En ámbito tradicional o católico integral, se encuentran múltiples explicaciones históricas en relación al afirmarse del modernismo. Todas obviamente interesantísimas para quien se quiera informar sobre cómo ha sido posible la actual decadencia eclesiástica. Sin embargo, debe decirse por honestidad que las reconstrucciones históricas, aun siendo exactas, son siempre insatisfactorias para quien quiera conocer las razones de algo. En efecto, si bien es necesario conocer la evolución histórica de esta pestilencia terrible, la misma historia de esta evolución, así como cualquier otra historia, por su naturaleza intrínseca, tiene la característica particular de no ser concluyente. La historia puede dar a conocer solamente que Ticio ha hecho o dicho tal cosa, pero por qué ha llegado a hacerla y a decirla, la historia no lo sabe. Para comprender el modernismo y reconstruir su historia es, por tanto, necesario indagar su esencia, lo que quiere decir comprender sus razones, es decir, su base conceptual.

Es conocida la denuncia según la cual el problema sería la exégesis protestante de las Sagradas Escrituras, que habría infectado el ambiente católico con la teoría de la historia de las redacciones. Es decir, es conocido que generalmente se atribuye la enfermedad del modernismo al historicismo de derivación marxista. El diagnóstico es indiscutiblemente exacto, pero si el problema fuera solo el historicismo, sería un problema puramente teórico, al cual se responde observando, por ejemplo, que, si todo deviene y cambia, entonces deviene y cambia también el pensamiento historicista, de manera que al final la historia de las redacciones, en devenir también ella, se reduce a ser solo una opinión cambiante como todas las opiniones, que la misma historia se encargará de superar. El pensamiento historicista no vincula a ninguna verdad, es fe; por lo cual se puede creer en él o no.

Es, por tanto, evidente que, si el problema “historia de las redacciones” fuera un problema puramente teórico, no habría encontrado un terreno donde echar raíces con tanto vigor. Pero un terreno fértil lo encontró (desagrada decirlo, dentro de la misma Iglesia). Y el terreno, donde echan raíces todos los problemas teóricos destinados a crecer y hacerse gigantes, son los hechos. Verdaderos, presuntos o imaginarios, los hechos dan a los hombres el sentido de lo concreto porque persuaden para ver en ellos la sólida realidad de la vida. Por ello, la afirmación de una teoría es posible solamente sobre la base de un hecho, siendo el hecho lo que la hace realmente creíble para los hombres. Pues bien, este hecho concreto y real, en la base del modernismo, por cuanto me consta, lo denuncia solo el señor Crombette en su libro “Galileo aveva torto o ragione?”. Todos los demás, en el ámbito católico tradicional e integral, lo evitan, no lo tratan. Y el motivo o debe sorprender en absoluto, ya que, sobre este hecho, desgraciadamente, concuerdan no solo los modernistas sino también los católicos integrales, a partir del momento en que la Iglesia, desde el 11 de Septiembre de 1822, lo reconoció sacando del Índice el libro de Galileo. Y este hecho, como se ha comprendido ya, es la teoría heliocéntrica, notoriamente en contradicción con lo que afirman las Sagradas Escrituras y toda la Tradición de la Iglesia, al menos hasta aquella fecha. Debe decirse que, si el heliocentrismo fuera cierto, porque Pío VII lo ha legitimado, sacándolo del Índice, entonces sería imposible comprender no ya el modernismo sino el catolicismo integral, dado que sin la base de las Sagradas Escrituras y de la Tradición es el católico integral el que cae en aquel fideísmo ciego e irracional condenado siempre por la Iglesia. No debe callarse, en efecto, que sacando el “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo” del Índice, Pío VII – el Papa – admite que la Biblia se equivoca, se equivoca en un punto esencial como la cosmología. ¿Qué impide que pueda equivocarse también en otro lugar? ¿In fide et moribus, por ejemplo? ¿Qué prohíbe que no sea divinamente inspirada? Si el heliocentrismo es reconocido por la misma Iglesia como cierto y las Sagradas Escrituras y la Tradición se equivocan, ¿dónde se equivocan entonces los fautores de una nueva iglesia, es decir, los modernistas?

