ADELANTE LA FE

El método de la anti-Iglesia

La teología es la ciencia de Dios, luego, de ninguna manera puede ser una exposición política.

Casi no hay reunión o asamblea eclesial hoy en día, que no se verifique sin «partir de la realidad», expresión que entiende, más o menos, «que la realidad es el mundo visible, con sus cosas, vicisitudes y problemas. Las prioridades reales serían, pues, aquéllas que reflejan lo que los hombres del mundo piensan y hacen, sienten y quieren. Partir de Cristo, de su Evangelio, en el pensamiento y la acción, llevaría a planteamientos completamente irreales».[1]

I. Ver, juzgar, actuar

La moral de situación reduce la moral a un mero juicio subjetivo del hombre sobre sus propios actos. Condenada por Pío XII[2] como una radical inversión de la moral. Es una moral que transfiere el criterio sobre la moralidad de una acción desde la ley objetiva y desde las estructuras esenciales a la intención subjetiva, y del centro a la periferia, como dice el Papa. La acción sería justa cuando existiese recta intención y una respuesta sincera a la situación.

«El rasgo distintivo de esta moral es que no se basa en leyes morales universales» (Pío XII). Considera la sumisión a la ley como si fuese una forma equivocada de moral. No tiene normas ni principios fuera de la vida humana que es su norma fundamental.

La moral de la globalidad destruye el orden de la moralidad consistente en una relació con lo absoluto propia de todo momento temporal; pero destruye a la vez el orden mismo del tiempo. En efecto, supone contradictoriamente que el tiempo es y no es la suma de los momentos: lo es en cuanto la globalidad está integrada por ellos y consiste precisamente su conjunto; pero no puede serlo, porque para obtener la suma es preciso el ´ultimo sumando, todavía desconocido por ignorarse el futuro. ¿Cómo puede hacerse una suma sin saldar la cuenta?

La moral de la gradualidad es afín a la moral de situación y a la de globalidad, porque sintetiza el error de ambas. El sistema de la situación anula el imperio de la ley, y el de la globalidad anula el valor de los actos singulares. El sistema de la gradualidad, planteado en el Sínodo de Obispos de 1980, sostiene que la exigencia del mandamiento moral se impone gradualmente; confunde la gradualidad de la respuesta real del hombre con la gradualidad del mandamiento mismo. A causa de su carácter absoluto, éste exige una reverencia total, aunque la voluntad que le responde esté enferma y a menudo tienda hacia el fin sin saber mantenerse firme hasta alcanzarlo.[3]

En ese contexto emergió el «método pastoral ver-juzgar-actuar» tiene su génesis en el método de «revisión de vida», surgido en la década de los 1930, en el seno de la Juventud Obrera Católica (JOC) dirigida por el P. Joseph Cardijn. «Con la revisión de vida, se propuso que los jóvenes trabajadores descubrieran el sentido cristiano de la vida y la capacidad de transformar la historia desde la propia vocación».

En 1961, Juan XXIII, ponderó este método:

“Al traducir en realizaciones concretas los principios y las directrices sociales, se procede comúnmente a través de tres fases: planteamiento de las situaciones; valoración de las mismas a la luz de aquellos principios y de aquellas directrices; búsqueda y determinación de lo que puede y debe hacerse para llevar a la práctica los principios y las directrices en las situaciones, según el modo y medida que las mismas situaciones permiten o reclaman. Son tres momentos que suelen expresarse en tres términos: ver, juzgar, actuar».[4]

«La teología de las realidades terrestres» de Gustave Thils y otras pseudo teologías, «mientras prepararon el ambiente del Concilio Vaticano II, ayudaban a conectar la fe con el mundo de la vida concreta».

Esa «teología de las realidades terrestres será el equipaje más lúcido para la nueva autoconciencia de las bases cristianas».

Las Conferencias generales del Episcopado Latinoamericano de Medellín (1968), Puebla (1978) y Aparecida (2007) se desarrollaron bajo dicho método.

