«Id»

Un hombre que posee una riqueza incalculable podrá con precisión hablar de su riqueza, mas no lo encontraremos –a no ser a título de burla, delirio, ironía o engaño a la realidad- hablando de la riqueza del miserable que vive debajo de una alcantarilla. Aludo, claro está, a bienes materiales. Y en todo caso, dependiendo de las disposiciones espirituales del rico, éste dará ayuda al pobre. El rico ayuda con sus bienes al pobre, y, por su parte, el pobre agradece los bienes que le brindó el rico. Siguiendo al sentido común jamás oiremos decir al rico “estoy esperando que el pobre me dé de sus riquezas materiales”, ni tampoco oiremos decir al pobre “ayudaré al rico a salir de su pobreza”. Es una imbecilidad manifiesta que un rico esté por las calles gritando a los menesterosos: “Vengo para poder gozar también de sus riquezas.”

Abandonar la riqueza propia para salir hacia la pobreza ajena movido por la falsa ilusión de gozar de la riqueza de los pobres, es una burla a los pobres, un desprecio a lo propio, y, a no dudarlo, un clarísimo signo de desequilibrio mental que tergiversa realidades. Y si esto último es algo grave en el orden de lo natural, muchísima más gravedad tendrá si eso se lleva al orden sobrenatural (usando la analogía).

 La tesis es la siguiente: Que muchos hombres de iglesia abandonan la riqueza espiritual de la Esposa de Cristo y salen hacia la miseria de otros cultos, miserias a las que disparatadamente denominan riquezas y que en su horrenda ilusión creen hallar enriquecimiento espiritual.

Verán ustedes que hablo de “salir”, “salen”, “salida”, dicciones que forman parte de la nueva concepción teológica que ha querido imponerse, términos que incluyen, entre otras cosas, el ir hacia otras religiones, cultos o lo que fuere, en busca de beber de “sus riquezas”. “Salir hacia el otro, abrirse”, dicen.

El misionero jamás sale de la Iglesia Católica: por el contrario hace entrar en ella. El modernista, en verdad, sale de la Iglesia Católica, para comenzar, consciente o inconscientemente, a ingresar en otro lado. Sea cual fuere ese otro lado en el que ingresa, no cabe duda que se trata de un ingreso en la apostasía. Cuando se abandona la fe católica no se ingresa en otra fe, se ingresa en la apostasía. 

Solo en la Iglesia Católica está la vida, la unidad y la verdad. En Ella está la riqueza, toda, completa. Ella no necesita nada de las demás religiones o cultos, son los extraviados quienes necesitan de Ella. Ella no necesita enriquecerse con cosas de otras casas, porque ella tiene riqueza superabundante, y porque las otras casas son miseria, división, error, extravío, engaño y muerte.

Es en la pretendida “salida” en donde los hombres de iglesia se han ido destruyendo y, junto a ellos, a la grey que les fuere encomendada. A las pruebas me remito: basta ver la cantidad de sacerdotes y religiosos que abandonaron su vocación, la cantidad de católicos que dejaron el catolicismo, al menos en lo que a Occidente respecta. Literalmente hicieron una “salida”: abandonaron la Casa.

En el año 1996, la Comisión Teológica Internacional sostuvo en el documento “El Cristianismo y las Religiones”, la siguiente novedad: “No es hoy objeto de discusión la posibilidad de salvación fuera de la Iglesia de aquellos que viven según su conciencia (punto 81). También: “Dado este explícito reconocimiento de la presencia del Espíritu de Cristo en las religiones no puede excluirse la posibilidad de que éstas ejerzan, como tales, una cierta función salvífica, es decir, ayuden a los hombres a alcanzar su fin último, aun a pesar de su ambigüedad (punto 84). Y esto otro: “Desde el Vaticano II la Iglesia católica se ha comprometido de modo decidido en el diálogo interreligioso” (punto 105). Recuerdo que es el mismo texto citado el que en su nota primera aclaratoria indica: “El presente texto ha sido aprobado «in forma specifica» por el voto de la Comisión, el 30 de septiembre de 1996, y ha sido después propuesto a su presidente, el Card. J. Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cual ha dado su aprobación para la publicación.” El documento indicado está henchido de falsedades. Por caso, los tres puntos transcriptos son falsos. El primero, porque no es cierto que haya quedado fuera de discusión la posibilidad de salvación fuera de la Iglesia. Sencillamente hay un dogma que dice “fuera de la Iglesia no hay salvación”, de modo que lo que no se discute es dicho dogma, y contra dicho dogma se opone el documento dándole una interpretación enrevesada. La explicación de cómo toda alma que se salva se salva dentro de la Iglesia Católica implicaría un desarrollo que no es objeto de este escrito: pero la verdad es esa, que nadie se salva fuera de la Iglesia fundada por Cristo, vale decir, la Católica. El Segundo, se dice que el Espíritu de Cristo está presente en las otras religiones y que, por tanto, hay un camino de salvación en ellas mismas. Esta pretensión, si bien se mira, torna inútil el hecho de que Cristo haya fundado una Iglesia, pues, si en todas, en definitiva, la salvación es posible, superflua fue la fundación de una Iglesia. Por otro lado, Cristo queda como un fundamentalista y mentiroso, pues al parecer pretendió fundar una Iglesia (Mí Iglesia) siendo que las demás serían perfectamente válidas. El tercero, pues pretende que la Iglesia Católica ha adquirido un compromiso interreligioso, cuando la Iglesia jamás se ha comprometido en eso ni se comprometerá nunca: quienes asumieron por cuenta propia y usando indebidamente el nombre de la Iglesia, son algunos eclesiásticos soliviantados por ideas revolucionarias. En todo caso el compromiso fue de un Concilio Vaticano II, no de la Iglesia Católica. Todo lo anterior va a cuenta de lo siguiente: que dedicados a ese ánimo de “salida” han venido a despreciar lo propio, viendo riquezas en donde hay ruindad y penuria, y donde hay riqueza superabundante vieron faltante.

