Las órdenes religiosas son uno de los tesoros de la Iglesia Católica, con sus diferentes reglas y carismas que están orientados hacia necesidades concretas de la Iglesia en el tiempo en que aquellas se fundaron. Sin embargo, siendo la naturaleza humana como es, a lo largo del tiempo se da el fenómeno común de que esas órdenes caen en la laxitud y pierden el vigor original de sus fundadores.  Para la Iglesia ha sido una bendición que cuando las órdenes caen en la tibieza en relación con la misión para la que fueron fundadas, aparecen movimientos reformistas que tratan de restaurar el celo y el dinamismo de sus orígenes. Tal es el caso, por ejemplo, de los cistercienses o de los carmelitas descalzos, que, posteriormente,  dieron lugar a la aparición de algunos de los grandes santos de la Iglesia, como Bernardo de Clairvaux, Teresa de Ávila y Juan de la Cruz.

Si consideramos el tipo de desazón en el que la Compañía de Jesús ha caído en el siglo pasado, especialmente desde el Concilio Vaticano II, se puede decir que los jesuitas están maduros para un movimiento reformista.

Para apreciar la profundidad a la que han descendido los jesuitas modernos, debemos volver a familiarizarnos con la misión original de Ignacio de Loyola. Un antiguo jesuita, Malachi Martin, ofrece un buen resumen de la visión del fundador de la sociedad en su libro Los Jesuitas:

“Los jesuitas clásicos, basándose en las enseñanzas de Ignacio, vieron perfectamente delineada la misión de su orden. Se trataba de un estado perpetuo de guerra en la tierra entre Cristo y Lucifer. Aquellos que combatían en el bando de Cristo, los combatientes realmente escogidos, servían diligentemente al Romano Pontífice,  estaban a su entera disposición. Eran los “hombres del Papa.” El “Reino” por el que se peleaba era la gloria del Cielo de Dios. El enemigo, el archienemigo, el único enemigo, era Lucifer. Las armas que usaban los jesuitas eran sobrenaturales: los sacramentos, predicar, escribir, sufrir. El objetivo era espiritual, sobrenatural, estaba más allá del mundo. Se trataba simplemente de este: que el mayor número posible de individuos muriera en estado de gracia sobrenatural y amistad con su Salvador para que de este modo pudieran pasar toda la eternidad con Dios, su Creador.”

Desgraciadamente no hay congruencia alguna entre esta descripción y la actual Sociedad de Jesús. En la década que siguió al Concilio Vaticano II, los jesuitas celebraron dos congregaciones generales en las que produjeron setenta y dos decretos diferentes, dejando atrás de lejos la producción del mismo concilio. Prácticamente no hubo ni un solo aspecto de la vida jesuita que quedara sin tocar por estos decretos, que supusieron un esfuerzo sistemático para redefinir la orden conforme al mundo moderno, siguiendo el “espíritu del Vaticano II.” En particular, el cuarto decreto de la Congregación General 32, “Nuestra Misión Hoy”, fue un llamamiento a los jesuitas para transformar radicalmente el mundo combatiendo la injusticia en el orden social y reestructurando los sistemas sociopolíticos.

La misión de los jesuitas, tal como queda descrita de esta forma, deja de ser una misión espiritual. La lucha ya no es una confrontación metafísica entre Cristo y Lucifer por la salvación de las almas, sino de una lucha absolutamente mundana contra la injusticia de la economos frutos de estas congregaciones generales fueron inmediatamente evidentesreestructurando los sistemas sociopolmbatía y de los sistemas políticos. Esta guerra no se combate con las armas de la Escritura, de la Tradición y de los Sacramentos, sino del activismo políos frutos de estas congregaciones generales fueron inmediatamente evidentesreestructurando los sistemas sociopolmbatos frutos de estas congregaciones generales fueron inmediatamente evidentesreestructurando los sistemas sociopolmbattico, las relaciones laborales y la redistribución de la riqueza.