II. Aversión de los modernistas al método escolástico, la tradición y el magisterio

En la magistral y visionaria encíclica Pascendi el Papa San Pío X, estableció con absoluta exactitud la causa y el remedio del cáncer modernista. Precisó sus causas y remedios:

La causa próxima e inmediata es, sin duda, la perversión de la inteligencia. Se le añaden, como remotas, estas dos: la curiosidad y el orgullo. La curiosidad, si no se modera prudentemente, basta por sí sola para explicar cualesquier errores.

Con razón escribió Gregorio XVI, predecesor nuestro: «Es muy deplorable hasta qué punto vayan a parar los delirios de la razón humana cuando uno está sediento de novedades y, contra el aviso del Apóstol, se esfuerza por saber más de lo que conviene saber, imaginando, con excesiva confianza en sí mismo, que se debe buscar la verdad fuera de la Iglesia católica, en la cual se halla sin el más mínimo sedimento de error».

Y si de las causas morales pasamos a las que proceden de la inteligencia, se nos ofrece primero y principalmente la ignorancia.

En verdad que todos los modernistas sin excepción, quieren ser y pasar por doctores en la Iglesia, y aunque con palabras grandilocuentes subliman la filosofía moderna y desprecian la escolástica, no abrazaron la primera deslumbrados por sus aparatosos artificios, sino porque su completa ignorancia de la segunda les privó del instrumento necesario para suprimir la confusión en las ideas y para refutar los sofismas. Y del consorcio de la falsa filosofía con la fe ha nacido el sistema de ellos, inficionado por tantos y tan grandes errores.

Tres son principalmente las cosas que tienen por contrarias a sus conatos: el método escolástico de filosofar, la autoridad de los Padres y la tradición, el magisterio eclesiástico. Contra ellas dirigen sus más violentos ataques. Por esto ridiculizan generalmente y desprecian la filosofía y teología escolástica, y ya hagan esto por ignorancia o por miedo, o, lo que es más cierto, por ambas razones, es cosa averiguada que el deseo de novedades va siempre unido con el odio del método escolástico, y no hay otro más claro indicio de que uno empiece a inclinarse a la doctrina del modernismo que comenzar a aborrecer el método escolástico. Recuerden los modernistas y sus partidarios la condenación con que Pío IX estimó que debía reprobarse la opinión de los que dicen: «El método y los principios con los cuales los antiguos doctores escolásticos cultivaron la teología no corresponden a las necesidades de nuestro tiempo ni al progreso de la ciencia. Por lo que toca a la tradición, se esfuerzan astutamente en pervertir su naturaleza y su importancia, a fin de destruir su peso y autoridad».[5]

Cuando prescribimos que se siga la filosofía escolástica, entendemos principalmente la que enseñó Santo Tomás de Aquino, acerca de la cual, cuanto decretó nuestro predecesor queremos que siga vigente y, en cuanto fuere menester, lo restablecemos y confirmamos, mandando que por todos sea exactamente observado. A los obispos pertenecerá estimular y exigir, si en alguna parte se hubiese descuidado en los seminarios, que se observe en adelante, y lo mismo mandamos a los superiores de las órdenes religiosas. Y a los maestros les exhortamos a que tengan fijamente presente que el apartarse del Doctor de Aquino, en especial en las cuestiones metafisicas, nunca dejará de ser de gran perjuicio.[6]

El término «tomismo» expresa en sentido propio el sistema doctrinal de Santo Tomás de Aquino; en sentido más amplio comprende las interpretaciones del pensamiento del Doctor Angélico en el campo filosófico y teológico.

Los Papas llaman en sus encíclicas al tomismo, philosophia perennis, pues se trata del pensamiento cristiano elaborado durante toda la historia de la Iglesia, pero al cual la contribución del Aquinate es extraordinaria y decisiva.