Por tanto, el 11-9-1822, Pío VII saca del Índice el libro de Galileo. Y eso, adviértase, aunque la teoría heliocéntrica no goce de ninguna prueba experimental. Cuando se tenga esta prueba experimental, en 1887, y no caerá a favor del heliocentrismo, tendrá inicio la imaginaria cosmología moderna. La así llamada ciencia se inventará de todo con tal de no admitir la única conclusión cierta del experimento con el interferómetro de Michelson y Morley de 1887, es decir, que la tierra no orbita alrededor del sol. Pero, entre tanto, en 1822, sin ninguna prueba experimental ni a favor ni en contra, se dice que existió, para mover al Papa Chiaramonti a sacar el libro de Galileo del Índice, la enorme presión de la opinión pública. Es decir, en número: 10.000 masones de 22 millones de italianos de entonces creen en el sistema heliocéntrico. Menos del 1%. Pero los 10.000 tienen diarios, libros, escuelas, cátedras universitarias, mientras que los 22 millones cuentan poco o nada, siendo casi todos analfabetos. Lo que esto quiere decir, lo comprenderá bien el padre Matiussi, cuando denunciará el complejo de inferioridad de la jerarquía católica hacia la “cultura” del siglo y su miedo a quedar marginada. Pues bien, aquel complejo de inferioridad tiene su inicio precisamente aquí, a partir del caso Galileo. Poco importa que, en el Evangelio de San Juan apóstol, Jesús diga que el siglo no conoce el espíritu de la verdad y que ni siquiera le será enviado (Jn 14, 16-17). E importa todavía menos que la “cultura científica” no haya proporcionado jamás una sola prueba experimental de sus fantasiosas afirmaciones cosmológicas. No solo; sino que ha falsificado incluso las desfavorables. Basta la así llamada presión mediática de 10.000 hombres de 22 millones para ceder a la villanía cultural del siglo y dudar de las Sagradas Escrituras. Obviamente, sucede después que, dando las espaldas al pueblo “ignorante” y a su fe, la jerarquía hará de las Sagradas Escrituras y de la Tradición una base cultural inexorablemente ya superada por los nuevos (falsos) conocimientos. Es aquí donde el historicismo de la “historia de las redacciones” encuentra su más sustancioso alimento. La Biblia se equivoca, se piensa. Se equivoca sin ninguna malicia engañadora, sino simplemente porque pertenece a otro tiempo histórico, en el que determinados conocimientos no estaban todavía suficientemente desarrollados. Y es precisamente esta convicción la que da inicio al ecumenismo. El modernista, persuadido ahora ya de que ha sido demostrado que las Sagradas Escrituras no son fiables por la falsa cosmología moderna, tiene el sentimiento de Dios y “quiere” que exista incluso contra y a pesar de las Sagradas Escrituras. Se alinea, por tanto, con todos aquellos que “quieren” que Dios exista: musulmanes, judíos, budistas, hinduístas, animistas, etc., convencido, obviamente, de que también los demás creyentes no creen ya en sus “libros sagrados”, exactamente como él no cree en los suyos. Si, por tanto, la Biblia se equivoca, sin culpa alguna, obviamente, téngase al menos la amabilidad de enterrar, con el Beato Pío IX, también la octogésima proposición de su Sílabo, por favor. Así, la jerarquía se convence de que ha llegado el momento de abrirse al siglo, a pesar de la palabra de Aquel que lo ha vencido. Y, dirigiéndose al siglo, va de suyo que comience a mirar con vergüenza la fe tradicional del pueblo analfabeto. La jerarquía se abre al siglo ciertamente con circunspecta prudencia (al comienzo), pero ciertamente bebiéndose todas las patrañas de la cosmología moderna con la piadosa ingenuidad del neófito. Todavía hoy, dos siglos después de la rehabilitación de Galileo, la jerarquía ignora tranquilamente y de muestra no saber nada de la infame mentira cosmológica inventada en la logia, que hace del hombre un ser perdido en la periferia del cosmos. Es increíble: tenemos a Jesús que confirma toda la Sagrada Escritura diciendo que no puede ser anulada (Jn 10, 35), tenemos la asistencia del Espíritu Santo que nos conduce a la Verdad entera, tenemos a Aquel que ha vencido al mundo, tenemos la inteligencia de Papas como Urbano VIII, de teólogos como San Roberto Belarmino, pero esto no es suficiente para la jerarquía. Es necesario beber las mentiras del siglo y enseñarlas al pueblo. En una palabra: es necesario emanciparse del analfabetismo católico de Lourdes y de Fátima para beberse las mentiras que se han bebido los protestantes. La Iglesia Católica, desgraciadamente, parece haber olvidado, especialmente en el último siglo, que la serpiente antigua, además de ser homicida desde el principio, es también y ante todo, el padre de la mentira. Con la mentira, en efecto, ha dado inicio a su obra de corrupción: “Eritis sicut Dii”.

