ADELANTE LA FE

El Pecado en la Tradición de la Iglesia

(Moral Católica 2.8)

La profundización en la doctrina sobre el pecado fue un proceso que, partiendo de la Sagrada Escritura, se fue desarrollando poco a poco en la Tradición y en el Magisterio de la Iglesia. A tal efecto, señalaremos algunos hitos cruciales con el fin de ofrecer los datos más importantes que interesan a la doctrina moral actual sobre el pecado*.

1.- Padres Apostólicos

En la línea doctrinal de los escritos del Nuevo Testamento, los Padres Apostólicos continúan la enseñanza catequética a los cristianos de la segunda centuria.

En relación a la terminología, se repiten los términos neotestamentarios. El pecado es “amartía” que grava la conciencia” o “anomia”, como quebrantamiento de la ley y de los mandamientos. Pero el vocablo más usado es “kakía”, o sea, mal o maldad: el pecado es el mal por excelencia.

Lo más característico de estos autores es  la descripción de las dos vías: la del bien o ejercicio de las virtudes y la del mal o la práctica de los vicios. Esta doctrina conocida en el Antiguo Testamento la asume la Dídache, se continúa con el Seudo Bernabé ” y se repite en el Pastor de Hermas.

De acuerdo con la doctrina paulina, estos autores se detienen en enumerar los pecados. Los catálogos de pecados y de virtudes se corresponden con los dos caminos que tratan de ejemplificar. Se encuentran listas de vicios y virtudes en la Dídache y la Carta de Bernabé.

Es preciso subrayar la importancia que conceden a los pecados internos y previenen contra ellos para no cometer las respectivas acciones externas.

2.- Apologistas griegos del siglo II

En la llamada de atención a los cristianos y sobre todo a los perseguidores, los apologistas insisten en la posibilidad de condenación en que se encuentran. Con esta ocasión, enumeran listas de pecados. Así, por ejemplo, Teófilo de Antioquía transmite dos listas. Se condenarán: “los incrédulos y burlones, y los que desobedecen a la verdad y siguen la iniquidad, después de mancharse en adulterios, fornicaciones, pedesterías, avaricias y sacrílegas idolatrías”. En el mismo contexto hace este elenco de pecados que llevan a la condenación: “el sacrilegio, la idolatría, el adulterio, el asesinato, la fornicación, el robo, la avaricia, el perjurio, la mentira, la ira y toda discusión e impureza, y todo lo que el hombre no quiere que le hagan a él, no lo haga él a nadie”.

En distinto contexto, la Homilía sobre la Pascua de Melitón de Sardes menciona “los pecados tiránicos” que  hacen caer al hombre. Son los siguientes: “adulterio, fornicación, impudicicia, mal deseo, avaricia, homicidio, tiranía e injusticia”.

La causa del pecado actual se encuentra en el pecado de origen: de él derivan los demás pecados. Entonces, a instancias de Satanás, la primera pareja desobedeció a Dios y de ese pecado, “como de una fuente, surgieron los trabajos y dolores, las molestias y la muerte que se infligen al hombre”.

Los pecados individuales se deben al mal uso de la libertad. San Justino niega la fuerza ciega del instinto y proclama la libertad: tanto la condenación de los ángeles como la de los hombres se debe al abuso de la libertad. Por eso, los Apologistas entienden el pecado, principalmente, como una desobediencia a Dios.

En los Apologistas se encuentran frecuentes alusiones al pecado original. De él deriva la condición pecadora del hombre. En sus escritos se destaca la gravedad del pecado; algunos son especialmente graves, tales como el homicidio, la idolatría y los pecados contra naturam en el ámbito sexual. Existe una cierta graduación de pecado, pero, si exceptuamos un texto dudoso de Justino, no se encuentra en ellos la distinción entre pecado grave y leve: todo pecado encierra gravedad.

El mensaje ético que proclaman los Apologistas es de optimismo: el hombre ha sido salvado por la redención de Jesucristo y debe acogerse a esa salvación que se ofrece a todos. Incluso los cristianos, si vuelven a pecar, pueden retornar a la amistad con Dios. En todo caso, el hombre está llamado a vivir una vida santa, dado que se prepara para la venida gloriosa de Cristo.

3.- La doctrina acerca del pecado en el siglo III

Incluimos en este periodo algunos autores que cabalgan entre el siglo II y el siglo III: Tertuliano, San Cipriano, San Ireneo, San Clemente de Alejandría y Orígenes.

