por lo que había visto durante el día. Había visto el infierno mientras que yo me sentía en el paraíso. No es por la pobreza ni es por la miseria que tenía gana de llorar, sino por la desesperación de un mundo sin Cristo. De día oía las voces de los muecines, de noche el tam tam de los ritos paganos y he tocado con mano el hecho de que el demonio existe de verdad, he comprobado en mi piel que la religión verdadera es una sola y es la nuestra. El escudo más poderoso contra la presencia del demonio era el canto gregoriano de los frailes y de las monjas, el Rosario rezado continuamente, las vigilias y las Misas celebradas como gusta al Señor”.

Chiara, si queremos que nuestra misión sea aún más floreciente”, le dijo una hermana a mi hija poco antes de que partiera, “es necesario que alguna de nosotras muera y ofrezca su vida porque no hay nada más fecundo que la sangre ofrecida para Jesús. Los frailes ya han muerto, ahora toca a nosotras”. Son pobres, pequeños hechos, pequeños frutos perdidos en lo más profundo de África, pero que nos muestran de qué madera están hechas las raíces del árbol plantado en el terreno firme de la fe católica por Padre Manelli en 1970.

Es suya la huella dejada en esas monjas y en esos frailes que aceptan el martirio para que vuelva a florecer la vida cristiana. Desde hace años, el Padre Manelli vive en el sufrimiento al igual que su padre espiritual, San Pío de Pietrelcina. Hace un tiempo, cuando los médicos no sabían qué hacer para curarlo de la enfermedad que lo atormentaba, un sacerdote que le conoce bien me dijo: “Los médicos lo están intentando todo, pero no consiguen nada porque no entienden que ese hombre está ofreciendo sus sufrimientos para el bien de la Iglesia. Ha elegido llevar en su cuerpo las llagas del Cuerpo Místico”. No sirve teologizar demasiado. Es suficiente estar cinco minutos ante el Padre Stefano para comprender cuánto esté acostumbrado al sufrimiento, cuánto lo desee a pesar de temerlo, y también hasta qué punto ofrezca los beneficios y las bendiciones que de él derivan.

[…] Hace tres meses lo que vuelto a ver, poco antes de que estallara la bomba de la intervención. Era inquieto, pero mucho más por el destino de la Iglesia que por el de su fundación. “A estas alturas, sólo nos puede salvar el triunfo del Corazón Inmaculado de María. Estamos en el tiempo que Padre Pío llamaba de las ‘cuatro T’: todas tinieblas”. “¿Y qué podemos hacer, padre?”. “Hay que prepararse, rezar y continuar la batalla. Y luego”, añadió con una sonrisa a medio camino entre la de un viejo y la de un niño, “están las ‘cuatro T’ de la luz: todos Franciscanos de la Inmaculada”(3).

El decreto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica del 11 de julio de 2013 firmado por el Cardenal João Braz de Aviz ha formal y oficialmente, implicando incluso a Papa Francisco, rechazado esta obra maestra de la Gracia de Dios en la Iglesia de nuestros tiempos: unos tiempos que si no son los últimos, desde luego, parece que se acercan demasiado a ellos o, por lo menos, demuestran tener muchas de las señales indicadas por las Sagradas Escrituras.

Con la desautorización de su fundador y Superior General, la destitución de todos los órganos de gobierno del Instituto, y con las sucesivas intervenciones vejatorias, el Vaticano ha emprendido una obra de demolición sistemática que sigue impertérrita su objetivo nefasto hasta el día de hoy. Habrá por lo tanto que conocer y analizar a fondo las cuestiones, o mejor dicho, los pretextos de los que se ha servido la susodicha Congregación para destruir a una floreciente orden religiosa que (recordémoslo) a finales de 2012 contaba con 384 frailes (en 55 comunidades) y 400 monjas (en 48 conventos), además de muchos grupos de terciarios con votos, con misiones en todo el mundo.

María Teresa Moretti

(1) Alessandro Gnocchi es autor de una decena de ensayos sobre Giovannino Guareschi (el creador de los famosos Don Camilo y Peppone) y, a menudo junto con el recién fallecido Mario Palmaro, ha escrito importantes libros dedicados a los temas más controvertidos de la actualidad religiosa, entre los cuales destacan: La Messa non è finita, Io speriamo che resto cattolico. Nuovo manuale di sopravvivenza contro il laicismo moderno, Il pianeta delle scimmie. Manuale di sopravvivenza in un mondo che ha rifiutato Dio, L’ultima messa di Padre Pio. L’anima segreta del santo delle stigmate, La bella addormentata. Perché dopo il Vaticano II la Chiesa è entrata in crisi. Perché si risveglierà y Questo papa piace troppo. Además, Gnocchi es periodista y colabora establemente con “il Giornale”, “Il Foglio” e “Il Timone”.

(2) El relato de esta experiencia escrito por la misma Chiara Gnocchi se puede encontrar aquí: http://www.riscossacristiana.it/mese-nigeria-nella-missione-delle-suore-francescane-dellimmacolata-di-chiara-gnocchi/

 (3) Para entender estas expresiones hay que considerar que, en italiano, las “cuatro T” a las que aludía el Padre Pío se remiten a las cuatro “t” de las palabras “tutte tenebre” (todas tinieblas) y las “cuatro T” de la luz de las que habla Padre Manelli se entienden porque en “tutti Francescani dell’Immacolata”, también hay cuatro “t”.

María Teresa Moretti
Nacida en Italia, vive y trabaja desde hace más de veinte años en España. Es profesora de nivel universitario. Doctora en Antropología Social y Cultural, se ocupa de las problemáticas relacionadas con la transformación de los paradigmas que afectan a las concepciones de la naturaleza humana y del cuerpo, así como de las manifestaciones literarias y artísticas de la llamada “posthumanidad”.