La gran mentira

Por un discurso de Albert Einstein, pronunciado en la universidad de Kyoto, en Japón, el 14-12-1922, sabemos sobre qué bases científicas se basa la teoría heliocéntrica. Esto es lo que dice el mayor genio del siglo XX a un público ciertamente no analfabeto:

“He llegado a creer que el movimiento de la tierra no pueda ser revelado por ningún experimento óptico, aunque la tierra gira alrededor del sol”.

Lo que traducido para nosotros, pueblo analfabeto, significa precisamente esto: aunque es imposible demostrar que la tierra gira alrededor del sol, a pesar de ello, ella ciertamente gira. El riguroso método científico galileano, por tanto, da por obtenido lo que debe demostrar, y, más aún, ateniéndonos a las mismas palabras de Einstein, da para demostrarlo lo que es incluso imposible demostrar, es decir, el heliocentrismo. ¿Pero por qué llega Einstein a semejante afirmación? Simplemente porque no puede aceptar el resultado con el interferómetro de Michelson y Morley, que no detecta el movimiento de la tierra alrededor del sol. Por consiguiente, para Einstein y la moderna cosmología, la tierra, aunque no gira alrededor del sol, debe hacerlo (de otro modo tenía razón Urbano VIII y se había equivocado Galileo). Claro, ¿no? El experimento con el interferómetro de Michelson y Morley no es admitido porque entonces las Sagradas Escrituras y la Tradición Católica no se equivocarían, mientras que deben hacerlo. Este es el mundo al que la jerarquía católica ha querido abrir la Santa Iglesia de Dios, para entrar en diálogo con él y ser admitida en él mucho tiempo antes del Concilio Vaticano II y de la Gaudium et Spes.

Pero vayamos a los hechos. Narra la historia científica que Albert Abraham Michelson (1852 – 1931), un judío alemán emigrado a los EE.UU., iba buscando las pruebas de la existencia del éter lumnífero; es decir, una materia física invisible para los ojos, que después de ciertos descubrimientos del electromagnetismo habría podido propagar la luz, dado que el vacío no existe en la naturaleza. Para este fin construyó una máquina experimental llamada interferómetro, todavía hoy en uso, que le valió el Nobel de 1907. Lo que la historia científica dice es que buscaba el éter aprovechando el movimiento de la tierra alrededor del sol, cuya velocidad teórica, calculada en base a la longitud de la órbita terrestre y del tiempo empleado en realizarla (un año), debía ser necesariamente de 30 km por segundo. Lo que calla es que se tropezó con otra cosa. En la hipótesis de partida se suponía que la velocidad de traslación de la tierra alrededor del sol provocase un viento de éter de la misma velocidad de 30 km por segundo, pero en sentido contrario al movimiento terrestre. La idea de Michelson era dividir en dos un rayo de luz, proyectándolo en dos direcciones diferentes; uno en dirección del movimiento supuesto de la tierra y el otro en dirección perpendicular a él, para reunirlos después, mediante una complicada refracción de espejos, en la sección final que lleva a la lámina fotográfica puesta al final del interferómetro. Aunque la distancia recorrida por los dos rayos de luz es igual, ellos, aprovechando el supuesto movimiento terrestre de manera inversa, deberían haber recorrido el respectivo trayecto en tiempos diferentes. Y precisamente el intervalo temporal entre los dos rayos de luz a su llegada, llamado franja de interferencia, calculado ya teóricamente sobre la base de los 30 km por segundo, debía comprobar o desmentir la existencia del éter. El resultado del experimento fue que el intervalo previsto teóricamente no existía. Un movimiento de éter existía efectivamente, pero no de 30 km por segundo, sino mucho menor. La sorpresa fue que esta velocidad de 30 km por segundo no fue nunca detectada. A pesar de un número notable de intentos en el arco de 6 años y en tiempos diferentes, correspondientes a las supuestas posiciones de la tierra en su presunta órbita alrededor del sol, el resultado fue siempre el mismo. La velocidad de traslación de la tierra no fue jamás encontrada, mientras que, en 1925, en Chicago, Michelson, con Gale, encontró la de rotación.