Es sentencia común, recordada y repetida entre estos escritores, que la causa primera de todo mal es la desobediencia de Adán y Eva. En esa primera culpa tienen origen todos los demás pecados. A ella se añade la situación en que se encuentra la libertad humana, inclinada al mal.

Es ilustrativo el ejemplo de Tertuliano que comenta la parábola del árbol, del cual depende la calidad de los frutos: la libertad está herida y dará malos frutos; sólo se orienta al bien cuando es injertada por la gracia, “que es más fuerte que la naturaleza y tiene que sujetar a sí la libre potestad del arbitrio”.

Asimismo, San Ireneo advierte de los riesgos de la libertad: “Los que se separan de la ley del Padre y han transgredido la ley de la libertad son rechazados por su culpa, pues han sido hechos libres y responsables de sus actos”. También adquiere fuerza el tema de los elementos coadyuvantes: el demonio, la concupiscencia y el mundo.

Se repiten asimismo las listas de pecados que, como es lógico, son coincidentes con la época anterior, con algunos matices que responden a la situación de las comunidades. Así, por ejemplo, San Ireneo enumera los siguientes: apostasía, blasfemia, injusticia, impiedad, idolatría, fornicación, impenitencia, herejía y corrupción de la verdad.

A pesar del rigor de la disciplina penitencial en este siglo, se ensalza la obra redentora de Cristo, por la cual se obtiene el perdón de todos los pecados. El máximo rigorista, Tertuliano, antes de caer en la herejía, distingue entre pecados “de la carne” y “del espíritu”: todos pueden ser perdonados si se hace penitencia.

Orígenes: este autor emplea la expresión “mortale peccatum” o “peccatum ad mortem”. Como “pecados para la muerte” señala la idolatría, el adulterio, los diversos pecados de lujuria, el homicidio, el robo, la avaricia y seducción de los niños”. La distinción entre pecado grave y leve se hace doctrina común con Orígenes.

San Clemente de Alejandría es considerado como el autor más sistemático de teología moral de la época. Condena los desórdenes paganos y precave a los cristianos contra esos vicios. Por eso, critica severamente los pecados que llevan consigo el lujo, los espectáculos y las faltas sexuales. Al mismo tiempo, trata de orientar la vida de los fieles hacia el horizonte de la imitación de Jesucristo.

Como conclusión de este amplio periodo, cabe citar el siguiente texto espléndido de San Cipriano:

“La voluntad de Dios es la que Cristo enseñó y cumplió: humildad en la conducta, firmeza en la fe, reserva en las palabras, rectitud en los hechos, misericordia en las obras, orden en las costumbres, no hacer ofensa a nadie y saber tolerar las que se le hacen, guardar paz con los hermanos, amar a Dios de todo corazón, amarle porque es Padre, temerle porque es Dios: no anteponer nada a su amor, abrazarse a su cruz con fortaleza y confianza; si se ventila su nombre y honor, mostrar en las palabras la firmeza con la que confesamos la fe; en los tormentos, la confianza con que luchamos; en la muerte, la paciencia por la que somos coronados. Esto es ser coherederos con Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios, esto es cumplir la voluntad del Padre”.

4.- El pecado en el siglo IV: San Ambrosio y San Jerónimo

Los Santos Padres de este siglo tienen que enfrentarse con varios problemas. Deben señalar frente a los herejes el origen del pecado, unido, a su vez, a otro tema más amplio: la causa del mal.

San Ambrosio. Contra los maniqueos, el obispo milanés prueba que ni existen dos principios, ni se puede imputar a Dios la causa del mal. El origen del pecado se encuentra en el demonio y en las secuelas que éste ha dejado en el hombre después de la caída. En las disputas contra los maniqueos, afirma que el mal no se puede imputar a Dios, sino a la desobediencia del demonio y al mal uso de la libertad del hombre.

No hay novedad en cuanto al catálogo de pecados y vicios. Se repiten las listas de San Pablo y de la literatura anterior. El catálogo de pecados ha pasado a la catequesis y está fijo en la conciencia de los fieles, si bien se subrayan aquellas faltas en las que con más frecuencia incurren los creyentes.

También en este siglo —y en los posteriores— cobra importancia la reflexión sobre la ley natural y los pecados que se siguen cuando no se la respeta.

Existen en sus escritos abundantes datos acerca de la gravedad del pecado, así como sobre la diversidad de los mismos. No todos los pecados tienen la misma gravedad, de forma que la división “pecado grave—pecado leve” es una clasificación admitida, si bien no son coincidentes en la nomenclatura.