Los frutos de estas congregaciones generales fueron inmediatamente evidentes. Después de la Congregación General 31 hubo un rechazo masivo de la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, que supuso una solemne rebeldía en relación con el voto jesuita de obediencia al papa. Como respuesta a la nueva misión definida en la Congregación General 32, los jesuitas en las décadas de los años setenta y ochenta fueron los abanderados de la Teología de la Liberación y se alinearon con los regímenes izquierdistas socialistas y marxistas de todo el mundo, especialmente  América Latina. Algunos jesuitas incluso participaron en revoluciones armadas y ocuparon posiciones de alto nivel en el gobierno comunista sandinista de Nicaragua, en contra de las directivas expresas de Juan Pablo II al respecto.

Hoy en día, estas aberraciones con respecto al carisma original jesuita son manifiestas en dos destacadas figuras de la Orden, James Martin y el Papa Francisco. Paralelamente al rechazo de la Humanae Vitae, Martin es el líder del movimiento modernista que propone cambiar la doctrina católica sobre sexualidad y promueve con insolencia el estilo de vida LBGT. De acuerdo con la agenda de las recientes congregaciones generales, Martin trata de definir esa desviación en términos más al gusto del mundo moderno.  Mientras tanto, el Papa Francisco trabaja dentro del marco de la nueva misión sobre justicia social de los jesuitas. Se muestra muy animado y apasionado cuando critica al capitalismo y sus demonios de falta de igualdad y cambio climático.

La situación actual de la Iglesia es tal vez tan dolorosa como en los tiempos de la Revolución Protestante y no puede persistir. Debemos esperar que se produzca un regreso a la tradición y la ortodoxia en un futuro no lejano.  Pero los jesuitas, tal como están actualmente, son incapaces de repetir la transformación de la cultura Católica que llevaron a cabo como respuesta al protestantismo. De hecho lo que cabe esperar es su oposición a una revocación del Modernismo.

Lo que es extremadamente necesario es un equivalente jesuita a santa Teresa de Ávila – alguien que pueda reunir un grupo de hermanos leales comprometidos en recuperar el celo de san Ignacio para salvar almas por medio de una defensa animosa y de una promoción de la fe auténtica contra las corrientes modernistas del mundo. ¿Quién establecerá una orden de Jesuitas “Descalzos” que vayan donde sea necesario y hagan cuanto sea necesario para propagar la fe – y así, gracias a su celo, restablezcan un mundo católico en el que sea fácil tomarse en serio el cuarto voto de obediencia al Romano pontífice?

Si observamos a las órdenes religiosas que prosperan hoy en el mundo, son aquellas que visten sus hábitos, abrazan la tradición y la perenne enseñanza de la Iglesia, creen en la Presencia Real en la Eucaristía y son fieles a la liturgia tradicional. La Fraternidad Sacerdotal de san Pedro, por ejemplo, florece, mientras que los seminarios y las vocaciones de las llamadas diócesis progresistas están en caída libre. La evidencia indica que en un par de décadas las vocaciones a una Sociedad de Jesús reformada podrían superar fácilmente las de los actuales noviciados.

Es improbable que el papa Francisco autorice un movimiento de reforma dentro de su propia orden, pero llegará el momento en el que la Iglesia reconocerá que la única solución al caos existente en la Iglesia desde el Vaticano II es un retorno a la ortodoxia y a la liturgia tradicional. Cuando llegue ese momento, la Iglesia– y especialmente el papa reinante– necesitará fuerzas de choque en la línea del frente para volver a evangelizar el mundo. Necesitarán penetrar en cada rincón de nuestro mundo tecnológico, científico y racional con el Evangelio de Cristo, que es siempre nuevo y siempre está en desacuerdo con los gustos de la época. Cualquiera que tenga ojos puede ver la fiera batalla que se libra entre las fuerzas del bien y las de la oscuridad, y para esta batalla es para la que san Ignacio reclutó su milicia. Esta misión es la noble herencia de la Sociedad de Jesús y sería muy adecuado que una orden reformada con el mismo nombre fuese el instrumento por medio del cual la gloria de la Iglesia Católica fuese restaurada.

La pregunta es: ¿quién cogerá la antorcha?

Shane Ball

(Traducción AMGH/Adelante la Fe. Artículo original)