La hipótesis ad hoc

¿Resuelto todo? ¿Galileo estaba equivocado y la Iglesia tenía razón? ¡Jamás! Comenzó entonces todo un trabajo de manipulación que todavía hoy intenta mantenerse en pie sobre piernas cada vez más inciertas, a pesar del bombo mediático. Comenzó el físico holandés Hendrik Antoon Lorentz (1853 – 1928) con las ecuaciones de transformación, que suponían que el material físico del experimento, es decir, la estructura metálica del interferómetro, se había contraído físicamente y acortado contra el viento de éter, pero, obviamente, solo lo que bastaba para declarar nulo el experimento, es decir = 0, mientras que cero no era. El intervalo temporal entre los dos rayos de luz, es decir, la franja de interferencia, era tan pequeña, que Lorentz juzgó muy oportuno reducirlo a = 0, aunque =0 no era. Esto por una razón que la ciencia no confesará jamás: porque considerando nulo = 0 el resultado del experimento de Michelson y Morley, habría modo de poner fuera de juego el interferómetro, declarándolo incapaz de medir el movimiento de la tierra alrededor del sol. Por consiguiente, el movimiento de la tierra alrededor del sol a la velocidad de 30 km por segundo no debía ponerse lo más mínimo en discusión, precisamente porque la imaginaria contracción de los instrumentos causada por el viento de éter no podía de ninguna manera detectarlo. Aquí está el truco. Solo si el resultado del experimento hubiera sido nulo = 0, habría podido invalidar el experimento de Michelson y Morley. Pero nulo =0 no lo era. La tierra se movía, pero no alrededor del sol. En 1925 lo demostró también Dayton Miller (1866 – 1941), pero Einstein lo ignoró deliberadamente porque su teoría de la relatividad quedaba desmentida. Como se argumenta, las ecuaciones de transformación de Lorentz tenían un solo inconfesable objetivo: anular la validez del experimento, para que el movimiento de traslación de la tierra alrededor del sol no fuera desmentido absolutamente, de una vez para siempre, sino solo relativamente a la imposibilidad de medición debida a un cuadro de referencia así llamado inercial, es decir, en movimiento. El razonamiento se puede resumir simplemente así. Constatación: el interferómetro no detecta el movimiento de la tierra alrededor del sol. Pregunta: ¿no gira, por tanto, la tierra alrededor del sol? Respuesta de Lorentz: no, al contrario, el viento de éter comprime los instrumentos de medición y la tierra orbita alrededor del sol a 30 km por segundo. Pero para sostener una explicación de este tipo, que niega la validez del experimento, se debe introducir el resultado de = 0. Cualquier otro resultado no = 0 no podría prestarse jamás a la explicación ex post de la contracción física de los instrumentos, porque el resultado existe. Y si existe resultado, existe medida, y la medida puede ser negada solo arbitrariamente. Así se explica la afirmación de Einstein en Kyioto. Silenciado el interferómetro con un resultado = 0, así la tierra vuelve mágicamente a orbitar alrededor del sol precisamente como era imaginado antes del experimento y a pesar de su resultado (y aquí dejo juzgar al lector si la ciencia está o no verdaderamente bajo el poder del maligno). ¿Cómo puede haber, en efecto, un cuadro de referencia inercial (en movimiento) que anula el resultado del experimento, si el experimento mismo lo niega, dándonos un resultado preciso y, por tanto, un cuadro absoluto, en el que la tierra se mueve pero no alrededor del sol? Milagros de la ciencia galileana, que, como es sabido, se basa en hipótesis verificadas rigurosamente por experimentos físicos. Si el experimento no da el resultado de la hipótesis, se cambia el resultado del experimento. Simple, ¿no? O sea, se inventa un penalti para empatar el partido. Prueba de ello es que hoy la ciencia, con una cara de bronce verdaderamente envidiable, sostiene que la pregunta sobre cuál gira alrededor del otro, la tierra o el sol, sería carente de significado. Dice esto después de haber masacrado a la Iglesia Católica durante tres siglos por el caso Galileo y lo dice para no admitir haber perdido el partido. En realidad, hoy, se pagan las consecuencias. Los raros físicos intelectualmente honestos saben perfectamente que el experimento de 1887 no puede ser invalidado, por la simple razón de que no fue nulo = 0; y rechazan la teoría de la relatividad porque precisamente sobre este = 0 de Lorentz ella basa su pretendida e inexistente cosmología. Pero incluso entonces no faltaron dudas y preguntas, de este tipo, por ejemplo: ¿por qué la contracción de los instrumentos se detenía solo a una cierta medida, necesaria, qué casualidad, para declarar nulo el resultado del experimento? ¿Y por qué la contracción que sufrían los materiales físicos del experimento a causa del viento de éter no lo sufría también el rayo de luz, el cual, estando compuesto de fotones, es él también un cuerpo físico, material? Las respuestas deben llegar todavía. Obvio. La hipótesis ad hoc no basta.