Es bochornoso ver a papas posconciliares “saliendo” en alabanzas de herejes como Lutero; “saliendo” en prácticas ecuménicas como rezar en el judío muro de los lamentos; “saliendo” en elogios a Mahoma; “saliendo” hacia la participación de prácticas indígenas; “saliendo” en exaltaciones a representaciones paganas. Cada “salida” es un insulto a la Iglesia Católica, a la riqueza de Ella. Por eso con cada salida no hay enriquecimiento de nada sino pérdida y más pérdida; miseria y mundanidad; confusión, perplejidad y defección de la fe.

Cuando Cristo dijo “id y evangelizad” no estaba diciendo “vayan y enriquézcanse con lo ajeno”. Estaba diciendo algo muy distinto: “Conviertan para hacer ingresar a los evangelizados a la Iglesia por Mí fundada y en la cual quienes ingresen hallarán el camino, la verdad y la vida. Es en Mí Iglesia donde las almas se salvan. Solo en Ella disfrutarán de riquezas vivificantes”.

El “id” de Cristo implica algo completamente antagónico al “id” de Vaticano II. El id de Jesús es una Casa en movimiento, en cambio el id de Concilio Vaticano II es una salida que deja de lado la Casa y marcha solo para valorar la casa ajena. Y en ello precisamente estriba la radical diferencia entre el verdadero ecumenismo practicado por la Iglesia Católica, y el falso ecumenismo practicado por seguidores de novedades.

El id del Redentor está enmarcado en la sobrenaturalidad. Si se me permite recurrir a una imagen, veo algo así como al misionero católico viajando, recorriendo, yendo y viniendo en una gigante barca, bien fornida, indestructible. No es él el que lleva a la Iglesia, es la Iglesia la que lo lleva a él. Cuando Cristo dijo “id” estaba diciendo naveguen dentro de Mí barca. Diría más, el misionero cuando va hacia el extraviado cumpliendo con el id, no solo no sale de la Iglesia sino que es cuando más dentro se encuentra de ella: está en su corazón cumpliendo las obras de misericordia.  

Tomás I. González Pondal
Tomás I. González Pondal
nació en 1979 en Capital Federal. Es abogado y se dedica a la escritura. Casi por once años dictó clases de Lógica en el Instituto San Luis Rey (Provincia de San Luis). Ha escrito más de un centenar de artículos sobre diversos temas, en diarios jurídicos y no jurídicos, como La Ley, El Derecho, Errepar, Actualidad Jurídica, Rubinzal-Culzoni, La Capital, Los Andes, Diario Uno, Todo un País. Durante algunos años fue articulista del periódico La Nueva Provincia (Bahía Blanca). Actualmente, cada tanto, aparece alguno de sus artículos en el matutino La Prensa. Algunos de sus libros son: En Defensa de los indefensos. La Adivinación: ¿Qué oculta el ocultismo? Vivir de ilusiones. Filosofía en el café. Conociendo a El Principito. La Nostalgia. Regresar al pasado. Tierras de Fantasías. La Sombra del Colibrí. Irónicas. Suma Elemental Contra Abortistas. Sobre la Moda en el Vestir. No existe el Hombre Jamón.

Del mismo autor

El advenimiento de «el otro» (Comentarios sobre el documento Laudate Deum)

“Y de ti, oh Roma, ¿qué será? ¡Roma ingrata, Roma afeminada, Roma...

Últimos Artículos

Importancia de la confesión frecuente

La semana pasada hablé en Radio Roma Libera del...

La absurda defensa de la familia

En el siglo XX unos a otros nos alertábamos...