Múltiples y Significativas Señales de la Cruz en el Canon Romano

¿Eran los reformadores del 1960 analfabetas en teología y cabezas huecas en el campo de la liturgia? Nos gusta pensar que no, sin embargo, justo así luce luego de sumergirnos en siglos de tradición.

En la primera página de su famosa y bienamada introducción a la Misa, republicada por Angelico Press bajo el título de “The Traditional Latin Mass Explained” (“Explicación de las oraciones y ceremonias de la Santa Misa”), Don Proper Guéranger profirió estas decisivas palabras: “El Sacrificio de la Misa es el Sacrificio mismo de la Cruz; y en él debemos ver a Nuestro Señor clavado en la Cruz; ofreciendo su Sangre por nuestros pecados, a su Padre Eterno”. A lo largo de la obra, Guéranger, con sentido aprecio, comenta la significación de cada una de las múltiples señales de la cruz que un sacerdote traza sobre sí mismo, sobre la gente, sobre la hostia y el cáliz, con la hostia y el cáliz, etc., y ni una vez se le ocurre excusarse por el número de veces que repite este signo. Para él es más que claro que cada una está en donde está con un sentido, y es nuestra tarea el entender su significado.

En su incomparable obra “La Misa Tradicional: Historia, Forma, y Teología del Rito Romano Clásico”, Michael Fiedrowicz habló así de los desarrollos Francos en el Canon Romano: “El Canon, que entonces se rezaba en silencio, fue embellecido con varios gestos, inclinaciones y señales de la Cruz, hasta configurarse como una intensa acción por parte del sacerdote (actio)” (20). La edición Franciscana del 1243 del Ordo Missae de la Curia Romana fue la primera comprometida con la presentación escrita de rúbricas detalladas para las “genuflexiones, inclinaciones, señales de la Cruz, y otros gestos,” que “se volvieron un elemento estable del rito Romano justo a través de esa documentación exacta, posteriormente continuada (1498; 1502) por el Maestro de Ceremonias Papales Johann Burchard de Strasburgo, con arreglo minucioso de hasta los más pequeños detalles” (23-24).

Fiedrowicz se expandirá luego en un aspecto particular de esta ritualidad:

Las señales de la Cruz, que en varias formas acompañan múltiples oraciones o que son acompañadas por ellas, conectan enfáticamente el sacrificio de la Cruz, que nos ganó el perdón de los pecados y la vida eterna, con ciertas partes de la celebración de la Misa, e.g., la petición de perdón luego del Confiteor (Indulgentiam, absolutionem, et remissionem peccatorum), el cierre del Credo (et vitam venturi saeculi), y la recepción de la Sagrada Comunión (Corpus Domini nostri Iesu Christi custodiat animam tuam in vitam aeternam). La señal de la cruz hecha al cierre del Sanctus durante las palabras Benedictus qui venit in nomine Domini recuerda el hecho de que la entrada en Jerusalén fue el inicio de la Pasión de Nuestro Señor, de la cual, como un misterio por cumplirse, se da testimonio vívido una y otra vez sobre el altar con profundo simbolismo numérico, sobre todo por medio de las numerosas señales de la cruz hechas sobre el pan y el vino, o sobre el Cuerpo y la Sangre, respectivamente, en el rezo del Canon. Aún en los pequeños detalles gestuales, como lo es el de los pulgares superpuestos en forma de cruz al extender las manos sobre la ofrenda Eucarística (Hanc igitur oblationem), el signo de salvación está presente para señalar a Cristo como el cordero sacrificial. (208)

Más adelante en el libro, él profundizará en esta precisa materia:

El carácter sacrificial del canon también es enfatizado por las múltiples señales de la Cruz que acompañan su arreglo y ornamentación, fungiendo ya como bendiciones ya como ilustraciones simbólicas. Antes de la consagración, ellas hacen la función santificante de preparación para la transubstanciación Eucarística: benedicas haecdona, haecmunera, haecsancta sacrificia (Te igitur); benedictam ✠, adscriptam ✠, ratam ✠ (Quam oblationem); benedixit ✠ (Qui pridie; Simili Modo). De igual manera ellas, tanto antes como después de la consagración, intensifican e ilustran en parte términos de bendición y santificación—sanctíficas ✠, vivíficas ✠, benedicis ✠ (Per quem haec omnia)—y en parte identifican y distinguen el carácter sagrado de ciertas palabras: corpuset sanguis ✠ (Quam oblationem); hostiampuram, hostiamsanctam, hostiamimmaculatam, panemsanctum vitae aeternae et calicemsalutis perpetuae (Unde et memores); sacrosanctum Filii tuicorpuset sanguinem ✠ (Supplices te rogamus). Las señales de la cruz atestadas desde el siglo octavo fueron, en parte, y de un modo original, gestos indicativos que, según la costumbre antigua, acompañaron la palabra hablada, llegando a estilizarse gradualmente hasta adquirir forma de cruces.