III. El método marxista no analiza la realidad, no cree en ella, la fabrica y la impone

El análisis marxista de la realidad es -como explana el Padre Miguel Poradowski- una manera de estudiar la realidad socio-económico-política introducida por Marx.

En el último medio siglo, este método ha sido el alma mater de una gama de ambientes eclesiales, especialmente sensibles a los problemas sociales, bajo el pretexto de que dicho método es el único método científico.

El Documento del Episcopado Latinoamericano de Puebla (1978), alerta sin embargo ante esta forma de plantear la acción apostólica de la Iglesia:

«Se debe hacer notar aquí el riesgo de ideologización a que se expone la reflexión teológica, cuando se realiza partiendo de una praxis que recurre al análisis marxista. Sus consecuencias son la total politización de la existencia cristiana, la disolución del lenguaje de la fe en el de las ciencias sociales y el vaciamiento de la dimensión trascendental de la salvación cristiana».[7]

Los ideólogos de la liberación adhieren al marxismo en términos de análisis social, posible ciencia de la historia, método de interpretación histórica de la sociedad, ciencia social. Gustavo Gutiérrez valora el materialismo histórico como método, aunque muchas de sus explicaciones se ciñen a él como doctrina.

El análisis marxista, entre otros aspectos, no acepta la verdad metafísica, pues el materialismo dialéctico sólo admite las verdades del momento, lo que es, en realidad, la negación de la verdad metafísica. El materialismo dialéctico sostiene que todo cambia, está en permanente movimiento, no se da pues la verdad metafísica. El cristiano, al contrario, como los filósofos antiguos, está preocupado por la verdad absoluta, metafísica. El marxismo elimina la verdad, negando la posibilidad de su existencia: sólo admite las verdades del momento, cambiables como todo.

El problema de la verdad se hace todavía más serio, cuando de la metafísica pasamos a la teología, Cristo dijo: veritas liberabit vos (la verdad os hará libres). Sólo a medida que honestamente, en todo y siempre buscamos la verdad, nos acercamos a la libertad.

Son estos marxistas que quieren pasar por cristianos, para poder, de esta manera, servirse de la Iglesia, instrumentalizándola a favor de la Revolución.

El análisis marxista es la mentira, pues niega la existencia de la verdad, mientras que sus «verdades» dogmáticas, que exige aceptar con los ojos cerrados, con fe laica, son puras suposiciones gratuitas.[8]

Todo el planteamiento es falso. La realidad es Dios, la Palabra divina, Jesucristo. El mundo visible es indeciblemente efímero, contingente, falseado, alucinatorio, irreal. En el medio secular las personas, ideas y cosas están manipuladas y deformadas hasta un límite que roza la aniquilación, la nada.

Pero no hay que partir de esas inquietudes y de esos anhelos, pues en el mundo secular no solamente están falseadas las repuestas a los problemas, sino que la misma problemática humana está completamente falseada, y queda ignorada, disfrazada, encubierta. Esto es precisamente lo que produce confusión, engaños, inversión en la jerarquía real de valores, es decir, lo que hace en los hombres una oscuridad más o menos completa.[9]

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[1] IRABURU, JOSÉ MARÍA, De Cristo o del mundo.

[2] PAPA PÍO XII, Discurso a la Federación mundial de la juventud, 19-04-1952.

[3] Cf.: AMERIO, ROMANO, Iota unum.

[4] JUAN XXIII, Mater et magistra, 236.

[5] SAN PIO X, Encíclica Pascendi. Sobre las doctrinas de los modernistas, ns. 41 y 42.

[6] Ibid. 46.

[7] PUEBLA, 545.

[8] PORADOWKSKI, P. MIGUEL, El análisis marxista y la metafísica.

[9] IRABURU, P. JOSÉ MARÍA, Sacralidad y secularización.

Germán Mazuelo-Leytón

Germán Mazuelo-Leytón es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines
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