San Jerónimo. El tema se lo plantea expresamente en disputa con el hereje Joviniano; quien afirmaba que cualquier pecado es grave: la simple mirada atrás de la mujer de Loth fue motivo para que se convirtiese en estatua de sal, y, al final de los tiempos, los “malos estarán todos a la izquierda del Señor, sin distinción alguna”. San Jerónimo admite que en el juicio unos estarán a la derecha y otros a la izquierda, pero los colocados a este lado, tampoco estarán en situación de igualdad, pues existe diversidad de pecados según su gravedad.

En esta línea, San Jerónimo distingue entre “peccata gravia et levia”. El pecado leve se lava, pero los graves llevan a la muerte (espiritual). No es lo mismo “una palabra ociosa, que el adulterio”; por ello, para “cada pecado se dispondrá del respectivo juicio”.

En ocasiones, hace uso de otra terminología: “pecados que excluyen del Reino y pecados que no excluyen del Reino”. Es la misma expresión bíblica, que en estos escritos muestra la incompatibilidad del Reino de Cristo y el reino del demonio.

5.- El pecado en San Agustín

San Agustín aborda el tema del pecado desde diversas perspectivas. En primer lugar, lo delimita frente a los errores que refuta; se opone al ascetismo de Joviniano, que pretendía hacer del hombre el árbitro de su propio destino; rebate la sentencia estoica de igualar todos los pecados; impugna los determinismos basados en el fatalismo del influjo astral y, principalmente, se emplea a fondo en la refutación de la herejía de Pelagio.

Cualquiera de esos errores significaba una réplica a la doctrina católica sobre el pecado, pues, o se considera la naturaleza como buena, o se afirma que está corrompida. Y, a nivel personal, o se niega la libertad o se la considera pura e incontaminada, con el poder de regir su propio destino. El resultado es que, o bien no existe el pecado, o, si existe, no es posible salir de él. De aquí la necesidad de fijar con rigor todos los puntos doctrinales con el fin de que las fronteras del pecado queden bien delimitadas. Esta es la labor que llevó a cabo San Agustín en sus muchos escritos.

San Agustín ha hablado y escrito acerca del pecado como nadie lo había hecho antes que él. La pluralidad de circunstancias en las que se desarrolló su vida fueron la razón de que el obispo de Hipona transmitiera a la posteridad una doctrina casi acabada sobre el pecado.

a.- Definición del pecado

A pesar de su extensa producción literaria, no encontramos en sus obras un tratado expreso dedicado al tema del pecado. Encontramos en él una definición de pecado por vía indirecta:

“Todos los pecados se reducen a una sola realidad, que quien los comete se separa de las cosas divinas, que son las que de verdad son estables, y se vuelve a las que son mudables e inciertas”. El pecado es, pues, para San Agustín una falsa elección.

“La voluntad se separa del bien común e incomunicable y se vuelve a su propio bien exterior e inferior, y así peca… Y se vuelve a lo exterior porque el hombre es soberbio, lascivo y curioso”.

En ocasiones, el mal moral se origina porque el hombre adulto tiene capacidad de auto-ordenarse, pero se opone a un orden jurídico superior. En este caso, a la ley de Dios: “El hombre es capaz de asumir un precepto y por lo mismo también es capaz de pecar. Y peca de dos formas: o bien no aceptando el precepto o, aceptándolo, no lo observa. Así, el hombre, que por naturaleza es racional (sapiens), peca si se separa de esa racionalidad (si se avertit a sapiencia)”.

El pecado “consiste en pretender usar aquello (de lo) que hay que disfrutar, y en disfrutar lo que se debe usar“. Esta descripción agustiniana del pecado —y de la virtud— contiene un fino análisis psicológico. En efecto, la perversión lleva al hombre a usar y abusar, a convertir en uso e instrumentalizar aquello que produce placer y que, con este fin, está ínsito en su naturaleza. Los ejemplos más inmediatos son los relativos a los dos grandes gozos que acompañan a los dos deberes fundamentales: la subsistencia y la procreación. Pero el hombre inicia el proceso de degeneración —peca— en el momento en que los “disfruta” (frui) habitualmente y sin medida, es decir, los convierte en objeto habitual de goce y placer, en lugar de “usarlos” en orden al fin que les es propio.