(Una breve digresión: En lo que respecta a la antigüedad de estos signos, el P. Claude Barthe hace notar en su obra “Un bosque de Símbolos”:

En lo que concierne al número de señales de la cruz hechas durante el Canon, si se está de acuerdo con que el primero de los Ordines Romani, “Ordo I” (un ceremoniale, o libro de ritos y ceremonias, para la Misa Papal de la mañana de Pascua que se remonta al siglo VIII) es evidencia de una tradición ritual Romana de muchos más siglos de antigüedad, entonces el testimonio que contiene de la repetición de estos gestos durante el Canon confirmaría que los mismos se originaron en el período antiguo tardío. (108)

Uno pensaría que su antigüedad les habría ganado protección de los supuestos campeones del retorno a formas más tempranas y “puras” de adoración. Pero, así como sabemos que los más ruidosos proponentes de la sinodalidad hoy son los más autocráticos y los menos colegiales, así también los más ruidosos proponentes de “recuperar la manera en que los Cristianos primitivos oraban” ayer resultaron ser los más modernos en sus asunciones y los menos respetuosos de costumbres ininterrumpidas cuyos orígenes se pierden en la línea del tiempo. Se va sintiendo un cierto patrón… Fin de la digresión).

Fiedrowicz cita a Santo Tomás de Aquino (Summa theologiae III, pregunta 83, artículo 5, ad 3) en su defensa, y continúa con un resumen elocuente:

Las múltiples señales de la Cruz son siempre y en todas partes signos de conmemoración, los cuáles refieren a la Pasión de Cristo e identifican la Misa como la realización del sacrificio de la Cruz. Más aún, las señales de la Cruz antes y después de la consagración son también símbolos de la bendición y la gracia que se contienen en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y que han de fluir sobre el cuerpo místico de Cristo. Especialmente después de la consagración, las señales de la cruz enfatizan la identidad de las especies Eucarísticas con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ofrecidos en la Cruz. (282)

Los descubrimientos de un converso del Anglicanismo

En su libro “La Gran Oración” sobre el Canon de la Misa (1955), el historiador converso Hugh Ross Williamson anotó:

Durante el Canon de la Misa, la señal de la cruz se hace veintiséis veces. [Evidentemente HRW está contando una señal adicional que Fiedrowicz pasa por alto por alguna razón. —PAK] Es casi como si la Iglesia hubiera determinado que, aunque la atención divagare y las palabras se volvieren repetición mecánica, aunque estuviere seca la devoción o perezoso el intelecto, al menos el cuerpo habrá de enfocar el significado… Y con todo, las señales no son repetitivas. Las veintiséis caen en seis grupos separados, cada una teniendo su significación particular. (22)

Williamson procede a conectar las tres primeras con la Trinidad, las cinco segundas con las llagas de Cristo, las dos en la consagración con la doble bendición narrada en la Última Cena, y así las demás, en consonancia con la tradición alegórica, mejor resumida en nuestros días por el P. Claude Barthe en “un bosque de Símbolos”. En resumen, la plétora de señales de la cruz cuidadosamente numeradas a lo largo de la Misa y particularmente en el Canon Romano es parte de la lex orandi de la Iglesia Católica que revela su lex credendi.

Un signo de que esto fue una vez un hecho ampliamente entendido puede ser reconocido en la actitud de los reformadores Protestantes. En su mordaz panfleto del 1969 “La Misa Moderna: Una reversión a las Reformas de Cranmer”—un predecesor crucial del mucho mejor conocido libro de Michael Davies “El Ordo Divino de Cranmer” Hugh Ross Williamson nos recuerda:

Cranmer prohibió las Cruces [y en extensión, las señales de la Cruz] y la Elevación pero conservó una aproximación a las palabras, que ahora significaban algo bastante distinto, para dar la ilusión de continuidad. (Arouca ed., 35)

La eliminación de estas señales de la cruz es una de las muchas sentidas diferencias entre la lex orandi del venerable Canon Romano y la de la así llamada “Plegaria Eucarística I” del misal moderno de Pablo VI. (Diferencias adicionales son detalladas en los capítulos 8 y 9 de mi libro “El Rito Romano de Ayer y del Futuro”).

