La Bula de Convocatoria del Jubileo extraordinario de la Misericordia fue publicada el pasado 11 de abril en la Basílica de San Pedro, inmediatamente antes de las primeras Vísperas del Domingo de la Divina Misericordia celebradas por el Papa Francisco. El texto completo se puede encontrar en el sitio web del Vaticano.

Misericordiae Vultus: BULA DE CONVOCACIÓN DEL JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA

No tenemos la intención de publicar un análisis exhaustivo de este documento, que parece casi con seguridad destinado a pasar a la historia como uno de los documentos programáticos del pontificado de Francisco. Nos limitaremos aquí a comentar tres cosas:

1- LA DEFENSA DEL VATICANO II VA A TODA MARCHA.

2- ¿LA IGLESIA SE HA OLVIDADO DE SER MISERICORDIOSA? FRANCISCO PARECE CREER QUE SÍ.

3- PREGUNTAS URGENTES SOBRE “MISERICORDIAE VULTUS”.

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1- La defensa del Vaticano II va a toda marcha

Cuando el Papa anunció el Jubileo de la Misericordia durante el segundo aniversario de su pontificado, el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización emitió una Nota Explicativa afirmando que:

La apertura del próximo Jubileo tendrá lugar en el quincuagésimo aniversario del cierre del Concilio Vaticano Segundo en 1965. Esto es de gran importancia porque impulsa a la Iglesia a continuar el trabajo comenzado en el Vaticano II.

La Bula de Convocatoria (nro. 4) es aún más entusiasta y enfática acerca del vínculo entre el Jubileo de la Misericordia y el Vaticano II:

He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.

Vuelven a la mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: « En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad … La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella ». En el mismo horizonte se colocaba también el beato Pablo VI quien, en la Conclusión del Concilio, se expresaba de esta manera: « Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad … La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio … Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas … Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades »

Es cierto que, al hablar de que el Concilio representa una “nueva etapa” y un “nuevo camino” para la Iglesia, sólo está siguiendo las huellas de los anteriores Papas post-conciliares que dijeron lo mismo, a veces usando un lenguaje más fuerte y más radical. Francisco también entreteje dos hebras de la retórica pro-conciliar existente cuando habla de los Padres Conciliares percibiendo el “soplo del Espíritu Santo” (haciéndose eco de la retórica Roncallista y  Wojtyliana del “nuevo Pentecostés”) y “derribando las murallas” de una Iglesia que se había convertido en una fortaleza (recordando el tema balthasariano de “arrasar los bastiones”, que incluso Ratzinger respaldó). El punto de preocupación aquí no es tanto que Francisco diga alguna de estas cosas, sino la forma en que se centra exclusivamente en el Concilio Vaticano II como ruptura con el pasado y como un acercamiento al mundo. Es como si nada se hubiera aprendido de los enfrentamientos con las ideologías laicas y ateas en los últimos 50 años. Los pasajes que eligió citar de Juan XXIII y Pablo VI son reveladores: la dicotomía del primero entre “medicina de la misericordia” del Concilio en contraste con la “severidad”, y la brillante profesión del segundo de afecto y admiración por el mundo moderno. Francisco, con todo lo que habla sobre ir hacia adelante, parece decidido a volver a la ingenuidad de los años del inmediato post-concilio. Con el Jubileo de la Misericordia como el instrumento de este viaje en el tiempo.

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2- ¿La iglesia se ha olvidado de ser misericordiosa? Francisco parece creer que sí

El aparente deseo de Francisco de volver a un enfoque más “amigable” y admirativo del mundo moderno va parejo con su aparente convicción de que la Iglesia no ha sido lo suficientemente misericordiosa. Misericordiae Vultus nro. 10 es sorprendente en sus implicancias. Este pasaje se reproduce a continuación, con énfasis nuestros:

10. La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia ». Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente la justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.

Esta no es la primera vez que Francisco ha hablado como si la Iglesia no hubiera sido tan misericordiosa como debe ser. Sin embargo, esta es una de las exposiciones más crudas, más directas y más autorizadas de esta creencia hasta ahora. Sólo podemos preguntar qué profundidades de clemencia (o laxitud)  quiere la Iglesia sondear en el nombre de “Misericordia”. Esto nos lleva directamente al tercer y último aspecto tratado en este comentario.

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3- Preguntas urgentes sobre “Los Misioneros de la Misericordia”

La bula de convocatoria (nro. 18) menciona “Misioneros de la Misericordia”, que serán enviados al mundo y que tendrán la “autoridad de perdonar incluso los pecados reservados a la Santa Sede”. Esta es una muy curiosa preocupación, ya que los “pecados reservados a la Santa Sede” son muy pocos y son tan reservados, precisamente a causa de su extrema gravedad. Por lo demás, la expresión utilizada por Misericordiae Vultus es en sí inexacta. (Esta falta de exactitud es inquietante en sí misma). En el marco del Código de Derecho Canónico de 1983 (en adelante CIC 1983 ), es más exacto hablar de pecados y/o delitos con penas canónicas – tales como la excomunión – que se pueden levantar sólo por la Santa Sede. La Santa Sede todavía tiene dominio exclusivo sobre el levantamiento de las sanciones canónicas para estos pecados, pero no sobre su absolución en el sacramento de la penitencia (cf. Canon 1357). En pocas palabras ya no hay ningún “pecado reservado a la Santa Sede”, en el sentido de los pecados que pueden ser absueltos sólo por el Santo Padre o su delegado. Es sólo el levantamiento de las sanciones canónicas para estos pecados que está reservado a la Santa Sede.