Estamos en este punto, cuando he aquí que asoma por el horizonte de la historia el oscuro empleado de la oficina de patentes de Berna. El mayor genio del siglo XX. Albert Einstein (1879 – 1955) tuvo la gran idea. La remendada justificación ex post de Lorentz sobre el experimento de Michelson y Morley no era satisfactoria. Levantaba críticas, sospechas, risas. Ciertamente era necesario un gran esfuerzo para hacer caer la contracción de los instrumentos a causa del viento de éter, cuando nadie ha visto jamás un tren o un coche acortarse por la velocidad y sobre todo sabiendo que el viento de éter medido por el interferómetro era mínimo. De aquí la exigencia de una teoría que invalidara a priori el resultado del experimento de una vez por todas, reduciéndolo a = 0 antes de toda posible medición, o sea, para siempre. Ya que el viento de éter mostraba que la tierra no orbita alrededor del sol, Einstein pensó quitar el éter de un plumazo, anunciando, como segundo postulado de su teoría de la relatividad, que la luz se propaga en el vacío en todas las direcciones a la misma velocidad de 300.000 km por segundo, independientemente del movimiento del observador. De lo que se sigue obviamente que, viajando siempre a la misma velocidad, en el vacío, independientemente del movimiento del observador, los dos rayos de luz de Michelson estarían obligados, en base a la teoría de la relatividad, a llegar siempre contemporáneamente a la lámina fotográfica del interferómetro, dando así un resultado de = 0, definitivo y a priori, que habría hecho superflua toda otra medición o asegurado el movimiento de la tierra alrededor del sol a la velocidad de 30 km por segundo, jamás detectado por el interferómetro. El resultado de Michelson, sin embargo, no es = 0. Empezamos de nuevo: aunque el resultado del interferómetro no es = 0 porque la tierra se mueve, pero no alrededor del sol, he aquí que debe ser = 0. ¿Por qué razón? Porque el mundo tan amado por la Gaudium et Spes dialoga solo de esta manera, mintiendo, al estar totalmente sometido al poder del maligno (1 Jn 5, 19). Salvo que el diablo hace las ollas pero no las tapas. El segundo postulado de la teoría de la relatividad da de todos modos problemas, porque niega los principios de la física clásica y el experimento de Sagnac lo demuestra sin ningún tipo de duda. La teoría de la relatividad especial es de 1905, la general de 1915, pero ya en 1913 Sagnac había demostrado con un experimento de laboratorio que aquel segundo genial postulado de la no variación de la velocidad de la luz en el vacío es simplemente falsa. El físico francés Georges Sagnac (1869 – 1928) construyó en 1913 un interferómetro de laboratorio según el modelo del de Michelson, pero basado no ya en el movimiento supuesto de la tierra, sino en un disco que giraba sobre sí mismo dos veces por segundo. Y descubrió que el rayo de luz proyectado contra la rotación del disco llega antes que el que sigue la rotación. El resultado de Sagnac no era = 0. Quienquiera puede repetir el experimento y demostrarlo. Por consiguiente, Michelson y el éter quedan confirmados, mientras que el genial postulado de la teoría de la relatividad desmentido. ¿Quién se asombra? ¿Pero cómo podría la velocidad de la luz ser invariable si, según la teoría de la relatividad, todos los cuadros de referencia son móviles y no existe ninguno que sea invariable? Si la luz viaja siempre a la misma velocidad, incluso independientemente del movimiento del observador, debe necesariamente ser medida en un cuadro de referencia no inercial. Pero un cuadro de referencia no inercial no existe en la teoría de la relatividad. Si existiera, entonces el resultado de 1887 de Michelson quedaría confirmado. Pero es precisamente para negar aquel resultado como absoluto por lo que dicha teoría sostiene la relatividad de todo movimiento. Y, debido a que niega que exista cualquier posibilidad de medir un movimiento absoluto como es el de Michelson y Morley en 1887 (porque no conviene), la pregunta es: si no existe ningún cuadro de referencia no inercial, ¿cómo sabemos que la velocidad de la luz es siempre la misma? ¿En qué cuadro de referencia hemos medido la velocidad de la luz si todos los cuadros de referencia son inerciales (en movimiento)?

