El llanto de Don Bosco y la hora de la verdad

Entre los millares de viajeros que se arremolina a diario a la estación Termini de Roma hay algunos que antes de partir pasan por la adyacente basílica del Sagrado Corazón en la vía Marsala. Esta iglesia se construyó por voluntad de Pío IX, que en 1870 puso la primera piedra del templo, pero las obras se interrumpieron casi enseguida debido a la anexión de Roma al reino de Italia. En 1880, León XIII, que sentía por San Juan Bosco (1815-1888) la misma estima y devoción que su predecesor, lo llamó y le confió la difícil tarea de reunir fondos para terminar la construcción de la mencionada iglesia. A pesar de su avanzada edad, su delicado estado de salud y las graves dificultades económicas que atravesaba su congregación, Don Bosco no se arredró. Hay quienes se imaginan a los santos embebidos en las cosas de Dios y ajenos a los problemas materiales. No es así. Los santos desafían dificultades aparentemente insuperables con un abandono a la Divina Providencia que les permite remontarse sobre toda dificultad. Gracias a la tenacidad de San Juan Bosco, el arquitecto Francesco Vespignani pudo reanudar las obras, que se concluyeron en 1887.

Durante su vigésima y última estadía en la Ciudad Eterna, entre el 30 de abril y el 18 de mayo de 1887, con ocasión de la dedicación del templo del Sagrado Corazón de Jesús, Don Bosco se hospedó en unas pequeñas habitaciones en la trasera del edificio, actualmente conocidas como aposentos de Don Bosco. Vale la pena visitarlas; son muy evocadoras. El espacio, que actualmente ocupa una sola estancia, se dividía en su tiempo en dos cuartos separados por un tabique. La primera la utilizaba Don Bosco como despacho, y allí recibía a cuantos deseaban visitarlo. La pieza contigua servía de dormitorio, y tenía un altar para que el santo, ya muy agotado y en precarias condiciones de salud, pudiese celebrar misa privada. Allí obró Don Bosco dos prodigios que aún en vida contribuyeron a confirmar su fama de santidad: libró de la sordera a un seminarista que veía comprometida su vocación por su defecto físico, y sanó instantáneamente a una señora que hacía muchos años había perdido el movimiento de un brazo.

Pero de lo que queríamos hablar era de otro milagro: Se acerca el final de la vida de Don Bosco. Se encuentra en Roma el 14 de mayo de 1887 con motivo de la consagración de la iglesia del Sagrado Corazón. En las Memorias biográficas de Don Bosco, se cuenta de esta manera: «Aquella mañana Don Bosco quiso bajar a la iglesia para celebrar en el altar de María Auxiliadora. No menos de quince veces mientras oficiaba el divino Sacrificio hizo una pausa, preso de una intensa conmoción y derramando lágrimas. El P. Viglietti, que acolitaba, tenía que distraerlo de vez en cuando para que pudiera seguir. Habría dado cualquier cosa por conocer la causa de tanta emoción. Cuando el padre Viglietti vio que volvía a su serenidad habitual, se lo preguntó. Don Bosco repuso: «Se me representó ante la vista la misma escena de cuando teniendo unos diez años soñé con la congregación. Veía y oía a mi madre y mis hermanos hacerme preguntas sobre el sueño …) En aquella ocasión la Virgen le había dicho: ‘A su debido tiempo lo entenderás’». Al cabo de sesenta y dos años de fatigas, luchas y sacrificios se le había revelado repentinamente con la edificación de la iglesia del Sagrado Corazón en Roma la culminación de la misión que misteriosamente se le había encomendado al comienzo de su vida. ¡Qué largo había sido el camino desde su casa natal en Becchi di Castelnuovo hasta la sede del Vicario de Jesucristo! En aquel momento percibió que su obra personal llegaba a su fin, bendijo con lágrimas en los ojos a la Divina Providencia y alzó confiado la vista a la morada de la eterna paz en Dios.»

A la izquierda del altar del llanto, bajo un inmenso cuadro de María Auxiliadora, la vencedora de Lepanto, hay una lápida que reza: «Celebrando San Juan Bosco la Santa Misa en este altar el 16 de mayo de 1887 se pudo observar que hacía numerosas pausas para llorar, mientras contemplaba con mirada milagrosa el amplio panorama de su vida contenido en las palabras que le dirigió la Virgen en el sueño que tuvo a los nueve años: ¡A SU DEBIDO TIEMPO LO ENTENDERÁS!

A lo largo de su Vida San Juan Bosco siempre había querido hacer la voluntad de Dios, aun cuando no entendía el camino que le trazaba el Señor. Ahora, ese camino le había quedado meridianamente claro y Don Bosco lloraba de alegría y emoción. El célebre sueño de los nueve años le indicaba plenamente el sentido de su larga misión en la Tierra. El 18 de mayo se fue de Roma para fallecer al amanecer del 31 de enero en Valdocco, con 74 años. El 2 de junio de 1929 Pío XI lo beatificó, y el 1º de abril de 1934, Pascua de Resurrección, lo canonizó.

Hay muchas cosas en nuestra vida que surgen de repente sin que nos las esperemos, alejadas de nuestros deseos o contrarias a ellos, y no dejan ver su sentido hasta el final de nuestros días. Si no se nos revela antes como a San Juan Bosco, todo quedará claro en el momento de nuestra muerte. La hora de la muerte es la hora de la verdad, y en ese instante entenderemos lo que ahora escapa a nuestra comprensión, así como aquello que habríamos podido o debido entender y no quisimos entender porque rechazamos la verdad, que es Dios mismo, oculto a nuestra mirada pero siempre presente en nuestra vida. Nuestra vida no está sujeta al azar, sino que depende de un milagroso entramado de sucesos organizado por Dios, que no nos pide otra cosa que el abandono a su Divina Providencia.

Lo que todos podemos pedir, arrodillados a los pies de María Auxiliadora, es hacer siempre y únicamente la voluntad de Dios, aunque no entendamos, a fin de que un día podamos derramar como Don Bosco lágrimas de alegría en el momento supremo en que se nos descubra la verdad.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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