Estas ofensas están enumerados en el CIC 1983:

1367  Quien arroja por tierra las especies consagradas, o las lleva o retiene con una finalidad sacrílega, incurre en excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica; el clérigo puede ser castigado además con otra pena, sin excluir la expulsión del estado clerical.

1370  § 1.    Quien atenta físicamente contra el Romano Pontífice, incurre en excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica; si se trata de un clérigo, puede añadirse otra pena, atendiendo a la gravedad del delito, sin excluir la expulsión del estado clerical.

1378  § 1.    El sacerdote que obra contra lo prescrito en el c. 977, incurre en excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica.(c. 977. Fuera de peligro de muerte, es inválida la absolución del cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento del Decálogo)

1382  El Obispo que confiere a alguien la consagración episcopal sin mandato pontificio, así como el que recibe de él la consagración, incurre en excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica.

1388  § 1.    El confesor que viola directamente el sigilo sacramental, incurre en excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica; quien lo viola sólo indirectamente, ha de ser castigado en proporción con la gravedad del delito.

A estos se puede agregar una sexta infracción, en virtud del decreto de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 19 de diciembre de 2007:

Quedando a salvo cuanto prescrito en el can. 1378 del Código de Derecho Canónico, cualquiera que atente conferir el orden sagrado a una mujer, así como la mujer que atente recibir el orden sagrado, incurre en la excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica.

Si quien atentase conferir el orden sagrado a una mujer o la mujer que atentase recibir el orden sagrado fuese un fiel cristiano sujeto al Código de Cánones de las Iglesias Orientales, sin perjuicio de lo que se prescribe en el can. 1443 de dicho Código, sea castigado con la excomunión mayor, cuya remisión se reserva también a la Sede Apostólica (cfr. can. 1423,Código de Cánones de las Iglesias Orientales).

(Estos delitos se superponen, pero no coextensivos con los “delitos reservados a la Congregación para la Doctrina de la Fe“, de acuerdo a la ley vigente en la actualidad)

Los cánones 1370 §1 y 1382 tratan de asuntos tan raros que es altamente improbable que un “Misionero de la misericordia” tenga que lidiar con un caso así.

Los únicos “pecados reservados” restantes para que estos misioneros tengan que atender concebiblemente, son las formas indescriptibles de sacrilegio reprimidas por el Canon 1367 y el Canon 1378 § 1, la violación del secreto de confesión castigada por Canon 1388 § 1, y la práctica herética de “ordenación de las mujeres” sancionada por el decreto de la CDF de 19 de diciembre de 2007. En cuanto a estos cuatro pecados, y teniendo en cuenta todas las medidas de mitigación y favores ya reconocidos por la Iglesia con respecto a la absolución de los pecados y la declaración o levantamiento de sanciones, estamos obligados en conciencia a plantear tres preguntas acerca de esta decisión del Papa Francisco:

Si el Papa tiene la intención de hacer más fácil la búsqueda del levantamiento de las sanciones para estos delitos, entonces,

1) ¿No está el Papa debilitando aún más el estado ya lamentable de la reverencia hacia los Sacramentos, y al Santísimo Sacramento en particular?

2) ¿No se debilitará la lucha contra la pretendida “ordenación” de mujeres?

3) ¿No se debilitará la lucha contra la falta de castidad de los sacerdotes?

La última cuestión no se refiere sólo al hecho de alentar a los sacerdotes a permanecer castos. El asunto tiene implicaciones para la batalla en curso sobre la venerable ley del celibato, una vez más bajo el asedio de elementos “progresistas”. Y tiene relevancia para la batalla en curso contra los sacerdotes que se aprovechan de las personas vulnerables, y no trepidan en usar el confesionario para ocultar sus delitos frente a la Iglesia y el Estado. Por último, pero no menos importante, esto tiene implicaciones para la confianza de los fieles en el clero en general.

Confiamos en que nuestros lectores podrán ver por sí mismos la gravedad de nuestra preocupación por este aspecto del Jubileo de la Misericordia. Nuestras preocupaciones son ocasionadas por una lectura razonable del texto de “Misericordiae Vultus”. Somos plenamente conscientes de que el Vaticano puede llegar a aclarar que los Misioneros de la Misericordia, de hecho, no habrán de tener el poder de levantar las sanciones para los “pecados reservados”. Sin embargo, esto implicará echarse atrás con respecto al sentido más razonable de lo que dice la Bula.

[Traducido por GM. Artículo original]