La contradicción

Pues bien, está claro que para afirmar la relatividad del movimiento debe existir una referencia absoluta – una base firme. Si el cuadro de referencia es inercial (en movimiento), lo podemos saber solo si existe una referencia absoluta; si, por el contrario, la referencia fuera a su vez relativa, es decir, en movimiento, no sabiendo donde apoyarnos, caeríamos en un regreso infinito en el que no hay ciencia, como ya enseñaba Aristóteles. Sería como juzgar desde la ventanilla cuál es el tren que se mueve, si el nuestro, el otro o los dos. Por tanto, debe existir una base firme para sostener que todo es relativo en el movimiento. Pero en la teoría de la relatividad esta referencia absoluta – la base firme – no puede ser el resultado del experimento de Michelson, porque, obviamente, daría la razón a las Sagradas Escrituras; por tanto, la referencia absoluta, en base a la cual todo cuadro de referencia está en movimiento, es transferida a la luz. Lo que no tiene el más mínimo sentido, porque quien mide su velocidad, siguiendo la teoría de Einstein, vive en un cuadro inercial, en movimiento. El observador, o más precisamente el científico, no está en reposo, porque si lo estuviera, debería aceptar el resultado del interferómetro y no lo acepta. Entonces, ¿cómo hace para saber que la luz viaja siempre a 300.000 km/s en el vacío, independientemente del movimiento del observador? En términos más explícitos: si el así llamado científico no sabe cuál es el tren que se mueve, y hoy enseña desde las cátedras universitarias que no tiene sentido ni siquiera preguntarlo, ¿cómo hace para saber que la luz viaja a 300.000 km/s? Es claro y evidente que puede saberlo solo en un cuadro de referencia absoluto; pero un cuadro de referencia absoluto es negado por la teoría de la relatividad para no darle la razón a Urbano VIII. Y es aquí donde surge el problema irresoluble. Si la velocidad de la luz es absoluta, entonces es medida necesariamente sobre la base de un cuadro de referencia no inercial (no en movimiento); es decir, en un cuadro de referencia que, para la teoría de la relatividad, no debería existir (ya que, existiendo, demostraría testarudamente que la tierra no orbita alrededor del sol). Por tanto, afirmando el valor absoluto de la velocidad de la luz en un cuadro de referencia inercial, la teoría de la relatividad afirma una contradicción, o sea, lo imposible. Porque si el valor de la velocidad de la luz es absoluto, también el cuadro de referencia lo es; si, en cambio, el cuadro de referencia es inercial, el valor de la velocidad de la luz no puede ser absoluto sino relativo al movimiento. Por tanto debe decirse que si el así llamado científico detecta el valor absoluto de la velocidad de la luz, quiere decir que su cuadro de referencia es absoluto; y si es absoluto, entonces es absoluto también el resultado del interferómetro, siendo contradictorio afirmar que un mismo cuadro de referencia es, a la vez, absoluto (para uno) y relativo (para otro). La tierra es, en efecto, una sola. Pero si se insiste en afirmar un cuadro de referencia contradictorio, entonces la teoría de la relatividad quiere y pretende precisamente esto: que el cuadro sea inercial solo para el resultado del interferómetro, para anularlo, y no para la velocidad de la luz. Está claro que, aquí, la así llamada neutralidad de la ciencia no es sino hybris. Es hybris porque una teoría es construida para negar un hecho, mientras que se debe decir con todas las letras que no existe ninguna teoría que pueda negar un hecho. Puede solo explicarlo (si lo consigue). Existe, en cambio, lo contrario, que un hecho pueda negar una teoría. Si verdaderamente una teoría pudiera negar un hecho, entonces sería la teoría la que le quitaría y le daría el ser (le haría ser), pero esto es imposible, porque el hecho está ya en el ser y la teoría no, está en el pensamiento. Si pudiera dar y quitar el ser, el pensamiento sería el mismo ser, pero no lo es, porque al pensamiento le sucede que se contradice, al ser no. Por esto, una teoría tiene el deber de no contradecirse: porque el ser no es contradictorio al mostrarse, mientras que el pensamiento puede serlo. Por esto, en fin, le corresponde solo a la teoría la tarea de demostrar que pertenece al ser, que es digna, mostrándose verdadera, mientras que el hecho queda exonerado de dicha tarea. Esto demuestra que una teoría no da y no quita el ser a un hecho, sino que, por el contrario, lo recibe del hecho, cuando consigue explicarlo de manera lógica. Dar o quitar el ser a un hecho sobre la base de una teoría significa imaginar un pensamiento mágico, semejante a una divinidad que domina de manera arbitraria el ser, haciendo aparecer y desaparecer los entes a su gusto (lo que sucede, en efecto, en la teoría de la relatividad). Por tanto es bueno volver a poner los pies en el suelo y recordar que aquí existe un hecho. Un hecho que se ha presentado por sí mismo, sin que ninguno lo buscase y cuando estábamos completamente convencidos de lo contrario: la tierra no orbita alrededor del sol. Y, a menos que no queramos llamar hechos a los efectos alucinógenos de ecuaciones matemáticas indemostrables, como la contracción de las longitudes, el aumento de la masa, la dilatación del tiempo, es evidente que a la realidad de los hechos el relativista prefiere una teoría imaginaria y falsa que le hace creerse que es dios. Prefiere ignorar los hechos que niegan su falsa teoría, como el experimento de Sagnac, que demuestra que la luz no viaja siempre a la misma velocidad, sino a diferentes velocidades. Prefiere no admitir el éter, para no reconocer que la tierra no gira alrededor del sol. Prefiere la fábula de los agujeros negros, de las cuerdas, de la gravedad, de la materia oscura, del bing bang, de los 13 mil millones de años del universo (que se deben imponer como verdades dogmáticas por medio de la escuela, la tv y los periódicos), con tal de no admitir un hecho que demuestra la Verdad de las Sagradas Escrituras. Aquella Verdad que, sin embargo, le haría libre, como dice el Señor. Libre de la gran mentira cosmológica.