¿Espantando moscas o refugiándose en la Cruz?

Estando en la secundaria, asistí a un retiro de jóvenes (bastante inútil y molesto, según mi memoria) del que tengo recuerdos de un sacerdote de avanzada edad burlándose de la vieja Misa en latín, que en ese momento yo no conocía en lo absoluto (como el infante Samuel, “que no conocía al Señor”: I Sam 3, 7). Este sacerdote dijo, con una risita burlona: “Teníamos que hacer tantas señales de la cruz, ¡era como si estuviéramos espantando moscas o algo así!”. Por alguna razón, todavía recuerdo eso.

Luego, cuando descubrí la vieja Misa, noté como la nueva generación de clérigos ofreciéndola hacían estas señales mucho más reverentemente—se preocupaban en como las hacían. Algunos todavía tienen un poco de prisa, dada la debilidad humana como es, pero la mayoría de los clérigos traza señales de la cruz deliberadas con el fin de mentalizarse sobre lo que ellos mismos son. Ellos estarían de acuerdo con la opinión del P. Cassingena-Trévedy:

Provisto que sea realmente vivida con amor y no tan solo realizada en un estilo mecánico y de mala gana, la riqueza de los gestos en la celebración Tridentina, con sus señales de la cruz, sus besos, genuflexiones, favorece eminentemente, en el más profundo sentido del término, el compromiso del celebrante en la acción que lleva a cabo: en un movimiento a la vez gimnástico y espiritual, ella extrae el don de su propio cuerpo, la presencia real de su cuerpo (o sea, de todo su ser) para el Cuerpo que él presenta; gesto tras gesto, signo tras signo, esta riqueza sella y vincula al celebrante al altar del Señor y convoca su cuerpo hasta el Cuerpo. (Citado en Fiedrowicza, 205)

Entre los muchos grandes santos recordados en nuestro calendario litúrgico en Agosto está Santo Domingo (no considerando si uno celebra su fiesta en la fecha antigua, 4 de Agosto, o en la nueva fecha, 8 de Agosto). Si uno toma Los Nueve Modos de Orar de Santo Domingo, uno no puede dejar de sorprenderse por la descripción que se da del noveno modo:

Mientras oraba, parecía como si él despejara polvo o molestas moscas de su cara cuando repetidamente se fortificaba a sí mismo con la Señal de la Cruz. Los hermanos pensaron que fue orando de este modo que el santo obtuvo su extensa penetración de las Sagradas Escrituras y una profunda inteligencia de las palabras divinas, el poder de predicar tan ardientemente y con coraje, y esa intima familiaridad con el Espíritu Santo por la cuál él llegó a conocer las cosas escondidas de Dios.

En su apego apasionado a la Cruz, en su acción repetitiva de, por así decirlo, crucificarse a sí mismo, ¿supo Santo Domingo algo que los educados, eficientes y apáticos administradores del Consilium no supieron? Sí. Aunque para el observador frívolo era “como si él despejara polvo o molestas moscas de su cara”, en realidad estaba comulgando con la Cruz, con la cuál “él repetidamente se fortificaba a sí mismo”. Él supo el secreto del que ama a Cristo. Uno que ama al Señor como él lo hizo no se quejará, sino que se regocijará al encontrar este símbolo primario de Su amor y respuesta nuestra a Su amor en toda la Misa, con sus innumerables señales de la Cruz que él cargo por nosotros, y que nosotros tomamos para poder seguirle.

Esta es la clase de diferencia entre viejos y nuevos ritos que es a la vez sutil y abrumadora. Es suficientemente sutil para que un laico no la note por un largo período, especialmente cuando comienza a asistir al usus antiquior; pero pronto, si es atento, percibirá la liturgia cruciforme; comenzará a sentir cómo el sacerdote está encadenado y configurado para ella, se dará cuenta del resplandeciente mysterium fidei que está hundido en el cáliz de sangre—uno ve, uno sabe, que esta es la Misa del Santo Sacrificio.

En el Cantar de los Cantares, el amante desea prodigar todas las expresiones de amor de que él es capaz sobre la amada, y ella desea corresponder. Esto es lo que vemos en el intenso misticismo de la Misa Tradicional. No sorprende porqué jóvenes llenos de fervor, y sobre todo, sacerdotes, son atraídos tan fuertemente hacia ella y afectados por ella. Es la diferencia entre la “ebria locura” de quien queda lleno de fascinación por Dios, buscando el rostro del Divino Amante, y la sobria burocracia que persigue contacto visual con otros buscando su aprobación.

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Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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