Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decir a otros que no se maten? (Santa Teresa de Calcuta)

Ése podría ser el título de la noticia. Suena a pleonasmo; porque ¿qué es un abortorio más que una factoría de muerte? Pero como la muerte del “producto” (nomenclatura propia de granjas) ya está descontada, la gran noticia es que en el matadero haya muerto el matarife. En este caso, el muerto no es el matarife, sino la víctima accesoria del aborto, cuya muerte no está prevista en la actividad ordinaria de la factoría.

En la clinica abortista Los Lagos de Santa Cruz de Bezana se provoca la muerte cada día a 3 niños. De algunos de ellos, hay quien sospecha que no sean seres humanos sino alguna otra cosa. En realidad, en la tecnología propia del negocio se denominan “producto” del embarazo.  No hay por qué suponer a priori mala fe en todos los que se agarran a esta sospecha. En especial si no tienen la posibilidad de ver en una ecografía qué es eso que llevan en el vientre, y de escuchar los latidos del nuevo corazón: que ahora están al alcance de casi cualquier móvil. Las aplicaciones más sofisticadas permiten escucharlos incluso desde la 8ª semana. Existen en el mercado aparatos específicos para esta función (muy asequibles: entre 30 y 60 euros), pensados para regalar a las embarazadas ilusionadas.

La noticia no es que mueran cada día en esa clínica 3 niños, porque ya se cuenta con ello y no hay sorpresa. Que el matador mate al toro es lo previsto; no en cambio que el toro mate al matador, al picador o al banderillero. El caso es que esta vez, junto al hijo ha muerto la madre. El riesgo sanitario, por pequeño que sea, está presente en todo procedimiento, dijo tan pancho el gerente de la clínica. Y añadió que ni por parte del ginecólogo ni por parte del anestesista había habido complicaciones. Pero diga lo que diga la autopsia, lo evidente es que ¡ha muerto como consecuencia del aborto! De un aborto cuya única complicación fue la muerte de la que sin padecer de nada, fue tratada por el sistema sanitario como “paciente” a la que había que “curar” del embarazo.

Es una noticia muy sorprendente, porque va contra la fama inmejorable que tiene el aborto en España, y sobre todo contra los servicios de la salud pública volcados en la promoción y en el buen nombre del aborto. Es una mala noticia. Y como los medios viven de las malas noticias, pues ahí la tenemos.

Ésta es, evidentemente, una información políticamente incorrecta, porque atenta contra el principio de promoción y prestigio social del aborto. Atenta contra la doctrina oficial de que el aborto es el paraíso de yupi-yei, el mayor don que le ha hecho la sociedad a la mujer, la máxima expresión de su libertad sexual-reproductiva. Un derecho de la mujer, que como tal ha de ser promocionado para que lo disfrute abundantemente. ¡Así son los derechos!

Otras noticias como ésta fueron censuradas a tiempo; pero para ésta llegaron tarde. Se les coló. ¿Cómo ha podido ser? Es que en esta ocasión alguien se saltó el protocolo que manda censurar la realidad. Sí, censurar la realidad. ¿Recuerdan? Es incorrecto decir los niños tienen pene y las niñas tienen vulva. Lo correcto es decir algunos niños tienen vulva y algunas niñas tienen pene. Ya ven lo que le está ocurriendo al autobús que anda propalando al respecto lo que le da la gana.

Pues lo mismo con el aborto. Como afecta a la salud (¡y a los derechos!) de las mujeres, es llevado con una discreción muy superior a la empleada en otras áreas de la salud. ¿Morir por abortar? Eso no existe. El aborto no es una enfermedad, así que nadie muere por abortar, igual que nadie muere por hambre, porque el hambre no es una enfermedad. La muerte siempre se debe a otras causas que concurren con el aborto. Una hemorragia, una septicemia, un paro cardíaco… el catálogo da mucho de sí. Se necesita muy mala fe para asociar cualquiera de estas incidencias al aborto previo; se necesita ser enemigo declarado de la libertad de las mujeres, claro que sí.  

¿Cuál es pues la pregunta clave?

La pregunta es cuánto se nos oculta de los incidentes postoperatorios de los abortos, que no dejan de ser intervenciones quirúrgicas realizadas sin que la persona “operada” sufra ninguna enfermedad. De éste no ha quedado más remedio que informar, porque ocurrió en la misma clínica, minutos después de la intervención médica abortadora. ¿Y si ocurre al día siguiente o a la semana siguiente en casa? Pues no pasa nada: es un accidente que nada tiene que ver con el aborto, sino con el estado de salud de la mujer, y que no hay que vincular con el aborto. Ni las noticias ni las estadísticas lo recogen. La prueba es que sólo tenemos noticia de las que se producen en el mismo abortorio.

Es que como el aborto es un tema fatalmente ideológico, y por obsesión ideológica se cometen aberraciones de todo género, el oscurantismo que se practica en torno al aborto es escalofriante. Como se trata de una práctica en torno a la cual se requiere el máximo secreto (¿por qué será?: no pasa lo mismo con las intervenciones cardíacas o renales), se han inventado todas las trampas para camuflar los datos. Sin ir más lejos, el Hospital de San Pablo de Barcelona no publica sus abortos a instancias de un cardenal emérito. Y al amparo de ese secretismo puede ocurrir y en efecto ocurre de todo. Es evidente que tal como el médico de familia, el cardiólogo, el neurólogo o el otorrino presumen de su especialidad entre los colegas y en sociedad, no ocurre lo mismo con los médicos que se dedican a practicar abortos, que ocultan discretamente su especialidad tras la de “ginecólogo”. Porque a pesar de todos los pesares, se trata de una actividad mal vista por mucha más gente de la que aparenta lo contrario esforzándose en ser políticamente correctos. Es que el juramento hipocrático se la tiene jurada al aborto.

La multinacional abortista, bendecida por Barak Obama y Hillary Clinton,  Planned Parenthood oculta las violaciones de las esclavas sexuales, porque constituyen parte sustancial de su negocio: una esclava sexual llegó a abortar 17 veces en una de estas clínicas. Fue siempre con el proxeneta que la explotaba. Pero nadie sospechó nada. Del mismo modo se ocultan violaciones y malos tratos. Ni una pregunta. Y como tras el secreto se esconde la impunidad, resulta que hasta el momento dos médicos de Planned Parenthood (sólo 2 por el momento, entre tantísimos miles repartidos por sus centros abortistas de todo el mundo) han sido condenados (no acusados, sino condenados en sentencia firme) por cometer toda clase de abusos sexuales con sus aterrorizadas clientas. Las condiciones en que funciona el negocio del aborto (porque ésta es su sección de “negocio”) propician estas conductas. Tampoco puede esperar uno que sean virtuosos unos médicos cuya profesión es matar. Quien se atreve a lo más, ¿cómo no se va a atrever a lo menos? Y lamentablemente, lo que ocurre con los médicos ocurre con toda la sociedad que promueve esta aberración. Si nos parece bien matar, ¿cómo vamos a tener escrúpulos ante delitos menores?

Custodio Ballester Bielsa, pbro.