¿Era verdaderamente tan necesario para la Santa Iglesia de Dios abrir un diálogo con este mundo?

La Iglesia

Para concluir, cedo la palabra a Fernand Crombette, genio desconocido del catolicismo integral.

“En el momento en el que el Concilio de Trento se preparaba, con una intransigencia extrema, a oponerse al libre examen de la Biblia, es picante ver a Galileo usar una exégesis totalmente distinta de la unánimamente aceptada. Es cierto que el P. Caccini declara que el filósofo florentino tenía relaciones con los herejes, famoso el veneciano Sarpi, pero lo que es más extraño todavía es lo que añaden Vacant y Mangenot a la exégesis galileana: “Los teólogos admiten hoy la doctrina de Galileo. Es esta la enseñanza dada en los grandes seminarios, y León XIII dio garantías a esta enseñanza con su autoridad en la Encíclica Providentissimus Deus, del 18 de noviembre de 1893 [por tanto, 6 años después del final de los experimentos con el interferómetro, NdA]. León XIII escribió, en efecto, en dicha Encíclica el siguiente pasaje que parece un extracto de la carta de Galileo, de la que reproduce casi exactamente algunos términos: “Ningún desacuerdo real puede existir entre la teología y la física, bien entendidas. Si existe una aparente oposición, es necesario recordar que los Autores Sagrados, no teniendo como fin enseñar la constitución íntima de los cuerpos, hablan tal vez de la naturaleza de manera metafórica o conforme al lenguaje de su época, según lo que aparece a los sentidos. Pero si bien debemos defender con fuerza la Sagrada Escritura, esto no significa que se deben adoptar todas las explicaciones de los Santos Padres. Es importante distinguir cuidadosamente lo que ellos enseñan, de común acuerdo, como siendo doctrina de fe, de lo que exponen según sus opiniones particulares”. Esta concesión al cientificismo era tanto más inoportuna cuanto que, desde 1880, se habían producido con empeño los experimentos para demostrar y medir el movimiento de la tierra en el espacio y no se había podido notar jamás ni el más mínimo desplazamiento. La ciencia atea estaba en el banquillo, el caso Galileo se encontraba cuestionado y esta vez la Iglesia Católica tenía el cuchillo por el lado del mango, pero… ¡ay! fue el momento que eligió para deponer sus últimas armas. El enemigo, virtualmente vencido, podía levantar de nuevo la cabeza. Y la Encíclica iba, además, a darle un notable refuerzo en las filas mismas de los católicos; ya que se apresuraron a extender a toda la Biblia la interpretación que el Papa no había ciertamente tenido la intención de aplicar sino solo a algunos pasajes, y este fue el nuevo florecimiento del modernismo, extendido torrencialmente en el clero por los grandes seminarios. No se cree ya en la Biblia; basta creer en el Creador, pero no en la narración de la Creación. El error es totalmente comparable, por su gravedad y extensión, al arrianismo. Al mismo tiempo, se admira, aun sin comprenderlo, a Einstein, el judío alemán inmoral y ateo, que se ha puesto a la cabeza de los científicos incrédulos para apuntalar el sistema ahora tambaleante de Galileo; entonces Urbano VIII se había equivocado al condenarlo. Pero si el sistema de Galileo es falso, y todo lo indica ya que no salva ya las apariencias, y si, por consiguiente, lo es también su interpretación de la Biblia, es León XIII el que se había equivocado y Urbano VIII el que tenía razón: no hay otra alternativa. Los que no se sienten incómodos al decir que Urbano VIII se equivocó, no se deberían ofender si nosotros decimos, en cambio, que es León XIII el que se equivocó al desautorizar indirectamente a su predecesor, que tenía razón. Quizá algunas almas buenas se solidarizarán y dirán: “¿cómo os atrevéis a culpar al autor de la Encíclica Providentissimus Deus?”… Lejos de nosotros culpar a dicha Encíclica; contiene cosas excelentes que, por otro lado, se han olvidado demasiado a menudo. Pero se ha sembrado cizaña en el trigo bueno; contiene también un pasaje profundamente desafortunado que no estamos obligados, en conciencia, a aprobar ciegamente. No querríamos que, con el pretexto de no desautorizar a León XIII, se continuara desautorizando al Espíritu Santo, Autor de la Biblia, y con Él a la inmensa legión de los Doctores que han creído que la tierra era el centro del mundo: esto, no tenemos derecho a hacerlo. Y si se ha intentado excusar a Urbano VIII diciendo que nunca había hablado ex Cathedra en este asunto, nosotros podemos del mismo modo sostener que tampoco la Encíclica Providentisimus Deus tiene el alcance de una decisión ex Cathedra y que, si se han cometido errores, son personales y no afectan al privilegio de la infalibilidad pontificia. “La autoridad de la Encíclica (que no es una definición ex Cathedra) no es en absoluto la misma de la definición solemne, o más propiamente dicha, de la definición Ex Cathedra”, dice el P. Pegues.