“El hombre se convierte en pecador cuando se apega a las realidades por sí mismas que deben ser simplemente utilizadas, y cuando, con vistas a otro objetivo, busca realidades y las ama por sí mismas. El turba así, en la medida en que es capaz, el orden natural que la ley eterna nos manda observar”.

La definición más precisa que da del pecado sería quizás ésta: “pecado es toda acción, palabra o deseo contra la ley eterna”.

Según esta definición, que ha pasado a la teología moral católica y que veremos comentada por Santo Tomás, el pecado es un mal porque engendra el desorden: todo pecado va contra la naturaleza, pues se opone a esa armonía que Dios ha puesto en el cosmos.

La ley eterna, aplicada al hombre, es la ley natural. Su violación, es decir, no respetar la estructura del ser humano, que se concreta en la consideración y respeto de los llamados derechos fundamentales de la persona, constituye un pecado. De aquí que no acatar la naturaleza del hombre como ser racional y libre, manipular a la persona humana, etc., es un desorden y, por lo mismo, constituye pecado.

b.- Diversidad de los pecados

También San Agustín subraya la diversidad de pecados. Contra los estoicos dirá que es un contrasentido negar esta distinción. Y lo ilustra con ejemplos que les hace caer en ridículo: “¿Hay cosa más absurda que afirmar que es lo mismo reír sin moderación que hacer incendiar a la patria?… Si estas dos cosas son iguales, lo son también un topo y un elefante, pues ambos son animales y lo mismo serían las moscas y las águilas, dado que vuelan”.

c.- Gravedad del pecado: pecado mortal y pecado venial

En cuanto a la gravedad del pecado, San Agustín admite claramente la existencia de pecados veniales. Por este motivo hace una llamada a los cristianos con el fin de que les den importancia: las grietas, lentamente, abren brechas en el barco y producen su hundimiento”.

La  distinción pecado mortal-pecado venial es inequívoca  en los escritos agustinianos. Se encuentran textos explícitos en los que contrapone “lethalia y mortifera crimina” a “venialia, levis y quotidiana”. Así, por ejemplo:

“El que anda en la misericordia, está libre de pecados mortales, cuales son los crímenes, los homicidios, los hurtos, los adulterios, y también de aquellos otros menores, como los de la lengua, o los pensamientos o ciertas concesiones inmoderadas”.

San Agustín acepta una graduación de los pecados mortales. Tampoco estos tienen todos la misma gravedad. Por ejemplo, distingue entre el pecado de Pedro, que por debilidad finge desconocer al Señor, del de Judas, que por maldad le entrega.

A lo largo de sus numerosos escritos, San Agustín no se limita a hablar sólo de los temas que aquí hemos expuesto en torno al pecado, sino que presenta una temática más amplia, que abarca el campo dogmático-moral. Así, por ejemplo, expone detenidamente la doctrina sobre el pecado original, el papel de la libertad en el acto humano pecaminoso, la intervención del demonio, la influencia y el poder de la concupiscencia, la relación gracia-pecado, el modo de adquirir el perdón, las disposiciones del penitente, los castigos temporales y eternos a que se expone el pecador, etc.

d.- El pecado social

Especial mención debe hacerse de la doctrina agustiniana sobre el sentido social del pecado, así como de la dimensión eclesial que encierra toda culpa. En sus obras destaca el carácter eclesial que connota el pecado. Contra los donatistas afirma que los pecadores forman parte de la Iglesia. Sin embargo, lamenta los  pecados que se cometen dentro de la comunidad, por eso llama a los pecadores “enemigos”, pues no están fuera de la Iglesia, sino que se mantienen dentro de ella. Los pecadores, ciertamente, dentro de la Iglesia mantienen la comunión externa con ella, pero rompen la comunión interna. Los herejes, por el contrario, dividieron la comunidad, pero no pueden dividir la caridad interna de la comunión que constituye la Iglesia. No obstante, los pecadores hacen a la Iglesia un gran daño. Los verdaderos enemigos no son los herejes, ni los paganos, ni los judíos: son los malos cristianos.

También ocupa la reflexión agustiniana la influencia de los pecados en la vida eclesial y social. Ellos crean una situación que favorece el pecado y obstaculiza la vida de caridad de la comunidad de los cristianos.

6.- La doctrina sobre el pecado en los siglos V al XII

La  doctrina  agustiniana  fue  decisiva  para  el  estudio  del  pecado  en  la  literatura  teológica posterior. De hecho, hasta la reflexión tomista, los autores vuelven de continuo a la doctrina de San Agustín, y las citas se multiplican en las obras de este largo periodo de la literatura cristiana.

