El 4 de octubre de este año, Voice of the Family, asociación de organizaciones pro vida y profamilia, celebró una mesa redonda en Roma para abordar cuestiones críticas para la Iglesia y para la familia en vísperas del Sínodo de Obispos para la Amazonía. El informe de LifeSiteNews se puede leer aquí. Seguidamente reproducimos el texto completo de la ponencia que pronunció  Marco Tossati.

4 de octubre de 2019 (LifeSiteNews) .– El papa Francisco firmó un documento en Abu Dhabi que tiene unas consecuencias explosivas para la Fe católica. Dice lo siguiente: «El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina». Las   repercusiones que puede tener esta afirmación son evidentes. Si Dios ha querido –y voluntad es aquí la palabra clave– que haya más de una religión, cabe deducir que todas las religiones son expresión de la voluntad de Dios y por consiguiente cualquiera es libre de elegir la que más le convenga, con la conciencia tranquila, consciente de cumplir la voluntad de Dios y mereciendo por tanto salvarse al final de su vida terrena… en tanto que la religión –querida por Dios según el documento de Abu Dhabi– suponga la salvación y la vida después de la muerte física.

Poco después, en la audiencia general del miércoles 3 del pasado mes de abril el papa Francisco pronunció estas palabras: «¿Por qué Dios permite que haya tantas religiones? Dios ha querido permitirlo: los teólogos escolásticos se refirieron a la voluntas permissiva de Dios. Quería permitir esta realidad.» Cabría pensar, dadas las números críticas que ha suscitado, y en particular la que le expresó en persona monseñor Athanasius Schneider al pontífice reinante, que el Papa habría aceptado la recomendación de corregir el sentido de la declaración firmada en Abu Dhabi. Pero el documento sigue intacto, con toda su gravedad , hasta el extremo de haberse creado una comisión cuyo cometido concreto es difundir el mencionado documento sin notas aclaratorias; es decir, conservando la frase de marras.

Desde un punto de vista cristiano, y católico, la frase es seriamente errónea (y también desde el punto de vista judío si nos retrotraemos más en el tiempo; y me parece que también para los musulmanes). Es una afirmación que contradice los fundamentos de la Revelación divina, porque en el Decálogo Dios dice: «Yo soy. Yahvé, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de la servidumbre. 3No tendrás otros dioses delante de Mí. No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto» (Ex. 20,2–5).

Tampoco es posible afirmar que Nuestro Señor Jesucristo lo corrigió más tarde, porque el propio Jesús lo confirmó. «Está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás » (Mt. 4,10). A este respecto, tanto el Primer Mandamiento como las subsiguientes afirmaciones de la Sagrada Escritura en el Nuevo Testamento las ha interpretado siempre la Iglesia de la manera siguiente: que la voluntad de Dios, su voluntad positiva, es que todos los hombres adoren tan sólo a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, único Señor y Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano.» (nº 2072).

¿Qué decir a esto? El pontífice reinante nos tiene acostumbrados a oír de su propia boca afirmaciones  cuestionables de toda clase. Ahora bien, esta frase tiene un valor particular y reviste una gravedad singular: está escrita, firmada y forma parte de un documento firmado suscrito conjuntamente con un dirigente de otra religión. Desde el punto de vista pastoral, podría ser una bomba de efectos devastadores. Si no llega a habar una aclaración –y desgraciadamente no la habrá, porque ya conocemos bien con quién nos las vemos–, y en realidad tendría que ser una retractación, los fieles católicos se quedarán con la idea de que son miembros de una de las iglesias que Dios ha querido que existan. No de la única Iglesia, no de la que señala el camino –ay, estrecho–, a la vida eterna, sino una de tantas iglesias posibles.

A estas alturas, no es posible por tanto calibrar qué valor puede atribuir el pontífice reinante al Primer Mandamiento del Decálogo, ni qué creerá en cuanto a la obligación que todos los hombres tenemos para con Dios de creer  en Jesucristo y adorarle en nuestro libre albedrío como único Salvador de la humanidad. Si hay que creer en el Evangelio, Dios ha ordenado lo siguiente a todos los hombres: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco; ¡escuchadlo!» (Mt. 17,5).

Al hombre se le ha dado el libre albedrío para que pueda discernir y elegir con plena libertad si sigue y adora a Dios en su verdad; la cual, para los cristianos, es Cristo, en vez de optar por una religión cualquiera entre un abanico de posibilidades de valor equivalente. Es más, después de leer esa frase  no se sabe –mejor dicho, se sabe muy bien– qué valor puede tener para el Sumo Pontífice la mission ad gentes. ¿Para qué voy a ser misionero si todas las religiones reflejan la voluntad de Dios?

Estoy personalmente convencido de que esta declaración es una de las expresiones más devastadoras para el catolicismo que haya pronunciado un papa, y es una declaración tajante de relativismo. Desgraciadamente, el Instrumentum laboris para el Sínodo de la Amazonía que se inaugurará dentro de unos días en el Vaticano lo confirma. También en ese documento la figura y la misión de Cristo como único Salvador y de la Iglesia como camino a la salvación eterna quedan eclipsados por otras inquietudes: la ecología, la atención a las tradiciones indígenas, el concepto de la Amazonia como un lugar teológico… Eminentes especialistas y cardenales han sido sumamente severos en su crítica del documento.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)