Además, si se ha requerido un gran esfuerzo de sinceridad para declarar que Urbano VIII se había equivocado al condenar a Galileo, cuando se creía verdadero su sistema, admítase que es todavía más laudable reconocer ahora que este papa ha tenido razón contra aquellos sucesores suyos que lo han desautorizado, tanto más cuanto que se trata de reparar a su respecto una gran injusticia, como es justo culpar a aquellos que se han equivocado. El gran papa del final del siglo XIX fue sin duda un papa notable, pero ha entrado ya en la historia; es susceptible de ser juzgado con el mismo título que todos los soberanos pontífices de quienes la Biblioteca Vaticana conserva las actas para servir a la elaboración de la Historia de la Iglesia. León XIII se había dado cuenta muy pronto de su error y, a pesar de su repugnancia a desautorizarse, había intentado también reaccionar, pero el modernismo se había desarrollado, tras dicha Encíclica, con tal rapidez que, cuatro años después de su muerte, su sucesor, el santo papa Pío X, fue inducido a escribir el 8-9-1907, la Encíclica Pascendi, directamente contra los modernistas. Él se refirió, sí, a lo que las prescripciones de su predecesor contenían generalmente de laudable, pero ciertos pasajes de esta Encíclica contradicen lo citado por nosotros en la Providentissimus Deus, como el siguiente: “(según los modernistas)…, en los Libros Sagrados hay muchos puntos, que se refieren a la ciencia y a la historia, donde se constatan errores manifiestos. Pero no es de ciencia ni de historia de lo que tratan estos libros: es solamente de religión y de moral. La historia y la ciencia no son sino una especie de envoltorio en el que se desarrollan las experiencias religiosas y morales para penetrar más profundamente en las masas. Si, en efecto, las masas no entendían de otro modo las cosas, es claro que una ciencia y una historia más perfectas habrían sido un obstáculo, más que una ayuda… Finalmente ellos llevan tan lejos las cosas que, perdiendo toda medida, llegan a declarar lo que se explica por la vía verdadera y legítima. Nos… ya que no existe sino una sola y única Verdad y consideramos que los Libros Sagrados, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por Autor, afirmamos que ello equivale a prestar a Dios mismo la mentira de utilidad o la mentira oficiosa, y decimos con San Agustín: “En una autoridad tan alta, admitid una sola mentira oficiosa y no quedará ya ni una pequeña parte de estos Libros en la que, apenas resulte difícil de practicar o de creer, no sea lícito ver una mentira del Autor, querida a propósito, con vistas a un objetivo. Y así sucederá, prosigue el Santo Doctor, que cada uno creerá lo que quiera y no creerá lo que no quiera creer”. ¡Ay! ¡Es más fácil no desencadenar una revolución que detenerla!”.

G. R.

(Traducido por Marianus el eremita)

SÍ SÍ NO NO
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