Desde el punto de vista ascético, se destaca la doctrina del abad San Juan Casiano (360-433), el cual previene a los monjes acerca del riesgo que conllevan las pasiones. Por este motivo, se detiene en el estudio de los pecados capitales: “son ocho los vicios principales que infectan al género humano: el primero es la gula, que incluye la glotonería; el segundo la fornicación; el tercero la avaricia o amor al dinero; el cuarto la ira; el quinto la tristeza; el sexto la pereza (acedia), o sea, ansiedad o el tedio del corazón; el séptimo la vanagloria, es decir, la jactancia o la petulancia y el octavo la soberbia”.

Otro jalón importante lo marca San Cesáreo de Arlés (470-543). Su doctrina sobre el pecado destaca en dos ámbitos: en señalar contra los galo-romanos los pecados que excluyen del Reino y por la importancia que concede a los pecados veniales, contra los que previene a los cristianos.

En la segunda mitad del siglo VI encontramos al papa San Gregorio Magno (540-604). Por medio de sus escritos pasará a la Edad Media la antigua tradición de los Padres en torno a la noción y clasificación de los pecados.

Este gran Papa resume la doctrina de San Agustín y de los Padres que repetirá la teología posterior:

“Son siete los principales vicios que brotan de esta virulenta raíz (la soberbia), a saber: la vanagloria, la envidia, la ira, la tristeza, la avaricia, la gula, la lujuria…… De ellos surgen los demás pecados: todos los vicios capitales dan lugar a actos pecaminosos correspondientes. Así de la vanagloria siguen la falta de obediencia, la jactancia, la hipocresía, las contiendas, las discordias y las presunciones. De la envidia nacen los odios, la murmuración, la detracción, la alegría en el mal del prójimo y la aflicción ante los propios fracasos. De la ira brotan las riñas, la confusión de la mente, las injurias, la indignación clamorosa y las blasfemias. De la tristeza se originan la malicia, el rencor y el incumplimiento de lo mandado. De la avaricia surge el fraude, la falacia, el perjurio, la inquietud, la violencia y la dureza del corazón. De la gula vienen la alegría frívola, la ligereza o chocarrería, la inmundicia, el hablar demasiado… De la lujuria, la ceguera, la oscuridad de la mente, la inconsideración, la inconstancia, la precipitación, el amor a sí mismo, el odio a Dios, la afección al presente mundo, el horror y desesperación ante el futuro”.

El papa San Gregorio muere en Roma el año 604, cuando, desde Irlanda a España, se extiende la costumbre de la confesión frecuente; pero no tenemos testimonios que se refieran en detalle a ella .

Desde el siglo VII contamos con diversos catálogos que clasifican los pecados, y se introduce la “penitencia tarifada“, que “tasa los pecados”. Hasta el siglo XII rigieron dos sistemas de penitencia más comunes: la penitencia pública por los pecados graves públicos y la penitencia tarifada para las faltas graves ocultas. Este sistema rigió desde la reforma corolingia (s. VIII) hasta comienzos del siglo XII.

Es evidente que todo este periodo conoce la confesión individual, hecha al sacerdote. En este sentido, destaca el testimonio de la carta de Alcuino a los cristianos de Septimania acerca de la necesidad de la confesión auricular con los presbíteros.

A mediados del siglo XII y con vigencia plena en el siglo XIII, se diversifica la penitencia en pública y privada. La pública se reconoce de forma oficial y solemne; se inicia el Miércoles de Ceniza y finaliza con la reconciliación del Jueves Santo. Esta penitencia pública se impone a pecados especialmente graves, como son el parricidio, ciertos pecados de lujuria y sacrilegios. Además de la penitencia pública y solemne, se da otra penitencia pública no solemne, que es la de las peregrinaciones que aceptan las personas que han cometido pecados públicos menos escandalosos, como asesinatos, robo de bienes de la Iglesia o los pecados particularmente escandalosos de los clérigos, a quienes no se les permite como a los laicos someterse a la penitencia solemne. La penitencia privada se concreta en la confesión sacramental.

Este largo periodo coincide con la aparición de los libros penitenciales y los directorios de confesores, donde figuran las listas que especifican toda clase de pecados.

Padre Lucas Prados


* Nota: El presente artículo está tomado principalmente del libro de A. Fernández, Teología Moral, 2 tomos, Burgos 1996.

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]